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De noche, bajo una luna delgada, un hombre de canas con sombrero y capa negra espera junto al portón de su casa; otro hombre embozado se acerca por la calle.Original

La leyenda de don Juan Manuel

Luis González Obregón

6 min de lectura a partir de 10 años

En la Calle Nueva vive don Juan Manuel, un hombre rico que no tiene hijos y quiere hacerse fraile. Cuando lo invaden los celos, invoca al diablo y le promete el alma a cambio de saber quién lo deshonra. El diablo le da una orden: salir a las once de la noche y matar al primero que encuentre.


Hace muchos años, según cuenta la tradición, vivía en la que entonces se llamaba Calle Nueva un hombre muy rico, cuya casa quedaba justo detrás del convento de San Bernardo. Se llamaba don Juan Manuel y estaba casado con una mujer tan virtuosa como bella.

Pero a pesar de sus riquezas, y de tener a su lado una esposa con tantas cualidades, don Juan Manuel no era feliz, porque nunca habían tenido hijos. La tristeza lo consumía y el hastío lo exasperaba. Para hallar algún consuelo decidió dedicarse a la religión, y con tanto empeño que ya no le bastaba pasar casi todo el día en las iglesias: quiso separarse de su esposa y entrar de fraile al convento de San Francisco.

Con ese fin mandó traer de España a un sobrino suyo, para que se hiciera cargo de sus negocios. El sobrino llegó al poco tiempo y tomó en sus manos la fortuna de su tío. Pero muy pronto a don Juan Manuel lo invadieron unos celos tan terribles que una noche invocó al diablo y le prometió el alma a cambio de saber quién lo estaba deshonrando, porque estaba convencido de que alguien lo hacía.

Don Juan Manuel, solo en su cuarto, se lleva la mano a la frente junto a una vela; su sombra crece en el muro y acaba en una capucha inclinada sobre él.

El diablo acudió en seguida y le ordenó que esa misma noche, a las once, saliera de su casa y matara al primero que encontrara. Así lo hizo don Juan. Al día siguiente, cuando ya se creía vengado y estaba satisfecho, el demonio se le presentó otra vez y le dijo que el hombre al que había matado era inocente. Pero le ordenó que siguiera saliendo todas las noches, y que siguiera matando, hasta que el propio demonio se le apareciera junto al cadáver del culpable.

Don Juan obedeció sin replicar. Noche tras noche salía de su casa: bajaba las escaleras, cruzaba el patio, abría el postigo del zaguán y se recargaba en el muro. Envuelto en su amplia capa, esperaba tranquilo a su víctima.

En aquel tiempo las calles no tenían alumbrado, y en la oscuridad y el silencio de la noche se oían unos pasos lejanos, cada vez más claros. Luego aparecía la silueta de un transeúnte. Don Juan se le acercaba y le preguntaba:

—Perdone usted, ¿qué hora es?

—Las once.

—¡Dichoso usted, que sabe la hora en que muere!

Brillaba el puñal en las tinieblas, se oía un grito ahogado y el golpe de un cuerpo al caer. Y el asesino, callado, sin inmutarse, volvía a abrir el postigo, cruzaba otra vez el patio, subía las escaleras y se retiraba a su cuarto.

La ciudad amanecía aterrada. Cada mañana la ronda recogía un cadáver en la Calle Nueva, y nadie podía explicarse el misterio de aquellos asesinatos, tan horribles como frecuentes.

Un día, muy temprano, la ronda llevó un cadáver a la casa de don Juan Manuel. Cuando él salió a verlo, reconoció a su sobrino, al que tanto quería y gracias al cual conservaba su fortuna.

Don Juan quiso disimular, pero un remordimiento terrible lo sacudió de pies a cabeza. Pálido, tembloroso y arrepentido, fue al convento de San Francisco y entró a la celda de un fraile sabio y santo. Se echó a sus pies, se abrazó a sus rodillas y le confesó uno por uno todos sus pecados, todos sus crímenes, nacidos de los celos y ordenados por Lucifer, a quien le había prometido el alma.

Don Juan Manuel, de rodillas y con el sombrero en las manos, ante un fraile franciscano sentado en un banco, en una celda con velas y un crucifijo.

El fraile lo escuchó con la calma de un juez y la serenidad de un justo. Cuando don Juan terminó, le impuso una penitencia: durante tres noches seguidas tendría que ir a las doce en punto a rezar un rosario al pie de la horca, para pagar sus culpas, y solo después de eso el fraile podría darle la absolución.

Don Juan quiso cumplir. Pero la primera noche, antes de terminar de pasar las cuentas del rosario, oyó una voz de ultratumba que suplicaba, llena de dolor:

—¡Un padrenuestro y un avemaría por el alma de don Juan Manuel!

Se quedó mudo. Cuando se repuso, volvió a su casa, y sin pegar el ojo en toda la noche esperó a que amaneciera para ir a contarle a su confesor lo que había oído.

—Vuelva esta misma noche —le dijo el fraile—. Piense que así lo dispuso el que todo lo sabe, para salvar su alma, y sepa que ese miedo se lo metió el demonio, que con esa trampa quiere apartarlo del buen camino. Cuando sienta espanto, haga la señal de la cruz.

Humilde, sumiso y obediente, don Juan llegó al pie de la horca a las doce en punto. Pero todavía no empezaba a rezar cuando vio pasar un cortejo de fantasmas con cirios encendidos. En un ataúd llevaban su propio cadáver.

De noche, con la horca al fondo, don Juan Manuel de rodillas aprieta el rosario y mira aterrado a seis fantasmas: dos con cirios y cuatro que cargan un ataúd.

Más muerto que vivo, tembloroso y desencajado, al día siguiente se presentó en el convento de San Francisco.

—¡Padre —le dijo—, por Dios, por su santa y bendita madre, concédame la absolución antes de que me muera!

El fraile estaba conmovido. Pensó que retrasar más el perdón sería hasta una falta de caridad, y por fin lo absolvió. Pero le exigió que esa misma noche fuera, por última vez, a rezar el rosario que le faltaba.

La leyenda dice que el penitente fue. ¿Qué pasó allí? Nadie lo sabe. La tradición solo añade que al amanecer apareció un cadáver colgado de la horca pública, y que aquel cadáver era el del muy rico señor don Juan Manuel de Solórzano, que había sido el favorito del marqués de Cadereita.

Desde entonces el pueblo cuenta que a don Juan Manuel lo ahorcaron los ángeles, y así lo repite la tradición y lo seguirá repitiendo por los siglos de los siglos. Amén.

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Adaptado por Talerie, fuente: México viejo (se abre en una ventana nueva) Dominio público