OriginalEl niño Samuel
13 min de lectura a partir de 6 años talerie.com/es/cuentos/el-nino-samuel-original
Ana reza en silencio junto a la entrada del santuario de Siló, y el sacerdote Elí cree que está borracha. Pero ella le pide a Dios un hijo y le promete entregárselo para toda la vida. Mientras tanto, el criado de los hijos de Elí clava un tenedor de tres dientes en las ollas y se lleva la carne.
En Ramá, en la montaña de Efraín, vivía un hombre llamado Elcaná, de una vieja familia de aquella tierra. Tenía dos esposas: una se llamaba Ana y la otra Peniná. Peniná tenía hijos, pero Ana no tenía ninguno.
Cada año Elcaná salía de su ciudad y subía a Siló para adorar a Dios y ofrecerle sacrificios. En Siló eran sacerdotes Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.
El día del sacrificio, Elcaná repartía la carne. A Peniná, su esposa, y a todos sus hijos y a todas sus hijas les daba a cada uno su porción. A Ana le daba una porción escogida, porque la quería, aunque Dios no le había dado hijos.
Peniná, su rival, se burlaba de ella porque no podía tener hijos, y la hacía sufrir. Y así era año tras año: cada vez que subían a la casa de Dios, Peniná la atormentaba, y Ana lloraba y no quería comer.
Elcaná, su marido, le decía:
—Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué estás tan triste? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?
Una vez, en Siló, cuando terminaron de comer y de beber, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en una silla, junto a uno de los pilares de la entrada del santuario de Dios.
Con el alma llena de amargura, Ana se puso a rezar y lloró mucho. Luego le hizo a Dios esta promesa:
—Dios mío, si miras la tristeza de tu sierva, si te acuerdas de mí y no te olvidas de tu sierva, si le das a tu sierva un hijo varón, yo te lo entregaré para todos los días de su vida, y nunca pasará una navaja por su cabeza.
Siguió rezando largo rato delante de Dios, y Elí se fijó en su boca. Ana rezaba en silencio, desde el corazón: solo se le movían los labios, y no se le oía la voz. Por eso Elí creyó que estaba borracha.

—¿Hasta cuándo va a seguir borracha? —le dijo—. Vaya a que se le pase el vino.
—No, señor —le respondió Ana—. Soy una mujer muy afligida. No he tomado vino ni ninguna otra bebida fuerte: le estaba abriendo mi alma a Dios. No me tome por una mala mujer, señor. Si estuve rezando tanto tiempo, es porque mi pena y mi tristeza son muy grandes.
—Váyase en paz —le contestó Elí—, y que el Dios de Israel le conceda lo que le pidió.
—Ojalá siempre me vea usted con buenos ojos, señor —dijo ella.
Ana se fue, comió algo, y ya no tenía la cara triste.
A la mañana siguiente se levantaron temprano, adoraron a Dios y regresaron a su casa en Ramá. Elcaná se unió a Ana, su esposa, y Dios se acordó de ella.
Pasó el tiempo, Ana quedó embarazada y tuvo un hijo. Le puso por nombre Samuel, porque decía: «Se lo pedí a Dios».
Al año siguiente, Elcaná subió con toda su familia a ofrecerle a Dios el sacrificio de cada año y a cumplir la promesa que él había hecho. Pero Ana no fue con ellos.
—No voy a subir hasta que el niño deje de mamar —le dijo a su marido—. Entonces lo llevaré para presentarlo ante Dios, y se quedará allá para siempre.
—Haz lo que te parezca mejor —le respondió Elcaná—. Quédate hasta que lo destetes. Que Dios cumpla su palabra.
Ana se quedó en casa y crio a su hijo hasta que lo destetó.
Cuando el niño dejó de mamar, Ana lo llevó a la casa de Dios en Siló, junto con tres becerros, un costal de harina y una vasija de vino. El niño era todavía muy pequeño. Sacrificaron uno de los becerros y llevaron al niño con Elí.

—Se lo juro, señor —dijo Ana—: yo soy aquella mujer que estuvo aquí, a su lado, rezándole a Dios. Le pedía este niño, y Dios me dio lo que le pedí. Por eso ahora yo se lo entrego a Dios: será de Dios todos los días de su vida.
Y allí adoraron a Dios. Entonces Ana oró y cantó:
Mi corazón se alegra en Dios, por él mi fuerza crece; me río de mis enemigos porque Dios me salva siempre.
Nadie es santo como Dios, ninguna roca es tan fuerte; fuera de él no hay ninguno, nuestro Dios es quien protege.
Que callen los orgullosos, que cierren su boca insolente: Dios sabe todas las cosas y pesa lo que hace la gente.
Se rompe el arco del guerrero y el débil se vuelve valiente; el rico trabaja por pan y el hambriento ya no padece; la estéril da a luz siete hijos, la madre de muchos desfallece.
Dios da la muerte y la vida, lleva a la tumba y de ella devuelve; él hace pobre y hace rico, él humilla y engrandece.
Levanta del polvo al pobre, del basurero al que nada tiene, para sentarlo con los príncipes y un trono de honor le ofrece; suyas son las columnas del mundo y sobre ellas la tierra sostiene.
Cuida los pasos de sus fieles, y el malvado en la sombra se pierde, porque nadie sale ganando tan solo por ser fuerte.
Dios destroza a sus enemigos, desde el cielo truena y los vence; y juzga a todos los pueblos hasta donde el mundo se extiende; le da poder a su rey y a su ungido le alza la frente.
Después Elcaná volvió a su casa en Ramá, y el niño se quedó en Siló, sirviendo a Dios al lado del sacerdote Elí.
Pero los hijos de Elí eran hombres malvados que no conocían a Dios. Esto era lo que hacían con la gente: cuando alguien ofrecía un sacrificio, mientras la carne se cocía, llegaba el criado de los sacerdotes con un tenedor de tres dientes en la mano.
Lo clavaba en la olla, en la cazuela, en el caldero o en la vasija, y todo lo que sacaba con el tenedor se lo quedaba el sacerdote. Eso les hacían a todos los israelitas que llegaban a Siló.
A veces el criado llegaba incluso antes de que se quemara la grasa en el altar, y le decía al que estaba ofreciendo el sacrificio:
—Dame carne para asársela al sacerdote. No te va a aceptar carne cocida, solo cruda.
Si el hombre le contestaba: «Primero hay que quemar la grasa, como se debe, y después toma toda la que quieras», el criado le respondía:
—No, me la das ahora mismo. Si no, me la llevo a la fuerza.
El pecado de los hijos de Elí era muy grande delante de Dios, porque por su culpa la gente despreciaba las ofrendas que se le hacían a Dios.
Mientras tanto, el pequeño Samuel servía a Dios vestido con un efod de lino, que es un mandil de sacerdote. Cada año su madre le hacía una tuniquita y se la llevaba cuando subía con su marido a ofrecer el sacrificio anual.
Elí bendecía a Elcaná y a su esposa, y le decía a él:
—Que Dios te dé más hijos de esta mujer, a cambio del que ella le pidió y le entregó.
Luego volvían a su casa. Dios bendijo a Ana, y ella tuvo tres hijos y dos hijas más. Y el niño Samuel crecía en la casa de Dios.
Elí era ya muy viejo. Se enteró de todo lo que sus hijos les hacían a los israelitas, y de que se acostaban con las mujeres que servían a la entrada del santuario. Entonces les dijo a sus hijos:
—¿Por qué hacen esas cosas? Todo el pueblo me cuenta lo mal que se portan. No, hijos míos, no es nada bueno lo que oigo: ustedes hacen pecar al pueblo de Dios. Si un hombre peca contra otro, los jueces lo juzgarán; pero si alguien peca contra Dios, ¿quién va a interceder por él?
Pero ellos no le hicieron caso a su padre, porque Dios ya había decidido que morirían.
Samuel, en cambio, seguía creciendo, y tanto Dios como la gente lo querían cada vez más.
Un día llegó a ver a Elí un hombre de Dios y le dijo:
—Así dice Dios: ¿No me di a conocer claramente a la familia de tu padre, cuando todos ellos eran esclavos del faraón en Egipto? De entre todas las tribus de Israel la escogí para que fueran mis sacerdotes, para que subieran a mi altar, quemaran incienso y llevaran el efod delante de mí. Y a la familia de tu padre le di todas las ofrendas que los israelitas queman en mi honor.
El hombre de Dios siguió hablando en nombre de Dios:
—¿Por qué, entonces, ustedes pisotean los sacrificios y las ofrendas que yo mandé hacer en mi santuario? ¿Por qué honras a tus hijos más que a mí, y engordan ustedes con lo mejor de todas las ofrendas de mi pueblo Israel? Yo había dicho que tu familia y la familia de tu padre me servirían para siempre. Pero ahora digo: ¡eso se acabó! Yo honro a los que me honran, y los que me desprecian quedarán en vergüenza.
Y le anunció a Elí lo que iba a venir:
—Ya vienen días en que acabaré con tu fuerza y con la fuerza de la familia de tu padre, y nadie de tu casa llegará a viejo. Mientras yo le hago tanto bien a Israel, tú verás a un rival en mi santuario, y nunca jamás habrá un anciano en tu casa.
Luego añadió:
—Si dejo a alguno de los tuyos sirviendo en mi altar, será para que llores hasta que se te gasten los ojos y se te llene de dolor el alma; todos los demás de tu casa morirán en plena juventud. Y esta será la señal para ti: tus dos hijos, Jofní y Pinjás, morirán el mismo día.
Y terminó diciendo:
—Yo escogeré para mí un sacerdote fiel, que haga todo lo que yo quiero y deseo. Le daré una familia que no se acabe, y él servirá siempre delante de mi ungido. Y el que quede vivo de tu familia vendrá a arrodillarse ante él por una moneda de plata y un pedazo de pan, y le dirá: «Por favor, dame algún oficio de sacerdote, para tener algo que comer».
Samuel, que ya era un muchacho, seguía sirviendo a Dios al lado de Elí. En aquellos días Dios hablaba muy pocas veces, y las visiones eran raras.
Una noche, Elí estaba acostado en su cuarto. Ya se le nublaban los ojos y casi no veía. Samuel dormía en el santuario, cerca del arca de Dios, que estaba a oscuras detrás de la cortina. La lámpara de Dios todavía no se había apagado.
Entonces Dios llamó a Samuel.
—Aquí estoy —respondió el muchacho, y corrió adonde estaba Elí—. Aquí estoy. Usted me llamó.
—Yo no te llamé —le dijo Elí—. Vuelve a acostarte.

Samuel fue y se acostó.
Dios volvió a llamar a Samuel, y el muchacho se levantó, fue con Elí y le dijo:
—Aquí estoy. Usted me llamó.
—Yo no te llamé, hijo mío —le contestó Elí—. Vuelve a acostarte.
Samuel todavía no conocía a Dios; Dios nunca le había hablado.
Por tercera vez llamó Dios a Samuel. El muchacho se levantó, fue con Elí y le dijo:
—Aquí estoy. Usted me llamó.
Entonces Elí comprendió que era Dios quien llamaba al muchacho.
—Ve y acuéstate —le dijo Elí—. Y si te vuelve a llamar, dile: «Habla, que tu siervo escucha».
Samuel fue y se acostó en su lugar. Y Dios lo llamó como las otras veces:
—¡Samuel, Samuel!
—Habla, que tu siervo escucha —respondió Samuel.
Y Dios le dijo a Samuel:
—Voy a hacer en Israel algo que les hará zumbar los oídos a todos los que lo oigan. Ese día cumpliré contra Elí todo lo que anuncié sobre su familia, de principio a fin. Le haré saber que juzgaré a su casa para siempre por la culpa que él conoce: sus hijos se volvieron unos malvados y él no los detuvo. Por eso le juré a la casa de Elí que su culpa no se borrará nunca, ni con sacrificios ni con ofrendas.
Samuel se quedó acostado hasta la mañana y luego abrió las puertas de la casa de Dios. Tenía miedo de contarle a Elí lo que Dios le había dicho.
Pero Elí lo llamó:
—Samuel, hijo mío.
—Aquí estoy —respondió Samuel.
—¿Qué te dijo Dios? —le preguntó Elí—. Por favor, no me escondas nada. Que Dios te castigue, y con mucho rigor, si me ocultas una sola palabra de todo lo que te dijo.
Entonces Samuel se lo contó todo, sin ocultarle nada. Y Elí dijo:
—Es Dios. Que haga lo que le parezca bien.

Samuel creció, y Dios estaba con él y no dejó que ninguna de las palabras de Samuel quedara sin cumplirse. Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era un verdadero profeta de Dios.
Y Dios siguió hablando en Siló, porque allí se le daba a conocer a Samuel por medio de su palabra.
Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
