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Una muchacha guaraní de largo cabello negro, con vestido claro, collar y la cara pintada, de pie entre helechos junto a un río, bajo un sauce, al anochecer.

La leyenda del urutaú

Daniel Granada

6 min de lectura a partir de 7 años

Ñeambiú, la única hija de un cacique guaraní, ama a Cuimbaé, un joven prisionero tupí. Sus padres no quieren ni oír hablar de esa boda, y un día ella desaparece en los montes del Iguazú. Cuando la encuentran, ya no habla ni siente nada, y ni las órdenes ni el cariño de sus amigas la hacen volver.


A orillas del río Uruguay, donde el aire llega tibio desde el trópico, nació Ñeambiú, la única hija de un poderoso cacique guaraní. Su padre venció a los tupíes y después llevó a toda su tribu a través de bosques inmensos, hasta establecerse no lejos del Iguazú.

Entre los prisioneros del cacique había un joven tupí, Cuimbaé, generoso y apuesto. Él estaba enamorado de Ñeambiú y ella de él, tanto que los dos parecían tener una sola alma. Pero Cuimbaé lloraba a escondidas a la orilla del Iguazú, porque sabía que su amor no tenía esperanza.

El cacique y la cacica no querían ni oír hablar de esa boda. Ñeambiú era la hija que adoraban, y no soportaban la idea de que algún día se separara de ellos, a menos que fuera por la muerte. Quitársela era como arrancarles el corazón.

Ñeambiú lloraba sola para no hacer sufrir a sus padres; callaba y obedecía. Una sola vez, sin embargo, les habló:

—¿Entonces no me dejan casarme con Cuimbaé?

—Hija de mi alma —le contestaron sus padres—, todavía no debes casarte, y mucho menos con un tupí. Ayer nomás los tupíes eran nuestros enemigos, y mañana lo volverán a ser.

—¡Crueles son ustedes, que me llaman hija de su alma! ¡Ay, yo soy hija de la desgracia!

Nadie volvería a oírla decir una palabra. Ñeambiú era muy hermosa, pero sobre todo tenía un corazón tan sensible que cuanto sentía se le asomaba a la cara y a los ojos. Por eso mismo sufría tanto.

Un día, cuando nadie lo esperaba, Ñeambiú desapareció de la casa de sus padres. El cacique y la cacica corrieron a buscar a Cuimbaé, seguros de que ella se había escapado con él. Pero el joven se quedó de veras asombrado: no podía creer que una muchacha tan prudente y cariñosa hubiera huido de su casa. Luego les dijo:

—Señor, señora, yo soñé que una mujer muy fiera, que era la desgracia misma, se llevaba a Ñeambiú a los montes del Iguazú. Allí vive ahora entre los animales y los pájaros, y ni ellos le hacen daño ni huyen de ella.

—¡Al Iguazú! —gritó fuera de sí el cacique—. ¡Al Iguazú, a buscar a mi hija! ¡Se la llevó caaporá!

—¡Caaporá, caaporá! —repitieron a una voz los hombres del cacique—. ¡Se llevó a Ñeambiú! ¡A buscar a Ñeambiú, que se la llevó caaporá!

El cacique, con una corona baja de plumas rojas y amarillas, extiende el brazo hacia el monte y grita; a su lado, la cacica; detrás, tres hombres con arcos.

Toda la tribu salió hacia el Iguazú. Cuando los pájaros carpinteros vieron gente, armaron tal alboroto que Ñeambiú, curiosa, salió de entre la maleza. En un momento la rodearon los hombres de su padre y, en nombre del cacique, le ordenaron que volviera con su familia y se lo pidieron de todas las maneras posibles.

Pero la pena, sin esperanza y sin consuelo, había apagado en su pecho todo sentimiento. Ya nada la conmovía, y no decía ni una palabra, porque junto con el sentimiento había perdido el habla. Muda e insensible, Ñeambiú les dio la espalda y se metió otra vez en el monte.

Sus amigas la querían mucho. Aunque era la más hermosa de todas, ninguna le tenía envidia, porque ella se las ganaba con su bondad y su paciencia. Como hija del cacique, mandaba entre las muchachas, pero lo que de veras gobernaba era el corazón de cada una, y con más fuerza de la que el cacique tenía sobre sus hombres.

Cuando vieron regresar a los hombres con las manos vacías, las amigas decidieron ir ellas mismas. Si las órdenes no habían servido, tal vez el cariño sí. Pero ¿y si se topaban con caaporá, el demonio del monte, que dejaba desgraciado para toda la vida a quien lo miraba, aunque fuera por casualidad?

—No importa —se dijeron—. Peor nos castigaría Añanga, el diablo que todo lo sabe, si por miedo dejáramos sola a una amiga en desgracia. ¡Vamos a buscar a Ñeambiú!

También ellas regresaron sin lograr nada, y muy tristes. Ñeambiú se había quedado frente a ellas como una estatua de mármol: no les dijo ni una palabra ni dio la menor señal de sentir algo. Su desgracia parecía no tener remedio.

En un sendero del monte, cinco amigas vestidas de blanco le tienden las manos o las juntan para suplicarle a Ñeambiú, que está frente a ellas, inmóvil y seria.

Entonces, como se hacía siempre en esos casos, consultaron al adivino de la tribu. Era Aguará-Payé, un viejo espantosamente feo y tan astuto como feo; bien lo decía su nombre, porque aguará quiere decir zorro.

Ya caía la noche, la mejor hora para consultar a los espíritus. Aguará-Payé tomó dos calabazas enormes: una llena de mate, la infusión de yerba, y la otra de chicha, una bebida fermentada de yuca. Primero se bebió el mate; luego, murmurando algo entre dientes y sin hacerse de rogar, se bebió la chicha. Empezó a tambalearse, hizo unas muecas horribles y cayó como muerto.

Cuando volvió en sí, dijo:

—Ñeambiú perdió para siempre el sentimiento y el habla. Abandonen la búsqueda.

—¡No, no! —contestaron los padres de Ñeambiú—. Abandonarla, no. ¡Antes morir que abandonarla! ¡Al Iguazú!

—¡Antes morir que abandonarla! —repitió la gente—. ¡Al Iguazú, al Iguazú!

Y fueron al Iguazú.

Todos comprendieron que Ñeambiú necesitaba una sacudida muy honda, algo que volviera a encender en su alma el fuego del sentimiento, que parecía apagado. Así que le fueron anunciando, una por una, la muerte fingida de las personas que ella más quería: primero la de sus mejores amigas y, al final, la de sus propios padres. Ñeambiú no se inmutó. Seguía fría, inmóvil y muda.

También Aguará-Payé seguía callado, mirando la triste escena. Todos se volvieron hacia él y le dijeron:

—Haz que sienta.

El adivino obedeció. Se adelantó despacio y le dijo a Ñeambiú:

—Cuimbaé murió…

Al anochecer junto al río, el adivino Aguará-Payé, un viejo flaco y canoso, se acerca despacio con una mano en alto a Ñeambiú, que sigue inmóvil entre helechos.

No era verdad: Cuimbaé estaba vivo. Pero aquellas palabras prendieron en el alma de Ñeambiú como una chispa en el pasto seco. La muchacha soltó un ¡ay! desgarrador, y otro, y otro más, y ante los ojos asombrados de todos desapareció. Los que la rodeaban, traspasados de dolor, se quedaron convertidos en sauces.

Un urutaú gris de ojos amarillos posado en una rama seca, entre sauces delgados a la orilla del río, con la luna llena detrás.

Al mismo tiempo, Ñeambiú se convirtió en el urutaú, ese pájaro gris de la noche que parece una rama rota. De todos aquellos sauces escogió la rama más vieja y más deshojada, y allí se quedó para llorar su desgracia por siempre.

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Adaptado por Talerie, fuente: Supersticiones del Río de la Plata (se abre en una ventana nueva) Dominio público