
El fantasma de Canterville
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El señor Otis compra Canterville Chase con todo y fantasma, aunque asegura que los fantasmas no existen. El fantasma, sir Simon, lleva trescientos años espantando gente, pero esta familia le ofrece lubricante para sus cadenas y los gemelos le avientan almohadas. Ofendido, sir Simon jura vengarse.
Cuando el señor Hiram B. Otis, ministro de los Estados Unidos en Inglaterra, compró Canterville Chase, todo el mundo le dijo que cometía una locura, porque en esa mansión espantaban. El propio lord Canterville, que era un hombre muy honrado, se lo advirtió: al fantasma lo habían visto varios miembros de su familia y hasta el párroco, el reverendo Augustus Dampier.
—Lord Canterville —contestó el ministro—, me quedo con los muebles y con el fantasma, según el avalúo. Pero le aseguro que los fantasmas no existen.
—Si a usted no le molesta tener uno en casa, está bien —respondió lord Canterville—. Nada más acuérdese de que se lo advertí.
Así, al terminar el verano, se mudaron a Canterville Chase el señor Otis, su esposa y sus hijos: Washington, el mayor; Virginia, de quince años, ágil y linda como una cervatilla, y los gemelos, que siempre andaban castigados. En una ocasión, después de ver a Virginia ganar una carrera en su poni, el joven duque de Cheshire le había pedido matrimonio ahí mismo.
La señora Umney, el ama de llaves, los llevó a la biblioteca, que tenía al fondo un gran ventanal de vitrales. Mientras tomaban el té, la señora Otis vio junto a la chimenea una mancha de un rojo apagado.
—Ahí se derramó sangre, señora —dijo la anciana en voz baja—. Es la sangre de lady Eleanore de Canterville, a quien su esposo, sir Simon, mató en ese mismo lugar en 1575. Nueve años después, sir Simon desapareció. Su cuerpo nunca se encontró, pero su espíritu culpable sigue rondando la casa.
—¡Tonterías! —exclamó Washington—. Con el Quitamanchas Pinkerton se quita en un momento.
Se arrodilló, frotó el piso con una barrita negra y la mancha desapareció. En ese instante un relámpago iluminó la sala, un trueno espantoso los hizo saltar de sus sillas y la señora Umney se desmayó.

A la mañana siguiente, la mancha estaba otra vez en el piso. Washington la borró, y al otro día volvió, y al otro también, aunque el señor Otis había cerrado la biblioteca y se había llevado la llave. Esa misma noche se acabaron las dudas.
A la una en punto, al señor Otis lo despertó un tintineo de metal en el pasillo. Abrió la puerta y, a la luz de la luna, vio a un viejo de aspecto terrible: tenía los ojos rojos como brasas, el pelo gris y enmarañado, la ropa antigua hecha jirones y unos grilletes oxidados en las muñecas y los tobillos.
—Estimado señor —le dijo el señor Otis—, tengo que insistir en que aceite esas cadenas. Le dejo aquí este frasco de Lubricante Sol Naciente.
Y se volvió a acostar.
El fantasma de Canterville estrelló el frasco contra el piso y huyó por el pasillo entre gemidos huecos, envuelto en una espantosa luz verde. Pero al llegar a la escalera se abrió una puerta, aparecieron dos figuritas vestidas de blanco ¡y una almohada le pasó zumbando junto a la cabeza! El fantasma se esfumó entre los paneles de madera.
Ya en su cuartito secreto, se recargó en un rayo de luna para recobrar el aliento. En trescientos años nadie lo había insultado así. Recordó sus grandes triunfos: un lord que murió atragantado con una carta de la baraja, un mayordomo que se quitó la vida del susto, y lady Stutfield, que llevó para siempre cinco dedos quemados en el cuello y acabó ahogándose en el estanque de las carpas.
¡Y ahora unos americanos le ofrecían lubricante y le aventaban almohadas! Decidió vengarse.
Durante una semana no apareció, pero la mancha seguía volviendo, y cambiaba de color: unos días era roja, otros morada, y una vez apareció verde esmeralda. A todos les divertía, menos a Virginia. Por alguna razón, la mancha siempre la ponía triste.
El domingo en la noche, un estruendo despertó a todos. En el vestíbulo, una vieja armadura había caído al piso, y el fantasma estaba sentado en un sillón, sobándose las rodillas: era su propia armadura, que había querido ponerse, pero pesaba tanto que lo derribó. Los gemelos le dispararon bolitas con sus cerbatanas, y el ministro le apuntó con su revólver y le ordenó que levantara las manos.

El fantasma pasó entre ellos como una neblina y soltó su famosa carcajada diabólica. Apenas se apagó el eco, salió la señora Otis en bata.
—Me temo que usted no se siente nada bien —le dijo—. Le traje una medicina para la indigestión.
Él la miró furioso y desapareció. Cuando se recuperó, preparó un tercer ataque. Pensaba apuñalarse tres veces en la garganta al pie de la cama de Washington, ponerle una mano helada en la frente a la señora Otis y arrastrarse por el cuarto de los gemelos como un esqueleto con un solo ojo girando. A Virginia, que nunca lo había ofendido, le bastarían unos cuantos gemidos.
A la medianoche salió de entre los paneles con un puñal oxidado. Pero al dar vuelta en el corredor de Washington, retrocedió con un alarido de terror. Delante de él había un espectro horrible, con la cabeza calva y brillante, rayos de luz roja en los ojos y un sable reluciente en la mano.

Como nunca había visto un fantasma, sir Simon huyó a esconderse bajo las cobijas. Al amanecer, sin embargo, decidió ir a hablar con el otro fantasma: al fin y al cabo, dos fantasmas valían más que uno. Corrió a abrazarlo, y la cabeza del espectro se desprendió y rodó por el piso. ¡Estaba abrazando una cortina blanca! A sus pies había una escoba, un cuchillo de cocina y un nabo hueco, y en el pecho del espectro, un letrero:
EL FANTASMA DE LOS OTIS El únyco, verdadero y orygynal espanto. Cuydado con las ymitaciones.
¡Lo habían engañado! Alzó las manos marchitas y juró, con el lenguaje florido de los viejos tiempos, que cuando el gallo cantara dos veces correría la sangre. En ese momento cantó un gallo en una granja lejana. El fantasma esperó y esperó, pero el gallo no volvió a cantar.
Desde entonces el fantasma quedó débil y nervioso. Renunció a la mancha de sangre, y cuando recorría el pasillo, como era su deber, lo hacía sin botas y con las cadenas aceitadas con el Lubricante Sol Naciente.
Ni así lo dejaron en paz. Los gemelos le tendían cuerdas para que se tropezara, y una noche resbaló en una pista de mantequilla que habían hecho en la escalera. Furioso, fue a asustarlos a su cuarto, pero al abrir la puerta le cayó encima una jarra de agua.
El golpe final llegó una madrugada de septiembre. De un rincón oscuro le saltaron encima dos figuras que agitaban los brazos y le gritaban al oído:
—¡BU!
Corrió hacia la escalera, pero ahí lo esperaba Washington con una jeringa de jardín. Acorralado, se metió en la estufa de hierro y regresó a su cuarto por las chimeneas, sucio y desesperado. Después de eso nadie volvió a verlo, y todos creyeron que se había ido.
Por esos días llegó de vacaciones Cecil, el joven duque de Cheshire, y salía a montar a caballo con Virginia.
Una tarde, a Virginia se le rompió el traje de montar al cruzar un seto, y al volver subió por la escalera de servicio para que no la vieran. Al pasar junto al Cuarto de los Tapices, vio que había alguien adentro. ¡Era el fantasma de Canterville! Estaba sentado junto a la ventana, con la cabeza apoyada en la mano, tan triste que Virginia, en vez de salir corriendo, decidió consolarlo.

—Mis hermanos regresan mañana a la escuela —le dijo—, y entonces, si usted se porta bien, nadie lo va a molestar.
—Es absurdo pedirme que me porte bien —contestó él, asombrado—. Tengo que sacudir mis cadenas y gemir por el ojo de las cerraduras. Es mi única razón de existir.
—Esa no es ninguna razón, y usted ha sido muy malo. La señora Umney nos contó que usted mató a su esposa.
—Bueno, eso no lo niego —dijo el fantasma, malhumorado—. Pero los hermanos de ella me dejaron morir de hambre, y eso tampoco estuvo bien.
—¿Morir de hambre? ¡Ay, señor Fantasma, digo, sir Simon! ¿Tiene hambre? Traigo un sándwich.
—No, gracias, ya nunca como nada. Es usted muy amable, no como el resto de su familia, tan grosera y tan deshonesta.
—¡Basta! —gritó Virginia, dando un pisotón—. El deshonesto es usted, que me robó las pinturas para retocar esa mancha ridícula. Primero se llevó todos mis rojos, luego el verde esmeralda, y al final solo pude pintar paisajes de luna. ¿Dónde se ha visto sangre verde?
—¿Y qué quería que hiciera? —dijo el fantasma, bastante apenado—. Hoy en día es muy difícil conseguir sangre de verdad.
Virginia se dio la vuelta para irse.
—Por favor, no se vaya, señorita Virginia —suplicó él—. Estoy muy solo y muy triste. Hace trescientos años que no duermo, y estoy tan cansado…
Virginia se puso muy seria. Se arrodilló a su lado y miró aquella cara vieja y marchita.
—Pobre, pobre fantasma. ¿No tiene ningún lugar donde dormir?
—Muy lejos, más allá del bosque de pinos —contestó él con voz soñadora—, hay un jardincito. Ahí la hierba crece alta y espesa, y el ruiseñor canta toda la noche, mientras la luna mira desde arriba y el tejo extiende sus brazos sobre los que duermen.
—Habla usted del jardín de la muerte —susurró Virginia, con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí. Descansar en la tierra suave, escuchar el silencio, no tener ayer ni mañana. Usted puede abrirme las puertas de ese jardín, porque el amor siempre está con usted, y el amor es más fuerte que la muerte. ¿Ha leído alguna vez la vieja profecía del ventanal de la biblioteca?
—¡Ay, muchas veces! Me la sé de memoria:
Cuando una niña dorada haga rezar al pecado, cuando el almendro dé flor y un niño entregue su llanto, la casa quedará en calma y Canterville en descanso.
—Pero no sé qué quiere decir —añadió Virginia.
—Quiere decir —dijo él con tristeza— que usted tiene que llorar por mis pecados, porque yo no tengo lágrimas, y rezar por mi alma, porque yo no tengo fe. Y si usted siempre ha sido buena, el Ángel de la Muerte tendrá piedad de mí. Verá figuras espantosas en la oscuridad y oirá voces malvadas, pero no le harán daño, porque contra la pureza de una niña los poderes del infierno no pueden nada.
Virginia se quedó callada. De pronto se puso de pie, muy pálida, con una luz extraña en los ojos.
—No tengo miedo —dijo con firmeza—. Le voy a pedir al Ángel que tenga piedad de usted.
El fantasma le besó la mano. Los dedos del fantasma estaban fríos como el hielo, pero Virginia no titubeó mientras él la guiaba por el cuarto. En el tapiz, los cazadorcitos bordados tocaban sus cuernos de caza y le hacían señas con las manitas:
—¡Regrésate, pequeña Virginia! ¡Regrésate!
Ella cerró los ojos. Desde la chimenea tallada, unos animales con cola de lagarto le susurraban:
—¡Cuidado, pequeña Virginia, cuidado! Tal vez no volvamos a verte.
Virginia no les hizo caso. Al fondo del cuarto, el fantasma murmuró unas palabras extrañas, y la pared se desvaneció como neblina. Frente a ellos se abrió una gran caverna negra. Un instante después, los paneles se cerraron detrás de los dos y el Cuarto de los Tapices quedó vacío.

A la hora del té, Virginia no bajó. La buscaron por toda la casa y no apareció. Entonces el señor Otis se acordó de unos gitanos que acampaban en el parque, y fue a buscarlos, aunque no dejó que Cecil lo acompañara. Los gitanos ya se habían ido, así que avisó a la policía, montó en su caballo y salió a galope por el camino de Ascot.
No había recorrido ni dos millas cuando oyó que alguien galopaba detrás de él. Era Cecil, en su poni, muy colorado y sin sombrero.
—Lo siento muchísimo, señor Otis —dijo sin aliento—, pero no puedo cenar mientras Virginia esté perdida. ¡No me voy a regresar!

El ministro sonrió, conmovido.
—Bueno, Cecil, entonces tendrás que venir conmigo.
Recorrieron juntos los pueblos cercanos, pero nadie había visto a Virginia. Cuando por fin dieron con los gitanos, estos no sabían nada y hasta se ofrecieron a ayudar. Hacia las once volvieron a la mansión, rendidos. La señora Otis estaba tendida en un sofá, loca de angustia.
Justo cuando todos iban a acostarse, el reloj dio las doce. Con la última campanada, un trueno sacudió la casa, un panel en lo alto de la escalera se abrió de golpe, y apareció Virginia, muy pálida, con un cofrecito en la mano. Su mamá la abrazó, Cecil la cubrió de besos y los gemelos bailaron a su alrededor.
—Papá —dijo Virginia con calma—, estuve con el fantasma. Ya murió, y tienes que venir a verlo. Fue muy malo, pero estaba arrepentido de verdad, y antes de morir me dio esta caja de joyas.
Los llevó por un corredor secreto hasta una puerta de roble que se abrió en cuanto Virginia la tocó, y entraron a un cuarto pequeño y bajo, con una ventanita enrejada.
En la pared había una argolla de hierro, y encadenado a ella yacía un esqueleto, con los dedos estirados hacia un plato y una jarra puestos justo donde no podía alcanzarlos. A sir Simon lo habían dejado morir ahí de hambre. Virginia se arrodilló junto al esqueleto y se puso a rezar en silencio.
—¡Oigan! —exclamó de pronto uno de los gemelos, que se había asomado a la ventana—. ¡El viejo almendro seco floreció!
—Dios lo perdonó —dijo Virginia, y una luz hermosa le iluminó la cara.
—¡Eres un ángel! —exclamó Cecil, y la abrazó.
Cuatro días después, a las once de la noche, enterraron a sir Simon en el cementerio, debajo del viejo tejo, y el reverendo Augustus Dampier leyó el oficio de difuntos a la luz de las antorchas. Mientras bajaban el ataúd, Virginia puso encima una cruz de flores de almendro blancas y rosadas.

En ese momento la luna salió de entre las nubes y, desde una arboleda lejana, un ruiseñor empezó a cantar. Virginia pensó en el jardín que le había descrito el fantasma, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Al día siguiente, el señor Otis le pidió a lord Canterville, que había venido al entierro, que se llevara las joyas, porque pensaba que pertenecían a la familia Canterville. Lord Canterville se negó.
—Su hija le hizo un gran favor a mi antepasado, y las joyas son de ella. Además, usted olvida, señor Otis, que compró los muebles y el fantasma según el avalúo. Todo lo que era del fantasma es suyo.
Así que Virginia se quedó con las joyas, y años después las lució el día que se casó con Cecil. El señor Otis no aprobaba los títulos de nobleza, pero cuando entró a la iglesia con su hija del brazo, no había en toda Inglaterra un hombre más orgulloso.
Después de la luna de miel, los recién casados fueron al cementerio. En la lápida de sir Simon habían grabado solo sus iniciales y los versos del ventanal de la biblioteca:
Cuando una niña dorada haga rezar al pecado, cuando el almendro dé flor y un niño entregue su llanto, la casa quedará en calma y Canterville en descanso.
Virginia esparció unas rosas sobre la tumba. Luego se sentaron en las ruinas de la vieja abadía, y Cecil le tomó la mano.
—Virginia, nunca me has contado qué te pasó cuando estuviste encerrada con el fantasma.
—No se lo he contado a nadie, Cecil —dijo Virginia muy seria—. Por favor, no me lo pidas. ¡Pobre sir Simon! Le debo mucho. Él me hizo ver qué es la vida, qué significa la muerte y por qué el amor es más fuerte que la vida y que la muerte.
Cecil la besó.
—Puedes guardar tu secreto mientras yo tenga tu corazón —murmuró—. Pero algún día se lo vas a contar a nuestros hijos, ¿verdad?
Virginia se sonrojó.
Adaptado por Talerie, fuente: Lord Arthur Savile's Crime and Other Stories (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
