OriginalLos amantes de Teruel
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Diego Martínez de Marcilla quiere casarse con Isabel de Segura, pero el padre de ella lo rechaza por pobre. Isabel promete esperarlo cinco años mientras él pelea contra los moros. Diego vuelve rico a Teruel en plena boda de Isabel con Azagra, y esa noche se esconde en el cuarto de los novios.
Entre las historias más ciertas que se cuentan en Teruel está la de un joven llamado Diego Juan Martínez de Marcilla, que tenía unos veintidós años. Diego se enamoró de Isabel de Segura, hija de Pedro Segura, un hombre muy rico que no tenía más hija que ella. Los dos jóvenes se querían tanto que no vivían más que para pensar el uno en el otro.
Un día Diego le dijo a Isabel que deseaba casarse con ella. Ella le respondió que eso mismo deseaba, pero que supiera que nunca lo haría sin que su padre se lo mandara. Con esa respuesta Diego la quiso todavía más, y mandó pedir su mano a Pedro Segura.
El padre de Isabel contestó que el muchacho le caía muy bien y que le parecía buen partido, pero que no tenía bienes, y que no se ofendiera por eso: el padre de Diego tenía otros hijos con más derecho que él a la herencia. Así que no le daría a su hija. Isabel, en cambio, tendría treinta mil sueldos de dote y, cuando él muriera, toda su casa.
Diego aceptó la respuesta sin enojarse y fue a ver a Isabel.
—Tu padre no me desprecia más que por el dinero —le dijo—. Si tú quieres esperarme cinco años, me iré a la guerra, por mar o por tierra, a trabajar y a morir contento si hace falta, hasta que tenga con qué.
Isabel le dio otra vez su palabra. Diego se fue, y durante cinco años peleó contra los moros, unas veces en el mar y otras en tierra firme, y ganó cargos y dinero.

Mientras tanto, su padre no dejaba en paz a Isabel para que se casara. Ella le respondía que había hecho voto de seguir doncella hasta cumplir los veinte años, porque una mujer no debía casarse antes de poder y saber gobernar su casa. Pedro Segura, que la quería mucho, le dio gusto. Pero cuando se cumplieron los cinco años, le dijo:
—Hija, ya lo tengo decidido: quiero que te cases.
Isabel vio que el plazo de los cinco años había pasado y que en todo ese tiempo no había sabido nada de Diego. Entonces dijo que obedecería a su padre, y él la comprometió con Azagra. Al poco tiempo se celebró la boda.
Los padres y los parientes estaban felices, porque no sabían nada del secreto. Pero desde entonces la novia andaba triste y pensativa; ya no le importaban los vestidos de fiesta y solo quería vestirse de negro.
Por esos días, estando los Segura reunidos en la sala, les llegó la noticia que un paje le acababa de traer al viejo Marcilla: su hijo volvía sano y muy rico. Todos se alegraron mucho al saberlo.
Llegó Diego a su casa, y allí le contaron que Isabel se había casado con Azagra. Aun así, delante de su padre fingió que no pasaba nada, para que su pena no le nublara al viejo la alegría.
Diego se acostó, pero no podía descansar. Se levantó, se envolvió en la capa hasta los ojos y se fue al banquete y al baile de la boda. En cuanto empezaron a sonar los instrumentos, Isabel salió a bailar. A Diego le dolió más que si le hubieran puesto un cuchillo en la garganta.

Fuera de sí, salió de allí y se metió en el cuarto que habían preparado para la noche de bodas, y que iba a ser también su sepultura. La casa estaba tan alborotada que nadie lo vio entrar.
La fiesta terminó, y aunque Diego quiso salir, ya no pudo. Oyó cómo se iban los invitados y cómo los novios se retiraban a su cuarto. Azagra quiso hacer suya a Isabel esa misma noche, pues el matrimonio le daba derecho a hacerlo, pero ella le rogó que esperara, porque solo le faltaba esa noche para cumplir un voto que le había hecho al cielo.
Azagra le dijo que no. Ella insistió, y él volvió a negarse. Entonces Isabel le respondió que no era justo tomar a ninguna mujer en contra de su voluntad, y menos a la propia esposa. Se lo rogó con palabras dulces, entre risas y lágrimas, hasta que lo convenció, y le hizo jurar que esa noche no la tocaría.
Se acostaron los dos, y Azagra, rendido de cansancio, se quedó dormido unas cuatro horas. Isabel no dormía. Aunque estaba casada con Azagra, llevaba a Diego en el corazón, sobre todo porque en la cena le habían contado que él había vuelto para cumplir su palabra y su juramento. Mil pensamientos le daban vueltas en la cabeza y la atormentaban.
En ese momento Diego, atrevido como todo enamorado, salió muy despacio de detrás de las cortinas, le tomó las dos manos y le dijo:
—Aquí, contigo, está el hombre de quien un día fuiste esposa.

Isabel no esperaba nada parecido. Del susto se le erizó el cabello. Quiso gritar, pero no pudo, porque la lengua se le pegó al paladar, y un sudor frío le cubrió el cuerpo. Al cabo de un rato volvió en sí y dijo con voz temblorosa:
—¡Ay! ¿Qué es esto?
Sintió que un hombre le sujetaba las manos y le decía muy quedito, casi en un susurro:
—Escúchame, Isabel, no te asustes. No vengo a ofender tu honra, aunque podría vengarme con justicia de lo que me hiciste. Solo vengo a que me digas por qué. Te serví tantos años con un amor sencillo y verdadero. Por ti dejé a mis padres, a mis parientes y a mi tierra, y anduve desterrado por reinos extraños sin haber cometido ningún delito, con la vida expuesta a las picas y a las lanzas.
Respiró hondo y siguió:
—Tú me habías jurado que no te casarías con nadie más que conmigo, y yo esperé cinco años, que apenas se cumplieron. Dime, ¿cómo pudiste casarte? ¿No podías esperarme un poco más, si apenas tienes veinte años? Tu padre me rechazó por pobre, y por pobre me rechazas tú también, para casarte con un hombre rico. Pobre soy, lo confieso, y tú serás una gran señora; pero te digo que es imposible que él te quiera como yo te quiero, porque sabes que por ti sufro y me muero.
Le apretó las manos con más fuerza.
—Cuando me fui, ¿no me dijiste: «Vete tranquilo y confía en mí, que te seré fiel»? Dime, ¿qué te llevó a esta traición? ¿Cuándo te ofendí con hechos, con palabras o con deseos? ¿Cuándo no te serví estando cerca? Y cerca o lejos, ¿no te quise siempre? Toma esta daga y arráncame del pecho este triste corazón, que es más tuyo que mío. Prefiero morir a perderte.
Isabel supo que era Diego, no por la cara ni por la voz, sino por la nobleza de sus gestos y por las verdades que decía, que no podía negar aunque quisiera. Se disculpó: le habían contado que él estaba celebrando su boda con otra dama, aunque no era más que una sospecha.
Y le echó la culpa a él: ya rico, galán, joven, valiente y victorioso, con la fortuna a sus pies, no se había apurado a volver dentro del plazo, aunque bien pudo hacerlo; así la había obligado a casarse celosa y despreciada, creyéndose olvidada por otra. Al final cada uno le echaba la culpa al otro, y los dos a la vez se disculpaban.
Entonces, como premio a su fidelidad, a todo lo que había hecho por ella, al dolor de ese momento y a la dicha perdida, Diego le pidió a Isabel un beso, uno solo, y con eso se daría por contento.
Isabel le respondió con prudencia:
—Te confieso, Diego, que mientras te amaba yo era dueña de mí y de lo que hacía. Sufrí tus penas y tus tormentos igual que tú, y te confieso también que el amor que me ataba a ti solo lo podía cortar el cuchillo de la muerte. Ese amor tan fino se perdió por un desprecio y unos celos. Ahora que ya me casé, ya no soy mía; no estoy muerta, pero ya estoy enterrada. No puedo darte lo que es de otro. Si te diera lo que es de Azagra, mi señor y esposo, lo ofendería a él y mancharía mi honra.
Encendido como un volcán, Diego volvió a pedírselo una y otra vez, con suspiros en lugar de lágrimas, que habrían movido a lástima a cualquiera. Ella resistía con firmeza, leal y honrada: ponía su honra por delante de su deseo y no quería faltarle a su esposo, aunque le doliera en el alma.
—Dime —insistió Diego—, ¿no te das cuenta de que, si yo no fuera tan caballero, tomaría a la fuerza lo que te pido, y mataría a tu esposo, que es mi enemigo? Pero no lo permita el cielo, porque yo no lo quiero si no me lo das de buena gana. Hazme este bien, mira que me muero, y aun muriendo te quiero.
Isabel se lo negó otra vez. Diego dio un suspiro y dijo:
—Bésame, que me muero.
Pero ella siguió firme en su negativa. Entonces él le dijo:
—Adiós, Isabe…
Y ya no pudo pronunciar la última letra. Cayó al suelo. Isabel le tocó la cara y la frente: estaba frío y ya no respiraba. Lo llamó por su nombre, y no respondió.
Isabel se quedó sin habla y sin aliento. Cuando volvió en sí, empezó a lamentarse a gritos, sin miedo a su marido:
—Esposo mío, el más fiel y leal del mundo, ¿quién te quitó la vida tan de repente?
Con los gritos y el llanto se despertó Azagra, y todavía medio dormido le preguntó:
—¿Qué pasa, esposa? ¿Qué quieres? ¿Me llamas?
Isabel disimuló. Hizo como que había estado soñando y acababa de despertar, y le dijo:
—Soñaba, esposo, que una amiga mía de Cerdeña quería desde muy niña a un muchacho. Los padres de ella no quisieron que se casaran, porque él no tenía tanta fortuna. El muchacho se fue a ganarla, y ella le prometió que lo esperaría cinco años sin casarse. Pero por celos, o por otra razón, al final ella se casó con otro. Cumplido el plazo, volvió el muchacho, después de pasar muchas desgracias, y pudo verla a solas antes de que el segundo esposo la hiciera de veras su mujer.
Tomó aire y siguió contando:
—Él se quejó de la ofensa, y ella, de su tardanza y de que hubiera sido inconstante. Al final él le pidió un beso, como pago de todo su amor. Ella no quiso dárselo, por guardarle fidelidad a su esposo, de puro honrada. Tres veces se lo suplicó él, diciéndole que se moría, y ella se lo negó con firmeza: prefería que él muriera, y morir ella también, antes que faltar a su matrimonio. Y al fin, delante de ella, el joven dio un suspiro y entregó su alma a Dios.
Calló un instante, y luego le preguntó:
—Esa tragedia la estaba viendo en sueños cuando oíste mis gritos. Y ahora dime, tú que eres tan sensato: ¿debía la dama darle el beso sin dejar por eso de ser quien era, o dejar que él muriera allí?
Azagra se rio y le contestó:
—Fue necia, impertinente y melindrosa, y además muy cruel con quien la quería. Ya que no le dio el beso en vida, esa dama debió darle, ya muerto, uno y hasta mil, de puro dolor. Eso es lo que yo pienso.
Al oír esa respuesta, Isabel se deshizo en lágrimas y suspiros, le mostró a Diego muerto y le dijo:
—Yo soy la impertinente, la necia y la melindrosa, pero honrada.
Azagra se quedó atónito ante algo tan triste. Ninguno de los dos sabía qué hacer. Por un lado temían a los parientes de Diego; por otro, a la justicia, si lo encontraban muerto en su casa. Por fin decidieron llevarlo a la casa del padre de Diego y dejarlo delante de la puerta. Como las dos casas estaban pegadas, lo hicieron sin que nadie los viera.

Amaneció, y la gente que pasaba por allí reconoció al joven Marcilla, con la cara cubierta y su espada de dos manos al lado. Cuando su padre recibió la triste noticia, se levantó de la cama y se asomó a la ventana. Vio a su hijo rodeado de amigos y parientes, que lloraban la desgracia y juraban vengar un crimen tan grande.
El viejo bajó, y sin que nadie pudiera impedirlo, se echó sobre el cuerpo, le bañó la cara de lágrimas y le dijo:
—¡Pobre de mí! Después de sufrir tantos años tu ausencia, y con ella mil penas a cada paso, ¿me dan ahora tu muerte por consuelo? Que me muera yo en este mismo momento, porque en el mismo instante en que te recobro, te pierdo. Hazme un lugar en tu sepulcro, hijo, que mi vida sin la tuya ya es muerte.
Como seguía abrazado a él, los metieron a los dos juntos a la casa. Al muerto lo vistieron con toda su armadura y lo pusieron en un féretro.
Llegaron los amigos y los parientes, y también las autoridades. Llegó incluso Azagra, disimulando. Todos le daban el pésame al padre y lo consolaban con las palabras cristianas que se dicen en esos casos. Decidieron hacerle las exequias, darle sepultura y mandar decir muchas misas por su alma.
Las campanas empezaron a doblar tristemente. Al día siguiente, cuatro capitanes llevaron en hombros el cuerpo de Diego, porque Teruel era entonces plaza de armas para la campaña que el rey don Jaime preparaba contra los moros de Valencia, y había en la ciudad diez banderas de soldados. Por todas las calles se oía el llanto de las mujeres y de la ciudad entera por la pérdida del joven Marcilla.
A la casa del difunto llegaron los sacerdotes de la parroquia de San Pedro, con los de las demás parroquias y todos los frailes. Al frente iba la vanguardia, y detrás los soldados en orden de batalla; los oficiales acompañaban al difunto con antorchas. Tras el féretro iban los parientes y amigos, con capuchas y largas capas de luto, y al final iban las mujeres, cuyos suspiros movían a compasión.
Como la casa de Diego estaba tan cerca de la de Isabel, ella oyó desde su cuarto el canto triste del entierro, los suspiros y el llanto. Tenía a su lado a una dueña, y le dijo como si nada:
—Amiga, si te parece, subamos a ver este entierro.
Subieron enseguida a la reja más alta. En cuanto Isabel vio al muerto tendido en las andas, se quedó helada y el sudor le cubrió el cuerpo. Se quitó todos sus adornos y sus vestidos de fiesta, se puso un sayal de luto de lana áspera y, sin peinarse siquiera, bajó a la calle muy deprisa y afligida y se metió entre las mujeres.

Mientras caminaba, iba pensando con mucho dolor en lo que había pasado, y en que ella había tenido la culpa por negarle un beso al que habría dado por ella dos mil vidas. Se hizo a sí misma un juicio, en el que fue la acusada, el fiscal y el juez. Se acusó, no encontró con qué defenderse y dictó la sentencia: merecía la muerte quien había matado a aquel a quien le debía la vida. Aceptó la sentencia sin apelar. Luego se decía en voz baja:
—Que se pierda mi buena fama, que prefiero que me tengan por ligera antes que por ingrata. No viviré más, porque quiero morir como tú, esposo, que ese nombre te lo mereces tú más que el segundo. No quiero más bien ni más mundo. Tu fidelidad fue firme hasta la muerte, y quiero pagártela con otra igual, para que la fama nos dé a los dos un mismo ejemplo y un mismo sepulcro, y la historia de este amor no se olvide nunca.
Y siguió, apretando el paso detrás del cortejo:
—Espérame, Diego, que ya voy a darte lo que te negué, ingrata de mí, y a darme luego la muerte, porque aunque me falten cuerda y puñal, basta el dolor para matarme. No me detengo ni un momento: ya voy contigo, me verás antes de una hora. ¡Qué dicha tan grande sería que una misma losa cubriera nuestros cuerpos, ya que nuestras almas ardieron con un amor puro y limpio!
La procesión llegó con el cuerpo a la iglesia de San Pedro. En medio de la nave se alzaba un catafalco cubierto de luto, con grandes pedestales, columnas y capiteles, alumbrado por muchas antorchas y adornado con banderas y estandartes ganados en la guerra. Subieron el cuerpo al túmulo y empezó la misa.
Entonces Isabel, muy cubierta con su manto, se acercó al féretro y dijo entre suspiros ardientes:
—¿Cómo puede ser que estés muerto y yo siga viva? No dudes de mi fidelidad: no podré vivir ni un momento más. Perdona que haya tardado, que en un instante me tendrás contigo.
Le descubrió la cara, se la acarició y le dio un beso tan fuerte que se oyó en toda la iglesia. Con un ¡ay!, se le acabó el aliento en un instante, y la muerte le cerró los ojos para siempre.
Cuando los sacerdotes empezaron a cantar el salmo In exitu y quisieron dar sepultura al muerto, pensaron que aquella mujer era alguna parienta o una hermana, y fueron a apartarla, pero no se movió. Insistieron otra vez, y siguió firme, tan inmóvil como si fuera la losa que cubría el cuerpo. La llamaron por tercera vez, y no respondió.
Le quitaron el manto de la cara y vieron que era Isabel de Segura. Tenía la boca unida a la de Diego, y también las manos unidas a las suyas. Estaba muerta.
Todos los que estaban en la iglesia se espantaron, llenos de lástima. No entendían a qué había ido Isabel, y empezaron a tenerla por una mujer ligera. Pero Azagra, aunque acababa de perderla, quiso quitar toda sospecha: se tragó el dolor, alzó la voz y en pocas palabras les contó a todos lo que había pasado.
La gente no salía de su asombro y no sabía qué decidir. Entonces un pariente viejo de Diego, hombre de mucha autoridad, cuyas palabras todos escuchaban como si fueran las de un oráculo, dijo con voz clara:
—Señores, es cosa sabida que Diego e Isabel se quisieron con toda el alma desde niños, que en esta larga ausencia los dos pasaron la misma pena y el mismo tormento, y que juntos murieron de la misma muerte. Y como también es cierto que se dieron palabra y juramento de esposos antes de que ella se casara con Azagra, les digo que lo justo es enterrarlos a los dos juntos, en un mismo sepulcro.

Ese parecer lo aprobaron el padre de Diego y el de Isabel, y también las autoridades y el concejo de la ciudad. Azagra estuvo de acuerdo, y así se hizo. En un sepulcro de alabastro pusieron juntos a los dos amantes, los más firmes y leales, y sobre él grabaron muchos epitafios.
Adaptado por Talerie, fuente: Noticias históricas sobre los amantes de Teruel (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
