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Un dragón de escamas verdosas asoma de una cueva entre rocas, bajo una loma con abetos, y alza la cabeza hacia el cielo del amanecer sobre un río entre prados.

El dragón de Wawel

Lucjan Siemieński

2 min de lectura a partir de 5 años

En una cueva honda al pie del Wawel vive un dragón enorme que se traga tres reses de una vez. Cada mañana la gente de Cracovia le deja su tributo, pero el zapatero Skuba ya tiene un plan para librarse del dragón.


Había una vez, hace muchísimos años, una colina junto al río Vístula que se llamaba Wawel. Hoy en lo alto de esa colina se levanta el castillo de Cracovia, pero en aquel tiempo, en una cueva honda al pie de la colina, vivía un dragón enorme.

Aquel dragón tenía un hambre terrible. De una sola vez se tragaba tres reses, y no se conformaba con el ganado: también se llevaba a la gente y se la comía.

Al anochecer, la gente de la ciudad atranca puertas y ventanas mientras unos hombres arrean reses asustadas junto a un establo; al fondo, el río entre prados.

Por eso la gente de Cracovia tenía que pagarle un tributo. Cada mañana, sin falta, le dejaban frente a la cueva tres becerros o tres carneros.

En la ciudad gobernaba el rey Krak. Un día fue a verlo un zapatero, un tal Skuba, que había pensado una manera de librarse del dragón.

—Majestad —dijo—, mande llenar de azufre una piel de becerro y que la cosan bien, para que parezca un becerro dormido. Si mañana se la ponemos al dragón en lugar del tributo, se la va a tragar entera.

El rey Krak siguió su consejo. Mandó rellenar de azufre una piel de becerro y coserla con cuidado, y quedó igualita a un becerro echado. Muy temprano, en lugar del tributo de ese día, la pusieron frente a la cueva.

Un viejo zapatero cose una piel de becerro rellena, tendida en el banco como un ternero dormido junto a una vela; en el suelo, un costal derrama polvo amarillo.

Como todas las mañanas, el dragón salió de su cueva. Vio el becerro y se lo tragó de un bocado, sin fijarse en nada, seguro de que se había comido uno de verdad.

Pero el azufre empezó a arder dentro de él, despacio, sin apagarse, y lo estuvo quemando mucho tiempo. Con una sed espantosa, el dragón se puso a beber agua. Bebió y bebió, y el ardor no se le quitaba, y siguió bebiendo hasta que se murió.

El dragón, metido en el agua poco honda del río, bebe con el hocico hundido en la corriente mientras el cielo se oscurece sobre los árboles de la orilla.

Así se libró Cracovia del dragón. El rey Krak premió con generosidad a Skuba, el zapatero, y se encargó de que nunca le faltara nada.

La cueva sigue ahí, debajo del castillo, y todavía hoy la llaman la Cueva del Dragón.

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Adaptado por Talerie, fuente: Podania i legendy polskie, ruskie i litewskie (se abre en una ventana nueva) Dominio público