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Un arquero rubio vestido de verde, con arco largo y cuerno, ante un roble enorme; detrás, un gigantón barbudo con un garrote, y al fondo una fogata y un venado.

Robin Hood

Anónimo

15 min de lectura a partir de 7 años

Robin Hood y sus arqueros viven en el bosque de Sherwood y les quitan a los ricos para ayudar a los pobres. El sheriff de Nottingham, que lo quiere ver en la horca, anuncia un torneo de tiro con arco con una flecha de oro como premio. Robin sabe que es una trampa, y eso le gusta todavía más.


—¿Y qué fue de Pedro el Labrador? Era muy amigo mío.

—Ay, a Pedro lo ahorcaron, y a su mujer y a sus hijos los echaron de su casa a pedir limosna.

El padre de Robin Hood, con su hijo pequeño al lado, le preguntaba por sus viejos vecinos a un hombre de su antiguo pueblo. Corrían malos tiempos en Inglaterra: los normandos habían conquistado el país y oprimían sin piedad a la gente común. El padre no dijo nada, pero el niño no pudo contenerse.

—¿Por qué les hicieron eso? ¡Si Pedro era de los hombres más buenos que he conocido!

—Porque cazó un venado en el bosque del rey —contestó el hombre—. Le habían quitado todo y sus hijos lloraban de hambre. Mató el venado para darles de comer, y el sheriff lo mandó a la horca. Y a la viuda la echaron porque el abad quería ese pedazo de tierra para agrandar su jardín.

—¡Esas leyes son malas! —gritó el niño con los ojos encendidos—. Los ricos nadan en dinero mientras los demás se mueren de hambre.

—Cállate, muchacho —le advirtió el hombre—. Las paredes oyen, y a muchos los han ahorcado por hablar de más.

—Pero el rey es bueno —dijo el niño con voz insegura.

—Lo sería si se quedara a gobernar. Pero siempre anda en guerras lejanas, y los que deja aquí muelen a la gente como el molinero muele el trigo.

—Cuando yo sea grande —dijo Robin Hood—, haré que los ricos les den a los pobres una parte de lo que tienen.

Y cuando se hizo hombre, cumplió su palabra. Reunió en el bosque de Sherwood a más de cien hombres, los mejores arqueros del país, que juraron quitarles a los ricos lo que habían ganado mal y ayudar a los pobres. La gente sencilla los llamaba «los alegres compañeros» y los quería. Robin era leal al rey, aunque no se dejaba pisotear por quienes abusaban en su nombre. Y estaba orgulloso de que ni él ni sus hombres le hubieran hecho nunca daño a una mujer.

Quien más lo odiaba era el sheriff de Nottingham, un hombre cruel y duro que no deseaba otra cosa que verlo colgado.

—Ya sé —dijo un día el sheriff, con cara agria—. Anunciaré un torneo de tiro con arco, y el premio será una flecha de oro batido. Eso hará salir a Robin Hood del bosque, y entonces lo mandaré a la horca.

—No vaya, jefe —le rogaron sus hombres a Robin—. Es una trampa. Lo van a reconocer por el pelo y la cara.

Robin Hood se rio de buena gana.

—El pelo rubio me lo oscurezco con tinte de nuez, y un ojo me lo tapo con un parche. Además, una aventura con su poquito de peligro me gusta todavía más.

Y así se presentó al torneo: vestido con harapos de color escarlata, era el mendigo más andrajoso que se había visto nunca en Nottingham. El sheriff, vestido de terciopelo morado, lo buscaba con la mirada por todas partes, y Robin estaba a unos pasos de él.

Robin, de mendigo con harapos rojos, parche en un ojo y pelo oscuro, sonríe entre la gente que vitorea; el sheriff, de morado y armiño, lo mira ceñudo.

Tiraron muchos arqueros, y quedaron diez.

—¿No será alguno de estos Robin Hood disfrazado? —le preguntó el sheriff al soldado que tenía al lado.

—No, señor —contestó el soldado—. A seis los conozco bien, entre ellos Gill el del Gorro Rojo y Adam del Valle. De los otros, uno es muy alto, otro muy bajo y otro muy flaco. Y ese mendigo tiene el pelo oscuro y es tuerto.

En secreto, el soldado se alegraba de que Robin no hubiera venido, porque lo quería. Pero ni siquiera él lo reconoció ese día.

Al final solo quedaron tres. Gill el del Gorro Rojo clavó sus flechas a un dedo del centro, pero la del mendigo dio justo en el centro, y el viejo Adam del Valle bajó el arco.

—Llevo más de ochenta años tirando con arco, y eso no lo puedo mejorar —dijo.

El sheriff le entregó la flecha de oro al mendigo de mala gana.

—Tiras mejor que ese cobarde de Robin Hood, que hoy no se atrevió a dar la cara —le dijo—. ¿Quieres entrar a mi servicio?

—No, señor —contestó el mendigo, y se alejó antes de que el sheriff se fijara mejor en él.

Pero aquellas palabras le dolieron a Robin.

—No soporto que ni siquiera mi enemigo me crea cobarde —le dijo a Pequeño Juan—. Tiene que saber quién ganó su flecha de oro.

Esa noche, mientras el sheriff cenaba, algo entró volando por la ventana y cayó con estrépito entre los platos. Era una flecha roma, con plumas de ganso gris y un papelito atado que decía: «La flecha de oro la ganó Robin Hood». Al ver la cara de su marido, hasta la esposa del sheriff prefirió escabullirse.

El sheriff, con la boca abierta y la copa en la mano, junto a una flecha roma con plumas grises y un papelito atado; al fondo, su esposa, de azul, se escabulle.

Pequeño Juan había llegado a la banda de una manera muy curiosa. Un día Robin se topó con un puente tan angosto que solo cabía una persona, y en ese mismo momento un joven altísimo puso el pie en el otro extremo.

—Échate para atrás y deja pasar al mejor —le gritó Robin, para ver qué hacía aquel grandulón.

—Échate para atrás tú. El mejor soy yo.

—Pues peleemos. El que avente al otro al agua gana.

Pelearon con garrotes de roble durante dos horas, hasta que el desconocido, de un garrotazo, mandó a Robin al arroyo.

Sobre un puente de una sola tabla, Pequeño Juan blande su garrote y Robin cae de espaldas al arroyo, riéndose, con el gorro volando por los aires.

Robin se quedó sentado en el agua, riéndose, porque nunca guardaba rencor.

—¡Nadie me había vencido nunca! Me caes bien —dijo, y salió a estrecharle la mano. Luego se llevó el cuerno a los labios y sopló.

Llegaron cuarenta de sus hombres, vestidos de paño verde de Lincoln, y Will Stutely quiso echar al agua al desconocido. Robin no lo dejó.

—Fue una pelea limpia y él ganó —dijo, y se volvió hacia el joven—. Soy Robin Hood. ¿Te quieres unir a mi banda?

—Si alguno de ustedes tira mejor que yo, sí —contestó el joven, que no le tenía miedo a nadie.

Clavaron en un roble lejano un pedazo de corteza blanca, y el desconocido metió su flecha justo en el centro. Entonces tiró Robin, y su flecha dio en la del desconocido y la partió en dos. El joven se unió a la banda, y desde ese momento quiso a Robin como a su mejor amigo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Will Stutely.

—Juan Pequeño.

—Pues eres demasiado chiquito para ese nombre —dijo Will—. Te llamarás Pequeño Juan.

Todos se rieron, porque era el más grande de la banda. Desde ese día Pequeño Juan fue la mano derecha de Robin.

Tiempo después, los alegres compañeros encontraron en el bosque a un joven arpista, Allen-a-Dale, tirado en el suelo y llorando a mares.

—Mi novia, Ellen, se va a casar con un caballero viejo y rico porque su padre se lo manda —le contó a Robin—. Ella obedecerá, pero se le va a romper el corazón. Y la boda es dentro de dos días.

—Haremos que se case contigo —dijo Robin Hood—. Pero necesitamos un sacerdote.

—Yo conozco al indicado —dijo Will Escarlata—. Fray Tuck, un fraile muy alegre que vive en Fountain Dale.

Robin dejó a sus hombres esperando por si sonaba su cuerno y siguió solo hasta el río. De pronto oyó a dos hombres platicando y se asomó. Pero solo había un fraile robusto, sentado bajo un sauce, que hacía de dos personas: se ofrecía a sí mismo un pedazo de empanada de carne, y con una voz se pedía una canción y con la otra se la negaba.

Un fraile robusto, sentado bajo un sauce junto al río, come empanada de carne con los ojos cerrados de gusto; Robin se asoma sonriendo por encima de la loma.

Al final cantó un dueto, una parte muy aguda y otra muy grave, y Robin ya no pudo aguantarse la risa y se puso a cantar con él.

—¿Qué espía tenemos aquí? —gritó el fraile, y sacó de debajo del hábito una espada enorme.

—Los que cantan juntos no deben pelear, padre —dijo Robin—. Lléveme cargando al otro lado, que no quiero que el agua me eche a perder la ropa.

El fraile se echó a reír, le pidió a Robin su espada para que no se mojara y lo cargó para cruzar el río. En la otra orilla, en vez de devolvérsela, le apuntó con ella.

—Ahora cárgame tú de regreso, muchacho, que si me mojo otra vez me duele la espalda.

Robin tuvo que obedecer. Pero en medio del río le aflojó el cinturón al fraile, y al llegar a la orilla se quedó con las dos espadas.

—Y ahora usted me carga a mí otra vez —le dijo.

El fraile lo cargó, y a la mitad del río lo aventó al agua «para que se refrescara». Pelearon durante horas sin que ninguno ganara, hasta que acabaron haciéndose amigos, y fray Tuck aceptó casar a Allen-a-Dale con Ellen.

El día de la boda, Robin escondió a sus hombres cerca de la iglesia de Emmet y entró vestido de arpista. El obispo de Hereford, que iba a oficiar la boda, lo vio junto a la puerta.

—¿Y tú quién eres? —le preguntó.

—Un arpista del norte, señor obispo. Mi arpa tiene magia: si toco aquí, la novia querrá toda la vida al hombre con quien se case.

El viejo y rico sir Stephen esperaba ya junto al altar cuando entró el padre con la novia del brazo. Ellen era hermosísima, pero estaba pálida como un lirio quebrado.

—Señorita —dijo Robin Hood—, ¿se casa usted con este caballero por su propia voluntad?

—¡No! —sollozó Ellen—. No quiero casarme con nadie más que con Allen-a-Dale.

—¡Entonces se casará con él! —exclamó Robin Hood, y se llevó el cuerno a los labios y sopló.

En la iglesia, Robin, rubio y con arpa a la espalda, sopla el cuerno ante el obispo, la novia y un anciano de azul; entran fray Tuck y los arqueros de verde.

Fray Tuck y los alegres compañeros llenaron la iglesia. El obispo y el prior de Emmet mandaron atrapar a Robin, pero nadie obedeció, y el viejo sir Stephen no traía espada ese día.

—Ahora no me casaría con su hija ni por todo el reino de Inglaterra —le dijo al padre de Ellen, y se fue muy enojado.

—No pueden casarlos —dijo el prior desde la puerta—. No tienen sacerdote.

—¿Y yo qué soy? —bramó fray Tuck, y el prior salió corriendo.

—Pero no se han anunciado las amonestaciones —dijo el padre de Ellen.

Fray Tuck las pregonó tres veces, como mandaba la ley, y luego, por si acaso, seis veces más.

—Pero no puedo casarme sin la bendición de mi papá —sollozó Ellen.

Robin le pidió a Will Stutely dos bolsas de oro y se acercó al padre.

—Aquí hay doscientos ángeles de oro. Si le da su bendición a su hija, se los doy como dote. Si no, se casará de todos modos, y usted no verá ni un centavo.

El padre pensó que el caballero ya no iba a volver, y dio su bendición. Hubo boda, y después una gran fiesta en Sherwood. Allen-a-Dale y Ellen fueron felices toda la vida, y fray Tuck se quedó para siempre con los alegres compañeros.

Robin Hood tenía una costumbre. Cuando sus hombres detenían a alguien que se había hecho rico exprimiendo a los pobres, primero le daban un banquete. Luego dividían en tres partes lo que llevaba: una se la devolvían, otra se la quedaban ellos y la tercera era para los pobres.

Un día Pequeño Juan volvió con el obispo de Hereford y cinco mulas de carga llenas de riquezas. Robin, en cambio, solo encontró a un caballero muy triste.

—No tengo con qué pagar su banquete —le dijo el caballero—. Para salvarle la vida a mi hijo le pedí cuatrocientas libras al prior de Emmet y le dejé mis tierras en garantía. Ahora no me quiere dar ni un día más: piensa quedarse con ellas y dejarme en la calle.

—Venga conmigo, señor —le dijo Robin—. En Sherwood siempre hay amigos para quien está en apuros.

Junto a la fogata, el obispo gimoteaba pidiendo piedad.

—¿Y qué piedad ha tenido usted con los pobres? —le contestó Robin Hood.

Dividieron las riquezas del obispo en tres partes, y Robin le dio al caballero la de los pobres.

—Gracias —dijo el caballero—, pero lo acepto como préstamo. Se lo pagaré al obispo o a usted.

—Págueme a mí —dijo Robin—, y yo se lo daré a los pobres.

Así el caballero salvó sus tierras, y el prior de Emmet se quedó sin ellas.

Mientras tanto, el rey Ricardo tenía muchas ganas de ver tirar a Robin Hood. Para que los forajidos no huyeran al verlo, se disfrazó de abad gordo, vistió de frailes negros a siete de sus compañeros y cruzó con ellos el bosque de Sherwood. Los alegres compañeros los detuvieron, les quitaron su oro y les devolvieron la mitad. El falso abad no quiso quitarse la capucha, y Robin no insistió.

Después del banquete colgaron de una estaca, muy lejos, una guirnalda de flores.

—El que no meta sus flechas en la guirnalda —anunció Robin— se lleva un buen golpe en la cabeza.

David de Doncaster y Midge, el hijo del molinero, metieron todas. Wat el Calderero falló por dos dedos, y el golpe lo mandó rodando por el pasto. Al final tiró Robin Hood, y su última flecha, que tenía las plumas mal puestas, quedó apenas fuera.

—Vaya por su castigo, jefe —dijo Midge entre carcajadas.

Robin pidió que el golpe se lo diera el invitado, porque pensó que un clérigo tendría la mano blanda. Pero el falso abad se arremangó, mostró un brazo enorme y lo tumbó como a un buey.

—¡Caramba! —dijo Robin, medio aturdido—. Usted no es ningún clérigo.

Entonces el falso abad se quitó la capucha, y Robin reconoció al rey Ricardo. Se arrodilló, y todos sus hombres con él.

En un claro del bosque, un hombre corpulento y barbudo con hábito oscuro se toca la capucha; Robin se arrodilla ante él con el gorro en las manos.

—Majestad, no tiene usted súbditos más leales que nosotros. Solo les hemos hecho mal a los ricos que oprimían a su pueblo. Le pedimos perdón y le juramos servirlo siempre.

—Te perdono —dijo el rey— si vienes a servirme a mi corte.

Robin Hood sirvió bien al rey, pero no le gustaba vivir entre paredes. Cuando el rey Ricardo murió y subió al trono su hermano, el rey Juan, uno de los peores reyes que ha tenido Inglaterra, Robin volvió al bosque, y sus alegres compañeros fueron forajidos otra vez.

Ya de viejo le dio una fiebre, y fue a ver a su prima, la priora de Kirklees, que sabía curar, para que le sacara sangre. Robin le había conseguido su puesto, pero ella amaba a uno de los enemigos de su primo, y lo traicionó.

Le abrió una vena del brazo, no se la volvió a cerrar y lo dejó encerrado en un cuarto alto para que se desangrara hasta morir. Al anochecer, ya muy débil, Robin logró llevarse el cuerno a los labios y soplar. Sonó apenas, pero Pequeño Juan, que había esperado afuera todo el día, lo oyó.

La puerta estaba cerrada con llave. Pequeño Juan la rompió con un mortero de piedra que ni tres hombres habrían podido levantar, subió corriendo y con una sola mirada supo que su jefe se estaba muriendo.

—Jefe —gritó—, ¡voy a quemar este priorato con todas sus monjas!

—No —dijo Robin Hood, con una sonrisa débil pero muy dulce—. Nunca en mi vida le he hecho daño a una mujer, ni he dejado que mis hombres se lo hicieran. No te lo voy a permitir ahora.

En un cuarto de piedra, Robin, ya viejo y con el pelo rubio entrecano, alza el cuerno desde la cama; Pequeño Juan, sentado a su lado, le toma la mano.

Y casi con su último aliento le hizo prometer a Pequeño Juan que no le haría ningún daño a la priora, aunque ella lo había traicionado y por su culpa se moría.

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Adaptado por Talerie, fuente: Stories of Robin Hood (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre esta leyenda

Robin Hood no tiene un autor único: es el héroe de muchas baladas inglesas antiguas, que Francis James Child reunió en la quinta parte de The English and Scottish Popular Ballads (Boston, 1888). Según el Dictionary of National Biography, hacia 1377 un poema ya habla de rimas sobre él. Nadie ha demostrado que existiera.

Nuestro texto parte de Stories of Robin Hood, un librito de lecturas escolares de Bertha E. Bush publicado en 1912 en Dansville (Nueva York) y Chicago. Bush narra en prosa seis aventuras de las baladas y cambia bastantes detalles. Ambas versiones son nuestras: la «Más suave» es corta y la «Original» guarda más de Bush.

Las baladas antiguas y el texto de Bush (1912)

Baladas antiguasBush (1912)
Disfraz del torneovestido de rojo, sin disfraz de mendigomendigo harapiento, con parche y pelo teñido
Aviso al sheriffcarta en una flecha disparada a la ciudadnota en una flecha roma que entra por la ventana
El fraileun fraile sin nombre en el textofray Tuck
Las amonestacionesPequeño Juan, con la ropa del obispo, siete vecesfray Tuck, tres veces y seis más
Deuda del caballerocon el abad de Santa María de Yorkcon el prior de Emmet
El rey disfrazadoEduardo; en otra balada, Ricardoel rey Ricardo
Motivo de la priorapor amor a un caballero, sir Rogerama a uno de los enemigos de Robin
Mostrar más
Que Cristo, muerto en la cruz, tenga piedad de su alma, porque fue un buen forajido y a los pobres ayudaba.
A Gest of Robyn Hode: Cryst haue mercy on his soule, / That dyed on the rode! / For he was a good outlawe, / And dyde pore men moch god.

Qué cuenta nuestra versión

Seguimos los seis capítulos de Bush en el mismo orden: el torneo de la flecha de oro, la pelea en el puente con Pequeño Juan, la boda de Allen-a-Dale con la ayuda de fray Tuck, el caballero endeudado, el rey Ricardo disfrazado de abad y la muerte de Robin. Al torneo Robin va vestido de mendigo, con un parche en el ojo y el pelo oscurecido con tinte de nuez, pero en ningún momento pide limosna: a pedirla se ven obligados la viuda y los hijos de Pedro el Labrador. Lo que la banda quita a los ricos se reparte en tres partes, y una es para los pobres. La versión «Original» conserva además los comentarios de Bush, como el de que, para nosotros, robar está mal.

Al final, la prima de Robin, priora de Kirklees, le abre una vena y no se la cierra, y Robin muere. La escena se cuenta con sencillez, sin recrearse, y él mismo hace prometer a Pequeño Juan que no le hará ningún daño a ella.

Baladas emparentadas y una confusión

El parentesco más claro está en las propias baladas que Child imprime con los números 117 a 154: A Gest of Robyn Hode y las de la pelea con Pequeño Juan, el fraile, la boda de Allen-a-Dale, la flecha de oro, el rey disfrazado y la muerte de Robin. Según el Dictionary of National Biography, unas baladas del norte atribuyen casi todos los rasgos de forajido de Robin a Adam Bell, Clim of the Clough y William of Cloudesly, del bosque de Inglewood, en Cumberland.

Marian (Maid Marian) no forma parte de esta historia. El mismo diccionario explica que suele acompañar a Robin en los juegos de mayo ingleses y que en la literatura inglesa no hay rastro de ella antes de 1500, aproximadamente. En el texto de Bush no sale, y en el nuestro tampoco. Fray Tuck, en cambio, sí está en Bush, aunque según Child las baladas verdaderamente populares no lo conocen y debe su relación con Robin sobre todo a esos juegos.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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