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En una celda de piedra, una joven de rebozo y falda verde sube el pie a un navío luminoso dibujado en el muro; en la puerta, el carcelero la mira espantado.

La Mulata de Córdoba

Luis González Obregón

6 min de lectura a partir de 8 años

Nadie en Córdoba sabe quiénes fueron los padres de la Mulata ni por qué nunca envejece. Unos juran que vuela sobre los tejados y que el diablo la visita de noche; otros tocan a su puerta a pedirle lo imposible. La noticia corre por la Ciudad de México: el Santo Oficio la tiene presa en sus cárceles.


Cuenta la leyenda que hace más de doscientos años, en la ciudad de Córdoba, vivió una mujer famosa: una joven que nunca envejecía, por más años que pasaran. Nadie sabía quiénes eran sus padres, y todos la llamaban la Mulata.

Casi toda la gente la tenía por bruja. Muchos vecinos juraban que, al pasar por su casa a medianoche, habían visto salir por las rendijas de puertas y ventanas una luz siniestra, como si adentro ardiera un gran incendio. Por eso decían que había hecho un pacto con el diablo y que él la visitaba cada noche.

Otros aseguraban que la habían visto volar sobre los tejados, con una mirada endemoniada en los ojos negros y una sonrisa que, entre los labios rojos, dejaba ver unos dientes blanquísimos. De ella se contaban prodigios.

Cuando llegó a la ciudad, los jóvenes de Córdoba se enamoraron de su belleza y competían por ganarse su corazón. Pero ella no le hizo caso a ninguno; a todos los rechazó. Por eso la gente acabó creyendo que el único dueño de sus encantos era el señor de las tinieblas.

Sin embargo, aquella mujer siempre joven iba a misa, comulgaba y daba limosna. Ayudaba a todo el que se lo pedía, lo mismo a la puerta de la choza de un pobre que junto a la cama de un moribundo.

También se decía que podía estar en varios lugares a la misma hora. Un día, según se supo, la vieron al mismo tiempo en Córdoba y en la Ciudad de México. Unos la encontraban en una cueva, otros en un cuartito de vecindad, vestida con sencillez y sin que nada en ella delatara el poder que tenía.

Además, la Mulata era la abogada de los imposibles. Las muchachas sin novio, las solteronas que ya perdían la esperanza de casarse, los empleados que se habían quedado sin trabajo, las damas que querían lucir mejores vestidos y joyas que la virreina, los militares retirados, los médicos sin enfermos, los abogados sin pleitos, los escribanos sin escrituras y los jóvenes sin un centavo: todos acudían a ella con sus penas, y ella los dejaba a todos contentos.

En la puerta de su casa blanca, una joven de rebozo escucha sonriente a una muchacha, una señora, un escribano con sombrero en la mano y un viejo militar.

Por eso, todavía hoy, cuando alguien nos pide algo casi imposible, solemos decir:

—¡No soy la Mulata de Córdoba!

Su fama era enorme, y su nombre corría de boca en boca por toda la Nueva España. Nadie sabe cuánto tiempo duró aquella gloria.

Lo que sí se cuenta es que un día la Ciudad de México se enteró de que la Mulata había sido traída desde Córdoba a las oscuras cárceles del Santo Oficio, el tribunal de la Inquisición.

La noticia, que se escapó quién sabe cómo de aquellos muros tan secretos, causó un gran revuelo. En las tiendas del Parián, los platicones no hablaban de otra cosa. Uno muy atrevido sostenía que la Mulata no era bruja ni nada parecido, y que si la habían apresado era por su fortuna: diez grandes tinajas de barro llenas de polvo de oro. Otro añadió que, además, había de por medio un enamorado al que ella había rechazado, y que él, ciego de despecho, la había denunciado en Córdoba.

Pasaron los años y las habladurías se olvidaron. Hasta que un día la ciudad supo, con asombro, que en el próximo auto de fe la Mulata saldría en procesión con la coroza en la cabeza y una vela verde en la mano, como los condenados.

Pero el asombro fue todavía mayor cuando, a los pocos días, corrió la voz de que el pájaro había volado hasta Manila. Se les había escapado a sus carceleros; mejor dicho, se había ido ante los ojos de uno de ellos.

¿Cómo había sido? ¿Qué poder tenía aquella mujer para dejar con un palmo de narices a los muy respetables señores inquisidores? Nadie lo sabía, y por la ciudad corrieron las explicaciones más raras. Unos, persignándose, decían que el mismo diablo se había metido a escondidas en las cárceles para salvarla. Otros murmuraban que con regalos se abren hasta las rejas, y no faltó un malicioso que dijera que el amor todo lo vence, y que los del Santo Oficio también eran de carne y hueso.

Pero lo que de verdad pasó fue esto.

Un día, el carcelero entró a la celda sucia y oscura de la Mulata y se quedó maravillado: en una de las paredes, ella había dibujado con carbón un navío. La Mulata le preguntó en tono burlón:

—¿Qué le falta a ese navío?

Una joven de espaldas apoya la mano junto a un navío dibujado en el muro y voltea sonriendo; en la puerta, el carcelero, con llaves y farol, la mira asustado.

—¡Desgraciada mujer! —contestó el carcelero—. Si tuvieras temor de Dios, si te arrepintieras de tus faltas, si quisieras salvar tu alma de las penas del infierno, no estarías aquí, y le ahorrarías al Santo Oficio el trabajo de juzgarte. A ese barco no le falta nada más que andar. ¡Es perfecto!

—Pues si usted lo quiere, señor, si de veras se empeña, andará, andará, y muy lejos.

—¿Cómo? ¡A ver!

—Así —dijo la Mulata.

Y de un salto ligero subió al navío. El barco empezó a moverse, despacio al principio, después rápido y a toda vela, y desapareció con ella por uno de los rincones de la celda.

El carcelero se quedó inmóvil y mudo, con los ojos desorbitados, los pelos de punta y la boca abierta, mirando cómo se iba.

Un viejo de pelo gris revuelto, descalzo y con un camisón roto, sentado sobre paja en un cuarto de piedra, señala con ojos desorbitados el suelo vacío.

¿Y después? Mejor que lo cuente un poeta:

Cuentan que, pasados algunos años, hubo en la casa de locos un hombre que hablaba de un barco que cruzaba bajo el suelo de México, de noche, con una mujer altiva en la cubierta. Era el inquisidor. Nadie conoce qué fue de la Mulata. Que el demonio la tiene entre las llamas, se supone.

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Adaptado por Talerie, fuente: México viejo (se abre en una ventana nueva) Dominio público