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Un rabino de barba gris y sombrero negro acerca un papelito a la boca del gólem de barro, de camisa de lino, en un cuarto con velas, libros y un baúl.

El gólem de Praga

Alois Jirásek

9 min de lectura a partir de 6 años

El rabino Loew asombra a toda la Praga del rey Rodolfo, del Puente de Piedra al castillo. Pero lo más extraño de su casa es el gólem, un sirviente de barro que trabaja sin comer ni descansar mientras lleva en la boca un papelito con un conjuro.


En tiempos del rey Rodolfo vivía en la Ciudad Judía de Praga un rabino muy sabio, Judá Loew ben Bezalel. Era tan alto que la gente lo llamaba «el gran rabino». Conocía a fondo el Talmud y la Cábala, y también las matemáticas y las estrellas. Sabía secretos de la naturaleza que nadie más conocía, y hacía cosas tan extrañas que todos se asombraban de su poder.

La fama del rabino Loew llegó muy lejos, hasta el Castillo de Praga, donde vivía el rey. Y el rey lo conoció de una manera muy curiosa.

Por aquellos días, el rey Rodolfo había ordenado que todos los judíos se fueran de Praga. El rabino Loew subió al castillo a pedir por su gente, pero ni siquiera lo dejaron ver al rey. Entonces se enteró de que el rey bajaría en su carruaje del castillo a la Ciudad Vieja, y fue a esperarlo a la mitad del Puente de Piedra.

Cuando la gente del puente vio acercarse el carruaje real, con sus cuatro caballos de arneses relucientes y los cortesanos a caballo detrás, empezó a gritarle al rabino:

—¡Quítate del camino!

Pero el rabino Loew se quedó parado en medio del paso, como si no oyera nada. La gente se enojó y empezó a aventarle piedras y lodo. Y todo lo que le aventaban le caía encima convertido en flores: en el manto, en la cabeza y a los pies.

En un puente de piedra, el rabino de barba blanca y sin sombrero no se mueve mientras cuatro personas le avientan piedras que le caen encima hechas flores.

En eso llegó el carruaje. El rabino no se movió ni un paso. Y los caballos no lo atropellaron: se detuvieron solos frente a él, sin que el cochero jalara las riendas.

Solo entonces se movió el rabino. Con la cabeza descubierta caminó entre rosas y otras flores hasta el carruaje, se arrodilló y le pidió al rey piedad para su pueblo. El rey, asombrado por aquel hombre y por lo que acababa de ver, le mandó que subiera al castillo. Eso ya era un gran favor.

Allá arriba, el rabino logró lo demás: los judíos no tuvieron que irse de Praga.

Desde entonces el rey lo invitó muchas veces al castillo, y el rabino lo entretenía con sus artes maravillosas. Un día el rey Rodolfo le pidió que le mostrara a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y a los hijos de Jacob. El rabino dudó, pero al fin aceptó con una condición:

—Lo haré, Majestad. Solo le pido que nadie se ría, que nadie sonría siquiera, cuando aparezcan los patriarcas.

El rey y los cortesanos lo prometieron. Se reunieron en una sala apartada del castillo y miraban impacientes hacia una ventana que se abría al fondo de un nicho del muro, donde el rabino estaba de pie en la penumbra. De pronto el rabino pareció deshacerse en la niebla, y de una nube gris salió un anciano altísimo, más grande que cualquier hombre, con una túnica de muchos pliegues y bañado en luz. Pasó despacio y solemne frente a todos, y luego volvió a perderse en la nube. Era Abraham.

Detrás de él apareció Isaac, después Jacob y sus hijos, Judá, Rubén, Simeón, Isacar y los demás, uno tras otro. El rey y los cortesanos los miraban en silencio, muy serios. Hasta que de la nube salió también Neftalí, el hijo de Jacob, un hombre pelirrojo y pecoso que pasó trotando a toda prisa, como si se le hiciera tarde, como si fuera persiguiendo a los otros. Y el rey no pudo aguantarse la risa.

En una sala con bóvedas pintadas, el rey se ríe junto a dos cortesanos serios, mientras de la niebla salen un anciano de barba y un joven pelirrojo y pecoso.

En cuanto se rio, desapareció Neftalí, desapareció la nube y desapareció toda la visión. La sala se llenó de gritos de asombro y de miedo. Los cortesanos se levantaron de un salto y señalaban hacia arriba, al techo pintado.

El techo se movía. Bajaba y bajaba, y la sala, tan alta, se iba haciendo cada vez más baja. Los cortesanos, blancos del susto, querían correr a la puerta, pero no podían moverse de su lugar: estaban como clavados al piso. Todos le gritaban al rabino que detuviera el techo, y el rey también.

—¡Rabino, deténgalo! —gritaban los cortesanos.

—¡Detenlo, rabino! —gritó el rey.

Entonces el rabino salió del nicho, extendió las manos y dijo unas palabras. No había terminado de decirlas cuando el techo se paró y ya no bajó más. El rey no quiso ver más apariciones: salió a toda prisa, y todos los cortesanos detrás de él.

Pero el techo nunca volvió a subir. Se quedó donde se había detenido. El rey no volvió a entrar jamás en aquella sala; cerraron sus puertas y nunca más se abrieron.

Aun así, el rabino Loew no perdió el favor del rey. Al contrario: un día el rey Rodolfo fue a visitarlo a su casa, un honor que la Ciudad Judía nunca había recibido. Y el rabino, agradecido, le preparó una gran sorpresa.

La casa del rabino era vieja y de aspecto pobre. Pero en cuanto el rey y sus cortesanos cruzaron la puerta bajita, se quedaron maravillados. Aquello no era el zaguán de una casa cualquiera: era la entrada de un palacio, con bóvedas pintadas y adornos de yeso. La escalera no era de madera, como en las demás casas, sino de mármol reluciente, cubierta de alfombras finas, y arriba los esperaba un salón espléndido, con cuadros y tapices preciosos. Por las puertas abiertas se veía una habitación lujosa tras otra, y hasta una galería al estilo italiano.

El rabino Loew acompañó al rey con mucho respeto hasta un gran comedor donde estaba puesta la mesa, y le rogó que fuera su invitado. El rey se sentó, y el rabino le sirvió a él y a toda su comitiva un banquete digno de un rey.

Encantado con aquella magia que había vuelto tan grande y tan hermosa una casa tan pequeña, el rey se quedó mucho rato y se fue muy contento. Y desde entonces lo honró con su favor muchas veces. Para que nunca se olvidara la visita del rey de Bohemia, el rabino mandó tallar un león en la fachada de su casa, junto al racimo de uvas que ya era su emblema.

Pero más asombroso todavía que las apariciones del castillo era el gólem, el sirviente del rabino Loew. El rabino mismo lo había hecho de barro, y le había dado vida poniéndole en la boca el shem, un papelito con un conjuro escrito en hebreo.

El gólem trabajaba por dos. Servía en la casa, acarreaba agua, partía leña, barría y hacía todos los trabajos pesados. Y nunca comía, ni bebía, ni necesitaba descansar.

El gólem, de piel de barro agrietada, pelo negro rizado y camisa de lino, carga al hombro una vara con dos cubetas de agua, junto a una escoba, leña y jarros.

Cada viernes al anochecer, cuando empezaba el sábado y todo trabajo tenía que parar, el rabino le sacaba el shem de la boca. Al instante el gólem se quedaba tieso, parado en un rincón como un muñeco, sin moverse: barro muerto. Y en cuanto pasaba el sábado y el rabino le volvía a poner el shem en la boca, el gólem revivía.

Un viernes, el rabino Loew se preparaba para ir a la Sinagoga Vieja-Nueva a santificar el sábado, y se olvidó del gólem: no le sacó el shem de la boca. Apenas entró en la sinagoga y empezó el salmo, llegaron corriendo la gente de su casa y los vecinos, todos espantados y hablando a la vez:

—¡Rabino, el gólem está furioso en la casa! ¡Nadie se le puede acercar, mataría a cualquiera!

El rabino dudó un momento. El sábado ya estaba empezando, y desde ese momento cualquier trabajo, hasta el esfuerzo más pequeño, era pecado. Pero todavía no terminaba el salmo con que se santifica el sábado, así que el verdadero sábado aún no había llegado. Entonces se levantó y se fue a toda prisa a su casa.

Aún no llegaba cuando oyó un ruido sordo y golpes que retumbaban. Entró, y los demás lo siguieron de lejos, con miedo. Adentro todo era un desastre: trastes rotos, mesas, sillas, baúles y bancas volteados y hechos pedazos, libros tirados por todas partes. Ahí el gólem ya había acabado con todo.

De la casa había pasado al patio. Las gallinas, los pollitos, el gato y el perro estaban muertos, y el gólem arrancaba de la tierra un tilo de tronco grueso. Tenía la cara toda roja, los rizos negros le volaban alrededor de la frente, y sacaba el árbol como si fuera una estaca de la cerca.

El rabino fue derecho hacia él, con la mirada fija y las manos extendidas. Cuando el maestro lo tocó, el gólem se sacudió, abrió mucho los ojos y se le quedó mirando, pasmado, como si aquella mirada poderosa lo tuviera clavado. Entonces el rabino le metió los dedos entre los dientes y, de un solo jalón, le sacó el shem de la boca.

Al anochecer, en un patio, el rabino de sombrero negro le mete los dedos en la boca al gólem, rojo de pies a cabeza, junto a un tilo con las raíces al aire.

El gólem se desplomó como un árbol talado y se quedó en el suelo sin fuerza, convertido otra vez en un muñeco de barro. Todos los que miraban, viejos y jóvenes, gritaron de alegría y, ya sin miedo, se acercaron al gólem caído para reírse de él e insultarlo. El rabino, en cambio, respiró hondo, no dijo ni una palabra y volvió a la sinagoga. Allí, a la luz de las lámparas, comenzó otra vez el salmo y santificó el sábado.

Pasó el sábado, el día santo, pero el rabino Loew ya no le volvió a poner el shem en la boca. Así que el gólem no se levantó nunca más. Se quedó hecho un muñeco de barro; lo subieron al ático, bajo el techo de la Sinagoga Vieja-Nueva, y allí se deshizo en pedazos.

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Adaptado por Talerie, fuente: Staré pověsti české (se abre en una ventana nueva) Dominio público