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Un arquero rubio vestido de verde, con arco largo y cuerno, ante un roble enorme; detrás, un gigantón barbudo con un garrote, y al fondo una fogata y un venado.Original

Robin Hood

Anónimo

43 min de lectura a partir de 8 años

Robin Hood es apenas un niño cuando se entera de que ahorcaron a Pedro el Labrador por matar un venado. Cuando crece, vive en el bosque de Sherwood con una banda de forajidos vestidos de verde. El sheriff de Nottingham, que lo quiere ver en la horca, anuncia un torneo de arqueros para atraparlo.


—¿Y qué fue de Pedro el Labrador? Era muy buen amigo mío.

—Ay, a Pedro el Labrador lo ahorcaron, y a su mujer y a sus pequeños los echaron de su casa, a pedir limosna.

El padre del joven Robin Hood, que tenía a su hijito al lado, se había encontrado con un hombre de su antiguo pueblo y le preguntaba con ansias por sus viejos vecinos. Pero casi todas las noticias eran tristes, porque corrían malos tiempos en Inglaterra. Los normandos habían conquistado el país, eran los señores y los funcionarios de aquella tierra, y oprimían con crueldad a la gente común, que era sajona.

El padre no dijo una palabra, aunque se le fue poniendo muy triste la cara. En cambio, el niño que estaba a su lado estalló de indignación.

—Pero ¿por qué les hicieron eso? Pedro el Labrador era uno de los mejores hombres que he conocido, y su mujer era buena y cariñosa como un ángel. ¿Por qué les hicieron algo tan terrible?

—Porque mató un venado en el bosque del rey. Aunque, si alguna vez un hombre tuvo razón para romper la ley, fue él. Los cazadores le habían arruinado la cosecha pasando a caballo por encima de los sembrados. El recaudador de impuestos le había quitado todo lo que tenía, y sus hijos lloraban de hambre. Mató el venado para que tuvieran algo que comer, pero el sheriff lo atrapó y lo mandó ahorcar. Y si quieres saber por qué echaron de su casa a la viuda con sus huerfanitos, es porque el abad quería ese pedazo de tierra para agrandar su jardín, así que los pobres tuvieron que irse.

—¡Es una vergüenza! —gritó el niño con los ojos encendidos—. Esas leyes son malvadas y habría que romperlas. Los señores codiciosos y los clérigos ricos y comodinos dejan a la gente sin nada y nadan en riquezas mientras los demás se mueren de hambre.

—Shh, muchacho, cállate —le advirtió el hombre de las noticias—. Es cierto que a nuestra Inglaterra la gobiernan muy mal y con mucha crueldad, pero no conviene decirlo, porque las paredes oyen, y a muchos los han ahorcado por andar de lengua suelta, igual que por cazar los venados del rey.

—Pero el rey… el rey es bueno —balbuceó el niño. Le habían enseñado a querer y a respetar al rey.

—El rey sería un buen rey si se quedara en casa a gobernar a su pueblo. Pero siempre anda en la guerra, y los nobles y los oficiales que él nombra muelen a la gente como el molinero muele el trigo entre sus grandes piedras. Le roban sin parar, y los ricos se vuelven cada vez más ricos y más codiciosos, y los pobres cada vez más pobres y más desdichados.

—Cuando yo sea hombre —dijo el pequeño Robin Hood—, voy a hacer que los ricos les den a los pobres una parte de su riqueza, y así a nadie le faltará nada.

Con tantos males como había en aquellos tiempos, no es de extrañar que aquel niño, cuando se hizo hombre, hiciera exactamente lo que había dicho. Reunió en el bosque a una banda de hombres que se habían comprometido a quitarles a los ricos la riqueza mal habida y a echarles una mano a los pobres. Los normandos los llamaban «salteadores de caminos», pero la gente común los llamaba «los alegres compañeros del bosque verde» y los quería, porque muchas veces la sacaban de apuros.

Para nosotros, robar está mal, sin duda, pero Robin Hood no lo veía así. Les quitaba a los ricos lo que les habían arrancado a los pobres sin ninguna justicia, para devolvérselo a los pobres, y le parecía que eso era lo correcto. Aunque era un forajido, siempre defendió la justicia, o lo que él tenía por justo.

Era leal al rey, aunque se resistía a los abusos que se cometían en nombre del rey. Era fiel a la Iglesia y rezaba con mucha devoción por sí mismo y por su banda. Tenía a mucha honra que ni él ni sus hombres hubieran hecho nunca daño a una mujer, ni quemado un pajar, ni robado a un campesino, ni lastimado a un cura de pueblo. Los normandos hacían todas esas cosas. Comparado con ellos, Robin Hood tenía unos principios admirables.

Quería arreglar el mundo, y aunque se puso a hacerlo de mala manera, hizo mucho bien. Como dice de él una vieja balada:

Que Cristo, muerto en la cruz, tenga piedad de su alma, porque fue un buen forajido y a los pobres ayudaba.

Siempre fue valiente, bondadoso y alegre, y toda la gente de Inglaterra (salvo los que la oprimían) lo quería con toda el alma y disfrutaba de sus aventuras. Sus hazañas se volvieron canciones que se cantaban junto a cada fogón, y no hubo hombre más querido que aquel forajido por cuya cabeza se ofrecía recompensa.

En el bosque de Sherwood se vivía muy a gusto, si uno no le tenía miedo a pasar trabajos, y Robin Hood y sus hombres llegaron a querer cada árbol que crecía y cada pájaro que cantaba allí. No les importaba no tener casas. Se hacían refugios de corteza y troncos para resguardarse de la lluvia, y casi siempre estaban al aire libre.

Tampoco extrañaban las camas blandas ni las mesas finas. Tendían juncos en el suelo, les echaban encima pieles de venado para acostarse y dormían bajo las estrellas. Cocinaban en una gran fogata junto a un árbol enorme, y comían sentados en la tierra.

La banda de Robin Hood tenía más de cien hombres, y cada uno le era fiel y obedecía la menor de sus palabras. Eran los mejores arqueros, los mejores luchadores, los mejores corredores y los que mejor manejaban el garrote y el bastón en todo el país, y cada vez eran mejores, porque practicaban todos los días.

Robin Hood era el mejor arquero de todo el reino. Hasta el rey había oído hablar de su puntería prodigiosa, y aunque sabía que era un forajido, sentía admiración y casi simpatía por aquel atrevido que tiraba tan de maravilla. Pero los señores y los clérigos codiciosos que oprimían al pueblo odiaban a Robin Hood, y el que más lo odiaba era el sheriff de Nottingham, que no deseaba nada tanto como verlo colgado de la horca.

Era un hombre cruel y duro, sin una gota de bondad en el pecho, y todo su rencor iba contra Robin Hood, porque cada vez que intentaba atraparlo, Robin le ganaba la partida. Y ahora estaba más furioso que nunca. Había mandado a un mensajero con una orden de arresto contra Robin Hood, y el alegre Robin le salió al paso, le dio un banquete y luego, mientras el hombre dormía después de comer, le sacó la orden del bolsillo. El mensajero tuvo que volver con el sheriff sin preso y sin orden.

Así que el sheriff de Nottingham le dio mil vueltas a la cabeza buscando otro plan. Estaba claro que no servía de nada mandar tras él a hombres con órdenes de arresto, por fuertes que fueran. Había que atraerlo con engaños hasta que cayera en sus garras.

—Ya sé —dijo por fin el sheriff de Nottingham, con un gesto muy agrio en la cara severa—. Lo atraparé con astucia. Voy a anunciar un gran torneo de tiro con arco y a hacer venir a los mejores arqueros de Inglaterra. Como premio ofreceré una flecha de oro batido. Con eso de seguro vienen Robin Hood y sus hombres, y entonces los atrapo y los cuelgo.

Y Robin Hood y sus hombres sí fueron al torneo. Pero no fueron vestidos de paño verde de Lincoln, como andaban en el bosque. Cada uno se disfrazó para parecer otra persona. Unos llegaron como frailes descalzos, otros como caldereros o comerciantes ambulantes, otros como mendigos y otros como campesinos. Robin Hood era el más difícil de reconocer.

—No vaya, jefe —le habían rogado sus hombres—. Este torneo no es más que una trampa para atraparlo. El sheriff de Nottingham y su gente lo van a estar buscando, y lo van a reconocer por el pelo, los ojos, la cara y la estatura, aunque se ponga otra ropa. El sheriff organizó la fiesta nada más para llevarlo a la muerte. No vaya.

Pero Robin Hood se rio de buena gana.

—Bah, mi pelo rubio lo puedo teñir con cáscara de nuez. Me tapo un ojo con un parche, y así nadie me va a reconocer. Me daría vergüenza tener miedo, y si una aventura es un poco peligrosa, me gusta todavía más.

Así que Robin Hood fue, vestido de pies a cabeza con harapos color escarlata, el mendigo más andrajoso que se había visto nunca en Nottingham. El campo donde iba a celebrarse el torneo era un espectáculo magnífico. Habían construido filas y filas de bancas para que se sentara la gente de alcurnia, que llevaba sus mejores galas y estaba más vistosa que las aves del paraíso.

El sheriff y su esposa iban vestidos de terciopelo, él de morado y ella de azul, con adornos de armiño. Llevaban al cuello anchas cadenas de oro, y el sheriff traía unos zapatos de puntas larguísimas, sujetas con cadenitas doradas a las ligas bordadas. ¡Ah, qué elegantes iban! Si hubieran tenido una cara bondadosa, se habrían visto hermosos. Pero sus caras estaban llenas de orgullo y de odio. El sheriff buscaba a Robin Hood por todas partes con miradas rencorosas, y estaba de muy mal humor porque no lo veía.

Pero Robin sí estaba allí, aunque el sheriff no lo viera: parado con su ropa de mendigo hecha jirones, a menos de tres metros de él.

Robin Hood, de mendigo con harapos rojos y parche en el ojo, sonríe entre la gente que vitorea; en su estrado, el sheriff, de morado y armiño, frunce el ceño.

Los blancos estaban a ochenta yardas del lugar donde se pondrían los arqueros, que es una distancia muy grande. Eran muchísimos los arqueros, y cada uno tendría un solo tiro. Luego los diez mejores tirarían dos flechas cada uno, y los tres mejores de esos diez tirarían tres flechas cada uno. El que diera más cerca del centro del blanco se llevaría el premio.

El sheriff miraba a los diez con el ceño fruncido.

—Estaba seguro de que Robin Hood estaría entre ellos —le dijo al soldado que tenía al lado—. ¿No podría ser alguno de estos diez Robin Hood disfrazado?

—No, señor —contestó el soldado—. A seis los conozco bien: son los mejores arqueros de Inglaterra. Ahí están Gill el del Gorro Rojo, Diccon Cruikshank, Adam del Valle, William de Leslie, Hubert de Cloud y Swithin de Hertford. De los otros cuatro, uno es demasiado alto, otro demasiado bajo y otro no tiene la espalda tan ancha como para ser Robin Hood. Solo queda este mendigo andrajoso, y tiene el pelo y la barba demasiado oscuros para ser Robin Hood, y además está tuerto. Robin Hood está a salvo en el bosque de Sherwood.

Mientras hablaba, el soldado se alegraba por dentro, porque no era más que un soldado raso que quería a Robin Hood y no deseaba que le pasara nada malo. Una de las razones por las que Robin Hood se le escapaba tantas veces al sheriff era que la gente sencilla, incluso entre los propios hombres del sheriff, lo apreciaba y lo ayudaba en todo lo que podía.

Los guardias de las puertas de la ciudad cerraban los ojos cuando Robin Hood pasaba, para poder decir que no lo habían visto entrar. Casi nadie lo traicionaba, y muchos, cuando sabían que se tramaba algo contra él, le mandaban aviso. Pero ese día ni siquiera el soldado que lo quería reconoció a Robin Hood.

Los diez hicieron tiros prodigiosos. No hubo una sola flecha que quedara fuera de los círculos que rodeaban el centro. Pero cuando tiraron los tres, fue más prodigioso todavía. La primera flecha de Gill el del Gorro Rojo quedó a un dedo del centro, y la segunda, más cerca aún. Pero la flecha del mendigo se clavó justo en el centro. Adam del Valle, a quien le quedaba un tiro, le quitó la cuerda al arco en cuanto la vio.

—Llevo más de ochenta años tirando flechas y he vencido a muchos rivales, pero eso no lo puedo mejorar —dijo.

El premio de la flecha de oro le tocaba al mendigo harapiento, pero el sheriff puso una cara muy agria al entregársela. Trató de convencerlo de que entrara a su servicio, y le prometió una buena paga.

—Eres el mejor arquero que he visto en mi vida —le dijo—. Me parece que tiras todavía mejor que ese bribón cobarde de Robin Hood, que no se atrevió a dar la cara hoy aquí. ¿Quieres entrar a mi servicio?

—No, no quiero —contestó el forastero vestido de escarlata, y el sheriff lo miró con tanto rencor que él comprendió que más le valía irse. Mientras caminaba hacia el bosque de Sherwood, las palabras del sheriff le seguían doliendo.

—No soporto que ni siquiera mi enemigo piense que soy un cobarde —le dijo a Pequeño Juan—. Ojalá hubiera manera de hacerle saber al sheriff que fue Robin Hood quien ganó su flecha de oro.

Y encontraron la manera. Esa noche el sheriff estaba cenando, y aunque la cena era espléndida, tenía la cara sombría.

—Creí que podría atrapar a ese bribón de Robin Hood con este torneo —le dijo a su esposa—, pero fue demasiado cobarde para dar la cara.

En ese momento algo entró por la ventana y cayó con estrépito entre los platos de la mesa. Era una flecha roma con plumas de ganso gris, y llevaba atado un papelito escrito. El sheriff lo desdobló. Decía que quien había ganado la flecha de oro era Robin Hood. Cuando el sheriff lo leyó, hasta su esposa creyó prudente escabullirse, porque no había en todo Nottingham hombre de peor genio.

El sheriff, boquiabierto, se lleva la copa a los labios; en la mesa hay una flecha roma con plumas grises y un papelito atado, y su esposa, de azul, se aleja.

Esta es la historia de cómo Robin consiguió a su mano derecha y a su mejor amigo, Pequeño Juan, que era uno de los jóvenes más altos y fuertes que han caminado jamás por un bosque. Un día Robin Hood iba por la orilla del bosque cuando llegó a un puente angosto que cruzaba un arroyo. El puente era tan angosto que solo podía pasar uno a la vez, y dio la casualidad de que Robin Hood puso el pie en un extremo justo cuando aquel muchacho lo ponía en el otro.

—Échate para atrás y deja pasar primero al mejor —le gritó Robin Hood, no porque le importara pasar primero, sino porque tenía ganas de ver qué hacía aquel muchacho tan alto.

—Échate para atrás tú. El mejor soy yo —gritó el desconocido.

—Pues vamos a pelear por eso —dijo Robin Hood, que disfrutaba más de una buena pelea que de la comida.

—Con todo gusto —contestó el desconocido.

Entonces Robin se cortó una rama de roble para que le sirviera de bastón, porque le habría dado vergüenza usar el arco y las flechas cuando el otro no tenía un arma igual, y se enfrentaron tan contentos como dos niños que luchan jugando.

—El que logre tirar al otro al agua es el mejor —dijo Robin.

Y empezó la pelea con los bastones. ¡Qué pelea fue aquella! Se dieron una y otra vez, pero los dos eran tan hábiles para parar los garrotazos que ninguno lograba derribar al otro. Cada uno se llevó muchos golpes duros, hasta que tuvieron los huesos adoloridos y chichones y moretones de sobra, pero a ninguno se le ocurrió parar por eso.

Pelearon una hora entera en el puente sin que ninguno pudiera con el otro, y luego otra hora más. Por fin Robin le dio al desconocido un trancazo tremendo que lo hizo tambalearse, pero el desconocido le contestó con un golpe en la coronilla que le sacó sangre. Robin le lanzó otro con furia, pero el desconocido lo esquivó y le dio a Robin uno que lo echó derechito al agua.

En una tabla tendida sobre el arroyo, Pequeño Juan blande el bastón y Robin Hood, riéndose, cae al agua con los brazos abiertos y el gorro volando.

Robin se quedó tendido en el agua, mirando hacia arriba y riéndose, porque nunca guardaba rencor.

—Tienes una mano bien firme con el garrote. Es la primera vez que alguien me gana —le dijo. Salió del agua chapoteando y le estrechó la mano al desconocido—. Me caes muy bien. Ahora fíjate, que te voy a enseñar algo.

Se llevó el cuerno a los labios y sopló, y llegaron corriendo cuarenta de sus hombres, todos vestidos de paño verde de Lincoln, con arcos, flechas y espadas.

—¿Qué pasó, jefe? —preguntó el que venía al frente—. Está usted todo golpeado y empapado hasta los huesos.

—Ese muchacho fornido me dio una paliza y me tiró al agua —contestó Robin.

—Entonces él también se va a llevar una paliza y un chapuzón —dijo Will Stutely, que se adelantó furioso, seguido de media docena de hombres, todos con ganas de cumplir la amenaza.

Pero Robin Hood le ordenó que se echara para atrás.

—No —dijo—, fue una pelea limpia y él ganó. Por nada del mundo quiero que lo lastimen. Pero es un muchacho valiente y fuerte, y me gustaría mucho tenerlo en la banda. ¿Quieres unirte a mis hombres? —le preguntó al desconocido, que no salía de su asombro—. Yo soy Robin Hood, y mi banda es la mejor de toda Inglaterra.

Casi no había hombre en el país que no temblara al oír ese nombre. Pero Juan Pequeño, el joven desconocido, no le tenía miedo a nadie.

—Si hay entre ustedes un hombre que tire una flecha mejor que yo, me uno —dijo.

—Bueno, voy a intentarlo —dijo Robin. Mandó a Will Stutely a colocar un pedazo de corteza blanca, de cuatro dedos de ancho, en un roble que estaba a ochenta yardas—. Ahora escoge cualquiera de nuestros arcos y flechas para tirar.

El desconocido escogió el arco más recio de todos. Apuntó con mucho cuidado, soltó la flecha a lo largo del sendero y la clavó justo en el centro de la marca. Todos los hombres de Robin Hood se quedaron sin aliento del asombro.

—Ese sí es un buen tiro —dijo Robin Hood de todo corazón—. Nadie podría mejorarlo; pero a lo mejor yo puedo echarlo a perder.

Entonces tiró una flecha, y fue tan certera y tan veloz que le pegó a la flecha del desconocido y la hizo astillas. Y todos los que lo vieron gritaron que nunca se había visto tirar así.

—¿Ahora sí vas a entrar a mi banda? —dijo Robin Hood con una sonrisa.

—Con todo gusto —contestó el desconocido, y desde ese momento quiso a Robin como a su mejor amigo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Will Stutely, y sacó una tablilla como si fuera a apuntar el nombre.

—Juan Pequeño —contestó el joven desconocido.

—No me gusta ese nombre —dijo el alegre Will—. Este muchacho es demasiado chiquito para llamarse Juan Pequeño. Vamos a bautizarlo otra vez: que se llame Pequeño Juan.

Y así lo bautizaron entre risas y bromas, y desde ese día Pequeño Juan fue la mano derecha de Robin y el segundo al mando de la banda. Le sirvió con lealtad durante muchos años, y cada año lo quiso más.

Esta es la historia de un fraile alegre y de cómo llegó a formar parte de la banda de Robin Hood. Pero empieza con la historia de un joven triste que llevaba un arpa en la mano. Cantaba tan bonito como un jilguero, pero creía que nunca volvería a cantar, porque se le estaba rompiendo el corazón. Robin Hood y sus hombres lo encontraron en el bosque, tirado boca abajo en el suelo y llorando como si se le fueran a salir los ojos.

—¡Levántate! ¡Levántate! —gritó Will Stutely, y le dio con la punta del pie—. No soporto ver a un muchacho tan grandote lloriqueando como una niña de catorce años por un pajarito muerto.

Pero Robin Hood les mandó a los demás que se hicieran a un lado y tocó al muchacho con cariño.

—Algo te pasa —le dijo—. No hagas caso de lo que dicen estos. Son toscos, pero tienen buen corazón. Ven conmigo y cuéntame qué tienes.

—Todo está mal —dijo Allen-a-Dale, desconsolado, y era verdad que las cosas le iban muy mal. La muchacha que él quería, con la que iba a casarse, había tenido que renunciar a él y prometer su mano a un caballero viejo y rico que se había ganado al padre de ella con su dinero.

—Se va a casar con el viejo caballero si su padre se lo manda —exclamó Allen-a-Dale—, porque cree que una hija debe obedecer; pero yo sé que eso le va a romper el corazón y se va a morir.

—¡Pues eso no va a pasar! —exclamó Pequeño Juan, y dio un paso adelante—. Jefe, ¿no podemos impedir semejante injusticia?

—Ya veremos —contestó Robin Hood.

—Pero se casa dentro de dos días.

—Entonces iremos a la iglesia y nos encargaremos de que se case contigo y no con el viejo caballero. Pero vamos a necesitar un sacerdote que los case.

—Pues yo conozco al sacerdote que necesitamos —dijo Will Escarlata—. Es fray Tuck, el fraile alegre que vive en Fountain Dale.

—Entonces vamos por él ahora mismo. No hay tiempo que perder —dijo Robin Hood, y se pusieron en camino sin tardanza.

Con él fueron Pequeño Juan, Will Escarlata, el joven David de Doncaster y Arthur-a-Bland, todos con su mejor ropa.

—Porque —dijo Robin Hood— a una boda hay que ir bien vestidos.

Después de caminar toda una mañana, llegaron al recodo del río cerca del cual vivía fray Tuck. Pero su celda estaba del otro lado, y para llegar a ella tendrían que cruzar el agua a pie.

—Bueno —dijo Robin Hood—, si hubiera sabido que iba a tener que cruzar el río a pie, no me habría puesto la ropa buena.

Entonces dejó a sus hombres, les pidió que estuvieran atentos por si sonaba el cuerno, y siguió solo. En cuanto ellos lo perdieron de vista, le pareció oír voces. Era como si dos hombres platicaran abajo, en la orilla del río, pero las voces se parecían muchísimo. Robin Hood se acercó sin hacer ruido hasta el borde y se asomó.

Con la ancha espalda recargada en un sauce estaba sentado un hombre robusto y fornido, con hábito de fraile, y no había nadie más con él. Tenía en las piernas una gran empanada de carne tierna y jugosa, con cebollitas y otras verduras sabrosas, y se la comía con muchas ganas. Mientras comía, hablaba, y Robin Hood, al oírlo, por poco se muere de risa. Porque el fraile alegre estaba haciendo como que era dos personas.

Fray Tuck, sentado contra un sauce a la orilla del río, muerde un pedazo de empanada de carne mientras Robin Hood se asoma por encima de la loma y sonríe.

Le ofrecía un pedazo de empanada primero al de su derecha y luego al de su izquierda, con mucha cortesía, y lo mismo hacía con una botella que tenía al lado. Robin miró y escuchó hasta que se acabó la empanada y se vació la botella. Entonces el fraile empezó a insistirle a su compañero imaginario para que cantara.

—Anda, muchacho querido, ¿no me cantas una canción? —se dijo a sí mismo.

Y luego se contestó, muy tímido:

—Ay, no sé. Hoy no estoy de buena voz. Por favor, no me lo pidas: ¿no oyes que estoy ronco como una rana?

Luego volvió a hablar con la voz del primero:

—No, no, tu voz es tan dulce como la de cualquier pinzón. Anda, canta, por favor. Prefiero oírte cantar que darme un buen banquete.

Y así siguió hasta que se puso a cantar, también a dos voces. Era una canción a dúo entre un muchacho y una muchacha, y la parte de ella la cantaba con voz muy aguda y chillona, y la de él con voz muy grave y ronca. Era lo más chistoso que se pueda imaginar, y cuando llegó el último estribillo, Robin Hood ya no se pudo aguantar y se puso a cantar con él a todo pulmón.

Entonces el fraile se levantó de un salto.

—¿Qué espía tenemos aquí? —gritó, y de debajo del hábito sacó una espada tan pesada y recia como cualquiera de las que llevaban los hombres de Robin Hood.

—Guarde la espada, amigo —le gritó Robin—. Los que han cantado juntos no deben pelear.

Y bajó de un salto hasta donde estaba el fraile.

—¿Conoce usted los alrededores, buen padre? —le preguntó.

—Sí, un poco —contestó el fraile con cautela.

—¿Y conoce un lugar que se llama Fountain Dale, y a cierto fraile al que llaman el fraile de Fountain Dale?

—Sí, un poco.

—¿Está del otro lado del río? —preguntó Robin Hood.

—Sí.

—¿Y sabe usted si ese fraile está ahora del otro lado del río o de este? —preguntó Robin.

—Eso —contestó el fraile muy despacio— lo tendrás que averiguar tú solito.

Aquello hizo enojar a Robin, y la verdad es que la respuesta no había sido nada cortés.

—Bueno —dijo—, si tengo que cruzar el río, le voy a pedir que me pase cargando, porque ya ve que traigo ropa que el agua echa a perder.

Al principio al fraile le dio coraje que se lo pidiera, pero pronto pareció que se le ocurría otra cosa, y se rio.

—Bueno —dijo—, si san Cristóbal cargaba a los peregrinos para cruzar el río, a lo mejor yo también debería hacerlo. Dame tu espada para que no se moje, y te cargo.

Así que se puso bajo el brazo su propia espada y la de Robin, se agachó para que Robin se le subiera a la espalda y cruzó el agua. Del otro lado lo bajó con mucho cuidado, pero no le devolvió la espada.

—Gracias, buen padre —dijo Robin—. Deme mi espada y sigo mi camino.

—No, buen muchacho —contestó el fraile, apuntándole con la espada—. Ya ves que me mojé al cruzar el río. Necesito cruzar otra vez, pero me temo que si me vuelvo a mojar me va a dar un tirón en la espalda que no me va a dejar rezar. Te ruego que me lleves de regreso.

El fraile tenía la espada, y a Robin no le quedó más remedio que obedecer. Así que lo cargó de regreso, y le costó más trabajo que al fraile cargarlo a él. Pero en medio del agua, Robin logró aflojarle el cinturón de la espada a fray Tuck, y al llegar a tierra se lo arrancó. Ahora Robin Hood tenía las dos espadas.

—Ahora cárgueme otra vez al otro lado —dijo.

Es una historia larga; pero el caso es que fray Tuck cargó a Robin Hood hasta la mitad del río y allí lo echó al agua «para que se refrescara», según dijo. Entonces Robin peleó con él; pero aunque pelearon con todas sus fuerzas durante horas, ninguno pudo vencer al otro. Así que dejaron de pelear y se hicieron amigos, y fray Tuck aceptó de buena gana ir con Robin a casar a Allen-a-Dale con la bella Ellen, sin importarle el alboroto que se armara.

Así que Robin Hood y veinte de sus alegres compañeros se pusieron en camino hacia la boda, que iba a celebrarse en la iglesia de Emmet. Robin Hood iba vestido de juglar ambulante, con un arpa colgada a la espalda. Dejó escondidos a casi todos sus hombres a poca distancia de la iglesia y entró con mucho aplomo.

Iba a ser una boda muy elegante, y el mismísimo obispo de Hereford iba a oficiarla. Llegó con un largo séquito, y al entrar vio a Robin con su arpa junto a la puerta.

—Y tú, ¿quién eres? —le preguntó, muy complacido, porque a todo el mundo le gustaba ver a un juglar.

—Soy un arpista de las tierras del norte —contestó Robin Hood—. Sé tocar una música como nadie más en toda Inglaterra. Porque mi arpa tiene magia, y si toco en esta boda, la bella novia querrá con todo el corazón al hombre con quien se case, toda la vida.

—Pues que toque, entonces —dijo sir Stephen, el viejo novio. Sabía que la bella Ellen se casaba con él por obedecer a su padre y no por su propio deseo. Pero no sabía que ella quería a otro, porque el padre se lo había ocultado.

Y entonces entró el padre de la novia con ella del brazo, y era la muchacha más hermosa que habían visto nunca. Pero estaba pálida y desmejorada, y se doblaba sobre el brazo de su padre como un lirio quebrado.

—¿Qué es esto? —exclamó Robin Hood—. Una novia debería tener el color de una rosa. Señorita, ¿se casa usted con este caballero por su propia voluntad?

—No, no —sollozó la bella Ellen—. No quiero casarme con nadie más que con mi verdadero amor, Allen-a-Dale, el juglar.

—Entonces con Allen-a-Dale se casará —exclamó Robin Hood, y se llevó el cuerno a los labios y sopló.

En la iglesia, Robin Hood, rubio y con arpa a la espalda, sopla el cuerno ante el obispo, la novia y un anciano de manto azul; entran fray Tuck y los de verde.

Los compañeros que habían entrado a la iglesia y fray Tuck llegaron corriendo por los pasillos y se juntaron a su alrededor. Se armó un gran alboroto. El obispo de Hereford, el prior de Emmet y todo su séquito le mandaron a la gente que agarrara a Robin Hood, pero nadie quiso hacerlo. El viejo novio echó mano a la espada, pero el día de su boda no la llevaba.

—¡A ellos, mátenlos! —les gritó a sus soldados. Pero justo en ese momento llegaron a toda carrera los demás hombres de Robin Hood, con las espadas desenvainadas y los arcos y las flechas colgados a la espalda.

—Me voy —le dijo el novio al padre de la novia—. Ya no me casaría con su hija ni por todo el reino de Inglaterra.

Lo dijo enojado, porque sentía que lo habían engañado: nadie le había dicho que la muchacha quería a otro. El prior de Emmet llamó a su séquito y también se fue, muy disgustado, y el obispo de Hereford se habría ido también, pero Robin le mandó que se quedara.

—Ahora —dijo— vamos a celebrar una boda, y la bella Ellen se casará con Allen-a-Dale.

—No pueden —dijo el prior de Emmet, que se volvió desde la puerta—. No tienen sacerdote que los case.

—¿Y qué, no soy yo sacerdote? —bramó fray Tuck, con tanta fiereza que al prior le temblaron hasta los zapatos puntiagudos, y se apuró a irse.

—Pero no se han leído las amonestaciones —dijo el padre de la novia.

—¡Pues yo las pregono! —rugió fray Tuck. Y la vieja canción cuenta que las pregonó tres veces, que es lo que manda la ley, y luego, por si acaso no bastaba, las pregonó seis veces más.

—Pero no puedo casarme sin la bendición de mi padre —sollozó Ellen, porque siempre había sido una hija obediente.

—Ya, ya, no llore —le dijo Robin Hood con dulzura—. Yo le consigo la bendición de su padre.

Luego llamó a Will Stutely.

—Dame las dos bolsas de oro que te pedí que trajeras.

Con una bolsa de oro en cada mano, Robin se acercó a grandes pasos al padre de Ellen.

—Aquí hay doscientos ángeles de oro, monedas de las buenas —le dijo—. Si bendice a su hija hoy, que es el día de su boda, se los daré como dote. Si no le da la bendición, se casará de todos modos, pero usted no verá ni una sola moneda.

El padre miró el oro y luego a Robin Hood. Sabía que el caballero se había ido y que no iba a volver.

—Está bien —dijo, aunque no muy contento—. Le daré mi bendición.

Así se celebró la boda, y cuando terminó se fueron todos al bosque de Sherwood y tuvieron el banquete más alegre que se haya visto nunca en aquel lugar tan alegre. Allen-a-Dale y su esposa vivieron felices el resto de su vida, y él cantaba canciones tan hermosas que su fama corrió por toda Inglaterra. En cuanto a fray Tuck, le gustaron tanto Robin Hood y su banda que nunca volvió a Fountain Dale, y se quedó como uno más de los alegres compañeros.

—Hace mucho que no tenemos invitados —dijo Robin Hood un día—. Vamos a salir a buscar algunos. Pequeño Juan, tú ve hacia el oriente y yo iré hacia el poniente, a ver si no nos topamos con algún noble codicioso o algún clérigo gordo que cargue demasiados bienes de este mundo y necesite que lo aliviemos de ellos por el bien de los pobres.

Cuando Robin Hood y sus hombres robaban a alguien (y nunca molestaban más que a los ricos que habían juntado su fortuna exprimiendo a los pobres), lo llevaban al bosque y le daban un banquete. Después del banquete le decían que tenía que pagar la cuenta, le quitaban los bienes o el oro que llevaba y los repartían en tres montones. Una parte se la devolvían, otra se la quedaban ellos y la tercera la repartían entre los pobres.

Los ricos y los avaros temblaban con solo oír hablar de los banquetes de Robin Hood, pero los pobres bendecían su nombre cada vez que se acordaban de ellos.

Así que Pequeño Juan y su parte de la banda se fueron hacia el oriente, y tuvieron suerte, porque trajeron al rico obispo de Hereford con cinco mulas de carga llenas de bienes. Pero Robin Hood y los suyos solo encontraron a un caballero triste que suspiraba mientras cabalgaba y parecía demasiado afligido para fijarse en nada. Robin Hood tomó el caballo por la brida y lo detuvo.

—Alto —le dijo—. Quiero hablar con usted.

—¿Y quién es usted para detener a un viajero pacífico en el camino real? —preguntó el caballero.

—Unos dicen que soy un hombre honrado y otros que soy un ladrón —contestó Robin Hood—. Como sea, mis hombres y yo tenemos una posada en el bosque donde queremos que se detenga a comer. Pero le advertimos que contamos con que nuestros invitados paguen la cuenta.

—Ya entiendo lo que quiere decir —contestó el caballero—, pero yo no le convengo como invitado, porque no tengo dinero. De hecho, estoy muy afligido justamente por eso. Necesitaba mucho dinero para salvarle la vida a mi hijo, así que hipotequé mis tierras con el prior de Emmet, y aunque podría juntar el dinero si me diera más tiempo, no me quiere dar ni un día: piensa quedarse con mis tierras y echarme a la calle como un mendigo.

—¿Cuánto dinero le prestó? —preguntó Robin Hood.

—Solo cuatrocientas libras. Mis tierras valen muchas veces más, pero él no va a tener piedad.

—¿No tiene amigos que puedan prestarle el dinero? —preguntó Robin Hood.

—Ay, no —contestó el caballero—. Cuando me iba bien, tenía muchos amigos que me rodeaban, pero ahora que estoy en apuros todos me abandonaron.

—Pues los hombres en apuros siempre tienen amigos en el bosque de Sherwood —contestó Robin Hood—. Venga conmigo como invitado, sin cuenta que pagar, y encontraremos la manera de ayudarlo.

Así llegaron juntos al gran árbol donde fray Tuck y media docena de compañeros preparaban el banquete alrededor de una fogata enorme. Y allí, a la luz de las llamas, estaba sentado el obispo de Hereford, bien vigilado, con sus mulas atadas a los árboles de alrededor y los fardos todavía llenos.

—¡Tengan piedad! —gimoteó el obispo.

—¿Y qué piedad ha tenido usted con los pobres? —le contestó Robin Hood con dureza—. ¡Muchachos, abran esos fardos!

Abrieron los fardos, que estaban llenos de cosas valiosas, y las repartieron en tres partes. Además de los fardos había un cofre con mil quinientas libras en oro. Robin Hood tomó la parte que habían apartado para los pobres y se la dio al caballero triste.

—Ya que los clérigos lo despojaron a usted, que sean los clérigos quienes lo ayuden —dijo.

—¡Ay, gracias! —exclamó el caballero, y la cara triste se le iluminó por primera vez en todo el día—. Pero no lo acepto como regalo, sino como préstamo. Se lo pagaré al obispo o a usted.

El obispo asintió y abrió la boca para decir «Me parece bien», pero Robin Hood lo interrumpió en seco.

—Págueme a mí —dijo—. Yo ayudaré a los pobres con ese dinero. El obispo nomás lo guardaría en sus cofres y lo usaría para juntar más dinero.

Y el caballero que había estado tan triste se fue con todos sus problemas resueltos. El prior de Emmet se llevó un gran chasco, porque con trampas y mañas se había asegurado de que el pobre caballero, que había caído en sus garras, no pudiera conseguir en ninguna parte el dinero para recuperar sus tierras, y ya las daba por suyas. Pero tuvo que soltarlas; y esa es otra historia, que aquí no cabe.

—Me gustaría ver a Robin Hood —dijo el rey Ricardo—. Me gustaría verlo a él y a sus hombres tirar con arco, luchar y hacer todas esas proezas en las que son tan diestros. Pero si se enteraran de que viene el rey, pensarían que es nada más para arrestarlos, y huirían a lo más hondo del bosque, y yo no alcanzaría a verlos ni de lejos.

El rey Ricardo hablaba con simpatía, porque era un rey que amaba todos los juegos de fuerza y destreza, y a quienes sobresalían en ellos.

—Daría cien libras por ver a Robin Hood y a sus hombres en el bosque verde —dijo.

—Yo le digo cómo puede verlo sin falta, Majestad —intervino, riéndose, uno de sus compañeros de confianza—. Póngase el hábito de un abad gordo y cruce a caballo el bosque de Sherwood con las cien libras en la bolsa, y de seguro lo verá y le darán un banquete.

—¡Lo haré! —exclamó el rey Ricardo, que era un hombre franco, y se dio una palmada en la rodilla—. Va a ser una broma tremenda.

Así que el rey se disfrazó de abad, siete de sus acompañantes se vistieron de frailes negros, y salieron a caballo por el camino real hacia el bosque de Sherwood. Robin Hood y sus hombres los atraparon y los llevaron al gran árbol donde se reunían, y allí los registraron y les quitaron la bolsa de oro. Pero le devolvieron al rey la mitad del oro, porque no tenían la costumbre de dejar a nadie en la necesidad. Esos viajeros les cayeron bien, porque no se resistieron ni los insultaron.

—Ahora les vamos a dar un banquete que valdrá cincuenta libras —dijo Robin Hood.

—Un banquete no me vendría nada mal —dijo el falso abad—, pero más todavía quiero ver los tiros con arco, la lucha, los juegos con el bastón y todas esas cosas en las que me dicen que ustedes son los mejores.

—Verá lo mejor que sabemos hacer —contestó Robin Hood—. Pero le ruego, santo padre, que se quite la capucha para que disfrute de este fresco tan agradable de la tarde.

—No —contestó el abad fingido—. No puede ser, porque mis hermanos y yo hicimos voto de no dejar que nos vieran la cara durante este viaje.

—Muy bien, entonces —dijo Robin Hood—. Yo no me meto con los votos de nadie.

Y ni se le pasó por la cabeza que era el rey.

Les sirvieron un banquete espléndido de venado asado, faisán, pescado y aves del monte, todo asado en su punto sobre la fogata crepitante, y lo acompañaron con la mejor bebida. Luego prepararon los juegos.

El blanco era una guirnalda de hojas y flores colgada de una estaca a ciento veinte pasos. Solo los mejores arqueros podían siquiera alcanzarla.

—¡Ahora a tirar! —dijo Robin Hood—. Cada uno tendrá tres tiros, y el que no meta sus flechas dentro de la guirnalda perderá la flecha y además recibirá un manotazo en la cabeza, lo más fuerte que se le pueda dar.

—¿Hay alguien capaz de meter una flecha en esa guirnalda tan chiquita, desde tan lejos? —preguntó el rey, asombrado.

—Mire y verá —contestó Robin Hood con orgullo.

Primero tiró David de Doncaster, y metió las tres flechas dentro de la guirnalda mientras el rey miraba boquiabierto. Luego tiró Midge, el hijo del molinero, y también metió todas sus flechas en la guirnalda. Después tensó el arco Wat el Calderero, pero tuvo mala suerte: una de sus flechas quedó a dos dedos por fuera de la marca.

—Ven acá a recibir tu castigo —lo llamó Robin Hood.

El rey se imaginó que, como había fallado por tan poco, le darían un golpecito, pero Wat recibió un manotazo que lo mandó dando vueltas por el pasto, patas arriba.

Sus compañeros se doblaban de risa: ¡ja, ja, ja!

«¡Uy, qué bueno que yo no estoy en esto!», pensó el rey Ricardo. Pero lo impresionó mucho ver cómo obedecían a Robin Hood sus hombres.

«Obedecen sus órdenes mejor que mis criados las mías», pensó.

Siguieron los tiros, y casi todos los hombres metieron sus flechas en la guirnalda, pero unos cuantos fallaron y recibieron unos manotazos tremendos.

Al final tiró Robin Hood. Su primera flecha le arrancó una astilla a la estaca de la que colgaba la guirnalda. La segunda se clavó a un dedito de la primera. Pero la última flecha tenía mal puestas las plumas, se desvió hacia un lado y fue a dar a un dedo por fuera de la guirnalda.

Entonces todos soltaron la carcajada de buena gana, porque muy rara vez veían fallar a su jefe.

—Vaya a recibir su castigo, jefe —dijo Midge, el hijo del molinero—. Ojalá sea tan fuerte como el de Wat.

—Bueno —dijo Robin Hood—, le doy mi flecha a nuestro invitado, y que él me dé el manotazo.

En esto el alegre Robin fue un poco astuto, porque aunque no le importaban los golpes duros, no le gustaba la idea de quedar tirado cuan largo era delante de su banda. Los clérigos tenían las manos suaves y sus golpes más fuertes no eran gran cosa, porque no trabajaban ni usaban mucho los músculos. Pero el falso abad se arremangó y dejó ver un brazo tan recio y musculoso que los hombres del bosque se quedaron mirándolo.

Robin Hood se plantó bien delante de él, y el abad le dio un golpe que habría tumbado a un buey. Robin Hood cayó al suelo rodando y rodando, y sus hombres se morían de risa.

—Caramba —dijo Robin Hood, sentándose medio aturdido—, no creí que hubiera en Inglaterra un brazo capaz de dar semejante golpe. ¿Quién es usted? Apuesto a que no es un hombre de iglesia, como parece.

Entonces Ricardo se echó atrás la capucha, y Robin reconoció a su rey. Si hubiera sido desleal además de forajido, habría temblado en ese momento. Pero aunque se arrodilló a los pies del rey e hizo señas a todos sus hombres para que se arrodillaran, su voz no sonó avergonzada.

En un claro del bosque, un hombre barbado con hábito de abad se toca la capucha; Robin Hood se arrodilla ante él con el gorro en las manos, igual que su banda.

—Majestad —dijo—, no tiene usted en toda Inglaterra súbditos más leales que yo y mis alegres compañeros. No hemos hecho ningún mal, salvo a algunos ricos codiciosos que oprimían a sus súbditos. Le pedimos perdón si hemos hecho mal, le suplicamos su protección y le juramos que siempre lo serviremos fielmente.

El rey bajó la vista, asombrado de que un forajido hablara así. Pero conocía a los hombres, y sabía lo que la gente decía de Robin Hood. Sabía también que era el mejor arquero de toda Inglaterra, y lo quería en su propio séquito.

—Te perdono todas las leyes que has roto —le dijo— si vienes conmigo a la corte y me sirves allí. Llevarás contigo a Pequeño Juan, a Will Escarlata y a Allen-a-Dale, que es el cantor de voz más dulce que he oído; y al resto de tus hombres los haré guardabosques reales, porque creo que nadie sabrá cuidar el bosque de Sherwood mejor que ellos.

Así que Robin Hood dejó el bosque verde, se fue a la corte y sirvió bien al rey Ricardo. Pero no le gustaba el encierro de la corte, y no soportaba las fiestas ni las envidias de los cortesanos. Cuando el rey Ricardo murió, subió al trono su hermano, el rey Juan, que fue uno de los peores reyes que ha tenido Inglaterra. Entonces Robin Hood volvió al bosque, sus alegres compañeros se reunieron otra vez a su alrededor y de nuevo fueron forajidos. Y allí, en el bosque, vivió hasta su muerte.

Esta es la historia de cómo murió Robin Hood. Se había hecho viejo, y le dio una fiebre.

—Voy a ir con mi prima, la priora de Kirklees, que sabe mucho de curar —dijo—. Le pediré que me sangre para ponerme bien.

En aquellos tiempos las mujeres sabían de curaciones más que nadie, porque toda madre y toda hija tenía el deber de aprender lo más que pudiera, para saber qué hacer si a su marido o a su hijo los herían. Esta prima de Robin Hood le debía mucho, porque él le había conseguido su buen puesto de priora. Pero ella amaba a uno de los enemigos de Robin, y lo traicionó.

Le abrió una vena del brazo, pero no se la volvió a cerrar. Luego lo dejó encerrado en un cuarto alto, hasta arriba del priorato, para que se desangrara. Todo el día estuvo Robin sangrando, hasta quedar tan débil que casi no se podía mover. Pero al anochecer logró llevarse el cuerno a los labios y soplar. El toque fue muy débil, pero Pequeño Juan lo oyó, porque, aunque la priora no lo había dejado entrar a ver a Robin Hood, se había quedado todo el día lo más cerca que pudo de su querido jefe.

La priora había cerrado con llave la gran puerta de entrada para que Pequeño Juan no pudiera pasar, pero él agarró un enorme mortero de piedra que ni tres hombres habrían podido levantar y lo aventó contra la puerta, que se vino abajo. Luego subió corriendo por la escalera de caracol, y nadie pudo detenerlo hasta que llegó al cuartito de hasta arriba, bajo el techo, donde estaba su jefe. Pero vio de un vistazo que Robin Hood se estaba muriendo.

—Jefe —gritó—, le voy a prender fuego al priorato con todas estas monjas malvadas adentro, por la traición tan horrible que le hizo su superiora.

—No, no —dijo Robin Hood, con una sonrisa débil pero muy dulce—. Nunca en mi vida le hice daño a una mujer, ni dejé que mis hombres se lo hicieran. No podría permitirlo ahora.

En un cuarto de piedra con una ventanita de rejas, Robin Hood, viejo y de barba gris, sonríe en la cama con el cuerno en alto; Pequeño Juan le toma la mano.

Y casi con su último aliento le hizo prometer a Pequeño Juan que no le haría ningún daño a la monja traidora que lo había matado.

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Adaptado por Talerie, fuente: Stories of Robin Hood (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre esta leyenda

Robin Hood no tiene un autor único: es el héroe de muchas baladas inglesas antiguas, que Francis James Child reunió en la quinta parte de The English and Scottish Popular Ballads (Boston, 1888). Según el Dictionary of National Biography, hacia 1377 un poema ya habla de rimas sobre él. Nadie ha demostrado que existiera.

Nuestro texto parte de Stories of Robin Hood, un librito de lecturas escolares de Bertha E. Bush publicado en 1912 en Dansville (Nueva York) y Chicago. Bush narra en prosa seis aventuras de las baladas y cambia bastantes detalles. Ambas versiones son nuestras: la «Más suave» es corta y la «Original» guarda más de Bush.

Las baladas antiguas y el texto de Bush (1912)

Baladas antiguasBush (1912)
Disfraz del torneovestido de rojo, sin disfraz de mendigomendigo harapiento, con parche y pelo teñido
Aviso al sheriffcarta en una flecha disparada a la ciudadnota en una flecha roma que entra por la ventana
El fraileun fraile sin nombre en el textofray Tuck
Las amonestacionesPequeño Juan, con la ropa del obispo, siete vecesfray Tuck, tres veces y seis más
Deuda del caballerocon el abad de Santa María de Yorkcon el prior de Emmet
El rey disfrazadoEduardo; en otra balada, Ricardoel rey Ricardo
Motivo de la priorapor amor a un caballero, sir Rogerama a uno de los enemigos de Robin
Mostrar más
Que Cristo, muerto en la cruz, tenga piedad de su alma, porque fue un buen forajido y a los pobres ayudaba.
A Gest of Robyn Hode: Cryst haue mercy on his soule, / That dyed on the rode! / For he was a good outlawe, / And dyde pore men moch god.

Qué cuenta nuestra versión

Seguimos los seis capítulos de Bush en el mismo orden: el torneo de la flecha de oro, la pelea en el puente con Pequeño Juan, la boda de Allen-a-Dale con la ayuda de fray Tuck, el caballero endeudado, el rey Ricardo disfrazado de abad y la muerte de Robin. Al torneo Robin va vestido de mendigo, con un parche en el ojo y el pelo oscurecido con tinte de nuez, pero en ningún momento pide limosna: a pedirla se ven obligados la viuda y los hijos de Pedro el Labrador. Lo que la banda quita a los ricos se reparte en tres partes, y una es para los pobres. La versión «Original» conserva además los comentarios de Bush, como el de que, para nosotros, robar está mal.

Al final, la prima de Robin, priora de Kirklees, le abre una vena y no se la cierra, y Robin muere. La escena se cuenta con sencillez, sin recrearse, y él mismo hace prometer a Pequeño Juan que no le hará ningún daño a ella.

Baladas emparentadas y una confusión

El parentesco más claro está en las propias baladas que Child imprime con los números 117 a 154: A Gest of Robyn Hode y las de la pelea con Pequeño Juan, el fraile, la boda de Allen-a-Dale, la flecha de oro, el rey disfrazado y la muerte de Robin. Según el Dictionary of National Biography, unas baladas del norte atribuyen casi todos los rasgos de forajido de Robin a Adam Bell, Clim of the Clough y William of Cloudesly, del bosque de Inglewood, en Cumberland.

Marian (Maid Marian) no forma parte de esta historia. El mismo diccionario explica que suele acompañar a Robin en los juegos de mayo ingleses y que en la literatura inglesa no hay rastro de ella antes de 1500, aproximadamente. En el texto de Bush no sale, y en el nuestro tampoco. Fray Tuck, en cambio, sí está en Bush, aunque según Child las baladas verdaderamente populares no lo conocen y debe su relación con Robin sobre todo a esos juegos.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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