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Dentro de una cueva de roca verde azulada, una hormiga negra y una hormiga roja empujan un gran grano de maíz dorado entre montones de granos de cuatro colores.

La leyenda del maíz

Anónimo

3 min de lecturaa partir de 5 años

Los dioses hacen a la gente y buscan maíz para ella, hasta que Quetzalcóatl, convertido en hormiga negra, lo saca del Tonacatépetl con una hormiga roja. Cuando Nanáhuatl golpea el monte y lo parte, los tlaloques, dioses de la lluvia, arrebatan las semillas: el maíz blanco, negro, amarillo y rojo, el frijol y la chía.


Hace muchísimo tiempo, cuando todavía no había gente en el mundo, los dioses se reunieron para hacer una ofrenda. Estaban Apantecutli, Huictlolinqui, Tepanquizqui, Tlallamamac, Tzontemoc y también Quetzalcóatl. Cada uno ofreció unas gotas de su propia sangre, y de esa ofrenda que hicieron por nosotros nació la gente.

Ahí estaban los primeros hombres y mujeres, recién hechos, pequeños y sencillos. Los dioses los miraron y se preguntaron unos a otros:

—¿Y qué van a comer?

—Hay que buscarles maíz.

Pero nadie sabía dónde encontrarlo. Solo una criatura muy pequeña conocía el secreto: una hormiga roja. El grano estaba guardado en lo más hondo del Tonacatépetl, el Monte de nuestro Sustento, y ella sabía llegar hasta él.

Un día Quetzalcóatl se topó con la hormiga roja, que venía cargando maíz.

—Dime, ¿de dónde sacaste ese maíz? —le preguntó.

La hormiga no quiso contestar. Quetzalcóatl le volvió a preguntar, y luego le rogó y le suplicó, hasta que por fin ella cedió:

—Está aquí, dentro del monte.

Para poder ir con ella, Quetzalcóatl se convirtió en una hormiga negra. Así entraron juntas al monte las dos hormigas, la roja y la negra. Caminaron hasta donde estaba guardado el grano, y entre las dos lo jalaron hacia afuera.

La hormiga roja cargó el maíz hasta la orilla del monte y ahí se lo dejó a Quetzalcóatl. Él lo recogió y se lo llevó a Tamoanchan, la casa de los dioses.

En Tamoanchan los dioses masticaron el maíz para ablandarlo y después nos lo pusieron en la boca. Así fue como nos hicimos fuertes.

En un jardín verde con flores, cuatro dioses con penachos de plumas, Quetzalcóatl de piel negra entre ellos, ponen maíz en la boca de cuatro niños pequeños.

Pero el monte seguía en su lugar, lleno de semillas, y los dioses se preguntaron:

—¿Qué vamos a hacer con el Tonacatépetl?

Quetzalcóatl quiso llevárselo entero. Lo amarró con cuerdas y trató de echárselo a la espalda, pero el monte pesaba demasiado y no pudo con él.

Quetzalcóatl, de piel negra y penacho de plumas verdes, se inclina jalando unas cuerdas gruesas atadas al monte, de cuyas grietas asoman granos de colores.

Entonces el viejo Oxomoco echó suertes, y su esposa, la anciana Cipactónal, consultó el libro de los destinos. Cuando terminaron, los dos les dijeron a los dioses:

—Solo Nanáhuatl va a poder abrir el Tonacatépetl. Así lo dicen las suertes.

Nanáhuatl era un dios humilde, el mismo al que muchos conocen como Nanahuatzin.

Luego llegaron los tlaloques, los dioses de la lluvia, y se sentaron alrededor del monte: los verdes, los blancos, los amarillos y los rojos.

Entonces Nanáhuatl golpeó el monte. El Tonacatépetl se partió y se desgranó, y todas las semillas que guardaba quedaron al descubierto.

Nanáhuatl golpea con un palo el monte partido, del que caen granos de colores, y cuatro tlaloques con capas verde, blanca, amarilla y roja sostienen cántaros.

En ese mismo instante, los dioses de la lluvia se lanzaron sobre el grano y lo arrebataron todo: el maíz blanco, el negro, el amarillo y el rojo; el frijol, el amaranto, la chía y el michihuauhtli, que es otra clase de amaranto. No quedó una sola semilla que los tlaloques no se llevaran.

Adaptado por Talerie, fuente: Leyenda de los Soles (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público