
David y Goliat
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En el valle de Elá, el gigante Goliat desafía cada mañana y cada tarde al ejército de Israel. Durante cuarenta días nadie se atreve a pelear con él. David, el más chico de los hijos de Jesé, llega al campamento con panes para sus hermanos y oye los gritos del filisteo.
Los filisteos reunieron sus ejércitos para hacerle la guerra a Israel y acamparon entre Socó y Azeca, en tierras de Judá. Del otro lado, junto al valle de Elá, se juntaron el rey Saúl y los hombres de Israel, listos para la batalla. Los filisteos estaban en un monte, los israelitas en el otro, y en medio quedaba el valle.
Un día salió del campamento filisteo un guerrero de Gat que se llamaba Goliat. Era un gigante: medía seis codos y un palmo, casi tres metros. Llevaba en la cabeza un casco de bronce y lo cubría una coraza de placas de metal, tan pesada que un hombre común apenas habría podido cargarla. Tenía las piernas protegidas con placas de bronce y un escudo colgado del hombro. El asta de su lanza era gruesa como la viga de un telar, y la punta, de puro hierro, pesaba muchísimo. Delante de él caminaba su escudero.
Goliat se plantó en medio del valle y les gritó a las filas de Israel:
—¿Para qué salen a pelear? Yo soy el filisteo, y ustedes, los siervos de Saúl. Escojan a uno de los suyos y que baje a pelear conmigo. Si él me vence y me mata, nosotros seremos siervos de ustedes; pero si yo le gano y lo mato, ustedes serán nuestros siervos y nos servirán. ¡Hoy desafío al ejército de Israel! ¡Denme un hombre que pelee conmigo!
Al oír esas palabras, Saúl y todos los israelitas se llenaron de miedo.
David era hijo de Jesé, un hombre de Belén, en Judá, que ya era muy viejo y tenía ocho hijos. Los tres mayores, Eliab, Abinadab y Samá, se habían ido a la guerra con Saúl. David era el más chico, y andaba entre el campamento y Belén, donde cuidaba las ovejas de su papá.
Mientras tanto, el filisteo salía cada mañana y cada tarde a repetir su desafío, y así pasaron cuarenta días sin que nadie se atreviera a responderle.
Un día Jesé le dijo a David:
—Toma este costal de grano tostado y estos diez panes, y llévaselos pronto a tus hermanos al campamento. Estos diez quesos son para su capitán. Fíjate cómo están tus hermanos y tráeme alguna señal de que están bien.

Saúl, los hermanos de David y todo el ejército seguían en el valle de Elá, frente a los filisteos. David se levantó muy temprano, le encargó las ovejas a otro pastor y se fue con su carga, como su papá le había mandado. Llegó al campamento justo cuando el ejército salía a formarse y lanzaba el grito de guerra. Israelitas y filisteos estaban formados, fila contra fila.
David dejó la carga con el encargado del equipaje, corrió hacia las filas y fue a saludar a sus hermanos. Todavía estaba platicando con ellos cuando Goliat, el filisteo de Gat, salió de entre los suyos y volvió a gritar las mismas palabras. David lo oyó todo.

En cuanto vieron al gigante, los soldados de Israel huyeron aterrados.
—¿Ya vieron al hombre que salió? —se decían unos a otros—. Viene a desafiar a Israel. Al que lo venza, el rey lo hará muy rico, le dará a su hija por esposa y su familia ya no tendrá que pagar tributo en Israel.
David les preguntó a los que estaban junto a él:
—¿Qué le darán al que venza a este filisteo y le quite esta vergüenza a Israel? ¿Quién se cree este filisteo para desafiar a los ejércitos del Dios vivo?
Los soldados le repitieron lo mismo: eso le darían al que lo venciera.
Eliab, el hermano mayor, oyó a David hablar con aquellos hombres y se enojó mucho con él.
—¿Y tú qué haces aquí? —le dijo—. ¿Con quién dejaste esas pocas ovejas en el desierto? Ya te conozco: eres un orgulloso y vienes con malas intenciones. Viniste nada más a ver la batalla.
—¿Y ahora qué hice? —respondió David—. ¡Si nada más estoy preguntando!
Se apartó de su hermano, fue con otros soldados y les preguntó lo mismo, y ellos le contestaron igual que antes.
Las preguntas de David llegaron a oídos del rey Saúl, y el rey lo mandó llamar.
—Que nadie se desanime por culpa de ese filisteo, Majestad —le dijo David—. Yo iré a pelear con él.
—No puedes ir a pelear contra ese filisteo —le contestó Saúl—. Tú eres apenas un muchacho, y él es un guerrero desde su juventud.
—Majestad, yo cuidaba las ovejas de mi papá —respondió David—. Cuando venía un león o un oso y se llevaba un cordero del rebaño, yo salía tras la fiera, la golpeaba y le sacaba el cordero de la boca. Y si se me echaba encima, la agarraba de la quijada, la golpeaba y la mataba. Lo mismo daba que fuera león u oso: yo lo mataba. Y a este filisteo le va a pasar igual que a ellos, porque desafió al ejército del Dios vivo.
Luego añadió:
—Dios, que me salvó de las garras del león y de las garras del oso, también me salvará de las manos de este filisteo.
—Ve —le dijo Saúl—, y que Dios te acompañe.
Entonces Saúl le puso a David su propia armadura: un casco de bronce en la cabeza y una coraza sobre el pecho. David se colgó la espada encima de la armadura e intentó caminar, pero nunca había usado nada parecido.

—No puedo caminar con esto, Majestad —le dijo a Saúl—. No estoy acostumbrado.
Y se lo quitó todo. Tomó su cayado, escogió cinco piedras lisas del arroyo y las guardó en su bolsa de pastor. Luego, con la honda en la mano, se fue hacia el filisteo.

Goliat también avanzaba, cada vez más cerca, con su escudero por delante. Cuando vio que su rival era apenas un muchacho de mejillas sonrosadas y bien parecido, lo miró con desprecio.
—¿Acaso soy un perro, para que vengas contra mí con palos? —le gritó, y lo maldijo en nombre de sus dioses.
—Ven acá —siguió el filisteo—, y les daré tu carne a las aves y a las fieras del campo.
David le respondió:
—Tú vienes contra mí con espada, lanza y escudo, pero yo vengo contra ti en el nombre de Dios, el Dios de los ejércitos de Israel, al que tú desafiaste. Hoy Dios te va a entregar en mis manos: te voy a vencer y te voy a cortar la cabeza. Hoy mismo les daré a las aves y a las fieras los cuerpos del ejército filisteo, y toda la tierra sabrá que hay un Dios en Israel. Y todos los que están aquí sabrán que Dios no salva con espada ni con lanza, porque esta batalla es de Dios, y él los entregará a ustedes en nuestras manos.
Cuando el filisteo se puso en marcha para lanzarse contra él, el muchacho corrió a toda prisa a su encuentro. Metió la mano en la bolsa, sacó una piedra, la hizo girar con la honda y la lanzó. La piedra le dio a Goliat en la frente y se le quedó clavada, y el gigante cayó de cara al suelo.
Así venció David al filisteo, con una honda y una piedra, sin una espada en la mano. Entonces corrió hasta él, se paró encima del gigante, sacó de la vaina la espada del propio Goliat y con ella lo mató y le cortó la cabeza.
Cuando los filisteos vieron muerto a su campeón, huyeron. Los hombres de Israel y de Judá se levantaron dando gritos y los persiguieron hasta la entrada del valle y hasta las puertas de Ecrón. Por todo el camino, hasta Gat y Ecrón, quedaron filisteos heridos. Al volver de la persecución, los israelitas saquearon el campamento enemigo. David guardó en su tienda las armas de Goliat.

Saúl había visto a David salir al encuentro del filisteo, y le había preguntado a Abner, el jefe de su ejército:
—Abner, ¿de quién es hijo ese muchacho?
—Le juro por su vida, Majestad, que no lo sé —contestó Abner.
—Pues averigua de quién es hijo —le ordenó el rey.
Por eso, cuando David volvía de vencer al filisteo, Abner fue por él y lo llevó ante Saúl. David traía en la mano la cabeza de Goliat.
—Muchacho, ¿de quién eres hijo? —le preguntó Saúl.
—Soy hijo de su servidor Jesé, de Belén, Majestad —respondió David.
Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

