
La leyenda de la yerba mate
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Dios, san Juan y san Pedro llegan rendidos a la casa de un viejito que vive en lo más hondo de un bosque. Para que su hija se conserve inocente, se la llevó a un lugar adonde nunca ha entrado ningún hombre. Solo tiene una gallina, y aun así la mata para darles de cenar a los forasteros.
Cuentan en los yerbales que una vez Dios bajó a la tierra, acompañado de san Juan y san Pedro, y se puso a recorrerla a pie. Un día, después de una caminata larga y pesada, los tres llegaron rendidos a la casa de un viejito que vivía en lo más hondo de un bosque.
El viejito tenía una hija joven y bella, a la que quería más que a nada en el mundo. Para que ella se conservara inocente para siempre, se la había llevado, junto con su mujer, a ese bosque espeso adonde nunca había entrado ningún hombre.
Pobre como era, el viejito recibió a los forasteros lo mejor que pudo. No tenía más que una gallina, y aun así la mató para servírsela de cena.
Dios se fijó en lo que el viejito había hecho, y cuando se quedó a solas con san Pedro y san Juan, les preguntó:
—¿Qué harían ustedes en mi lugar?
—Señor, yo le daría un premio muy grande —dijo san Juan.
—Yo también, Señor —dijo san Pedro.
Entonces Dios mandó llamar al viejito y le dijo:
—Tú, que eres pobre, fuiste generoso, y por eso te voy a premiar. Tienes una hija pura e inocente a la que quieres mucho. Voy a hacerla inmortal, para que nunca desaparezca de la tierra.
Y Dios convirtió a la hija del viejito en la planta de la yerba mate. Desde entonces hay yerba en el mundo, y por más que la corten, vuelve a brotar.

Pero los mineros, nombre que se daba en el Paraguay a los peones que se internaban en el monte para cortar yerba, contaban otra cosa. Según ellos, Dios no convirtió a la muchacha en planta, sino que la hizo dueña de la yerba. La muchacha seguía viviendo en los yerbales con el nombre de Caá-Yarí, y ayudaba a quienes hacían un pacto con ella.
El minero que quería hacer ese pacto esperaba a que llegara la Semana Santa. Si estaba cerca de algún pueblo, entraba a la iglesia y prometía solemnemente vivir siempre en el monte y ser el compañero de la Caá-Yarí, y juraba no tener trato con ninguna otra mujer.
Hecha la promesa, se iba al monte y dejaba en una mata de yerba un papel con su nombre y la hora en que volvería para encontrarse con la Caá-Yarí.
El día de la cita, el minero necesitaba mucha sangre fría. Antes de dejarse ver, la Caá-Yarí le echaba encima víboras, sapos, fieras y otros animales del monte, solo para poner a prueba su valor. Y él tenía que quedarse tranquilo.

En premio a su serenidad, la Caá-Yarí se le aparecía joven, hermosa y rubia, y el minero volvía a jurarle que le sería fiel.
Desde ese día, cada vez que iba a cortar yerba, el minero caía en un sueño dulce. Mientras él dormía, la Caá-Yarí le armaba el raído, un fardo enorme de dieciocho a veinte arrobas, hecho de ramas y hojas de yerba bien atadas, que se carga a la espalda.
Cuando el minero despertaba, la Caá-Yarí caminaba a su lado y, por detrás, lo ayudaba a sostener la carga hasta la balanza. Allí se subía encima del raído sin que nadie más que él pudiera verla, y el fardo pesaba más. Y como al minero le pagaban por arroba, ganaba más.

Pero ¡ay del minero que traicionara a la Caá-Yarí con otra mujer! La Caá-Yarí, despechada, no lo perdonaba: lo mataba.
Y cuando algún minero valiente, trabajador y de pocas palabras moría en los yerbales de cualquier enfermedad, sus compañeros se decían en voz baja:
—¡Traicionó a la Caá-Yarí! ¡La Caá-Yarí se vengó!
Adaptado por Talerie, fuente: Materiales para el estudio del Folk-lore misionero (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
