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Entre muchas velas, un niño rubio se incorpora asustado en su cama con dosel y, sobre un cojín, un ratón con lentes de oro y cartera roja se quita el sombrero.Original

Ratón Pérez

Luis Coloma

23 min de lectura a partir de 5 años

El rey Buby tiene seis años y espera despierto a Ratón Pérez, con su primer diente bajo la almohada. Cuando por fin aparece el ratón de lentes de oro, el niño se empeña en acompañarlo a recoger el diente de Gilito, un niño muy pobre, aunque en el barrio de Gilito vive un gato llamado don Gaiferos.


Entre la muerte del rey que rabió y la llegada al trono de la reina Maricastaña hay en las crónicas un periodo largo y oscuro, del que casi no quedan noticias. Se sabe, sin embargo, que en aquellos tiempos reinó un tal Buby I, gran amigo de los niños pobres y protector decidido de los ratones.

Para los niños fundó una fábrica de muñecos y caballitos de cartón, y se sabe de buena fuente que de ella salieron los tres caballitos de patas blancas que el rey don Bermudo el Diácono les regaló a los hijos de Hixem I después de la batalla de Burbia.

Se sabe también que el rey Buby prohibió con mucha severidad las ratoneras y dictó leyes muy sensatas para que los gatos cazaran solo en defensa propia. Prueba de ello es el lío que se armó entre la reina doña Goto, viuda de don Sancho Ordóñez, rey de Galicia, y la merindad de Ribas de Sil, cuando quisieron aplicarle las leyes del rey Buby al gato del monasterio de Pombeiro, donde aquella reina vivía retirada.

El asunto fue grave y se recordó durante mucho tiempo, aunque unos autores digan que el gato se llamaba Russaf Mateo y otros lo llamen simplemente Minini. Sea como sea, el hecho está probado, por más que el cronista Vaseo no diga nada, que el Cronicón Iriense no lo mencione y que el buen don Lucas de Tuy haga como que se le olvidó, quizá, quizá, porque así le convenía.

Consta además que el rey Buby empezó a reinar a los seis años bajo la tutela de su madre, una señora muy prudente y cristiana que guiaba sus pasos y velaba a su lado, igual que el ángel de la guarda vela junto a todos los niños buenos.

El rey Buby era entonces un verdadero encanto. Cuando en los días de fiesta le ponían su corona de oro y su manto real bordado, el oro de la corona no brillaba más que su pelo, ni el armiño del manto era más suave que sus mejillas y sus manos. Parecía un muñequito de porcelana fina que, en vez de ponerlo sobre la chimenea, hubieran sentado en el trono.

Un día, mientras el rey comía su sopita, empezó a movérsele un diente. Toda la corte se alarmó, y fueron llegando uno tras otro los médicos de palacio. El caso era serio, porque todo indicaba que a su majestad le había llegado la hora de cambiar los dientes.

Se reunieron todos los médicos en consulta, mandaron un telegrama al famoso doctor Charcot por si había complicaciones nerviosas, y al final decidieron sacarle el diente a su majestad. Los médicos querían dormirlo con cloroformo, y el presidente del Consejo de Ministros se aferró a esa idea con mucha terquedad, porque era tan delicado que él mismo pedía cloroformo cada vez que le cortaban el pelo.

Pero el rey Buby era animoso y valiente, y se empeñó en enfrentar el peligro cara a cara. Eso sí, antes quiso confesarse, porque más vale dejar las cosas hechas a tiempo, y al fin y al cabo el alma puede escaparse lo mismo por la herida de una lanza que por el hueco de un diente.

Le ataron al diente un hilo de seda roja, y el médico más anciano empezó a jalar con tanto pulso y tanto tino que, a medio jalón, el rey hizo un puchero y el diente saltó, tan blanco, tan limpio y tan precioso como una perlita sin montar.

En un salón con ventanales, el médico más anciano jala el hilo de seda roja atado al diente del niño rey, sentado en un sillón dorado; otros tres médicos miran.

El gentilhombre de guardia lo recogió en una charola de oro y fue a presentárselo a la reina. Ella convocó de inmediato al Consejo de Ministros, y las opiniones se dividieron.

Unos querían engarzar el dientecito en oro y guardarlo en el tesoro de la Corona; otros proponían ponerlo en el centro de una joya muy rica y regalárselo a la imagen de la Virgen, patrona del reino. En las dos propuestas se notaba que aquellos ministros cortesanos buscaban más complacer a la madre que servir a la reina.

Pero la reina, que era una mujer lista y no se fiaba de los aduladores, y además era muy prudente y amiga de las tradiciones, decidió que el rey Buby le escribiera una carta muy atenta a Ratón Pérez y que esa misma noche pusiera el diente debajo de la almohada. Así lo han hecho siempre todos los niños, desde que el mundo es mundo, y nadie recuerda una sola vez en que Ratón Pérez no haya ido por el diente ni haya dejado a cambio un regalo espléndido.

Así lo hizo ya en su tiempo el justo Abel, y hasta el grandísimo pícaro de Caín escondió su primer diente, amarillo y apestoso como un diente de ajo, en la piel de perro negro que le servía de almohada. De Adán y Eva no se sabe nada, y eso no le extraña a nadie, porque como nacieron ya grandecitos, claro está que nunca cambiaron los dientes.

Al rey Buby le costó bastante trabajo escribir la carta, pero al final lo consiguió, y con muy buena suerte, porque solo se manchó de tinta los cinco dedos de cada mano, la punta de la nariz, la oreja izquierda, un poquito del botín derecho y el babero de encaje entero, de arriba abajo.

Esa noche se acostó más temprano que de costumbre y mandó que dejaran encendidos en la recámara todos los candelabros y todas las lámparas. Con mucho cuidado puso debajo de la almohada la carta con el diente adentro, y se sentó encima, dispuesto a esperar a Ratón Pérez aunque tuviera que velar hasta el amanecer.

Ratón Pérez tardaba, y el reyecito se entretuvo preparando el discurso que iba a decirle. Al poco rato Buby abría mucho los ojitos, luchando contra el sueño que se los cerraba. Por fin se le cerraron del todo: el cuerpecito se resbaló buscando el calor de las cobijas, y la cabecita quedó sobre la almohada, escondida detrás de un brazo, como esconden los pajaritos la suya debajo del ala.

De pronto sintió algo suave que le rozaba la frente. Se enderezó de un brinco, asustado, y vio delante de él, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lino crudo y una cartera roja cruzada a la espalda.

El rey Buby se le quedó mirando muy espantado. Ratón Pérez, al verlo despierto, se quitó el sombrero con una reverencia que le llegó hasta los pies, inclinó la cabeza como manda la etiqueta de la corte y, en esa postura tan respetuosa, esperó a que su majestad hablara.

Pero su majestad no dijo nada, porque el discurso se le olvidó de golpe. Después de pensarlo mucho, solo atinó a decir, un poco apenado:

—Buenas noches…

A lo que Ratón Pérez respondió, muy conmovido:

—Muy buenas se las dé Dios, Majestad.

Y con tan amables palabras, Buby y Ratón Pérez quedaron hechos los mejores amigos del mundo. Se notaba a leguas que aquel ratón tenía mucho roce, que estaba acostumbrado a pisar alfombras y a tratar con gente distinguida.

Su plática era variada e instructiva, y lo que sabía era para dejar a cualquiera con la boca abierta. Había recorrido todas las cañerías y todos los sótanos de la capital, y había hecho su nido en todos los archivos y bibliotecas: tan solo en la Real Academia Española se había comido, en menos de una semana, tres manuscritos sin publicar que cierto autor famoso había dejado allí.

Habló también de su familia, que no era muy grande: dos hijas ya en edad de casarse, Adelaida y Elvira, y un hijo adolescente, Adolfo, que hacía carrera de diplomático en el mismísimo cajón donde el ministro de Estado guardaba sus notas secretas. De su mujer habló poco y como de pasada, así que el reyecito sospechó que habría allí algún matrimonio desigual, o quizá pleitos entre marido y mujer.

El rey Buby lo escuchaba embobado, y de vez en cuando estiraba la manita sin darse cuenta para agarrarlo de la cola. Pero Ratón Pérez, con un movimiento rápido y ceremonioso, pasaba la cola al otro lado, y así esquivaba la mano del niño sin faltarle en nada al respeto que se le debe a un rey.

Ya era tarde, y como el rey Buby no pensaba en despedirlo, Ratón Pérez dio a entender con mucha habilidad, sin faltar a la etiqueta, que tenía que ir esa misma noche a la calle de Jacometrezo, número 64, a recoger el diente de otro niño, muy pobre, que se llamaba Gilito. El camino era difícil y hasta cierto punto peligroso, porque en el barrio vivía un gato de muy malas intenciones al que llamaban don Gaiferos.

Al rey Buby se le antojó acompañarlo en aquella expedición, y se lo pidió a Ratón Pérez con mucha insistencia. El ratón se quedó pensativo, atusándose el bigote: la responsabilidad era enorme, y además tenía que pasar por su propia casa a recoger el regalo que iba a llevarle a Gilito a cambio de su diente.

A eso respondió el rey Buby que él se sentiría muy honrado de descansar un momento en una casa tan respetable.

Ratón Pérez no pudo resistirse a la vanidad y se apresuró a ofrecerle al rey Buby una taza de té, para ganarse así el derecho a poner cadenas en la puerta de su casa, como se hacía en aquellos tiempos en todas las casas que tenían el honor de hospedar a un rey.

Ratón Pérez vivía en la calle del Arenal, número 8, en los sótanos de la tienda de Carlos Prats, justo enfrente de una gran pila de quesos gruyer que le ofrecían a toda la familia Pérez una despensa cercana y bien surtida.

Loco de contento, el rey Buby se bajó de la cama de un salto y empezó a ponerse la camisita. Pero Ratón Pérez le brincó de repente al hombro y le metió por la nariz la punta de la cola. El reyecito estornudó con gran estruendo y, por un prodigio maravilloso que nadie ha podido explicar hasta el día de hoy, la fuerza misma del estornudo lo convirtió en el ratón más lindo y precioso que pudiera soñar la imaginación de un hada.

Era todo brillante como el oro y suave como la seda, y tenía los ojitos verdes y relucientes como dos esmeraldas pulidas.

Ratón Pérez, ya sin tantas ceremonias, lo tomó de la mano y se metió con él, disparado como una bala, por un agujero que había debajo de la cama, escondido bajo la alfombra.

Corrían como locos por un camino oscuro, húmedo y hasta pegajoso, y a cada paso se cruzaban con enjambres de animalitos diminutos que, a ciegas, los picaban y los mordían.

En una cañería oscura y húmeda, Ratón Pérez, con sombrero de paja, lentes de oro y cartera roja, corre de la mano de un ratoncito dorado de ojos verdes.

A veces Ratón Pérez se detenía en algún cruce y exploraba el terreno antes de seguir. Todo eso puso al rey Buby un poco nervioso y de mal humor, porque llegó a sentir, desde el hocico hasta la punta de la cola, unos escalofríos ligeros que le parecieron señales de miedo. Pero entonces se acordó del viejo dicho:

El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente.

Así que, con ayuda de la razón, venció el miedo y fue valiente, que en eso consiste el verdadero valor.

Solo una vez, al oír sobre su cabeza un estruendo espantoso, como si pasaran por encima diez docenas de carruajes, le preguntó muy bajito a Ratón Pérez si era ahí donde vivía don Gaiferos. El ratón le contestó que no con un movimiento de la cola, y siguieron adelante.

Al poco rato entraron en una rampa suave que iba a dar a un sótano amplio, con el piso muy bien enlosado, donde se respiraba un aire tibio con olor a queso. Le dieron la vuelta a una enorme pila de quesos y se encontraron frente a una gran caja de galletas inglesas.

Ahí vivía la familia de Ratón Pérez, bajo el techo de Carlos Prats, tan a sus anchas y tan a gusto como vivía en su queso de Holanda la famosa rata de la fábula.

Ratón Pérez le presentó al rey Buby a su familia como un turista extranjero que estaba de visita en la capital, y las ratonas lo recibieron con esa soltura elegante de las señoras acostumbradas a tener visitas. Las señoritas hacían labores de costura con su institutriz, Miss Old-Cheese, una ratona inglesa muy culta, y la señora Pérez le bordaba a su marido un precioso gorro con borla, junto a una chimenea donde ardía un fuego alegre de colitas de pasas.

Al rey Buby le gustó mucho aquella casa tranquila de familia acomodada, que mostraba en cada detalle esa dorada medianía de la que hablan los poetas como del mejor estado para encontrar paz y felicidad en esta vida.

Adelaida y Elvira sirvieron el té en unas tacitas preciosas hechas con cáscaras de frijol, y luego hubo un poco de música. Adelaida cantó con el arpa el aria de Desdémona, la del sauce, con tanto gusto y tan afinada que el rey Buby quedó encantado.

Adelaida no era bonita, pero tenía modales muy distinguidos, y movía la cola con cierta coquetería melancólica que, sin duda, revelaba alguna pena secreta.

Elvira, en cambio, era vivaracha y hasta un poco ordinaria, pero se le desbordaba la energía por los ojos. Cuando cantó al piano, con voz trágica y con todo el rencor de su raza contra los gatos, el rey Buby creyó tener delante a una guerrera espartana entonando el himno de las Termópilas:

En el Hospital del Rey hay un ratón con tercianas, y una gatita morisca le está encomendando el alma.

Junto a la chimenea, la señora Pérez borda, una ratona toca el arpa, otra el piano, la institutriz lee con impertinentes y el ratón dorado toma té.

En eso entró Adolfo, que volvía del Jockey Club, donde, para gran pena de sus papás, perdía el tiempo y el dinero jugando póquer con los ratones agregados a la embajada alemana.

De tanto tratar con aquellos diplomáticos se le habían subido los humos y se le habían pegado las costumbres extranjeras, y no tenía otro tema de conversación que el polo y el lawn tennis.

Con gusto se habría quedado el rey Buby más rato, pero Ratón Pérez, que había salido un momento, volvió con la cartera cruzada a la espalda, al parecer bien llena, y le hizo saber con todo respeto que ya era hora de irse.

El rey Buby se despidió con mucha gracia y mucha cortesía, y la señora Pérez, en un arranque de cariño un poco de señora de barrio, le plantó un sonoro beso en cada mejilla. Adelaida le tendió la pata con un aire sentimental que parecía decir «¡hasta el cielo!».

Elvira le dio un apretón de manos al estilo inglés, y Miss Old-Cheese le hizo una reverencia muy ceremoniosa, al estilo de la reina Ana de Inglaterra, y lo siguió mirando a través de sus impertinentes de carey hasta que lo perdió de vista.

Adolfo también se mostró muy atento: los acompañó hasta la entrada de la cañería, y allí le repitió a Buby que con gusto lo presentaría en el Polo Club, y le recomendó por tercera vez las raquetas J. Tate del número 12, o cuando mucho del 12 y medio. Las del 13 ya resultaban algo pesadas para unas manos de ratón.

El reyecito se lo agradeció mucho y se despidió pensando que Adolfo sería muy elegante, eso sí, pero que sin duda tenía la cabeza llena de aire.

Buby y Ratón Pérez emprendieron otra vez su carrera desenfrenada, ahora con tantas precauciones que el reyecito se asustó.

Delante iba un pelotón numeroso de ratones fornidos, todos gente de guerra, cuyas bayonetas de finas agujas brillaban de vez en cuando en la oscuridad. Detrás venía otro pelotón igual de numeroso, también armado hasta los dientes.

Entonces Ratón Pérez confesó que no se había atrevido a emprender aquella expedición sin una aguerrida escolta de cazadores ligeros que protegiera como era debido al joven rey que con tanta nobleza se había puesto en sus manos.

De repente el rey Buby vio que la vanguardia entera desaparecía por un agujero estrecho por donde se escapaban unos reflejos de luz tenue.

Había llegado el momento del peligro. Ratón Pérez, con la punta de la cola vibrando suavemente, asomó poco a poco el hocico por aquel boquete temible. Observó un segundo, retrocedió dos pasos, volvió a avanzar despacio y, de pronto, agarró al rey Buby de la mano, se lanzó por el agujero rápido como una flecha, cruzó como un rayo una cocina muy grande y desapareció por otro agujero que había justo enfrente, detrás del fogón.

Así como hoy se ven pasar los postes del telégrafo por la ventanilla de un tren, así vio pasar el rey Buby, en su veloz carrera, el cuadro aterrador de aquella cocina… Junto al fogón, al calorcito de las brasas medio cubiertas de ceniza, dormía el temido don Gaiferos, un gatazo enorme, gris azulado, de raza cartujana, cuyos bigotes erizados subían y bajaban al compás de su respiración pausada…

La guardia de ratones, inmóvil, callada y lista, casi mordiendo ya el cartucho, protegía el paso del rey Buby. Desde el gato dormido hasta los dos agujeros, el de entrada y el de salida, había formado el temible triángulo romano de la batalla de Ecnomo…

Aquello era imponente y aterrador…

Una viejita feísima dormía en una silla, con el tejido a medio hacer caído sobre el regazo.

En una cocina oscura, un gatazo gris azulado duerme junto al fogón; Ratón Pérez cruza con el ratón dorado ante una fila de ratones con agujas.

El peligro terminó en cuanto cruzaron el agujero de salida, y ya solo faltaba subir al último cuartito bajo el techo de esa misma casa, que era donde vivía Gilito. Aquella pobre habitación, abierta a todos los vientos, tenía entradas por todas partes, y los ratones la invadieron por rendijas, grietas y agujeros, como quien entra en una ciudad sin murallas.

El rey Buby se trepó al travesaño de una silla sin asiento, la única que había, y desde ahí pudo ver de un vistazo todo aquel cuadro de miseria horrible, que nunca se habría podido ni siquiera imaginar.

Era un cuartucho inmundo, donde por un lado el techo se juntaba con el suelo y por el otro no se separaba lo bastante como para que cupiera un hombre de pie. Por las incontables rendijas entraba el viento helado del amanecer, que ya clareaba, y debajo de las tejas del techo colgaban grandes pedazos de hielo.

No había más muebles que la silla que le servía de observatorio al rey Buby, una canasta de pan vacía colgada del techo a la altura de la mano y, en el rincón más resguardado del frío, una cama de paja y trapos donde dormían abrazados Gilito y su mamá.

Ratón Pérez se acercó, llevando al rey Buby de la mano. Cuando el rey vio de cerca al pobre Gilito, con las manitas heladas asomando por los trapos miserables que lo tapaban y la carita preciosa pegada al pecho de su madre para buscar ahí un poco de calor, se le encogió el corazón de pena y de asombro, y se echó a llorar amargamente.

¡Pero si él nunca había visto algo así!… ¿Cómo era posible que hasta entonces no hubiera sabido que había niños pobres que tenían hambre y frío, y que se morían de miseria y de tristeza en un cuartucho horrible?… ¡Ya no quería ni cobijas en su cama mientras hubiera en su reino un solo niño que no tuviera por lo menos tres pantaloncitos de franela y un trajecito de algodón!…

Ratón Pérez, conmovido también, se secó a escondidas una lágrima con la pata, y para calmar el dolor del rey Buby le enseñó la brillante monedita de oro que iba a dejar bajo la almohada de Gilito, a cambio de su primer diente.

En un cuartucho helado, una madre y su hijo duermen abrazados en la paja; arriba, junto a una canasta vacía, el ratón dorado llora y Ratón Pérez lo consuela.

En eso despertó la mamá de Gilito y se incorporó en la cama, mirando al niño dormido. Ya amanecía, y ella tenía que levantarse para ganarse un jornal miserable lavando ropa en el río. Tomó en brazos a Gilito, que seguía medio dormido, y lo puso de rodillas delante de una estampita del Niño Jesús de Praga pegada en la pared, justo encima de la cama.

El rey Buby y Ratón Pérez se pusieron de rodillas con el mayor respeto, y hasta los cazadores ligeros se arrodillaron también, dentro de la canasta vacía donde andaban husmeando sin hacer ruido.

Gilito y su mamá rezan de rodillas ante una estampita del Niño Jesús; Ratón Pérez y el ratón dorado juntan las patas, y cuatro ratones rezan en una canasta.

El niño empezó a rezar:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Al oírlo, el rey Buby hizo un gesto de enorme sorpresa y se quedó mirando a Ratón Pérez con la boca abierta.

El ratón comprendió su asombro y le clavó una mirada penetrante, pero no dijo una sola palabra; sin duda esperaba que fuera otro quien las dijera.

Emprendieron el viaje de regreso callados y pensativos, y media hora después el rey Buby entraba en su recámara con Ratón Pérez.

Allí el ratón volvió a meterle en la nariz la punta de la cola. Buby estornudó otra vez con gran estruendo y se encontró acostadito en su cama, en los brazos de la reina, que lo despertaba como todos los días con un beso cariñoso de mamá.

Al principio Buby creyó que todo había sido un sueño, pero levantó enseguida la almohada para buscar la carta a Ratón Pérez que había dejado allí la noche anterior, y la carta ya no estaba.

En su lugar había un estuche precioso con la insignia del Toisón de Oro, toda cuajada de diamantes, el magnífico regalo que el generoso Ratón Pérez le dejaba a cambio de su primer diente.

Sin embargo, el reyecito lo dejó caer sobre la rica colcha casi sin mirarlo, y se quedó un largo rato pensativo, con el codo apoyado en la almohada. De pronto dijo, con esa cara seria y meditabunda que ponen a veces los niños cuando piensan mucho o cuando sufren:

—Mamá… ¿por qué los niños pobres rezan lo mismo que yo, «Padre nuestro, que estás en el cielo»?…

La reina le respondió:

—Porque Dios es su padre, igual que es el tuyo.

—Entonces —contestó Buby, todavía más pensativo— somos hermanos…

—Sí, hijo mío; son tus hermanos.

A Buby se le llenaron los ojitos de un asombro muy hondo, y con la voz empañada por las lágrimas y el pechito temblando por un sollozo, preguntó:

—¿Y por qué yo soy rey y tengo de todo, y ellos son pobres y no tienen nada?

La reina lo apretó contra su corazón con un amor inmenso, le dio un beso en la frente y le dijo:

—Porque tú eres el hermano mayor, que eso es ser rey… ¿Lo entiendes, Buby?… Y Dios te ha dado de todo para que cuides, en todo lo que puedas, que a tus hermanos menores no les falte nada.

La reina, vestida de negro, abraza en la cama al niño rey, que llora pensativo, y le besa la cabeza; en la colcha hay un estuche abierto con el Toisón de Oro.

—Yo no sabía eso —dijo Buby, moviendo con tristeza la cabecita.

Y sin acordarse más del Toisón de Oro, se puso a rezar, como todos los días, sus oraciones de la mañana. Mientras rezaba, le parecía que todos los Gilitos pobres y desamparados del reino se juntaban a su alrededor, alzando también sus manitas hacia Dios, y que él decía, como hermano mayor, en nombre de todos:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Y cuando el rey Buby llegó a ser un hombre y un gran guerrero, y tuvo que pedirle ayuda a Dios en los momentos difíciles y darle gracias en las alegrías, siempre dijo, en nombre de todos sus súbditos, pobres y ricos, buenos y malos:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Y cuando el rey Buby murió, ya muy viejito, y su alma buena llegó a las puertas del cielo, se arrodilló allí y dijo como siempre:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Y apenas lo dijo, le abrieron las puertas de par en par miles y miles de Gilitos pobres, de los que había sido rey, es decir, hermano mayor, aquí en la tierra…

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Adaptado por Talerie, fuente: Ratón Pérez. Cuento infantil (se abre en una ventana nueva) Dominio público