
El niño Samuel
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En Siló, Ana llora año tras año porque no tiene hijos, y Peniná se burla de ella. Junto a la entrada del santuario, Ana le promete a Dios que, si le da un hijo, se lo entregará para toda la vida. Ese hijo es Samuel, y años después, mientras duerme cerca del arca, alguien lo llama en plena noche.
En Ramá, en la montaña de Efraín, vivía un hombre llamado Elcaná. Tenía dos esposas, Ana y Peniná. Peniná tenía hijos e hijas; Ana no tenía ninguno.
Cada año Elcaná subía con su familia a Siló para adorar a Dios y ofrecerle sacrificios. Allí eran sacerdotes Jofní y Pinjás, los dos hijos del viejo Elí. En el sacrificio, Elcaná les daba a Peniná y a sus hijos su parte, y a Ana la mejor de todas, porque la quería mucho.
Pero Peniná se burlaba de Ana porque no tenía hijos. Así pasaba año tras año, hasta que Ana se ponía a llorar y no quería comer.
—Ana, ¿por qué lloras? —le dijo un día su marido—. ¿Por qué no comes? ¿Por qué estás tan triste? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?
Después de una de esas comidas en Siló, Ana fue al santuario, donde el sacerdote Elí estaba sentado junto a la entrada. Llena de amargura, lloró mucho y le hizo a Dios una promesa:
—Dios mío, si miras mi tristeza, si te acuerdas de mí y no te olvidas de tu sierva, si me das un hijo varón, yo te lo entregaré para toda su vida, y nunca pasará una navaja por su cabeza.
Siguió rezando largo rato en su corazón: movía los labios, pero no se le oía la voz. Elí, que la observaba, creyó que estaba borracha.

—¿Hasta cuándo va a seguir borracha? —le dijo—. Deje ya el vino.
—No, señor —respondió Ana—. No he tomado vino. Soy una mujer muy afligida, y le estaba contando a Dios mi pena. No me tome por una mala mujer.
—Váyase en paz —le dijo Elí—, y que el Dios de Israel le conceda lo que le pidió.
—Ojalá siempre me mire usted con bondad, señor —contestó ella.
Ana se fue, comió, y ya no tenía la cara triste. La familia regresó a Ramá, Dios se acordó de Ana, y al cabo de un tiempo ella tuvo un hijo. Le puso por nombre Samuel, porque decía: «Se lo pedí a Dios».
Al año siguiente, cuando Elcaná subió a Siló, Ana se quedó en casa.
—No subiré hasta que el niño deje de mamar —le dijo a su marido—. Entonces lo llevaré para presentarlo ante Dios, y se quedará allá para siempre.
—Haz lo que te parezca mejor —le respondió Elcaná—. Quédate hasta que lo destetes, y que Dios cumpla su palabra.
Cuando lo destetó, Ana lo llevó a Siló con tres becerros, harina y vino. El niño era todavía muy pequeño. Ofrecieron un becerro en sacrificio y llevaron al niño ante Elí.

—Perdone, señor —dijo Ana—. Yo soy aquella mujer que estuvo aquí, a su lado, rezando a Dios. Por este niño oraba, y Dios me dio lo que le pedí. Ahora yo se lo devuelvo a Dios: mientras viva, será de Dios.
Y allí mismo Ana oró y cantó:
Mi corazón canta de gozo, nadie es santo como Dios. Que callen los orgullosos: él pesa cada acción. Dios da la muerte y la vida, él humilla y él da honor. Rompió el arco del valiente y al débil le dio vigor; el rico trabajó por pan y el hambriento descansó; la estéril tuvo siete hijos, la de muchos enfermó; levantó del polvo al pobre y entre príncipes lo sentó.
Después Elcaná volvió a su casa en Ramá, y el niño se quedó en Siló, sirviendo a Dios al lado del sacerdote Elí.
Pero los hijos de Elí eran hombres malos, que no respetaban a Dios. Mientras se cocía la carne de un sacrificio, llegaba el criado de los sacerdotes con un tenedor de tres dientes, lo metía en la olla, y todo lo que sacaba se lo quedaban ellos.
A veces llegaba aun antes de que quemaran la grasa en el altar, y si el que ofrecía el sacrificio le pedía que esperara, el criado le decía:
—Dame la carne cruda ahora mismo. Si no, me la llevo a la fuerza.
El pecado de aquellos sacerdotes era muy grande delante de Dios, porque por su culpa la gente despreciaba las ofrendas.
Mientras tanto, el pequeño Samuel servía a Dios vestido con un efod de lino, que es un mandil de sacerdote. Cada año su madre le hacía una tuniquita y se la llevaba cuando subía con su marido al sacrificio. Y Elí bendecía a Elcaná:
—Que Dios te dé más hijos de esta mujer, a cambio del niño que ella le entregó a Dios.
Dios bendijo a Ana, y ella tuvo tres hijos y dos hijas más. Y Samuel crecía en el santuario.
Elí ya era muy viejo. Se enteró de todo lo que sus hijos les hacían a los israelitas, y también de que se acostaban con las mujeres que servían a la entrada del santuario. Entonces les dijo:
—¿Por qué hacen esas cosas? Todo el pueblo me cuenta lo mal que se portan. No, hijos míos: si alguien peca contra Dios, ¿quién va a interceder por él?
Ellos no le hicieron caso a su padre, y Elí, aparte de regañarlos, no hizo nada para detenerlos. Dios ya había decidido que morirían. Samuel, en cambio, seguía creciendo, y Dios y la gente lo querían cada vez más.
Un día llegó a ver a Elí un hombre de Dios y le dijo:
—Así dice Dios: «¿Por qué honras a tus hijos más que a mí, y dejas que engorden con lo mejor de las ofrendas? Yo honro a los que me honran. Vienen días en que nadie de tu casa llegará a viejo. Esta será la señal: tus dos hijos, Jofní y Pinjás, morirán el mismo día. Y yo escogeré para mí un sacerdote fiel».
En aquellos días Dios rara vez le hablaba a la gente. Una noche, Elí, que ya casi no veía, estaba acostado en su cuarto. Samuel dormía en el santuario, cerca del arca de Dios, guardada en la oscuridad detrás de la cortina, y la lámpara de Dios todavía ardía.
Entonces Dios llamó a Samuel.
—Aquí estoy —respondió el muchacho.
Corrió adonde estaba Elí y le dijo:
—Aquí estoy. Usted me llamó.
—Yo no te llamé —le dijo Elí—. Vuelve a acostarte.

Samuel fue y se acostó. Dios volvió a llamarlo, y él se levantó, fue con Elí y le dijo:
—Aquí estoy. Usted me llamó.
—Yo no te llamé, hijo mío. Vuelve a acostarte.
Samuel todavía no conocía a Dios; Dios nunca le había hablado.
Por tercera vez Dios llamó a Samuel, y él se levantó, fue con Elí y le dijo:
—Aquí estoy. Usted me llamó.
Entonces Elí comprendió que era Dios quien llamaba al muchacho.
—Ve y acuéstate —le dijo—. Si te vuelve a llamar, dile: «Habla, que tu siervo escucha».
Samuel fue y se acostó en su lugar. Y Dios llamó como las otras veces:
—¡Samuel, Samuel!
—Habla, que tu siervo escucha —respondió Samuel.
Y Dios le dijo:
—Voy a hacer en Israel algo que les hará zumbar los oídos a todos los que lo oigan. Ese día cumpliré contra Elí todo lo que anuncié sobre su familia. Juzgaré a su casa para siempre, porque él sabía lo que hacían sus hijos y no los detuvo, y su culpa no se borrará nunca, ni con sacrificios ni con ofrendas.
Samuel se quedó acostado hasta la mañana y luego abrió las puertas de la casa de Dios. Tenía miedo de contarle a Elí lo que había oído. Pero Elí lo llamó:
—Samuel, hijo mío.
—Aquí estoy.
—¿Qué te dijo Dios? No me escondas nada, te lo ruego. Que Dios te castigue si me ocultas una sola palabra.
Entonces Samuel se lo contó todo, sin ocultarle nada. Y Elí dijo:
—Es Dios. Que haga lo que le parezca bien.

Samuel creció, y Dios estaba con él y no dejó que ninguna de las palabras de Samuel quedara sin cumplirse. Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era un verdadero profeta de Dios.
Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
