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Un joven de capa verdiazul tiende la mano hacia tres hebras doradas que brillan en una cueva; detrás, un viejo cruza un río oscuro en su barca, con una pértiga.Original

Los tres pelos de oro del diablo

Hermanos Grimm

14 min de lecturaa partir de 7 años

A un niño de la suerte le vaticinan que se casará con la hija del rey, y el rey lo echa al río en una caja para impedirlo. El niño sobrevive, vuelve del infierno con los tres pelos de oro del diablo y cuatro burros cargados de oro, y el rey codicioso acaba con la pértiga en la mano, yendo de una orilla a la otra.


Había una vez una mujer pobre que dio a luz un niño, y como el niño nació de pie, le vaticinaron que a los catorce años se casaría con la hija del rey. Sucedió que poco después el rey pasó por aquella aldea sin que nadie lo reconociera, y cuando preguntó qué había de nuevo, la gente le respondió:

—Estos días nació un niño de pie. Todo lo que emprenda le va a salir bien, y le vaticinaron que a los catorce años se casará con la hija del rey.

El rey, que tenía muy mal corazón, se molestó por aquella profecía. Fue a buscar a los padres del recién nacido, se mostró de lo más amable y les dijo:

—Ustedes son gente pobre. Denme a su hijo y yo me encargo de él.

Al principio se negaron, pero el forastero les ofreció mucho oro, y ellos pensaron: «Es un niño de la suerte, todo lo que le pase será para su bien». Así que al final aceptaron y le entregaron al niño.

El rey lo metió en una caja y siguió su camino a caballo hasta llegar a un río hondo. Ahí arrojó la caja al agua y pensó: «Ya libré a mi hija de ese pretendiente con el que nadie contaba». Pero la caja no se hundió, sino que flotó como un barquito, y no le entró ni una gota de agua. Así flotó hasta dos leguas más allá de la capital del rey, donde había un molino, y se quedó atorada en la compuerta. Por fortuna andaba por ahí un mozo del molino, que la vio y la sacó con un garfio. Creyó que iba a encontrar grandes tesoros, pero al abrirla se halló con un niño hermoso, muy despierto y muy alegre. Lo llevó con los molineros, y como ellos no tenían hijos, se pusieron muy contentos y dijeron:

—Dios nos lo mandó.

Una caja de madera cerrada con pasador flota sola en un río gris; al fondo, la presa de un molino con su rueda de madera entre juncos secos.

Cuidaron bien al niño que el agua les había traído, y el pequeño creció fuerte y bueno.

Un día, sorprendido por una tormenta, el rey entró en el molino y les preguntó a los molineros si aquel muchacho grande era hijo suyo.

—No, señor —respondieron ellos—. Es un niño que encontramos. Hace catorce años llegó flotando en una caja hasta la compuerta, y nuestro mozo lo sacó del agua.

Entonces el rey comprendió que no era otro que el niño de la suerte, el mismo que él había echado al río, y dijo:

—Buena gente, ¿no podría este muchacho llevarle una carta a la señora reina? Le doy dos monedas de oro por la molestia.

—Como mande su majestad —contestaron ellos, y le dijeron al muchacho que se alistara para el camino.

El rey escribió entonces una carta a la reina, y en ella decía: «En cuanto llegue el muchacho con este escrito, que lo maten y lo entierren, y que todo esté hecho antes de que yo regrese».

El muchacho se puso en camino con la carta, pero se extravió y al anochecer llegó a un bosque muy grande. En la oscuridad vio una lucecita, caminó hacia ella y llegó a una casita. Al entrar encontró a una vieja sentada junto al fuego, completamente sola. Ella se asustó al verlo y le dijo:

—¿De dónde vienes y a dónde vas?

—Vengo del molino —respondió él— y voy con la señora reina, a llevarle una carta. Como me perdí en el bosque, quisiera pasar aquí la noche.

—Pobre muchacho —dijo la mujer—, caíste en una casa de ladrones, y cuando regresen te van a matar.

—Que venga quien quiera —dijo el muchacho—, no tengo miedo. Y estoy tan cansado que ya no puedo dar un paso más.

Se acostó en una banca y se quedó dormido. Poco después llegaron los ladrones y preguntaron enojados quién era aquel muchacho desconocido que estaba ahí tirado.

—Ay —dijo la vieja—, es un niño inocente que se perdió en el bosque, y lo recogí por compasión. Lleva una carta a la señora reina.

Los ladrones abrieron la carta y la leyeron, y vieron que ahí decía que en cuanto llegara el muchacho lo mataran. Entonces, con todo y lo duros de corazón que eran, sintieron lástima; el capitán rompió la carta y escribió otra, y en la nueva decía que, en cuanto llegara el muchacho, lo casaran enseguida con la hija del rey. Después lo dejaron dormir tranquilo en la banca hasta la mañana siguiente, y cuando despertó le entregaron la carta y le enseñaron el camino bueno.

La reina, en cuanto recibió la carta y la leyó, hizo lo que ahí decía: mandó preparar una boda espléndida, y la hija del rey se casó con el niño de la suerte. Y como el joven era guapo y amable, ella vivió contenta y feliz a su lado.

Un joven de capa verde va de la mano de una muchacha de vestido rojo y dorado con diadema de joyas; detrás, estandartes, antorchas y figuras difusas.

Al cabo de un tiempo el rey regresó a su castillo y vio que la profecía se había cumplido y que el niño de la suerte estaba casado con su hija.

—¿Cómo pasó esto? —dijo—. En mi carta yo di una orden muy distinta.

La reina le pasó la carta y le dijo que viera él mismo lo que estaba escrito. El rey la leyó y se dio cuenta de que se la habían cambiado por otra. Le preguntó al joven qué había hecho con la carta que le había confiado y por qué había entregado una diferente.

—No sé nada de eso —respondió él—. Me la han de haber cambiado en la noche, mientras dormía en el bosque.

Lleno de coraje, el rey le dijo:

—No te va a salir tan fácil. El que quiera a mi hija tiene que traerme del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Tráeme lo que te pido y te quedas con mi hija.

Con eso el rey esperaba deshacerse de él para siempre. Pero el niño de la suerte respondió:

—Los pelos de oro se los traigo. No le tengo miedo al diablo.

Se despidió y empezó su viaje.

El camino lo llevó hasta una ciudad grande, donde el guardia de la puerta le preguntó qué oficio tenía y qué sabía.

—Lo sé todo —respondió el niño de la suerte.

—Entonces nos puedes hacer un favor —dijo el guardia—: dinos por qué la fuente de nuestro mercado, de la que antes brotaba vino, se secó y ya no da ni agua.

—Lo van a saber —respondió—. Nada más esperen a que yo regrese.

Siguió adelante y llegó frente a otra ciudad, y ahí el guardia de la puerta también le preguntó qué oficio tenía y qué sabía.

—Lo sé todo —respondió.

—Entonces nos puedes hacer un favor: dinos por qué un árbol de nuestra ciudad, que antes daba manzanas de oro, ahora ya ni siquiera echa hojas.

—Lo van a saber —respondió—. Nada más esperen a que yo regrese.

Un joven de capa verde está bajo un árbol sin una sola hoja, frente a una barda de piedra; a su lado, un hombre de túnica morada alza la mano hacia las ramas.

Siguió adelante y llegó a un río ancho que tenía que cruzar. El barquero le preguntó qué oficio tenía y qué sabía.

—Lo sé todo —respondió.

—Entonces me puedes hacer un favor —dijo el barquero—: dime por qué tengo que ir y venir siempre de una orilla a la otra, sin que nadie me releve nunca.

—Lo vas a saber —respondió—. Nada más espera a que yo regrese.

Del otro lado del agua encontró la entrada del infierno. Adentro todo era negro y tiznado. El diablo no estaba en casa, pero su abuela estaba sentada en un sillón ancho.

—¿Qué quieres? —le preguntó ella, y no tenía cara de mala.

—Quisiera tres pelos de oro de la cabeza del diablo —respondió él—; si no, no me puedo quedar con mi mujer.

—Es mucho pedir —dijo ella—. Si el diablo llega y te encuentra, te va a ir muy mal. Pero me das lástima, así que voy a ver si te puedo ayudar.

Lo convirtió en hormiga y le dijo:

—Métete entre los pliegues de mi falda; ahí vas a estar seguro.

—Sí —respondió él—, así está bien. Pero todavía hay tres cosas que quisiera saber: por qué una fuente de la que antes brotaba vino se secó y ya no da ni agua; por qué un árbol que antes daba manzanas de oro ya ni siquiera echa hojas, y por qué un barquero tiene que ir y venir siempre sin que nadie lo releve.

—Son preguntas difíciles —respondió ella—. Tú nada más quédate quieto y callado, y pon mucha atención a lo que diga el diablo cuando yo le arranque los tres pelos de oro.

Al caer la noche llegó el diablo a su casa. Apenas entró, sintió que ahí había alguien más.

—Huelo, huelo carne humana —dijo—. Aquí hay algo raro.

Se asomó a todos los rincones y buscó y buscó, pero no encontró nada. La abuela lo regañó:

—Acabo de barrer y de dejar todo en orden, y ya me lo estás revolviendo otra vez. Siempre andas oliendo carne humana. Siéntate y cena.

Cuando terminó de comer y de beber, el diablo estaba cansado. Recostó la cabeza en el regazo de su abuela y le pidió que le buscara un poco los piojos. No tardó mucho en dormirse, y empezó a resoplar y a roncar. Entonces la vieja agarró un pelo de oro, se lo arrancó y lo dejó a un lado.

Un diablo enorme con cuernos de carnero duerme con la cabeza en el regazo de una anciana sentada, que le sostiene un pelo dorado entre los dedos.

—¡Ay! —gritó el diablo—. ¿Qué estás haciendo?

—Tuve un sueño muy feo —respondió la abuela— y del susto te agarré del pelo.

—¿Y qué soñaste? —preguntó el diablo.

—Soñé que la fuente de un mercado, de la que antes brotaba vino, se había secado, y que ya ni agua quería dar. ¿De quién será la culpa?

—¡Ah, si supieran! —respondió el diablo—. Hay un sapo debajo de una piedra, adentro de la fuente. Si lo matan, el vino va a correr otra vez.

La abuela volvió a buscarle los piojos hasta que se durmió y roncó tan fuerte que temblaron las ventanas. Entonces le arrancó el segundo pelo.

—¡Ay! ¿Qué haces? —gritó el diablo, furioso.

—No te enojes —respondió ella—. Lo hice dormida.

—¿Y ahora qué soñaste? —preguntó él.

—Soñé que en cierto reino había un árbol frutal que antes daba manzanas de oro, y que ahora ni hojas quería echar. ¿Cuál será el motivo?

—¡Ah, si supieran! —respondió el diablo—. Hay un ratón que le roe la raíz. Si lo matan, el árbol va a volver a dar manzanas de oro; pero si el ratón sigue royendo, el árbol se seca por completo. Y ya déjame en paz con tus sueños: si me vuelves a molestar mientras duermo, te doy una bofetada.

La abuela lo apaciguó con buenas palabras y le buscó otra vez los piojos, hasta que se durmió y se puso a roncar. Entonces agarró el tercer pelo de oro y se lo arrancó. El diablo se levantó de un salto, gritando, y se le quiso echar encima; pero ella lo calmó una vez más y le dijo:

—¿Quién tiene la culpa de los malos sueños?

—¿Y ahora qué soñaste? —preguntó él, porque la curiosidad le podía.

—Soñé con un barquero que se quejaba de tener que ir y venir siempre de una orilla a la otra, sin que nadie lo relevara. ¿De quién será la culpa?

—¡Ah, el tonto! —respondió el diablo—. Cuando llegue alguien que quiera cruzar, nada más tiene que ponerle la pértiga en la mano; entonces el otro se queda de barquero y él queda libre.

Como la abuela ya le había arrancado los tres pelos de oro y ya tenía las tres respuestas, dejó en paz al viejo diablo, y él durmió hasta que amaneció.

En cuanto el diablo salió de la casa, la vieja sacó a la hormiga de entre los pliegues de su falda y le devolvió al niño de la suerte su forma humana.

—Aquí tienes los tres pelos de oro —le dijo—. Ya habrás oído lo que el diablo contestó a tus tres preguntas.

—Sí —respondió él—, lo oí y no se me va a olvidar.

—Entonces ya estás ayudado —dijo ella—, y puedes seguir tu camino.

Él le dio las gracias a la vieja por la ayuda que le había dado en aquel apuro, salió del infierno y se fue muy contento de que todo le hubiera salido tan bien.

Cuando llegó con el barquero, le tocaba darle la respuesta prometida.

—Primero pásame al otro lado —dijo el niño de la suerte— y ahí te digo cómo te vas a librar.

Y cuando estuvo en la otra orilla, le dio el consejo del diablo:

—Cuando llegue otro que quiera cruzar, nada más ponle la pértiga en la mano.

Siguió su camino y llegó a la ciudad del árbol seco, donde el guardia también esperaba su respuesta. Entonces le dijo lo que le había oído al diablo:

—Maten al ratón que le roe la raíz y el árbol va a volver a dar manzanas de oro.

El guardia le dio las gracias y, de recompensa, le regaló dos burros cargados de oro, que se fueron caminando detrás de él.

Al final llegó a la ciudad de la fuente seca, y le dijo al guardia lo que había dicho el diablo:

—En la fuente, debajo de una piedra, hay un sapo. Búsquenlo y mátenlo, y la fuente va a volver a dar vino en abundancia.

El guardia le dio las gracias y también le regaló dos burros cargados de oro.

Por fin, el niño de la suerte llegó a su casa, con su mujer, que se alegró de todo corazón al verlo de nuevo y al oír lo bien que le había salido todo. Al rey le llevó lo que le había pedido: los tres pelos de oro del diablo. Y cuando el rey vio los cuatro burros cargados de oro, se puso muy contento y dijo:

—Ahora sí se cumplieron todas las condiciones y te puedes quedar con mi hija. Pero dime una cosa, querido yerno, ¿de dónde salió tanto oro? ¡Esto es un tesoro enorme!

—Crucé un río —respondió él— y de ahí lo traje. En esa orilla, en lugar de arena, hay oro.

—¿Y yo también podría traer? —preguntó el rey, muerto de ganas.

—Todo el que usted quiera —respondió—. Hay un barquero en el río; pídale que lo pase, y del otro lado puede llenar todos los costales que lleve.

El rey, que era muy codicioso, se puso en camino a toda prisa, y al llegar al río le hizo señas al barquero para que lo pasara. El barquero llegó y le dijo que subiera, y en cuanto estuvieron en la otra orilla le puso la pértiga en la mano y saltó fuera de la barca. Y desde entonces el rey tuvo que pasar la barca de una orilla a la otra, en castigo por sus pecados.

Un rey viejo con corona y manto de piel va solo en una barca, con una larga pértiga en las manos; en la orilla, un viejo se aleja riendo.

¿Y todavía sigue de barquero?

¡Pues claro! Nadie le ha querido quitar la pértiga.

Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público