OriginalJosé el soñador
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Su padre manda a José hasta Dotán a ver cómo están sus hermanos, y él va con su túnica de muchos colores. Ellos ya no soportan sus sueños, y cuando lo ven llegar desde lejos por el campo, se ponen de acuerdo para matarlo.
Jacob vivía en la tierra de Canaán, la misma tierra donde su padre había vivido como extranjero.
Esta es la historia de la familia de Jacob. José tenía diecisiete años y cuidaba las ovejas y las cabras junto con sus hermanos, los hijos de Bilhá y de Zilpá, que también eran esposas de su padre. Y José le contaba a su padre las cosas malas que se decían de ellos.
Jacob quería a José más que a todos sus otros hijos, porque le había nacido cuando ya era viejo, y le mandó hacer una túnica de muchos colores. Cuando sus hermanos vieron que su padre lo quería más que a ellos, empezaron a odiarlo, y ya no podían hablarle en paz.
Una noche José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos, que lo odiaron todavía más.
—Escuchen el sueño que tuve —les dijo—. Estábamos en medio del campo atando gavillas, y de pronto mi gavilla se levantó y se quedó derecha, y las gavillas de ustedes la rodearon y se inclinaron ante la mía.

—¿Así que tú vas a ser nuestro rey? —le contestaron sus hermanos—. ¿Tú vas a mandar sobre nosotros?
Y lo odiaron aún más por sus sueños y por lo que decía.
Después José tuvo otro sueño, y también se lo contó a sus hermanos:
—Tuve otro sueño. Esta vez el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante mí.
Cuando se lo contó a su padre y a sus hermanos, su padre lo regañó:
—¿Qué sueño es ese que tuviste? ¿Acaso tu madre, tus hermanos y yo vamos a venir a inclinarnos hasta el suelo delante de ti?
Sus hermanos le tenían envidia, pero su padre se quedó pensando en aquello.
Un tiempo después, los hermanos se fueron a Siquem a cuidar las ovejas de su padre. Entonces Jacob le dijo a José:
—Tus hermanos están con las ovejas en Siquem. Ven, que te voy a mandar con ellos.
—Aquí estoy —respondió José.
—Anda, ve a ver cómo están tus hermanos y cómo están las ovejas, y vuelve a contarme.
Y lo mandó desde el valle de Hebrón. José llegó a Siquem, y andaba perdido por el campo cuando un hombre lo encontró y le preguntó:
—¿Qué buscas?
—Busco a mis hermanos —contestó José—. ¿Me puede decir, por favor, dónde están cuidando las ovejas?
—Ya se fueron de aquí —le dijo el hombre—. Les oí decir: «Vamos a Dotán».
José siguió a sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron venir de lejos, y antes de que llegara hasta donde estaban, se pusieron de acuerdo para matarlo.
—Miren, ahí viene el soñador —se decían unos a otros—. Vengan, vamos a matarlo y a echarlo en un pozo seco, y diremos que se lo comió una fiera. ¡A ver entonces de qué le sirven sus sueños!
Pero Rubén, al oírlos, no dejó que lo mataran.
—No lo matemos —les dijo—. No derramen sangre. Échenlo en ese pozo seco que está aquí en el desierto, pero no le pongan la mano encima.
Rubén lo decía para librar a José de ellos y llevarlo de vuelta con su padre.
Así que, cuando José llegó a donde estaban sus hermanos, le quitaron la túnica, la túnica de muchos colores que llevaba puesta, lo agarraron y lo echaron al pozo. El pozo estaba vacío; no tenía nada de agua.
Luego se sentaron a comer. Al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que venía de Galaad, con camellos cargados de especias, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto.
Entonces Judá les dijo a sus hermanos:
—¿Qué ganamos con matar a nuestro hermano y esconder su muerte? Mejor vamos a vendérselo a los ismaelitas, pero no le hagamos daño nosotros, porque es nuestro hermano, de nuestra misma sangre.
Sus hermanos estuvieron de acuerdo. Y cuando pasaron los mercaderes, sacaron a José del pozo y se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata. Y los ismaelitas se llevaron a José a Egipto.

Cuando Rubén volvió al pozo y vio que José ya no estaba adentro, se rasgó la ropa de dolor. Regresó con sus hermanos y les dijo:
—¡El muchacho ya no está! Y yo, ¿adónde voy a ir ahora?
Entonces los hermanos tomaron la túnica de José, degollaron un cabrito y mojaron la túnica en la sangre. Luego le llevaron a su padre la túnica de muchos colores y le dijeron:
—Encontramos esto. Mira bien si es o no la túnica de tu hijo.
Jacob la reconoció y dijo:
—¡Es la túnica de mi hijo! Una fiera se lo comió. ¡Hizo pedazos a José!
Se rasgó la ropa, se ciñó un costal a la cintura en señal de luto y lloró a su hijo durante muchos días. Todos sus hijos y todas sus hijas vinieron a consolarlo, pero él no quiso que lo consolaran.

—Bajaré de luto a la tumba, a reunirme con mi hijo —decía.
Y así lo lloraba su padre.
Mientras tanto, en Egipto, los ismaelitas vendieron a José a Potifar, un egipcio al servicio del faraón y jefe de la guardia.
Pero Dios estaba con José, y todo le salía bien. Vivía en la casa de su amo, el egipcio. Potifar vio que Dios estaba con José y que hacía prosperar todo lo que José emprendía.
Así José se ganó la confianza de su amo y se quedó a su servicio. Potifar lo puso al frente de su casa y dejó en sus manos todo lo que tenía. Desde el día en que le dio ese encargo, Dios bendijo la casa del egipcio gracias a José, y la bendición de Dios alcanzó todo lo que Potifar tenía, tanto en la casa como en el campo.
Potifar dejó todo lo suyo en manos de José, y con José al frente ya no se ocupaba de nada, salvo de la comida que le servían. Y José era un joven muy bien parecido y de buena presencia.
Al cabo de un tiempo, la esposa de Potifar puso los ojos en José y le dijo:
—Duerme conmigo.
Pero él no quiso, y le contestó:
—Mire, señora: conmigo aquí, mi amo no tiene que preocuparse de nada en esta casa, porque ha puesto en mis manos todo lo que tiene. Nadie en esta casa tiene más autoridad que yo, y no me ha negado nada, más que a usted, porque usted es su esposa. ¿Cómo voy a hacer yo algo tan malo y pecar contra Dios?
Ella le insistía a José día tras día, pero él no le hacía caso: no aceptaba acostarse a su lado ni estar con ella.
Un día, José entró a la casa a hacer su trabajo, y no había ningún criado en la casa. Entonces ella lo agarró de la ropa y le dijo:
—Duerme conmigo.
Pero José le dejó la ropa en las manos y salió huyendo de la casa.
Cuando ella vio que José le había dejado la ropa en las manos y se había escapado, llamó a los criados y les dijo:
—¡Miren nada más! Mi marido nos trajo a este hebreo para que se burlara de nosotros. Entró a buscarme para acostarse conmigo, y yo me puse a gritar con todas mis fuerzas. En cuanto me oyó gritar, dejó su ropa junto a mí y salió huyendo.
Ella guardó la ropa de José a su lado hasta que su marido volvió a casa, y entonces le contó lo mismo:
—Ese esclavo hebreo que nos trajiste entró a buscarme para deshonrarme. Pero en cuanto me puse a gritar, dejó su ropa junto a mí y salió huyendo.
Cuando Potifar oyó a su esposa decirle «Así me trató tu esclavo», se puso furioso. Tomó a José y lo metió en la cárcel donde estaban los presos del rey. Y allí se quedó José, en la cárcel.
Pero Dios estaba con José, fue bueno con él e hizo que se ganara la simpatía del jefe de la cárcel. Así que este puso en manos de José a todos los presos que había en aquella prisión, y José era quien se encargaba de todo lo que se hacía allí.
El jefe de la cárcel ya no vigilaba nada de lo que había dejado a su cargo, porque Dios estaba con José y hacía que todo le saliera bien.
Algún tiempo después, el copero y el panadero del rey de Egipto ofendieron a su amo, el rey. El faraón se enojó con esos dos servidores suyos, el jefe de los coperos y el jefe de los panaderos, y los mandó encerrar en la casa del jefe de la guardia, en la misma cárcel donde estaba preso José.
El jefe de la guardia le encargó a José que los atendiera, y él los servía. Así pasaron un tiempo en la prisión.
Una misma noche, el copero y el panadero, presos allí, tuvieron cada uno un sueño, y cada sueño tenía su propio significado. A la mañana siguiente, José fue a verlos y los encontró tristes.
—¿Por qué tienen hoy esas caras? —les preguntó a los dos servidores del faraón que estaban presos con él en la casa de su amo.
—Tuvimos un sueño cada uno, y no hay nadie que nos lo explique —le contestaron.
—¿Acaso no es Dios el que da el significado de los sueños? —les dijo José—. Cuéntenmelos, por favor.
Entonces el copero le contó su sueño a José:
—Soñé que tenía delante una vid, y la vid tenía tres ramas. En cuanto empezó a echar brotes, se cubrió de flores, y luego sus racimos dieron uvas maduras. Yo tenía en la mano la copa del faraón. Tomé las uvas, las exprimí en la copa y se la puse al faraón en la mano.
—Esto es lo que quiere decir —le dijo José—. Las tres ramas son tres días. Dentro de tres días el faraón lo va a sacar de aquí y lo va a devolver a su puesto, y usted volverá a ponerle la copa en la mano, como hacía antes, cuando era su copero.
—Pero acuérdese de mí cuando le vaya bien —le pidió José—. Tenga compasión de mí, por favor: háblele de mí al faraón, para que me saque de esta casa. A mí me sacaron a la fuerza de la tierra de los hebreos, y aquí tampoco hice nada para merecer la cárcel.
Cuando el panadero vio que la explicación era favorable, le dijo a José:
—Yo también tuve un sueño. Soñé que llevaba tres canastas blancas sobre la cabeza. En la de más arriba había toda clase de panes y pasteles para el faraón, pero las aves se los comían de la canasta que yo llevaba en la cabeza.
José le respondió:
—Esto es lo que quiere decir. Las tres canastas son tres días. Dentro de tres días el faraón mandará que lo cuelguen de un árbol, y las aves se comerán su carne.
Al tercer día era el cumpleaños del faraón, y dio un banquete para todos sus servidores. Delante de todos ellos mandó traer al jefe de los coperos y al jefe de los panaderos.
Al copero le devolvió su puesto, y este volvió a ponerle la copa en la mano al faraón. Pero al panadero lo mandó ahorcar, tal como José les había explicado.
Sin embargo, el copero no se acordó de José. Se olvidó de él.
Pasaron dos años, y una noche el faraón tuvo un sueño. Soñó que estaba a la orilla del río, y que del río salían siete vacas hermosas y muy gordas que se pusieron a pastar en el prado. Detrás de ellas salieron del río otras siete vacas, feas y muy flacas, que se pararon junto a las vacas hermosas, a la orilla del río. Y las vacas feas y flacas se comieron a las siete vacas hermosas y gordas. Entonces el faraón se despertó.
Se volvió a dormir y tuvo un segundo sueño: siete espigas llenas y hermosas brotaban de un solo tallo. Detrás de ellas brotaron otras siete espigas delgadas y quemadas por un viento caliente del este. Y las siete espigas delgadas se tragaron a las siete espigas gruesas y llenas. Entonces el faraón se despertó, y se dio cuenta de que había sido un sueño.
A la mañana siguiente estaba muy inquieto, y mandó llamar a todos los magos y a todos los sabios de Egipto. Les contó sus sueños, pero ninguno pudo explicárselos.
Entonces el copero le dijo al faraón:
—Majestad, hoy me acuerdo de mis faltas. Una vez usted se enojó con sus servidores y nos mandó encerrar en la casa del jefe de la guardia, a mí y al jefe de los panaderos. Una misma noche los dos tuvimos un sueño, y cada sueño tenía su propio significado.
—Allí estaba con nosotros un joven hebreo, esclavo del jefe de la guardia —siguió el copero—. Le contamos nuestros sueños y él nos los explicó, a cada uno el suyo. Y todo pasó tal como él nos dijo: a mí usted me devolvió mi puesto, y al otro lo mandó colgar.
Entonces el faraón mandó llamar a José, y lo sacaron a toda prisa de la cárcel. Lo rasuraron, le cambiaron la ropa, y José se presentó ante el faraón.
—Tuve un sueño y no hay nadie que me lo explique —le dijo el faraón—. Pero me dijeron que tú, con solo oír un sueño, sabes lo que significa.
—No soy yo, Majestad —respondió José—. Es Dios quien le dará una respuesta que le traiga paz.
Entonces el faraón le contó a José:
—En mi sueño, yo estaba a la orilla del río, y del río salían siete vacas gordas y hermosas que pastaban en el prado. Detrás de ellas salían otras siete vacas, flacas y muy feas, tan consumidas que nunca he visto en todo Egipto vacas tan feas como esas. Y las vacas flacas y feas se comían a las siete primeras vacas, las gordas.
—Pero, aunque se las comían —siguió el faraón—, no se les notaba nada, porque seguían tan feas como al principio. Entonces me desperté.
—Luego, en otro sueño —añadió—, vi siete espigas llenas y hermosas que brotaban de un mismo tallo. Detrás de ellas brotaron otras siete espigas delgadas, secas y quemadas por un viento caliente del este. Y las espigas delgadas se tragaron a las siete espigas hermosas. Se lo conté a los magos, pero ninguno me lo supo explicar.
—Majestad, sus dos sueños son uno solo —le respondió José—. Dios le mostró lo que está a punto de hacer. Las siete vacas hermosas son siete años, y las siete espigas hermosas también son siete años: es un mismo sueño. Las siete vacas flacas y feas que salían después son siete años, y las siete espigas delgadas y quemadas por el viento del este serán siete años de hambre.

—Esto es lo que le digo, Majestad —siguió José—: Dios le mostró lo que va a hacer. Vienen siete años de mucha abundancia en toda la tierra de Egipto. Después vendrán siete años de hambre, y nadie se acordará de toda aquella abundancia, porque el hambre acabará con el país. No quedará ni rastro de la abundancia, por el hambre tan terrible que vendrá después. Y si usted tuvo el mismo sueño dos veces, es porque Dios ya lo decidió y lo va a hacer muy pronto.
—Por eso, Majestad —añadió—, busque a un hombre prudente y sabio, y póngalo al frente de la tierra de Egipto. Nombre también encargados por todo el país, para que durante los siete años de abundancia recojan la quinta parte de las cosechas de Egipto. Que junten toda la comida de estos años buenos que vienen y guarden el trigo en las ciudades bajo el mando de usted, para que haya alimento. Esa comida quedará guardada como reserva para los siete años de hambre que vendrán a Egipto, y así el país no se morirá de hambre.
Al faraón y a todos sus servidores les pareció bien lo que José decía. Y el faraón les dijo a sus servidores:
—¿Podremos encontrar a otro hombre como este, que tenga el espíritu de Dios?
Luego le dijo a José:
—Ya que Dios te dio a conocer todo esto, no hay nadie tan prudente ni tan sabio como tú. Tú vas a estar al frente de mi palacio, y todo mi pueblo obedecerá tus órdenes. Solo en el trono seré más que tú. Mira, te pongo al frente de toda la tierra de Egipto.
Entonces el faraón se quitó el anillo de la mano y se lo puso a José; lo hizo vestir con ropas de lino finísimo y le puso un collar de oro en el cuello. Lo hizo subir a su segundo carro de guerra, y delante de él iban gritando: «¡De rodillas!». Así lo puso al frente de toda la tierra de Egipto.
—Yo soy el faraón —le dijo a José—, pero sin tu permiso nadie levantará la mano ni el pie en todo Egipto.
El faraón le puso a José el nombre de Safnat Panea, y le dio por esposa a Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. Y José salió a recorrer toda la tierra de Egipto.
José tenía treinta años cuando se presentó ante el faraón, rey de Egipto. Al salir de la presencia del faraón, recorrió el país de punta a punta.
Durante los siete años de abundancia, la tierra dio cosechas enormes. José juntó toda la comida de esos siete años en Egipto y la guardó en las ciudades: en cada ciudad almacenaba lo que daban los campos de alrededor. Juntó tanto trigo que era como la arena del mar; había tanto que dejaron de llevar la cuenta, porque no se podía contar.
Antes de que llegaran los años de hambre, Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On, le dio dos hijos a José. Al primero le puso por nombre Manasés, porque dijo: «Dios me hizo olvidar todos mis sufrimientos y toda la casa de mi padre». Al segundo le puso Efraín, porque dijo: «Dios me dio hijos en la tierra donde sufrí».
Se acabaron los siete años de abundancia en Egipto, y empezaron los siete años de hambre, tal como José había dicho. Hubo hambre en todos los países, pero en toda la tierra de Egipto había pan.
Cuando también los egipcios empezaron a pasar hambre, el pueblo le pidió pan a gritos al faraón, y el faraón les dijo a todos los egipcios:
—Vayan con José y hagan lo que él les diga.
El hambre se extendió por todo el país. Entonces José abrió todos los graneros y empezó a venderles trigo a los egipcios, porque el hambre era cada vez más fuerte en Egipto. Y de todas las tierras venía gente a Egipto a comprarle trigo a José, porque en todas partes el hambre era terrible.
Cuando Jacob se enteró de que en Egipto había trigo, les dijo a sus hijos:
—¿Qué hacen ahí mirándose unos a otros? Oí que en Egipto hay trigo. Vayan allá y compren algo para nosotros, para que podamos vivir y no nos muramos de hambre.
Así que diez de los hermanos de José bajaron a Egipto a comprar trigo. Pero Jacob no dejó que Benjamín, el hermano de José, fuera con ellos, porque tenía miedo de que le pasara alguna desgracia.
Los hijos de Jacob llegaron a comprar trigo junto con muchos otros que también venían, porque había hambre en la tierra de Canaán. José era el gobernador del país, y era él quien le vendía trigo a toda la gente que llegaba. Cuando llegaron sus hermanos, se inclinaron ante él con la cara hasta el suelo.

En cuanto José vio a sus hermanos, los reconoció; pero hizo como que no los conocía y les habló con dureza:
—¿De dónde vienen ustedes?
—De la tierra de Canaán, a comprar comida —le respondieron.
José había reconocido a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él. Entonces se acordó de los sueños que había tenido acerca de ellos, y les dijo:
—Ustedes son espías. Vinieron a ver los puntos débiles del país.
—No, señor —le contestaron—. Sus servidores vinieron a comprar comida. Todos somos hijos de un mismo padre; somos gente honrada. Sus servidores nunca han sido espías.
—No —les dijo él—. Ustedes vinieron a ver los puntos débiles del país.
—Señor, sus servidores somos doce hermanos, hijos de un mismo padre, de la tierra de Canaán —respondieron ellos—. El más chico se quedó con nuestro padre, y el otro ya no está.
—Es lo que les dije: ustedes son espías —les dijo José—. Pero los voy a poner a prueba. ¡Por la vida del faraón, que no saldrán de aquí hasta que venga su hermano menor! Manden a uno de ustedes a traer a su hermano, y los demás se quedarán presos. Así veremos si dicen la verdad. Y si no, ¡por la vida del faraón, que son espías!
Y los encerró a todos en la cárcel durante tres días.
Al tercer día José les dijo:
—Hagan lo que les digo y vivirán, porque yo temo a Dios. Si de verdad son gente honrada, que uno de ustedes se quede preso en la cárcel, y los demás vayan a llevarles trigo a sus familias, que están pasando hambre. Pero tienen que traerme a su hermano menor; así se verá que dicen la verdad, y no morirán.
Ellos aceptaron, y se decían unos a otros:
—La verdad es que somos culpables de lo que le hicimos a nuestro hermano. Vimos lo angustiado que estaba cuando nos suplicaba, y no le hicimos caso. Por eso ahora nos toca sufrir esta angustia.
Entonces Rubén les contestó:
—¿No les dije yo: «No le hagan daño al muchacho»? Pero no me hicieron caso. Y ahora nos piden cuentas de su sangre.
Ellos no sabían que José los entendía, porque les hablaba por medio de un intérprete. José se apartó de ellos y se puso a llorar. Después volvió, habló con ellos, escogió a Simeón y lo mandó atar delante de sus ojos.
Luego mandó que les llenaran de trigo los costales, que a cada uno le pusieran su dinero dentro del costal y que les dieran comida para el camino. Y así se hizo. Ellos cargaron el trigo en sus burros y se fueron de allí.
Al llegar a la posada, uno de ellos abrió su costal para darle de comer a su burro, y vio su dinero en la boca del costal.
—¡Me devolvieron el dinero! —les dijo a sus hermanos—. ¡Aquí está, en mi costal!
A todos se les cayó el alma a los pies, y temblando de miedo se decían unos a otros:
—¿Qué es esto que nos hizo Dios?
Cuando llegaron a la tierra de Canaán, a casa de su padre Jacob, le contaron todo lo que les había pasado:
—El hombre que gobierna aquel país nos habló con dureza y nos trató como si fuéramos espías. Nosotros le dijimos: «Somos gente honrada, nunca hemos sido espías. Somos doce hermanos, hijos del mismo padre; uno ya no está, y el más chico se quedó con nuestro padre en la tierra de Canaán».
—Pero aquel hombre, el gobernador del país —siguieron contando—, nos dijo: «Así sabré si son gente honrada: dejen aquí conmigo a uno de sus hermanos, llévense comida para sus familias, que están pasando hambre, y váyanse. Pero tráiganme a su hermano menor; así sabré que no son espías, sino gente honrada. Entonces les devolveré a su hermano y podrán comerciar en este país».
Y cuando vaciaron los costales, cada uno encontró en el suyo la bolsita con su dinero. Al ver las bolsas de dinero, ellos y su padre tuvieron miedo. Y Jacob, su padre, les dijo:
—¡Me están dejando sin hijos! José ya no está, Simeón tampoco, ¡y ahora quieren llevarse a Benjamín! Todo esto me cae encima a mí.
Entonces Rubén le dijo a su padre:
—Puedes matar a mis dos hijos si no te lo traigo de vuelta. Déjalo en mis manos, y yo te lo regreso.
—Mi hijo no va a bajar con ustedes —respondió Jacob—. Su hermano está muerto, y solo él me queda. Si le pasa alguna desgracia en el camino que van a tomar, me harán bajar a la tumba con estas canas, lleno de dolor.
Pero el hambre seguía siendo terrible en aquella tierra. Cuando se les acabó el trigo que habían traído de Egipto, su padre les dijo:
—Vuelvan a comprarnos un poco de comida.
Judá le respondió:
—Aquel hombre nos lo advirtió muy en serio: «No vuelvan a verme la cara si no traen a su hermano». Si mandas a nuestro hermano con nosotros, bajaremos a comprarte comida. Pero si no lo mandas, no bajaremos, porque aquel hombre nos dijo: «No vuelvan a verme la cara si no traen a su hermano».
—¿Por qué me hicieron tanto daño? —les dijo Jacob—. ¿Para qué le dijeron a ese hombre que tenían otro hermano?
—Aquel hombre nos hizo muchas preguntas sobre nosotros y nuestra familia —respondieron ellos—. Nos preguntó: «¿Todavía vive su padre? ¿Tienen otro hermano?», y nosotros solo le contestamos lo que nos preguntaba. ¿Cómo íbamos a saber que nos iba a decir: «Traigan a su hermano»?
Entonces Judá le dijo a su padre:
—Deja que el muchacho venga conmigo, y nos pondremos en camino, para que podamos vivir y no nos muramos, ni nosotros, ni tú, ni nuestros niños. Yo respondo por él; a mí me pedirás cuentas. Si no te lo traigo de vuelta y no te lo pongo aquí delante, seré culpable ante ti toda la vida. Si no nos hubiéramos tardado tanto, ya habríamos ido y vuelto dos veces.
Jacob, su padre, les respondió:
—Si así tiene que ser, háganlo. Pongan en sus costales lo mejor de esta tierra y llévenle un regalo a ese hombre: un poco de bálsamo y un poco de miel, especias y mirra, nueces y almendras. Lleven el doble de dinero, y devuelvan el dinero que les pusieron en la boca de los costales; tal vez fue un error.
—Lleven también a su hermano, y vuelvan a ver a ese hombre —siguió Jacob—. Que Dios haga que ese hombre tenga compasión de ustedes, y que les deje volver con su otro hermano y con Benjamín. Y si me tengo que quedar sin hijos, pues me quedaré sin hijos.
Ellos tomaron el regalo, el doble de dinero y a Benjamín, y se pusieron en camino. Bajaron a Egipto y se presentaron ante José.
Cuando José vio a Benjamín con ellos, le dijo al mayordomo de su casa:
—Lleva a estos hombres a mi casa, mata un animal y prepáralo, porque estos hombres van a comer conmigo al mediodía.
El mayordomo hizo lo que José le mandó y llevó a los hombres a casa de José. Ellos se asustaron cuando vieron que los llevaban allí, y se decían:
—Nos traen aquí por el dinero que nos devolvieron en los costales la primera vez. Nos van a acusar, nos van a caer encima, nos van a hacer esclavos y se quedarán con nuestros burros.
Así que se acercaron al mayordomo de la casa de José y le hablaron a la entrada:
—Ay, señor, la primera vez de verdad vinimos solamente a comprar comida. Pero cuando llegamos a la posada y abrimos los costales, cada uno encontró su dinero en la boca del costal, completo, sin que faltara nada. Aquí lo traemos para devolverlo. Y trajimos también más dinero para comprar comida. No sabemos quién nos puso el dinero en los costales.
—Estén tranquilos, no tengan miedo —les dijo él—. Su Dios, el Dios de su padre, les puso ese tesoro en los costales. Su dinero yo lo recibí.
Y les trajo a Simeón.
Luego el mayordomo los hizo pasar a casa de José, les dio agua para que se lavaran los pies y les dio de comer a sus burros. Ellos prepararon el regalo para cuando José llegara al mediodía, porque les habían dicho que iban a comer allí.
Cuando José llegó a su casa, le dieron el regalo que habían traído y se inclinaron ante él hasta el suelo. Él les preguntó cómo estaban, y luego dijo:
—Y su padre, ese anciano del que me hablaron, ¿está bien? ¿Todavía vive?
—Nuestro padre, su servidor, está bien; todavía vive —le respondieron.
Y volvieron a inclinarse ante él con respeto.
José levantó la mirada y vio a Benjamín, su hermano, el hijo de su propia madre, y les preguntó:
—¿Este es su hermano menor, del que me hablaron?
Y luego le dijo a Benjamín:
—Que Dios lo bendiga, hijo mío.
Y José salió de prisa, porque se le partía el corazón al ver a su hermano y tenía ganas de llorar. Entró a su cuarto y allí lloró. Después se lavó la cara, salió, se contuvo y dijo:
—Sirvan la comida.
A José le sirvieron aparte, a sus hermanos aparte, y aparte también a los egipcios que comían con él, porque los egipcios no podían comer con los hebreos: para ellos eso era algo inaceptable.
Los hermanos estaban sentados frente a él por orden de edad, del mayor al menor, y se miraban asombrados unos a otros. José les mandaba porciones de su propia mesa, pero la de Benjamín era cinco veces más grande que la de cualquiera de los demás. Y bebieron con él y se alegraron.
Después José le ordenó al mayordomo de su casa:
—Llena de comida los costales de estos hombres, todo lo que puedan cargar, y pon el dinero de cada uno en la boca de su costal. Y en la boca del costal del más chico pon mi copa, la copa de plata, junto con el dinero de su trigo.
Y el mayordomo hizo lo que José le dijo.
En cuanto amaneció, despidieron a los hombres con sus burros. Apenas habían salido de la ciudad y todavía no estaban lejos, cuando José le dijo a su mayordomo:
—Anda, ve tras esos hombres, y cuando los alcances, diles: «¿Por qué pagaron mal por bien? ¿No es esta la copa en la que bebe mi señor, la que usa para adivinar? Hicieron muy mal en hacer eso».
El mayordomo los alcanzó y les repitió esas mismas palabras. Pero ellos le contestaron:
—¿Por qué nos dice eso, señor? ¡Jamás harían sus servidores una cosa así! Mire, el dinero que encontramos en la boca de los costales se lo trajimos de vuelta desde la tierra de Canaán. ¿Cómo íbamos a robar plata u oro de la casa de su amo? Si a alguno de sus servidores se le encuentra la copa, que muera, y los demás seremos esclavos de usted, señor.
—Muy bien, que sea como ustedes dicen —respondió él—. Pero aquel a quien se le encuentre la copa será mi esclavo, y los demás quedarán libres de culpa.
Ellos se dieron prisa: cada uno bajó su costal al suelo y lo abrió. El mayordomo empezó por el costal del mayor y terminó con el del más chico, y la copa apareció en el costal de Benjamín.
Entonces ellos se rasgaron la ropa, cada uno volvió a cargar su burro, y regresaron a la ciudad.
Judá y sus hermanos llegaron a casa de José, que todavía estaba allí, y se echaron al suelo delante de él.
—¿Qué fue lo que hicieron? —les dijo José—. ¿No sabían que un hombre como yo sabe adivinar?
Judá respondió:
—¿Qué le podemos decir, señor? ¿Qué podemos alegar? ¿Cómo vamos a demostrar que somos inocentes? Dios descubrió la culpa de sus servidores. Aquí nos tiene: somos esclavos de usted, señor, nosotros y también aquel a quien se le encontró la copa.
—¡De ninguna manera haría yo eso! —respondió José—. Solo el hombre a quien se le encontró la copa será mi esclavo. Ustedes váyanse en paz con su padre.
Entonces Judá se acercó a él y le dijo:
—Ay, señor, permítame decirle una palabra, y no se enoje con su servidor, porque usted es como el mismo faraón. Usted, señor, nos preguntó a sus servidores: «¿Tienen padre o algún hermano?». Y nosotros le respondimos: «Tenemos un padre ya anciano y un hermano chico que le nació cuando ya era viejo. Un hermano de ese muchacho murió, y él es el único que le queda de su madre, y su padre lo quiere mucho».
—Entonces usted nos dijo —siguió Judá—: «Tráiganmelo, que quiero verlo con mis propios ojos». Y nosotros le dijimos: «El muchacho no puede dejar a su padre, porque si lo deja, su padre se morirá». Pero usted nos dijo: «Si su hermano menor no viene con ustedes, no vuelvan a verme la cara».
—Cuando regresamos con nuestro padre, su servidor —continuó—, le contamos lo que usted nos había dicho. Y nuestro padre nos dijo: «Vuelvan a comprarnos un poco de comida». Nosotros le respondimos: «No podemos ir. Solo iremos si nuestro hermano menor va con nosotros, porque sin él no podremos ver la cara de aquel hombre».
—Entonces nuestro padre, su servidor —recordó Judá—, nos dijo: «Ustedes saben que mi esposa me dio dos hijos. Uno se fue de mi lado, y yo pensé que de seguro lo habían despedazado, y no lo he vuelto a ver. Si ahora me quitan también a este y le pasa alguna desgracia, me harán bajar a la tumba con estas canas, lleno de dolor».
—Por eso, señor —siguió Judá—, si ahora vuelvo con mi padre, su servidor, y el muchacho no viene con nosotros, como su vida está tan unida a la del muchacho, en cuanto mi padre vea que no viene, se morirá. Y sus servidores habremos hecho bajar a la tumba a nuestro padre, con sus canas, lleno de dolor. Además, yo, su servidor, me hice responsable del muchacho ante mi padre. Le dije: «Si no te lo traigo de vuelta, seré culpable ante ti toda la vida».
—Por eso le ruego, señor —terminó Judá—, que me deje quedarme a mí como esclavo suyo en lugar del muchacho, y que el muchacho regrese con sus hermanos. Porque ¿cómo voy a volver con mi padre sin el muchacho? No podría soportar ver la desgracia que le caería encima a mi padre.
José ya no pudo contenerse delante de todos los que estaban con él, y gritó:
—¡Que salgan todos de aquí!
Y no quedó nadie con él cuando José se dio a conocer a sus hermanos. Se echó a llorar tan fuerte que los egipcios lo oyeron, y también lo oyeron en el palacio del faraón.
—Yo soy José —les dijo a sus hermanos—. ¿Todavía vive mi padre?
Pero sus hermanos no pudieron contestarle, de tan asustados que estaban delante de él.
—Acérquense a mí, por favor —les dijo José.
Ellos se acercaron, y él les dijo:
—Yo soy José, su hermano, el que ustedes vendieron para que lo llevaran a Egipto. Pero ahora no se pongan tristes ni se reprochen por haberme vendido, porque fue Dios quien me mandó aquí antes que a ustedes, para salvar vidas. Ya van dos años de hambre en la tierra, y todavía faltan cinco años en que no habrá ni siembra ni cosecha. Dios me mandó por delante para que ustedes sigan vivos en la tierra, para salvarles la vida de una manera extraordinaria.
—Así que no fueron ustedes los que me mandaron aquí, sino Dios —siguió José—. Él me hizo como un padre para el faraón, señor de todo su palacio y gobernador de toda la tierra de Egipto.
—Dense prisa —les pidió—, vuelvan con mi padre y díganle: «Esto dice tu hijo José: Dios me hizo señor de todo Egipto. Ven conmigo, no te tardes. Vivirás en la tierra de Gosén, cerca de mí, tú y tus hijos y tus nietos, con tus ovejas, tus vacas y todo lo que tienes. Allí yo te daré de comer, porque todavía quedan cinco años de hambre; así no les faltará nada, ni a ti ni a tu familia ni a nadie de los tuyos».
—Ustedes mismos lo están viendo —insistió José—, y también lo ve mi hermano Benjamín: soy yo quien les habla. Cuéntenle a mi padre todo el honor que tengo en Egipto y todo lo que han visto. ¡Dense prisa y traigan a mi padre aquí!
Y José abrazó a su hermano Benjamín y se puso a llorar, y Benjamín también lloró abrazado a él. Luego besó a todos sus hermanos y lloró abrazado a ellos. Después de eso, sus hermanos se pusieron a platicar con él.

La noticia llegó al palacio del faraón: «Llegaron los hermanos de José». Al faraón y a sus servidores les dio mucho gusto. Y el faraón le dijo a José:
—Diles a tus hermanos que hagan esto: que carguen sus animales y vuelvan a la tierra de Canaán, que traigan a su padre y a sus familias y vengan conmigo. Yo les daré lo mejor de la tierra de Egipto, y comerán de lo más rico de esta tierra.
—Y diles también de mi parte —añadió el faraón—: «Llévense de Egipto carretas para sus niños y sus mujeres, y traigan a su padre. No se preocupen por sus cosas, porque lo mejor de toda la tierra de Egipto será para ustedes».
Así lo hicieron los hijos de Jacob. José les dio carretas, como el faraón había ordenado, y comida para el camino. A cada uno le dio ropa nueva para cambiarse, pero a Benjamín le dio trescientas monedas de plata y cinco mudas de ropa. A su padre le mandó diez burros cargados con lo mejor de Egipto, y diez burras cargadas de trigo, pan y comida para el viaje.
Así despidió a sus hermanos, y cuando ya se iban, les dijo:
—No se vayan a pelear en el camino.
Ellos salieron de Egipto y llegaron a la tierra de Canaán, a casa de su padre Jacob.
—¡José vive! —le dijeron—. ¡Y es el gobernador de toda la tierra de Egipto!
Jacob se quedó helado; no podía creerles. Ellos le repitieron todo lo que José les había dicho, y cuando Jacob vio las carretas que José le había mandado para llevarlo, el alma le volvió al cuerpo.

—¡Con eso me basta! —dijo Jacob—. Mi hijo José está vivo. Iré a verlo antes de morir.
Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

