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Una liebre café salta por encima de un abeto pequeño en un claro nevado, entre pinos altos y oscuros, bajo un cielo azul de anochecer con una estrella.Original

El abeto

Hans Christian Andersen

16 min de lecturaa partir de 6 años

Un abeto joven del bosque solo quiere crecer, y para la Navidad lo cortan y lo adornan con manzanas doradas y cien lucecitas. El abeto queda tirado en un patio entre ortigas, un niño le arranca la estrella dorada y el mozo lo hace pedazos que arden en llamas bajo el gran caldero.


Allá en el bosque crecía un abeto pequeño y bonito. Tenía un buen lugar: le llegaba el sol, le sobraba el aire y alrededor crecían compañeros más altos, abetos y pinos. Pero el abetito solo deseaba una cosa: ser más grande. No hacía caso del sol tibio ni del aire fresco, ni de los niños del campo que pasaban platicando cuando salían por fresas y frambuesas. Muchas veces llegaban con una olla llena o con las fresas ensartadas en una brizna de paja, se sentaban junto al abetito y decían:

—¡Miren qué chiquito tan bonito!

Y el árbol no soportaba oír aquello.

Al año siguiente había crecido un buen tramo, y al siguiente otro más, porque en los abetos se sabe por los pisos de ramas cuántos años llevan creciendo.

—¡Ay, si yo fuera un árbol grande como los demás! —suspiraba el arbolito—. Podría extender mis ramas a lo ancho y asomarme con la copa al mundo entero. Los pájaros harían nidos en ellas, y cuando soplara el viento me inclinaría con elegancia, igual que aquellos de allá.

No le daban gusto el sol, ni los pájaros, ni las nubes rojas que navegaban sobre él de mañana y de tarde.

Cuando llegaba el invierno y la nieve quedaba blanca y brillante alrededor, venía muchas veces una liebre y brincaba por encima del arbolito, y eso le daba mucho coraje. Pero pasaron dos inviernos, y al tercero el árbol estaba tan alto que la liebre tuvo que rodearlo. «Crecer, crecer, ponerse alto y viejo: eso es lo único hermoso de este mundo», pensaba el árbol.

En el otoño llegaban los leñadores y tumbaban algunos de los árboles más grandes. Pasaba cada año, y el abeto joven, ya bastante crecido, se estremecía: aquellos árboles hermosos caían al suelo con un crujido tremendo, les cortaban las ramas y quedaban desnudos, largos y flacos, casi irreconocibles. Después los subían a los carros y unos caballos se los llevaban fuera del bosque.

Dos caballos oscuros arrastran un tronco largo entre abedules dorados, un hombre espera junto a su carreta y un abeto chico queda atrás entre las hojas.

¿Adónde iban? ¿Qué les esperaba?

En la primavera, cuando llegaron las golondrinas y las cigüeñas, el árbol les preguntó:

—¿No saben ustedes adónde los llevaron? ¿No se los encontraron por el camino?

Las golondrinas no sabían nada, pero la cigüeña se quedó pensativa, movió la cabeza y dijo:

—Creo que sí. Volviendo de Egipto me crucé con muchos barcos nuevos que llevaban mástiles espléndidos. Me atrevo a decir que eran ellos: olían a abeto. Te mandan muchos saludos. ¡Cómo lucen, cómo lucen!

—¡Ay, si yo fuera bastante grande para cruzar el mar! ¿Y cómo es el mar? ¿Cómo se ve?

—Eso es muy largo de explicar —dijo la cigüeña, y se fue.

—Alégrate de tu juventud —le decían los rayos del sol—. Alégrate de crecer fresco y de la vida joven que hay en ti.

Y el viento besaba al árbol, y el rocío lloraba lágrimas sobre él; pero el abeto no lo entendía.

Cuando se acercaba la Navidad cortaban árboles muy jóvenes, algunos ni siquiera tan altos ni tan viejos como este abeto, que no tenía sosiego y solo quería irse. A esos árboles, que eran justamente los más bonitos, les dejaban todas sus ramas; los subían a los carros y los caballos se los llevaban fuera del bosque.

—¿Adónde van esos? —preguntó el abeto—. No son más grandes que yo; hasta había uno mucho más chico. ¿Por qué les dejaron todas las ramas? ¿Adónde los llevan?

—¡Nosotros lo sabemos! ¡Nosotros lo sabemos! —piaron los gorriones—. Allá abajo, en la ciudad, nos asomamos a las ventanas. ¡Sabemos adónde van! Llegan al mayor lujo que uno se pueda imaginar. Vimos que los plantan en medio de un cuarto tibio y los adornan con las cosas más hermosas: manzanas doradas, panes de miel, juguetes y cientos y cientos de velas.

—¿Y luego? —preguntó el abeto, y le temblaron todas las ramas—. ¿Y luego? ¿Qué pasa después?

—Pues ya no vimos más. ¡Pero aquello no tenía comparación!

—¿Estaré yo también destinado a ese camino luminoso? —exclamó el abeto lleno de alegría—. ¡Eso es todavía mejor que cruzar el mar! ¡Cómo me duele esperar! ¡Ojalá ya fuera Navidad! Ahora estoy alto y crecido como los que se llevaron el año pasado. ¡Ay, si ya estuviera en el carro, en el cuarto tibio, con todo ese lujo! ¿Y luego? Sí, luego viene algo mejor todavía; si no, ¿para qué nos adornarían así? Tiene que venir algo más grande, algo más espléndido. ¿Pero qué? ¡Ay, cómo sufro! ¡Cómo lo deseo! ¡Ni yo mismo sé qué me pasa!

—Alégrate con nosotros —le dijeron el aire y la luz del sol—. Alégrate de tu juventud fresca aquí, al aire libre.

Pero él no se alegraba, y crecía y crecía. Invierno y verano estaba verde, de un verde oscuro, y la gente que lo veía decía: «¡Qué árbol tan hermoso!». Y para la Navidad fue el primero de todos en ser cortado. El hacha entró hondo, hasta el corazón del tronco; el árbol cayó al suelo con un suspiro, sintió un dolor y un desmayo, y no pudo pensar en ninguna felicidad. Le dio tristeza separarse de su casa, del pedacito de tierra donde había brotado, porque sabía que nunca más vería a sus viejos compañeros, ni los arbustos y las flores de alrededor, ni quizá a los pájaros. La partida no tuvo nada de agradable.

Dos hombres con gorros de lana atan una cuerda al tronco de un abeto talado que yace en la nieve, con un trineo de madera listo detrás de ellos.

El árbol volvió en sí ya descargado en un patio, junto con otros árboles, cuando oyó que un hombre decía:

—Este está precioso. Con este nos basta.

Llegaron dos criados muy bien vestidos y lo cargaron hasta una sala grande y hermosa. De las paredes colgaban cuadros; junto a la estufa había jarrones chinos con leones en las tapas, mecedoras, sofás de seda y mesas llenas de libros de estampas y juguetes. Al abeto lo pararon en un cajón grande lleno de arena, forrado con tela verde para que nadie viera que era un cajón, y lo pusieron sobre un tapete de colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué iría a pasar ahora?

Los criados y las señoritas lo adornaron. En las ramas le colgaron redecitas de papel de colores llenas de dulces; manzanas y nueces doradas colgaban de él como si le hubieran crecido allí, y le prendieron más de cien lucecitas rojas, azules y blancas. Unas muñecas que parecían personas de verdad, como el árbol nunca había visto, flotaban en lo verde, y hasta arriba, en la punta, le sujetaron una estrella de oropel dorado. Aquello era espléndido, verdaderamente espléndido.

—Esta noche —decían todos—, esta noche va a brillar.

El árbol pensaba: «Ojalá ya fuera de noche y encendieran pronto las luces. ¿Y qué pasará después? ¿Vendrán los árboles del bosque a verme? ¿Se asomarán los gorriones a los vidrios? ¿Me quedaré aquí plantado, adornado en invierno y en verano?».

No adivinaba mal, pero de tanto desear le dolía la corteza, y a un árbol le duele la corteza igual que a nosotros nos duele la cabeza.

Por fin encendieron las luces. ¡Qué resplandor! ¡Qué lujo! Al árbol le temblaron tanto las ramas que una de las velas le chamuscó el verde.

Un abeto con velas encendidas, manzanas doradas, nueces y bolsitas de dulces en una sala de madera, rematado por una estrella de oropel dorado.

—¡Dios nos ampare! —gritaron las señoritas, y la apagaron a toda prisa.

Ahora el árbol ni siquiera se atrevía a temblar. ¡Qué espanto! Tenía miedo de perder algo de sus adornos y estaba aturdido con tanto brillo. En eso se abrieron las dos hojas de la puerta y entró en tropel un montón de niños, como si quisieran tumbar el árbol; detrás venían los grandes, sin apurarse. Los chiquitos se quedaron callados un instante y luego gritaron de alegría, tanto que retumbaba la sala. Bailaron alrededor del árbol y fueron arrancando un regalo tras otro.

«¿Qué están haciendo? ¿Qué va a pasar?», pensó el árbol. Las velas se quemaron hasta las mismas ramas, y conforme se acababan las iban apagando; entonces los niños recibieron permiso de saquear el árbol. ¡Ay, cómo se le echaron encima! Le crujieron todas las ramas, y si no hubiera estado amarrado del cogollo y de la estrella dorada al techo, se habría venido abajo.

Los niños bailaban con sus juguetes. Nadie volteó a ver al árbol, salvo la nana vieja, que se acercó a mirar entre las ramas, pero solo para ver si no quedaba olvidado algún higo o manzana.

—¡Un cuento! ¡Un cuento! —gritaron los niños, y jalaron hacia el árbol a un hombrecito gordo, que se sentó justo debajo.

—Aquí abajo, entre las ramas, se está muy bien —dijo—, y al árbol puede hacerle mucho bien escuchar. Pero solo voy a contar un cuento. ¿Quieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y de todos modos llegó a ser alguien y se casó con la princesa?

—¡Ivede-Avede! —gritaban unos.

—¡Klumpe-Dumpe! —gritaban otros.

¡Qué griterío y qué alboroto! Solo el abeto se quedó callado y pensó: «¿Yo no cuento para nada? ¿No voy a tener nada que ver en esto?». Él también había estado allí y había hecho lo suyo.

Y el hombre contó la historia de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y de todos modos llegó a los honores y se casó con la princesa. Los niños aplaudieron y gritaron:

—¡Cuéntanos otro! ¡Cuéntanos otro!

Querían oír también el de Ivede-Avede, pero solo les tocó el de Klumpe-Dumpe. El abeto se quedó callado y pensativo: los pájaros del bosque nunca habían contado nada parecido. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y de todos modos se casó con la princesa. Sí, sí, así son las cosas en el mundo», pensó, y creyó que era verdad, porque quien lo contaba era un hombre tan amable. «¿Quién sabe? A lo mejor yo también me caigo por las escaleras y me caso con una princesa». Y se puso contento pensando que al día siguiente lo vestirían otra vez de luces y juguetes, de oro y frutas.

El árbol pensó: «Mañana no voy a temblar. Quiero gozar de veras toda mi gloria. Mañana volveré a oír la historia de Klumpe-Dumpe, y a lo mejor también la de Ivede-Avede». Y se quedó toda la noche callado y pensativo.

Por la mañana entraron los criados y la muchacha.

«Ahora empieza otra vez el adorno», pensó el árbol. Pero lo sacaron a rastras del cuarto, lo subieron por la escalera hasta el desván y lo dejaron parado en un rincón oscuro donde no entraba la luz del día. «¿Qué quiere decir esto? ¿Qué voy a hacer yo aquí? ¿Qué voy a oír aquí?», pensaba. Y se recargó en la pared y pensó y pensó. Tiempo le sobraba: pasaron días y noches sin que nadie subiera, y cuando por fin subió alguien, fue para arrimar unos cajones al rincón. El árbol quedó escondido del todo; cualquiera habría dicho que se habían olvidado de él.

El árbol pensó: «Allá afuera es invierno. La tierra está dura y con nieve; la gente no puede plantarme ahora. Por eso me tendrán aquí a resguardo hasta la primavera. ¡Qué bien pensado! ¡Qué buena es la gente! Si al menos no estuviera tan oscuro y tan espantosamente solo. Ni siquiera una liebre. ¡Qué bonito era allá afuera, en el bosque, con la nieve y la liebre pasando a brincos; hasta cuando me brincaba por encima, aunque entonces no lo soportaba! Aquí arriba se siente uno terriblemente solo».

—¡Pip, pip! —dijo entonces un ratoncito que salió corriendo; y luego llegó otro.

Olfatearon al abeto y se metieron entre sus ramas.

—Hace un frío horrible —dijeron los ratoncitos—. Fuera de eso, aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?

—Yo no soy viejo —dijo el abeto—. Hay muchos que son mucho más viejos que yo.

—¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? —preguntaron los ratones, que eran curiosísimos—. Cuéntanos del lugar más hermoso de la tierra. ¿Has estado allí? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos en las tablas y jamones colgados del techo, donde se baila sobre velas de sebo y se entra flaco y se sale gordo?

—Eso no lo conozco —dijo el árbol—, pero conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros.

Y les contó todo lo de su juventud, y los ratoncitos, que nunca habían oído nada igual, lo escucharon atentos y dijeron:

—¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!

—¿Yo? —dijo el abeto, pensando en lo que acababa de contar—. Sí, en el fondo eran tiempos muy alegres.

Y luego les contó de la Nochebuena, cuando lo adornaron con panes de miel y con luces.

—¡Ay! —dijeron los ratoncitos—. ¡Qué feliz has sido, viejo abeto!

—Yo no soy viejo —dijo el árbol—. Apenas este invierno salí del bosque. Lo que pasa es que me quedé atrasado en el crecimiento.

—¡Qué bonito cuentas! —dijeron los ratoncitos.

A la noche siguiente llegaron con otros cuatro ratoncitos para que oyeran al árbol, y mientras más contaba, mejor se acordaba él mismo de todo, y pensaba: «Sí que eran tiempos alegres. Pero pueden volver, pueden volver. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y de todos modos se casó con la princesa; a lo mejor yo también puedo casarme con una princesa». Y se acordó de un abedul chiquito y bonito que crecía allá en el bosque: para él, aquel abedul era una princesa de verdad.

En un desván de vigas y telarañas, el abeto de ramas amarillentas se aprieta entre baúles y varios ratones grises lo miran sentados bajo un rayo de luna.

—¿Quién es Klumpe-Dumpe? —preguntaron los ratoncitos.

Y el abeto contó el cuento entero; se acordaba de cada palabra, y los ratoncitos, de puro gusto, casi saltaban hasta la punta del árbol. A la noche siguiente llegaron muchos más ratones, y el domingo hasta dos ratas; pero ellas dijeron que el cuento no era bonito, y eso entristeció a los ratoncitos, porque ahora también a ellos les gustó menos.

—¿Usted no sabe más que ese cuento? —preguntaron las ratas.

—Solo ese —dijo el árbol—. Lo oí la noche más feliz de mi vida, y entonces ni siquiera me daba cuenta de lo feliz que era.

—Es un cuento malísimo. ¿No sabe ninguno de tocino ni de velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?

—No —dijo el árbol.

—Entonces muchas gracias —contestaron las ratas, y se regresaron con los suyos.

Al final los ratoncitos también dejaron de venir, y el árbol suspiró:

—¡Qué bonito era cuando los ratoncitos inquietos se sentaban alrededor a escucharme! Ahora también eso se acabó. Pero me voy a acordar de estar contento cuando me saquen de aquí.

¿Y cuándo pasó eso? Una mañana llegaron unas personas a mover cosas en el desván: quitaron los cajones y sacaron al árbol. Cierto que lo tiraron con fuerza al piso, pero enseguida un criado lo arrastró hacia la escalera, por donde entraba la luz del día.

«¡Ahora vuelve a empezar la vida!», pensó el árbol. Sintió el aire fresco, los primeros rayos del sol, y ya estaba afuera, en el patio. Todo iba tan rápido que se olvidó de mirarse a sí mismo; había tantas cosas que ver alrededor. El patio daba a un jardín donde todo estaba florido; las rosas se asomaban frescas y olorosas por encima de la reja, los tilos florecían y las golondrinas volaban de un lado a otro diciendo:

—¡Quirrivirrivit, ya llegó mi marido!

Pero no era del abeto de quien hablaban.

—¡Ahora sí voy a vivir! —exclamó lleno de alegría, y extendió sus ramas; pero ay, estaban todas secas y amarillas, y él quedó tirado en un rincón, entre la hierba mala y las ortigas. La estrella de papel dorado seguía arriba, en la punta, y brillaba al sol.

En el patio jugaban algunos de aquellos niños que habían bailado alrededor del árbol en la Navidad y tan contentos se habían puesto. Uno de los más chicos corrió y le arrancó la estrella dorada.

El abeto café y reseco, tirado entre las ortigas; un niño con botas de cuero levanta la estrella dorada y otro mayor lo mira, con rosas en flor tras la cerca.

—¡Miren lo que todavía trae este abeto viejo y feo! —dijo, y pisoteó las ramas, que crujieron bajo sus botas.

Y el árbol miró las flores y la frescura del jardín, se miró a sí mismo y deseó haberse quedado en su rincón oscuro. Se acordó de su juventud fresca en el bosque, de la alegre Nochebuena y de los ratoncitos que tan contentos habían escuchado la historia de Klumpe-Dumpe.

—¡Se acabó! ¡Se acabó! —dijo el viejo árbol—. ¡Ojalá me hubiera puesto contento cuando todavía podía! ¡Se acabó! ¡Se acabó!

Llegó el mozo y partió el árbol en pedazos chiquitos; quedó un montón entero. Ardió con llamas vivas bajo el gran caldero donde se cocía la cerveza, y suspiraba hondo, y cada suspiro era como un tirito; por eso los niños que jugaban en el patio llegaron corriendo, se sentaron frente al fuego y gritaban:

—¡Pum! ¡Pum!

Un caldero de cobre con la tapa abierta sobre un horno de ladrillo con fuego y leña; cinco niños en ropa ligera sentados en el patio, con rosas y golondrinas.

Pero con cada tronido, que era un suspiro hondo, el árbol pensaba en un día de verano en el bosque, o en una noche de invierno cuando brillaban las estrellas; pensaba en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y que sabía contar. Y entonces el árbol acabó de quemarse.

Los niños jugaban en el jardín, y el más chico llevaba en el pecho la estrella dorada que el árbol había llevado la noche más feliz de su vida. Ahora esa noche se había acabado, y con el árbol también se acabó todo, y con el cuento igual. Se acabó, se acabó, y así pasa con todas las historias.

Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público