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Jacob, anciano de barba blanca, toma por los hombros a José, que lleva una túnica de muchos colores, junto a una tienda negra; atrás miran sus hermanos.

José el soñador

La Biblia

15 min de lectura a partir de 6 años

José tiene diecisiete años y una túnica de muchos colores que le mandó hacer su padre, Jacob. Cuando les cuenta que soñó que las gavillas de ellos se inclinaban ante la suya, sus hermanos lo odian todavía más. Un día, lejos de casa, lo ven venir por el campo y empiezan a planear algo contra él.


José tenía diecisiete años y cuidaba las ovejas de su padre, Jacob, en la tierra de Canaán, junto con sus hermanos mayores. Jacob lo quería más que a todos sus otros hijos, porque le había nacido cuando ya era viejo, y le mandó hacer una túnica de muchos colores. Al ver que su padre lo prefería, los hermanos empezaron a odiarlo, y ya no podían dirigirle ni una palabra amable.

Una noche José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos:

—Estábamos en el campo atando gavillas de trigo. De pronto mi gavilla se levantó y se quedó derecha, y las de ustedes la rodearon y se inclinaron ante ella.

José, con su túnica de muchos colores, mira asombrado en un campo de trigo al atardecer una gavilla derecha rodeada de gavillas que se inclinan hacia ella.

—¿Ahora resulta que vas a ser nuestro rey? —le contestaron.

Y lo odiaron todavía más. Luego José soñó que el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él, y esta vez se lo contó también a su padre. Jacob lo regañó:

—¿Qué sueño es ese? ¿Tu madre, tus hermanos y yo vamos a venir a inclinarnos hasta el suelo delante de ti?

Los hermanos le tenían envidia, pero Jacob se quedó pensando en aquellas palabras.

Un día los hermanos llevaron el rebaño a pastar lejos, y Jacob mandó a José desde el valle de Hebrón a ver cómo estaban. José los buscó en Siquem; allí un hombre le dijo que se habían ido a Dotán, y en Dotán los encontró.

Ellos lo vieron venir desde lejos, y antes de que llegara ya estaban planeando matarlo.

—Ahí viene el soñador —se decían—. Vamos a matarlo y a echarlo en un pozo. Diremos que se lo comió una fiera, y a ver en qué quedan sus sueños.

Rubén, el mayor, quiso salvarlo:

—No derramen sangre. Échenlo a este pozo seco, pero no le pongan la mano encima.

Pensaba sacarlo después y devolvérselo a su padre. Cuando José llegó, sus hermanos le quitaron la túnica de muchos colores y lo echaron al pozo seco. Luego se sentaron a comer, y de pronto vieron venir una caravana de ismaelitas con sus camellos, camino de Egipto.

—¿Qué ganamos con matar a nuestro hermano? —dijo Judá—. Mejor vendámoselo a los ismaelitas y no le hagamos daño, que al fin es de nuestra misma sangre.

Los demás estuvieron de acuerdo. Sacaron a José del pozo y lo vendieron por veinte monedas de plata, y la caravana se lo llevó a Egipto. Cuando Rubén volvió al pozo y lo encontró vacío, se rasgó la ropa de dolor.

Un hermano pone la mano en el hombro de José, asustado y con una túnica rota, ante dos ismaelitas; uno le ofrece plata. Al lado hay camellos y el pozo seco.

—¡El muchacho no está! Y yo, ¿ahora qué hago?

Los hermanos mataron un cabrito, mancharon con su sangre la túnica y se la llevaron a su padre.

—Encontramos esto, padre. Fíjate si es la túnica de tu hijo.

—¡Es la túnica de mi hijo! —dijo Jacob—. Una fiera mató a José.

Se vistió de luto y lloró a su hijo durante muchos días, y no quiso que nadie lo consolara.

Jacob, sentado a la entrada de su tienda, llora con la cabeza baja sobre la túnica de muchos colores, manchada de rojo oscuro.

—Lloraré a mi hijo hasta el día en que baje a la tumba —decía.

En Egipto, los ismaelitas vendieron a José a Potifar, un egipcio que era jefe de la guardia del faraón. Dios estaba con José, y todo lo que hacía le salía bien, así que Potifar lo puso al frente de toda su casa.

José era un joven guapo y de buena presencia, y la esposa de Potifar lo quiso para ella. Día tras día le insistía en que se quedara con ella, y día tras día José le respondía:

—Señora, mi amo me ha confiado todo lo que tiene, menos a usted, porque es su esposa. ¿Cómo voy a hacer algo tan malo y pecar contra Dios?

Un día en que no había ningún sirviente en la casa, ella lo agarró de la ropa. José le dejó la ropa en las manos y salió huyendo. Entonces la mujer llamó a gritos a los sirvientes y, cuando llegó Potifar, le contó una mentira:

—Ese esclavo hebreo que nos trajiste vino a faltarme al respeto. Cuando grité, dejó aquí su ropa y huyó.

Potifar se puso furioso y mandó encerrar a José en la cárcel del rey. Pero también allí Dios estuvo con él, y el jefe de la cárcel pronto lo puso a cargo de todos los presos.

Al cabo de un tiempo, el copero y el panadero del faraón hicieron enojar a su señor y fueron a parar a la misma cárcel, donde José los atendía. Una mañana José los encontró tristes.

—Cada uno tuvo un sueño, y no hay nadie que nos diga qué significan —le explicaron.

—¿Acaso no es Dios quien da el significado de los sueños? Cuéntenmelos.

El copero le contó que había visto una vid con tres ramas, que echaba flores y enseguida se llenaba de uvas maduras; él las exprimía en la copa del faraón y se la daba en la mano.

—Las tres ramas son tres días —le dijo José—. Dentro de tres días el faraón le devolverá su puesto. Cuando eso pase, acuérdese de mí y háblele de mí al faraón, porque yo no hice nada para que me metieran aquí.

El panadero, al ver que aquel sueño había significado algo bueno, también le contó el suyo: llevaba sobre la cabeza tres canastas blancas, y los pájaros se comían los panes del faraón que iban en la canasta de arriba.

—Las tres canastas son tres días —le respondió José—. Dentro de tres días el faraón lo mandará ahorcar.

Al tercer día el faraón celebró su cumpleaños con un banquete. Devolvió al copero a su puesto, y al panadero lo mandó ahorcar, tal como José había dicho. Pero el copero se olvidó de José por completo.

Pasaron dos años. Una noche el faraón soñó que estaba a la orilla del río. Del agua salían siete vacas gordas, y detrás otras siete, flacas y feas, que se comían a las gordas. Luego tuvo otro sueño: siete espigas secas se tragaban a siete espigas llenas.

Por la mañana el faraón mandó llamar a los magos y sabios de Egipto, pero ninguno supo explicarle sus sueños. Entonces el copero se acordó:

—Majestad, cuando estuve en la cárcel, un joven hebreo nos explicó los sueños que tuvimos el panadero y yo, y todo pasó tal como él dijo.

El faraón mandó llamar a José. Lo sacaron a toda prisa de la cárcel, lo afeitaron y le cambiaron la ropa.

—Me dijeron que tú sabes lo que significan los sueños —le dijo el faraón.

—No soy yo, Majestad. Es Dios quien le dará la respuesta, y será para su bien.

El faraón le contó sus dos sueños, y José le explicó:

—Los dos sueños son uno solo, Majestad. Las vacas gordas y las espigas llenas son siete años de gran abundancia en todo Egipto. Las vacas flacas y las espigas secas son siete años de hambre terrible. Ponga usted al frente del país a un hombre sabio que en los años buenos guarde en las ciudades la quinta parte de cada cosecha. Así habrá trigo para los años malos.

José, afeitado y vestido de blanco, alza una mano mientras habla con el faraón, que lo escucha en su silla dorada; detrás, tres sabios con papiros.

Al faraón le pareció muy bien.

—Ya que Dios te ha dado a conocer todo esto, no hay nadie tan sabio como tú —le dijo a José—. Tú gobernarás mi casa y todo mi pueblo. Solo en el trono seré más que tú.

El faraón le puso su propio anillo en la mano, lo vistió de lino finísimo, le colgó un collar de oro al cuello y lo hizo subir a su segundo carro de guerra. Así puso al frente de todo Egipto a José, que tenía treinta años, y le dio por esposa a Asenat.

Durante los siete años buenos José juntó en las ciudades tanto trigo que era como la arena del mar. En esos años Asenat le dio dos hijos, Manasés y Efraín. Luego empezaron los años de hambre, como José había dicho. En Egipto había pan, y de todas partes venía gente a comprarle trigo a José.

En Canaán también había hambre, y Jacob les dijo a sus hijos:

—Oí que en Egipto hay trigo. Vayan allá y compren para nosotros, para que no nos muramos.

Los diez hermanos bajaron a Egipto, pero Jacob no dejó ir a Benjamín, el más chico, hermano de José por parte de padre y madre, por miedo a que le pasara algo.

Cuando llegaron ante el gobernador, se inclinaron con la cara hasta el suelo. José los reconoció enseguida, pero ellos a él no. Se acordó de sus sueños, hizo como que no los conocía y les habló con dureza:

—Ustedes son espías. Vinieron a ver por dónde se puede atacar este país.

José, con peluca negra y collar de cuentas, mira desde un asiento de piedra a cinco hermanos inclinados con la cara hasta el suelo.

—No, señor. Somos doce hermanos, hijos de un mismo padre en Canaán, y somos gente honrada. El menor se quedó con nuestro padre, y otro ya no está.

—Los voy a poner a prueba. De aquí no salen hasta que venga su hermano menor.

Los encerró tres días, y al tercero les dijo:

—Yo temo a Dios. Que uno de ustedes se quede preso, y los demás lleven trigo a sus familias. Pero tráiganme a su hermano menor; así veré que dicen la verdad.

Los hermanos se decían entre ellos:

—De veras pecamos contra nuestro hermano. Vimos su angustia cuando nos suplicaba, y no le hicimos caso. Por eso nos pasa todo esto.

—¿No les dije que no le hicieran daño al muchacho? —les respondió Rubén—. Y no me escucharon.

No sabían que José los entendía, porque les hablaba por medio de un intérprete. José se apartó de ellos y lloró. Luego volvió, escogió a Simeón y lo hizo atar delante de todos.

Después mandó en secreto que les llenaran los sacos de trigo y que pusieran dentro el dinero de cada uno. Ya en camino, uno de ellos abrió su saco para darle de comer a su burro y encontró su dinero. A todos se les cayó el alma a los pies.

—¿Qué es esto que nos hizo Dios? —se preguntaban.

En casa, al vaciar los sacos, cada uno encontró su dinero.

Le contaron a Jacob todo lo que les había pasado: el gobernador se había quedado con Simeón y no los recibiría otra vez sin Benjamín.

—Me están dejando sin hijos —dijo Jacob—. José ya no está, Simeón tampoco, y ahora quieren llevarse a Benjamín. Mi hijo no va a ir con ustedes. Si le pasa algo en el camino, me harán bajar a la tumba de tristeza, con estas canas.

Pero el hambre seguía apretando, y cuando se acabó el trigo, Jacob les pidió que volvieran a Egipto.

—Padre, aquel hombre no nos recibirá sin nuestro hermano —le dijo Judá—. Deja que el muchacho venga conmigo, para que no nos muramos de hambre, ni nosotros, ni tú, ni nuestros niños. Yo respondo por él. Si no te lo traigo de vuelta, que la culpa sea mía para siempre.

—Si así tiene que ser, háganlo —dijo Jacob—. Llévenle a ese hombre un regalo y el doble de dinero. Que Dios haga que les tenga compasión. Y si me tengo que quedar sin hijos, pues me quedaré sin hijos.

Cuando José vio a Benjamín con ellos, mandó a su mayordomo que los llevara a su casa para comer con él. Los hermanos se asustaron. «Es por el dinero de los sacos», pensaban. En la puerta le explicaron al mayordomo que traían de vuelta aquel dinero.

—Tranquilos, no tengan miedo —les dijo el mayordomo—. Su Dios, el Dios de su padre, les puso ese tesoro en los sacos. Yo recibí su dinero.

Y les trajo a Simeón.

Al mediodía llegó José. Le entregaron el regalo y se inclinaron hasta el suelo.

—¿Y su padre, el anciano del que me hablaron, vive todavía? —les preguntó.

—Nuestro padre está bien y vive todavía, señor.

José alzó los ojos y vio a Benjamín, el hijo de su misma madre.

—¿Este es su hermano menor? —preguntó. Y le dijo al muchacho—: Que Dios lo bendiga, hijo mío.

Se conmovió tanto que salió deprisa a llorar a su cuarto. Luego se lavó la cara y mandó servir la comida. Los hermanos, sentados del mayor al menor, se miraban asombrados, y a Benjamín le sirvieron cinco veces más que a los demás.

Después José le ordenó a su mayordomo:

—Llena sus sacos de trigo, pon en cada uno el dinero de su dueño, y en el saco del menor mete también mi copa, la copa de plata.

Al amanecer los hermanos se fueron con sus burros. Todavía no se habían alejado mucho de la ciudad cuando el mayordomo los alcanzó.

—¿Por qué pagaron el bien con el mal? —les dijo—. Se llevaron la copa en la que bebe mi señor.

—Nunca haríamos algo así, señor —respondieron—. Hasta le devolvimos el dinero de los sacos. Si a alguno de nosotros le encuentran la copa, que muera, y los demás seremos esclavos de su amo.

—Solo el que tenga la copa será esclavo —contestó el mayordomo—. Los demás quedarán libres.

Cada uno bajó su saco al suelo y lo abrió. El mayordomo los revisó, del mayor al menor, y la copa apareció en el saco de Benjamín. Los hermanos se rasgaron la ropa de dolor, cargaron sus burros y regresaron todos juntos a la ciudad. En la casa de José se echaron al suelo delante de él.

—¿Qué podemos decirle, señor? —dijo Judá—. Dios descubrió nuestra culpa. Todos seremos sus esclavos.

—Eso nunca —dijo José—. Solo el que tenía la copa será mi esclavo. Los demás vuelvan en paz con su padre.

Entonces Judá se acercó a él:

—Señor, no se enoje conmigo. Nuestro padre ya es viejo, y este muchacho es el único que le queda de su madre. La vida de mi padre depende de la de él. Si llego a casa sin el muchacho, mi padre se morirá de tristeza en cuanto vea que no viene. Yo respondí por él ante mi padre. Por eso le ruego, señor, que me deje quedarme a mí como su esclavo en lugar del muchacho, y que él vuelva con sus hermanos. ¿Cómo voy a regresar con mi padre sin él?

José ya no pudo contenerse. Mandó salir a todos los egipcios y, cuando se quedó solo con sus hermanos, lloró tan fuerte que lo oyeron hasta en la casa del faraón.

—Yo soy José. ¿Todavía vive mi padre?

Sus hermanos estaban tan asustados que no pudieron contestarle.

—Acérquense —les dijo José—. Yo soy José, su hermano, el que ustedes vendieron para que se lo llevaran a Egipto. Pero no se pongan tristes. No fueron ustedes los que me mandaron aquí, sino Dios, para salvar vidas, porque todavía faltan cinco años de hambre. Vayan pronto con mi padre y díganle que venga sin tardar, que vivirá cerca de mí, en la tierra de Gosén, con toda su familia, y que yo le daré de comer.

Abrazó a su hermano Benjamín y lloró, y Benjamín también lloró abrazado a él. Luego besó a todos sus hermanos, llorando con cada uno, y solo entonces ellos pudieron hablar con él.

José, vestido de lino blanco, abraza llorando a Benjamín, que también llora; tres hermanos barbudos con la ropa rasgada los miran en un patio con una palmera.

Al faraón le dio mucho gusto la noticia, y mandó que se llevaran carretas para traer al padre de José y a las familias de todos. José les dio carretas, provisiones y ropa nueva, y a su padre le mandó veinte burros cargados de lo mejor de Egipto. Al despedirlos, les dijo:

—No se peleen por el camino.

Los hermanos llegaron a Canaán, a la casa de su padre.

—¡José está vivo! —le dijeron—. ¡Es el gobernador de todo Egipto!

Jacob se quedó helado; no les creía. Pero ellos le contaron todo lo que José les había dicho, y cuando Jacob vio las carretas que José había mandado para llevarlo, el alma le volvió al cuerpo.

Jacob, anciano de barba blanca, levanta las manos sonriendo al amanecer, mientras Benjamín y otro hermano llegan con dos bueyes y una carreta llena de costales.

—¡Con eso me basta! —dijo—. Mi hijo José está vivo. Iré a verlo antes de morir.

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Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre esta historia bíblica

La historia de José y sus hermanos es un relato bíblico: son los capítulos 37 a 50 del Génesis, con los que termina el primer libro de la Biblia. El texto no nombra a ningún autor. Nosotros contamos de nuevo los capítulos 37 y 39 a 45 a partir de la revisión de 1909 de la Reina-Valera.

La Reina-Valera habla de «una ropa de diversos colores» y de «veinte piezas de plata»; nosotros, de una túnica de muchos colores y de veinte monedas. Dejamos fuera el capítulo 38, sobre Judá y Tamar. La «Original» es nuestra versión extensa y la «Más suave», la breve; ninguna de las dos copia el texto bíblico.

Reina-Valera 1909 frente a nuestro relato

Reina-Valera 1909Nuestro relato
La túnica«una ropa de diversos colores»«una túnica de muchos colores»
Los compradores«Midianitas mercaderes» e «Ismaelitas»solo los ismaelitas
El precio«veinte piezas de plata»«veinte monedas de plata»
Potifar«eunuco de Faraón, capitán de los de la guardia»jefe de la guardia, sin «eunuco»
El nombre egipcio«Zaphnath-paaneah»Safnat Panea, solo en la «Original»
Judá y Tamartodo el capítulo 38lo dejamos fuera
El finalcap. 50, José muere a los 110 añoscap. 45, Jacob decide ir a ver a José
Mostrar más
Yo soy José. ¿Todavía vive mi padre?
Génesis 45:3, Reina-Valera 1909: Yo soy José: ¿vive aún mi padre?

Qué cuenta nuestro relato

Jacob quiere a José más que a sus otros hijos, porque le nació cuando ya era viejo, y le manda hacer una túnica de muchos colores. A los diecisiete años José sueña con unas gavillas que se inclinan ante la suya y con el sol, la luna y once estrellas, y sus hermanos lo odian cada vez más. Lo echan a un pozo seco y, por consejo de Judá, lo venden a unos ismaelitas que van camino de Egipto. Allí José sirve en casa de Potifar, termina en la cárcel por una mentira de la esposa de su amo, explica los sueños del copero, del panadero y del faraón, y a los treinta años queda al frente de todo Egipto. Cuando el hambre obliga a sus hermanos a ir a comprar trigo, José los pone a prueba hasta que Judá se ofrece como esclavo en lugar de Benjamín. Entonces José se da a conocer, y el relato termina cuando Jacob se entera de que su hijo vive y dice que irá a verlo antes de morir.

Ni siquiera la versión «Más suave» quita las escenas duras: los hermanos planean matar a José, manchan su túnica con la sangre de un cabrito y Jacob llora a su hijo durante muchos días; la esposa de Potifar miente sobre José, y el faraón manda ahorcar al panadero. Todo se cuenta en pocas palabras y sin detalles, pero es bueno saberlo antes de empezar a leer con los niños.

Lo que viene después y la familia de José

En la Biblia, la historia de Moisés llega más tarde: el Éxodo empieza cuando José ya ha muerto y en Egipto gobierna un rey nuevo que no lo había conocido. Nuestro «Moisés» menciona a José desde el primer párrafo. Entre una historia y otra quedan los capítulos 46 a 50 del Génesis, que no contamos: Jacob se va a vivir a Egipto, pasa allí diecisiete años y muere; más tarde muere también José, a los ciento diez años.

El padre de José es Jacob, al que la Biblia llama también Israel (Génesis 35:10), aunque nuestro relato nunca usa ese nombre. Nuestras dos versiones dicen que Benjamín es hijo de la misma madre que José, pero nunca dicen cómo se llamaba ella. La Reina-Valera la llama Rachêl en Génesis 46:19, ya fuera de la parte que contamos.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 31 de octubre de 2026.

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