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De noche, un joven de barba corta y manto oscuro, con un dedo en los labios, deja oro envuelto en un paño en una ventana; adentro, un anciano y tres muchachas.

La historia de san Nicolás

Santiago de la Vorágine

8 min de lectura a partir de 7 años

En Patara, el joven Nicolás hereda una gran fortuna y no quiere que nadie lo alabe por ella. Junto a su casa vive un hombre muy pobre que ya no halla cómo mantener a sus tres hijas. Nicolás espera a que oscurezca, con un trozo de oro envuelto en un paño.


Nicolás nació en Patara, una ciudad de Licia. Sus papás, ricos y muy piadosos, murieron cuando él era joven. Nicolás heredó una gran fortuna y decidió usarla no para que la gente lo alabara, sino para la gloria de Dios.

Junto a su casa vivía un hombre de buena familia que se había quedado muy pobre. Tenía tres hijas y ya no hallaba cómo mantenerlas, así que estaba a punto de mandarlas a un prostíbulo para que la familia pudiera comer.

Una noche, Nicolás envolvió un trozo de oro en un paño, lo aventó por la ventana del vecino y se fue corriendo sin que nadie lo viera. A la mañana siguiente, el hombre encontró el oro, le dio gracias a Dios y empezó a preparar la boda de su hija mayor.

Al poco tiempo, Nicolás volvió a hacer lo mismo. El vecino no paraba de alabar a Dios, y se prometió que de ahí en adelante se quedaría despierto para averiguar quién lo ayudaba.

Días después, un tercer trozo de oro, el doble de grande, cayó dentro de la casa, y esta vez el vecino oyó el golpe. Salió corriendo detrás de Nicolás, que huía.

—¡Espere, señor, por favor! ¡Déjeme verle la cara!

El vecino corrió tanto que lo alcanzó y lo reconoció. Quiso arrodillarse a sus pies, pero Nicolás no dejó que le diera las gracias.

En un callejón de casas blancas, bajo la luna, un anciano de túnica remendada se arrodilla y toma la mano de Nicolás, que alza la otra para que no le agradezca.

—No le cuente esto a nadie —le pidió—. Guarde el secreto mientras viva.

Pasó el tiempo, y los obispos de la región se reunieron para elegir a un nuevo obispo de Mira. Entre ellos había un obispo anciano, tan respetado que todos seguían su consejo. Una noche, el anciano oyó una voz que le decía que al amanecer esperara en la puerta de la iglesia y consagrara obispo al primer hombre que entrara.

Todavía no salía el sol cuando Nicolás, guiado por Dios, llegó a la iglesia y fue el primero en entrar. El anciano se le acercó.

—¿Cómo te llamas?

Nicolás bajó la cabeza y respondió:

—Nicolás, para servirle, padre.

En la puerta de una iglesia de piedra, entre lámparas de aceite, Nicolás baja la cabeza ante un obispo anciano de barba blanca; detrás hay una fila de obispos.

Así lo nombraron obispo de Mira. Pero los honores no lo cambiaron: seguía siendo humilde y pasaba las noches rezando.

Un día, unos marineros se vieron en peligro en medio de una tormenta. Llorando, rezaron así:

—Nicolás, siervo de Dios, si es verdad lo que nos han contado de ti, ¡haz que lo veamos ahora!

De pronto apareció ante ellos alguien con la cara del santo.

—Me llamaron, aquí estoy —les dijo.

Se puso a ayudarlos con las velas y las cuerdas, y al instante la tormenta se calmó.

En un barco en plena tormenta, Nicolás, ya obispo y de barba gris, jala una cuerda junto a cuatro marineros; dos lo miran asombrados, entre olas enormes.

Ya en tierra, los marineros fueron a la iglesia y reconocieron enseguida a Nicolás, aunque nunca lo habían visto. Cuando le dieron las gracias, él les dijo:

—No me lo agradezcan a mí. Denle gracias a Dios y a su propia fe.

Tiempo después hubo una hambruna terrible en toda la región. Nicolás supo que en el puerto había unos barcos cargados de trigo y les pidió a los marineros que dejaran para los hambrientos cien medidas por barco.

—Padre, no nos atrevemos —le contestaron—. Pesaron la carga en Alejandría, y tenemos que entregarla completa en los graneros del emperador.

—Hagan lo que les pido —dijo Nicolás—, y les prometo en nombre de Dios que no les va a faltar ni un grano.

Así lo hicieron, y a los graneros del emperador llegó la misma cantidad que habían pesado en Alejandría. El trigo que Nicolás repartió rindió tanto que alimentó a toda la región durante dos años, y todavía sobró para sembrar los campos.

En esa tierra algunos campesinos seguían haciendo ritos paganos debajo de un árbol dedicado a la diosa Diana, y Nicolás mandó cortarlo. El demonio se puso furioso. Preparó un aceite que ardía hasta en el agua, se disfrazó de monja y en una barca se acercó a unos peregrinos que iban por mar a ver a Nicolás.

—Qué lástima que yo no pueda ir con ustedes —les dijo—. En recuerdo mío, unten con este aceite las paredes de la iglesia y de la casa del santo.

Cuando la barca de la monja se alejó, se acercó otra, y en ella iba Nicolás.

—¿Qué les dio esa mujer?

Los peregrinos le contaron todo.

—Esa mujer no es una monja: es la diosa Diana en persona. Si quieren una prueba, echen ese aceite al mar.

Apenas lo echaron, el aceite estalló en llamas sobre el agua. La segunda barca desapareció, pero cuando los peregrinos llegaron a la iglesia, reconocieron en Nicolás al hombre que iba en aquella barca.

Una vez, el emperador mandó a tres generales, Nepociano, Urso y Apilión, a sofocar una rebelión. Un viento contrario los obligó a detenerse en un puerto cercano, y Nicolás los invitó a comer a su casa.

Por esos días, el cónsul se había dejado sobornar y había condenado a muerte a tres soldados inocentes. En cuanto Nicolás lo supo, corrió con sus invitados al lugar de la ejecución. Los tres soldados ya estaban arrodillados, con la cara cubierta, y el verdugo tenía la espada en alto.

Nicolás se lanzó contra el verdugo, le arrancó la espada de las manos y desató a los tres inocentes. Luego fue a la casa del cónsul y abrió la puerta a la fuerza.

Nicolás, con báculo y manto rojo de obispo, desata las manos de tres soldados jóvenes arrodillados; el verdugo tiene las manos vacías y tres generales miran.

—Enemigo de Dios, ¿cómo te atreves a mirarnos a la cara con un crimen tan horrible en la conciencia?

El cónsul se arrepintió, y como los generales se lo pidieron, Nicolás lo perdonó. Más tarde, los generales vencieron a los rebeldes sin derramar sangre, y el emperador los recibió con grandes honores.

Pero unos cortesanos les tenían envidia y le pagaron al prefecto del emperador para que acusara de traición a los generales. El emperador, ciego de ira, mandó encerrarlos y ordenó que los mataran esa misma noche, sin juicio. Los generales lloraban con amargura, hasta que Nepociano se acordó de los tres soldados que Nicolás había salvado ante sus ojos y animó a sus compañeros a pedirle ayuda al santo.

Esa noche, san Nicolás se le apareció en sueños al emperador Constantino.

—¿Por qué condenaste a muerte a esos generales, si son inocentes? Suéltalos ahora mismo, o le pediré a Dios que te mande una guerra en la que perderás la vida.

—¿Quién eres tú, que entras de noche a mi palacio y me hablas así?

—Soy Nicolás, obispo de la ciudad de Mira.

Luego Nicolás se le apareció al prefecto y le advirtió que, si no ayudaba a liberar a los tres generales, caería enfermo y su casa quedaría en ruinas. El prefecto le preguntó quién era, y Nicolás respondió: «Soy Nicolás, obispo de la ciudad de Mira».

Al despertar, el emperador y el prefecto se contaron lo que habían soñado y mandaron traer a los prisioneros.

—¿Conocen a un hombre que se llama Nicolás? —les preguntó el emperador.

—Sí, Majestad —respondieron, y le contaron la vida y los milagros del santo.

—Entonces vayan —dijo el emperador— y denle gracias a Dios, que los salvó porque ese Nicolás se lo pidió. Llévenle regalos de mi parte y pídanle que ya no me amenace, sino que rece por mí y por mi imperio.

Unos días después, los generales llegaron ante Nicolás y se arrodillaron.

—Padre, usted es de verdad un siervo de Dios —le dijeron, y le contaron todo lo que había pasado.

Nicolás levantó las manos al cielo y alabó a Dios. Cuando llegó su hora, le pidió a Dios que le enviara a sus ángeles, y murió en paz mientras sonaba una música del cielo.

Lo enterraron en un sepulcro de mármol, y de él brotó un aceite santo que sanaba a los enfermos. Años después, soldados de Bari se llevaron sus huesos a Italia, y por eso también se le conoce como san Nicolás de Bari.

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Adaptado por Talerie, fuente: La Légende dorée (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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15 min de lectura a partir de 7 años

Sobre esta leyenda

La historia de san Nicolás es una leyenda de santos, no un cuento de hadas. La contó en latín, en el siglo XIII, el fraile dominico Santiago de la Vorágine, que más tarde fue arzobispo de Génova. Es un capítulo de la «Leyenda dorada», su libro de vidas de santos.

Nuestro texto parte de la traducción francesa de Teodor de Wyzewa (París, Perrin) y llega hasta el traslado de los restos del santo a Bari. En la ciudad natal de Nicolás seguimos al latín: Patara, y no Patras, como escribe Wyzewa. Las dos versiones del relato son nuestras: «Original», la extensa, y «Más suave», más breve.

La traducción de Wyzewa y nuestras dos versiones

Wyzewa (nuestra fuente)Nuestro relato
Dónde nacePatras (en latín, Patara)Patara, ciudad de Licia
El orotres trozos, de noche, por la ventanaigual en las dos versiones
Las tres hijasa punto de ser entregadas a la prostituciónse dice sin rodeos en las dos versiones
Cómo llega a obispoes el primero en entrar en la iglesiaigual
El aceite de Dianael demonio, disfrazado de monjaigual en las dos versiones
Año de su muerte313 (el texto latino dice 343)«Original»: 343; «Más suave»: sin año
Tras su muerteaceite del sepulcro, Bari en 1087, otros milagrosacaba en Bari, sin los milagros posteriores
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Soy Nicolás, obispo de la ciudad de Mira.
Jacques de Voragine, trad. Teodor de Wyzewa, 1910: Je suis Nicolas, évêque de la ville de Myre.

Qué cuenta nuestro relato

Nicolás hereda una gran fortuna. Su vecino, que se ha quedado en la miseria, tiene tres hijas, y una noche Nicolás arroja por la ventana del vecino un trozo de oro envuelto en un paño; con él, el hombre empieza a preparar la boda de la mayor. Nicolás vuelve a hacerlo dos veces más (el tercer trozo es el doble de grande); la última vez, el vecino sale corriendo tras él y lo alcanza, y Nicolás le pide que guarde el secreto. Después vienen la voz que manda consagrar obispo de Mira al primero que entre en la iglesia, la tormenta, los barcos de trigo, el árbol de Diana y el aceite que arde en el agua, los tres soldados salvados de la espada del verdugo y los sueños del emperador Constantino y de su prefecto. Termina con la muerte de Nicolás, el aceite que brota de su sepulcro y el viaje de sus huesos a Bari. Los milagros posteriores que cuenta el libro los dejamos fuera.

Solo en «Original» están el bebé que se pone de pie en la tina, los nombres de sus padres (Epifanio y Juana), su presencia en el Concilio de Nicea, que el libro atribuye a «una crónica», el año 343, los turcos y los cuarenta y siete soldados de Bari. Las dos versiones dicen claramente que el vecino pensaba mandar a sus hijas a un prostíbulo para poder comer; se menciona solo al principio y el oro de Nicolás lo impide, pero quizá prefieras leer ese pasaje tú antes de contárselo a los niños.

De dónde viene la leyenda y por qué no es de Navidad

El propio libro cuenta quién escribió antes esta leyenda: unos doctores de Argos; según otros, el patriarca Metodio la escribió en griego y el diácono Juan la pasó al latín, añadiendo mucho de su cosecha. Wyzewa cuenta en su introducción que entre 1470 y 1500 la «Leyenda dorada» tuvo cerca de cien ediciones latinas distintas.

En esta leyenda no aparece la Navidad. El capítulo lleva la fecha del 6 de diciembre, la fiesta del santo, y es una historia distinta de «El nacimiento de Jesús», el relato de Belén que tenemos en el sitio.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 4 de noviembre de 2026.

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