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Una mujer de vestido blanco y rebozo se aleja de noche por una calle empedrada; al fondo, un farolito alumbra un altar en el muro con la imagen de un santo.

La leyenda de la Llorona

Vicente Riva Palacio

8 min de lecturaa partir de 10 años

En el México virreinal, don Ñuño de Montes-Claros esconde a Luisa en una casa apartada, donde nacen tres hijos rubios, hasta que él se casa con otra. Cegada de dolor, Luisa quita la vida a sus tres hijos y cae muerta ante el patíbulo; desde entonces se le oye llorar de noche por las calles de la ciudad.


Cuentan en la Ciudad de México, desde hace más de doscientos años, la historia de una mujer que llora en la noche.

Se ha contado de padres a hijos tantas veces que nadie recuerda ya cuándo empezó, pero todos coinciden en algo: cuando la Catedral da las doce, desde el barrio más lejano hasta el corazón de la ciudad se oye pasar una figura vestida de blanco.

Es un alma en pena que no encuentra descanso, y de vez en cuando se detiene y da un grito tan hondo y tan triste que quien lo oye de cerca cae sin aliento. Algunos juraban haberla visto cruzar el atrio de la Catedral justo cuando otros la veían, a la misma hora, frente a la iglesia de San Pablo, como si pudiera estar en dos lugares a la vez.

Quien se topaba con ella se persignaba y rezaba por su alma, aunque nadie sabía bien quién había sido esa mujer ni por qué lloraba así. Esta es la historia que, según cuentan, explica su llanto.

Hace mucho tiempo, en una calle apartada y sombría de la ciudad, vivía sola una joven llamada Luisa. Era tan hermosa que la gente la llamaba, con cariño y con un poco de asombro, la hechicera. Bastaba mirarla una vez para no poder olvidarla.

Tenía los ojos oscuros y vivos, el cabello ondulado y los labios como flor de granada, y su fama de bella corrió pronto por toda la ciudad, de las casas más pobres a los palacios más ricos. No había joven galán que no buscara, aunque fuera de reojo, ver su rostro.

Su callejuela, antes silenciosa, se llenó de pronto de pretendientes que le cantaban serenatas por las noches, y esas noches a veces terminaban en discusiones y hasta en peleas entre rivales.

Pero la puerta de Luisa permanecía siempre cerrada. Nadie oía voces detrás de ella, ni veía asomar una sola luz por las rendijas.

Varios jóvenes con guitarras cantan de noche en una calle empedrada; uno alza un farol hacia una ventana enrejada, cerrada y sin ninguna luz detrás.

Al final de la callejuela había un pequeño altar en el muro, con un farolito que alguna alma devota mantenía encendido frente a la imagen de un santo. En las noches oscuras y calladas, cuando ya no se oían guitarras ni versos de enamorados, cuando el viento silbaba solo y hasta las lechuzas del campanario se quedaban quietas, se escuchaban unos pasos cautelosos.

Entonces, poco a poco, la puerta de Luisa se abría, y una mujer envuelta en un manto salía y caminaba hasta el pie del altar, donde la esperaba, a la luz del farolito, un joven galán.

Los dos pasaban juntos la noche entera, hasta que el amanecer los obligaba a despedirse.

Una mañana corrió la noticia por todo el barrio: Luisa había desaparecido. Las dos puertas de su cuarto estaban abiertas de par en par, y no había señal de robo ni de violencia, así que pronto se dijo que se había escapado con su misterioso pretendiente.

La noticia voló por toda la ciudad, y durante días no se habló de otra cosa. Curiosos y chismosos daban vueltas por la callejuela, se acercaban a la puerta cerrada, se detenían frente al santo del altar como si él hubiera visto todo.

Se dijeron nombres de condes y de grandes familias, se inventaron mil historias, y hasta hubo quien se atrevió a señalar a un culpable.

Pero, como pasa siempre con los chismes, el tiempo fue apagando el interés, y poco a poco la gente olvidó a Luisa, a su galán desconocido y a las serenatas de entonces. La callejuela volvió a quedar tranquila y en silencio, sin más luz por las noches que el farolito del santo.

Así pasaron seis años.

Con el tiempo se supo lo que en su momento nadie llegó a descubrir: el galán de Luisa era don Ñuño de Montes-Claros, un joven noble de treinta años, valiente, generoso y de familia poderosa.

Él había escondido a Luisa en una casa apartada, lejos de miradas, y allí, en secreto, ella fue madre de tres hijos, rubios como el trigo bajo el sol. Durante un tiempo fueron felices.

Una mujer sentada en una silla de madera acuna a un bebé rubio dormido mientras otros dos niños rubios juegan con cubos y un carrito en el piso soleado.

Pero poco a poco, sin que Luisa hiciera nada para merecerlo y sin que el propio don Ñuño supiera explicar por qué, su cariño se fue enfriando.

Empezó a visitarla menos, a veces dejaba pasar semanas enteras sin ir a verla, y cuando por fin llegaba se quedaba solo un momento y se marchaba de nuevo. Luisa, calladamente, sufría y lloraba a solas, sin decir una palabra de reproche.

Una noche en que la luna brillaba serena y ya había sonado la queda en el campanario, Luisa estaba sentada junto a la ventana con uno de sus niños dormido en los brazos, mirando hacia los volcanes nevados que se recortaban lejanos contra el cielo.

Un rayo de luna caía sobre su rostro pálido, y sus lágrimas, encendidas por esa luz, bajaban hasta la cara del pequeño, que dormía sin sentir aquel llanto silencioso.

Junto a una ventana abierta, una mujer llora en silencio con su bebé dormido en brazos; en el alféizar arde una vela y afuera se ven dos volcanes nevados.

Pasó así una hora entera.

Pero cuando el reloj dio las once, Luisa se puso de pie de golpe, dejó al niño en su cuna con cuidado, se envolvió en un chal oscuro y salió a la calle sin decir nada.

Caminó deprisa hasta llegar frente a la casa de don Ñuño. Los balcones estaban iluminados, y de adentro salía música y el bullicio de una fiesta.

Sin entender qué ocurría, Luisa se acercó a uno de los sirvientes que entraban y salían.

—¿Podría usted decirme por qué su amo tiene fiesta esta noche? —preguntó Luisa.

—¡Qué pregunta! —respondió el sirviente, sorprendido—. ¿Quién en esta ciudad no lo sabe? Esta misma mañana, a las nueve, don Ñuño de Montes-Claros se casó en la iglesia. Se ve que usted anda muy atrasada de noticias.

El hombre se alejó, y Luisa se quedó inmóvil como si fuera de piedra. No derramó una lágrima ni dejó escapar un solo quejido. Así, muda y sin moverse, permaneció largo rato.

Después, sin que nadie se fijara en ella entre tanta gente, se deslizó como una sombra hasta la escalera y subió sin hacer ruido.

Llegó hasta la puerta del gran salón y, oculta detrás de una cortina, vio a don Ñuño junto a su nueva esposa, tomados de la mano y hablándose con el mismo cariño con que él le había hablado alguna vez a Luisa, en aquella callejuela oscura, junto al farolito y al santo que habían sido testigos de su amor.

Medio oculta tras un cortinaje, una mujer mira un salón alumbrado por velas donde un joven de traje claro toma de la mano a su esposa entre los invitados.

Luisa salió de aquella casa y volvió corriendo a la suya.

Aquella noche, cegada por una pena que no pudo soportar, quitó la vida a sus tres pequeños.

Después salió corriendo a la calle, envuelta en la oscuridad, con un llanto y un grito tan desgarradores que nadie que los oyera podría olvidarlos jamás.

La justicia la condenó a morir por lo que había hecho, y la ciudad entera se llenó de espanto ante la noticia.

Desde el amanecer, la plaza donde se levantaba el patíbulo estaba llena de gente esperando ver el final de aquella historia.

Pasado el mediodía se oyó a lo lejos una campanilla, y entre la multitud avanzó el triste cortejo que llevaba a Luisa hacia su suerte.

Iba con el cabello suelto, el rostro demacrado, sostenida por dos hermanos de una cofradía que acompañaban a los condenados, y caminaba con los ojos bajos, escuchando a los sacerdotes que rezaban por ella.

Pero al llegar al lugar de su muerte levantó la mirada, y a lo lejos reconoció la casa apartada que una vez había sido su mundo entero.

Entonces alzó los brazos al cielo y lanzó un grito tan profundo que estremeció a todos los que estaban ahí, y cayó sin vida antes de que la sentencia pudiera cumplirse, como si el propio dolor hubiera sido más fuerte que cualquier castigo.

Cuentan que don Ñuño de Montes-Claros también había muerto, sin que nadie supiera de qué, y que esa misma tarde llevaron sus restos al camposanto, con gran cortejo y entre cantos.

Pero el alma de Luisa no encontró la paz.

Desde entonces, dicen, cada noche, cuando la Catedral da las doce, su llanto recorre las calles de la ciudad antigua.

Una anciana de rebozo oscuro y un sereno con farol y sombrero de tres picos miran hacia atrás, asustados, en una calle vacía junto a la catedral.

Por eso, hasta el día de hoy, la llaman la Llorona.

Adaptado por Talerie, fuente: Tradiciones y leyendas mexicanas (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público