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De noche, un joven de barba corta y manto oscuro, con un dedo en los labios, deja oro envuelto en un paño en una ventana; adentro, un anciano y tres muchachas.Original

La historia de san Nicolás

Santiago de la Vorágine

12 min de lectura a partir de 8 años

Nicolás nace en Patara, y ese mismo día se pone de pie en la tina donde lo bañan. Ya de joven hereda una gran fortuna, y cerca de su casa vive un hombre arruinado que piensa en un destino terrible para sus tres hijas. Nicolás envuelve un trozo de oro en un paño y espera la noche.


Nicolás nació en Patara, una ciudad de Licia, y sus padres eran ricos y piadosos. Su padre se llamaba Epifanio y su madre, Juana. Lo tuvieron cuando todavía eran jóvenes, y después de su nacimiento decidieron no volver a vivir como marido y mujer.

El mismo día en que nació, mientras lo bañaban, el niño se enderezó y se quedó de pie en la tina. Durante toda su infancia solo tomaba el pecho dos veces por semana, los miércoles y los viernes. Ya de joven se apartaba de los placeres y desórdenes de sus compañeros; iba a las iglesias y guardaba en la memoria todo lo que oía allí de las Sagradas Escrituras.

Cuando sus padres murieron, Nicolás quedó muy rico. Entonces se puso a pensar cómo usar su fortuna, no para que la gente lo alabara, sino para la gloria de Dios.

Cerca de él vivía un hombre de buena familia que había caído en la pobreza. Tenía tres hijas jóvenes, y estaba tan desesperado que pensaba entregarlas a la prostitución para vivir de lo que ellas ganaran. Cuando Nicolás se enteró, sintió horror ante semejante pecado. Envolvió un trozo de oro en un paño y, de noche, lo aventó por la ventana a la casa del vecino. Luego se fue corriendo sin que nadie lo viera.

A la mañana siguiente, al levantarse, el hombre encontró el oro. Le dio gracias a Dios y enseguida empezó a preparar la boda de la mayor de sus hijas.

Al poco tiempo, el siervo de Dios le dejó otro trozo de oro de la misma manera. Al encontrarlo, el vecino alabó a Dios en voz alta, y se prometió que de ahí en adelante se quedaría despierto para descubrir quién lo estaba socorriendo en su pobreza.

Pocos días después, un trozo de oro dos veces más grande cayó dentro de la casa, y esta vez el hombre oyó el ruido que hizo al caer. Salió corriendo detrás de Nicolás, que huía, y le gritaba que se detuviera, que quería verle la cara. Corrió tanto que alcanzó al muchacho y lo reconoció.

El vecino se echó al suelo delante de él y quiso besarle los pies. Pero Nicolás no aceptó que le diera las gracias, y le hizo prometer que guardaría el secreto de aquel favor mientras viviera.

En una calle a la luz de la luna, un anciano canoso de túnica remendada, de rodillas, toma la mano de un joven de manto oscuro que con la otra lo rechaza.

Tiempo después murió el obispo de la ciudad de Mira, y todos los obispos de la región se reunieron para elegir a su sucesor. Entre ellos había uno de gran autoridad, de cuyo parecer dependía la opinión de todos los demás. Este obispo les pidió a todos que ayunaran y rezaran, y esa noche oyó una voz que le decía que al amanecer se pusiera a la puerta de la iglesia y consagrara obispo al primer hombre que viera entrar.

El anciano les contó enseguida a los otros obispos lo que había oído, y fue a esperar ante la puerta de la iglesia. Y por milagro, Nicolás, enviado por Dios, llegó a la iglesia antes del amanecer y fue el primero en entrar. El obispo anciano se le acercó y le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

Nicolás, que era sencillo como una paloma, bajó la cabeza y respondió:

—Nicolás, servidor de su reverencia.

Ante la puerta de una iglesia de piedra, antes del amanecer, un joven inclina la cabeza frente a un obispo anciano de barba blanca; detrás, otros obispos.

Los obispos lo vistieron con ornamentos brillantes y lo sentaron en la cátedra del obispo. Pero él, aun lleno de honores, conservó siempre su humildad de antes y la seriedad de sus costumbres. Pasaba las noches en oración, castigaba su cuerpo con penitencias y evitaba la compañía de las mujeres. Recibía a todos con sencillez, hablaba con palabras que llegaban al corazón, daba buenos consejos y regañaba con severidad cuando hacía falta. Cuenta también una crónica que san Nicolás estuvo en el Concilio de Nicea.

Un día, unos marineros estaban en peligro en alta mar, y rezaron llorando:

—Nicolás, siervo de Dios, si es verdad lo que nos han contado de ti, ¡haz que lo veamos ahora!

De inmediato apareció ante ellos alguien que tenía la cara del santo, y les dijo:

—Me llamaron, aquí estoy.

Se puso a ayudarlos con las velas, las cuerdas y todos los aparejos del barco, y en ese mismo instante la tormenta se calmó.

En un barco en plena tormenta, un obispo canoso con ornamentos rojos jala una cuerda junto a cuatro marineros empapados que lo miran asombrados.

Ya a salvo, los marineros fueron a la iglesia donde estaba Nicolás, y lo reconocieron en cuanto lo vieron, aunque nunca antes lo habían visto. Le dieron las gracias por haberlos librado, pero él les dijo que se las dieran a Dios, porque todo se debía a la misericordia divina y a la fe de ellos.

Una vez hubo en todo el obispado de san Nicolás una hambruna tan terrible que nadie tenía nada que comer. El hombre de Dios supo que en el puerto había unos barcos cargados de trigo. Fue allá de inmediato y les pidió a los marineros que ayudaran a la gente hambrienta y dejaran aunque fuera cien medidas de trigo por barco.

Pero ellos contestaron:

—Padre, no nos atrevemos, porque nuestra carga la midieron en Alejandría, y tenemos que entregarla completa en los graneros del emperador.

El santo les respondió:

—Hagan de todos modos lo que les digo, y yo les prometo en el nombre de Dios que los oficiales del emperador no van a encontrar ni un grano de menos.

Los marineros obedecieron. Y cuando llegaron a su destino, entregaron en los graneros imperiales la misma cantidad de trigo que habían medido en Alejandría. Vieron el milagro, lo contaron por todas partes y le dieron gloria a Dios por su siervo.

Nicolás repartió el trigo que habían dejado según lo que cada uno necesitaba, y de un modo tan milagroso que no solo alcanzó para alimentar a la región durante dos años, sino que todavía sobró para sembrar los campos en abundancia.

Aquella región había adorado ídolos en otros tiempos, y todavía en la época de san Nicolás algunos campesinos seguían celebrando ciertos ritos paganos bajo un árbol consagrado a la diosa Diana. Para acabar con esa idolatría, el santo mandó cortar el árbol.

El demonio se puso furioso y preparó un aceite que no era natural, porque ardía en el agua y sobre las piedras. Luego tomó la apariencia de una monja, se subió a una barca y se acercó a unos peregrinos que navegaban hacia donde estaba san Nicolás. Les dijo:

—Siento mucho no poder acompañarlos a ver a ese santo hombre. Por lo menos, en recuerdo mío, unten con este aceite las paredes de su iglesia y de su casa.

Pero en cuanto la barca del demonio se alejó, los peregrinos vieron que se les acercaba otra barca, y en ella venía Nicolás, que les preguntó:

—¿Qué les dijo esa mujer y qué les dio?

Los peregrinos le contaron lo que había pasado. Él les dijo:

—Esa mujer no es ninguna monja, sino la desvergonzada Diana en persona. Si quieren una prueba, avienten su aceite al mar.

Apenas lo aventaron, el aceite se encendió sobre el agua, y así se vio bien claro que no era cosa natural. Entonces la segunda barca desapareció. Y cuando los peregrinos entraron a la iglesia de san Nicolás, reconocieron en él al hombre que venía en aquella barca.

En otra ocasión, un pueblo se levantó en armas contra el Imperio romano, y el emperador mandó contra él a tres generales: Nepociano, Urso y Apilión. Un viento contrario los detuvo en el camino, y tuvieron que hacer escala en un puerto del obispado de san Nicolás. El santo los invitó a comer a su casa, para que la tropa no le robara a la gente de la ciudad.

Pero en ausencia del santo, el cónsul se había dejado sobornar y había condenado a muerte a tres soldados inocentes. Cuando Nicolás lo supo, les pidió a sus invitados que lo acompañaran y corrió con ellos al lugar de la ejecución. Allí encontró a los tres soldados ya de rodillas, con la cara cubierta, y al verdugo con la espada levantada sobre sus cabezas.

Nicolás, ardiendo de indignación, se lanzó con valor contra el verdugo, le arrancó la espada de las manos, desató a los tres inocentes y se los llevó con él, sanos y salvos. Luego corrió al palacio del cónsul y abrió a la fuerza la puerta, que estaba cerrada. El cónsul salió de prisa a saludarlo, pero el santo lo hizo a un lado y le dijo:

—Enemigo de Dios, traidor a la ley, ¿cómo te atreves a mirarnos a la cara con un crimen tan horrible sobre la conciencia?

A pleno sol, un obispo con báculo desata las manos de tres soldados jóvenes arrodillados; el verdugo tiene las manos vacías y detrás hay tres generales romanos.

El santo lo llenó de reproches. Pero cuando los generales le rogaron por él y vio que el cónsul estaba arrepentido, aceptó perdonarlo. Los enviados del emperador recibieron la bendición del santo y siguieron su camino. Sometieron a los rebeldes sin derramar sangre y volvieron con el emperador, que los recibió con grandes honores.

Sin embargo, algunos cortesanos, envidiosos del favor que el emperador les mostraba a los tres generales, sobornaron al prefecto imperial, y este los acusó de traición. El emperador, loco de furia, los mandó encerrar y ordenó que los mataran esa misma noche, sin interrogarlos.

Cuando el carcelero les dijo lo que les esperaba, los tres generales se desgarraron los mantos y se lamentaron amargamente. Pero de pronto uno de ellos, Nepociano, recordó que el bienaventurado Nicolás había salvado de la muerte, delante de ellos, a tres inocentes, y animó a sus compañeros a pedirle ayuda.

Esa misma noche, gracias a la oración de los generales, san Nicolás se le apareció al emperador Constantino y le dijo:

—¿Por qué mandaste arrestar injustamente a estos generales y los condenaste a muerte, si son inocentes? ¡Levántate ya y haz que los suelten cuanto antes! Si no, le pediré a Dios que te mande una guerra en la que caerás, y tu cuerpo será comida de las fieras.

El emperador le preguntó:

—¿Quién eres tú, que entras de noche en mi palacio y te atreves a hablarme así?

Y el santo le contestó:

—Soy Nicolás, obispo de la ciudad de Mira.

Del mismo modo se le apareció al prefecto, y lo llenó de miedo con estas palabras:

—Insensato, ¿por qué consentiste que mataran a tres inocentes? ¡Corre y haz que los dejen libres! Si no, los gusanos se comerán tu cuerpo y tu casa será destruida de inmediato.

El prefecto le preguntó:

—¿Quién eres tú, que me amenazas así?

—Para que lo sepas, soy Nicolás, obispo de la ciudad de Mira.

Al despertar, el emperador y el prefecto se contaron lo que habían soñado y mandaron traer enseguida a los tres presos. El emperador les preguntó:

—¿Son ustedes hechiceros, que nos engañan con visiones como estas?

Ellos respondieron que no eran hechiceros y que eran inocentes del crimen del que los acusaban. Entonces el emperador les preguntó:

—¿Conocen a un hombre que se llama Nicolás?

Al oír ese nombre, levantaron las manos al cielo y le pidieron a Dios que, por los méritos de san Nicolás, los librara del peligro en que estaban. Y cuando los generales le contaron la vida y los milagros del santo, el emperador les dijo:

—Vayan y denle gracias a Dios, que los salvó por la oración de ese Nicolás. Pero cuéntenle a él lo que yo hice, llévenle regalos de mi parte y pídanle que ya no me amenace, sino que rece a Dios por mí y por mi imperio.

Unos días después, los generales fueron a ver a san Nicolás. Se postraron delante de él, lo llamaron verdadero siervo de Dios y le contaron con todo detalle lo que había pasado. Él levantó las manos al cielo, alabó a Dios y, después de instruirlos bien en las verdades de la fe, los mandó de vuelta a sus casas.

Cuando Dios quiso llamar a san Nicolás a su lado, el santo le pidió que le enviara a sus ángeles. Al verlos venir, inclinó la cabeza y rezó el salmo que empieza: «En ti, Señor, he puesto mi esperanza». Luego entregó el alma mientras se oía una música del cielo. Esto sucedió en el año 343.

Lo enterraron en un sepulcro de mármol, y de su cabeza empezó a brotar un manantial de aceite, y de sus pies, uno de agua. Todavía hoy sale de sus restos un aceite santo que devuelve la salud a muchos enfermos. Un día ese aceite dejó de brotar: fue cuando unos envidiosos echaron de su sede al sucesor de san Nicolás, que era un hombre excelente. Pero en cuanto el obispo volvió a ocupar su lugar, el aceite volvió a brotar.

Mucho tiempo después, los turcos destruyeron la ciudad de Mira. Y cuando pasaron por allí cuarenta y siete soldados de la ciudad de Bari, cuatro monjes les abrieron el sepulcro de san Nicolás. Los soldados tomaron sus huesos, que flotaban en el aceite, y se los llevaron a Bari en el año 1087.

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Adaptado por Talerie, fuente: La Légende dorée (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre esta leyenda

La historia de san Nicolás es una leyenda de santos, no un cuento de hadas. La contó en latín, en el siglo XIII, el fraile dominico Santiago de la Vorágine, que más tarde fue arzobispo de Génova. Es un capítulo de la «Leyenda dorada», su libro de vidas de santos.

Nuestro texto parte de la traducción francesa de Teodor de Wyzewa (París, Perrin) y llega hasta el traslado de los restos del santo a Bari. En la ciudad natal de Nicolás seguimos al latín: Patara, y no Patras, como escribe Wyzewa. Las dos versiones del relato son nuestras: «Original», la extensa, y «Más suave», más breve.

La traducción de Wyzewa y nuestras dos versiones

Wyzewa (nuestra fuente)Nuestro relato
Dónde nacePatras (en latín, Patara)Patara, ciudad de Licia
El orotres trozos, de noche, por la ventanaigual en las dos versiones
Las tres hijasa punto de ser entregadas a la prostituciónse dice sin rodeos en las dos versiones
Cómo llega a obispoes el primero en entrar en la iglesiaigual
El aceite de Dianael demonio, disfrazado de monjaigual en las dos versiones
Año de su muerte313 (el texto latino dice 343)«Original»: 343; «Más suave»: sin año
Tras su muerteaceite del sepulcro, Bari en 1087, otros milagrosacaba en Bari, sin los milagros posteriores
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Soy Nicolás, obispo de la ciudad de Mira.
Jacques de Voragine, trad. Teodor de Wyzewa, 1910: Je suis Nicolas, évêque de la ville de Myre.

Qué cuenta nuestro relato

Nicolás hereda una gran fortuna. Su vecino, que se ha quedado en la miseria, tiene tres hijas, y una noche Nicolás arroja por la ventana del vecino un trozo de oro envuelto en un paño; con él, el hombre empieza a preparar la boda de la mayor. Nicolás vuelve a hacerlo dos veces más (el tercer trozo es el doble de grande); la última vez, el vecino sale corriendo tras él y lo alcanza, y Nicolás le pide que guarde el secreto. Después vienen la voz que manda consagrar obispo de Mira al primero que entre en la iglesia, la tormenta, los barcos de trigo, el árbol de Diana y el aceite que arde en el agua, los tres soldados salvados de la espada del verdugo y los sueños del emperador Constantino y de su prefecto. Termina con la muerte de Nicolás, el aceite que brota de su sepulcro y el viaje de sus huesos a Bari. Los milagros posteriores que cuenta el libro los dejamos fuera.

Solo en «Original» están el bebé que se pone de pie en la tina, los nombres de sus padres (Epifanio y Juana), su presencia en el Concilio de Nicea, que el libro atribuye a «una crónica», el año 343, los turcos y los cuarenta y siete soldados de Bari. Las dos versiones dicen claramente que el vecino pensaba mandar a sus hijas a un prostíbulo para poder comer; se menciona solo al principio y el oro de Nicolás lo impide, pero quizá prefieras leer ese pasaje tú antes de contárselo a los niños.

De dónde viene la leyenda y por qué no es de Navidad

El propio libro cuenta quién escribió antes esta leyenda: unos doctores de Argos; según otros, el patriarca Metodio la escribió en griego y el diácono Juan la pasó al latín, añadiendo mucho de su cosecha. Wyzewa cuenta en su introducción que entre 1470 y 1500 la «Leyenda dorada» tuvo cerca de cien ediciones latinas distintas.

En esta leyenda no aparece la Navidad. El capítulo lleva la fecha del 6 de diciembre, la fiesta del santo, y es una historia distinta de «El nacimiento de Jesús», el relato de Belén que tenemos en el sitio.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 4 de noviembre de 2026.

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