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Una madre de largo cabello negro, arrodillada, extiende las manos hacia un brote de hojas brillantes en la tierra húmeda; la rodean ancianos con arcos.

La leyenda del guaraná

João Martins da Silva Coutinho

3 min de lectura a partir de 6 años

En la primera aldea que hubo vive un niño de seis años que sana a los enfermos con solo tocarlos. Toda la tribu lo quiere, pero Jurupari, el espíritu malo, lo envidia y espera el día en que nadie lo esté cuidando.


Para los sateré-mawé de Maués, en la Amazonía de Brasil, el guaraná es una planta sagrada. Es un arbusto trepador de la selva, y de sus semillas sacan alimento y remedio: les da fuerzas y los cura cuando se enferman. Por eso cuentan que su origen fue tan hermoso como sus regalos.

Hace mucho tiempo, en la primera aldea que hubo, vivía una pareja conocida por su bondad. Su choza de palma era el refugio de los desdichados, y quien estaba triste iba allí a buscar consuelo, como quien va a beber a un manantial.

De padres tan buenos nació un hijo todavía mejor. A los seis años, el niño ya hacía tantos prodigios que todos lo querían y lo admiraban. Si las plantas se secaban y él pedía lluvia, llegaban aguaceros que las ponían verdes otra vez. Cuando la gente se peleaba, él ponía paz y mantenía unida a la tribu. Y muchos enfermos sanaban con solo que él los tocara con la mano.

Era como si una luz de felicidad lo rodeara y alcanzara a todos los que se le acercaban.

Tanta dicha despertó la envidia de Jurupari, el espíritu malo, y él juró acabar con el niño, a quien veía como su rival.

Durante mucho tiempo, la gente de la aldea cuidó tanto al niño que Jurupari no pudo acercársele. Pero un día, por desgracia, el niño se subió a un árbol a cortar fruta sin que nadie lo viera. Jurupari aprovechó el momento: se convirtió en una serpiente, se le echó al cuello y lo mató en el acto.

Un niño de cabello negro, sentado en la horqueta de un árbol, alcanza un racimo de frutas amarillas mientras una serpiente manchada lo mira desde una rama.

Pronto la gente notó que el niño no estaba, y la noticia corrió por toda la aldea. La tribu entera salió a buscarlo. Buscaron en cada rincón, cada vez más angustiados, hasta que por fin encontraron el cuerpo. El niño tenía los ojos abiertos y la cara tan serena que parecía sonreírles a quienes lo miraban.

Pero aquella ilusión duró muy poco. La verdad cayó sobre la tribu como un rayo. Ya nadie tenía esperanza: había muerto quien hacía felices a todos, y aquello les pareció un castigo terrible que los condenaba a la desdicha para siempre.

Toda la aldea lloraba sin consuelo, cuando de pronto un relámpago cortó el llanto y se hizo un silencio profundo.

Entonces la madre del niño tomó la palabra y les habló así a todos, que la escuchaban asombrados:

—Tupá, que siempre es bueno, vino a consolarnos en esta pena tan grande y nos va a devolver lo que perdimos. Mi hijo volverá a la vida convertido en árbol. Ese árbol nos dará alimento, nos mantendrá unidos y nos curará todos los males del cuerpo. Pero hay que plantar sus ojos. Yo no puedo hacerlo. Háganlo ustedes, como manda Tupá.

En el patio de la aldea, al anochecer, la madre del niño abre los brazos y mira al cielo; dos hombres y dos niños miran el relámpago sobre la selva.

Sus palabras dejaron a todos conmovidos. Nadie tenía valor para sacarle los ojos al niño, así que los más viejos de la aldea decidieron echar suertes para ver quién lo haría.

Plantaron los ojos del niño, y todos regaron aquel lugar con sus lágrimas. Los ancianos se quedaron allí de guardia.

De noche, cuatro ancianos con arcos, sentados en círculo, miran un brote de hojas verdes que sale de la tierra oscura; detrás arde una pequeña fogata.

Al cabo de unos días, de aquella tierra brotó el guaraná.

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Adaptado por Talerie, fuente: Noticia sobre o uaraná ou guaraná (se abre en una ventana nueva) Dominio público