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Blancanieve y Rojarosa

Blancanieve y Rojarosa

Hermanos Grimm

13 min de lectura6–12 años

Dos hermanas bondadosas viven en una cabaña con su madre, y durante el invierno reciben la visita de un oso que se convierte en su amigo. Después de varios encuentros con un enano malvado e ingrato, descubren que el oso es en realidad un príncipe encantado que ha sido liberado de su hechizo.


Una viuda pobre vivía sola en una pequeña cabaña, y delante de la cabaña había un jardín con dos rosales: uno daba rosas blancas y el otro rosas encarnadas. La mujer tenía dos hijas que se parecían a los dos rosales, y una se llamaba Blancanieve y la otra Rojarosa. Eran las dos niñas tan buenas y piadosas, tan trabajadoras y animosas como jamás se hayan visto en el mundo; solo que Blancanieve era más callada y dulce que Rojarosa. A Rojarosa le gustaba más correr por los prados y los campos, buscar flores y cazar mariposas; Blancanieve, en cambio, se quedaba en casa con su madre, la ayudaba en las tareas o le leía en voz alta cuando no había nada que hacer. Las dos hermanas se querían tanto que siempre iban de la mano cuando salían juntas, y cuando Blancanieve decía: «No nos separaremos nunca», Rojarosa contestaba: «Mientras vivamos, jamás», y la madre añadía: «Lo que una tenga, ha de compartirlo con la otra».

A menudo iban solas por el bosque recogiendo frutos rojos, pero ningún animal les hacía daño; al contrario, se acercaban con confianza. La liebrecilla comía una hoja de col de sus manos, el corzo pacía a su lado, el ciervo pasaba brincando alegremente, y los pájaros se quedaban en las ramas cantando cuanto sabían.

Nunca les ocurría ninguna desgracia: si se les hacía tarde en el bosque y les sorprendía la noche, se tendían una junto a otra sobre el musgo y dormían hasta la mañana, y su madre lo sabía y no se inquietaba por ellas.

Una vez que pasaron la noche en el bosque y las despertó la aurora, vieron a un niño muy hermoso, vestido con una túnica blanca y resplandeciente, sentado junto a su lecho. Se levantó, las miró con dulzura, pero no dijo nada y se internó en el bosque. Y cuando miraron a su alrededor, se dieron cuenta de que habían dormido muy cerca de un precipicio, y que sin duda habrían caído en él si en la oscuridad hubieran dado unos pasos más. La madre les dijo que aquel debía de ser el ángel que vela por los niños buenos.

Blancanieve y Rojarosa tenían la cabaña de su madre tan limpia que daba gusto asomarse a ella. En verano, Rojarosa cuidaba de la casa y cada mañana, antes de que su madre despertara, le ponía junto a la cama un ramillete en el que había una rosa de cada rosal. En invierno, Blancanieve encendía el fuego y colgaba el caldero del gancho; el caldero era de latón, pero brillaba como el oro, de tan bien fregado que estaba. Por las noches, cuando caían los copos, decía la madre: «Ve, Blancanieve, y echa el cerrojo», y luego se sentaban junto al hogar; la madre se ponía los anteojos y leía en un libro grande, y las dos niñas escuchaban mientras hilaban. Cerca de ellas dormía en el suelo un corderillo, y detrás, sobre una vara, se posaba una tórtola blanca con la cabeza escondida bajo el ala.

Una noche, estando tan a gusto todos juntos, llamaron a la puerta, como pidiendo que le abrieran. La madre dijo: «De prisa, Rojarosa, abre; será algún caminante que busca cobijo». Rojarosa fue a descorrer el cerrojo, pensando que sería un pobre hombre, pero no lo era: era un oso, que asomó su gran cabeza negra por la puerta. Rojarosa dio un grito y saltó hacia atrás, el corderillo se puso a balar, la tórtola echó a volar por el cuarto y Blancanieve corrió a esconderse detrás de la cama de su madre. Pero el oso se puso a hablar y dijo: «No tengáis miedo, no os haré ningún daño; estoy medio helado y solo quiero calentarme un poco con vosotras». «Pobre oso —dijo la madre—, échate junto al fuego, y ten cuidado de no quemarte la piel.» Después llamó: «Blancanieve, Rojarosa, salid; el oso no os hará nada, es de buenas intenciones». Entonces las dos se acercaron, y poco a poco también el corderillo y la tórtola perdieron el miedo.

El oso dijo: «Niñas, sacudidme un poco la nieve de la piel», y ellas cogieron la escoba y le barrieron todo el pelaje; después él se tendió junto al fuego y gruñía muy contento y a sus anchas. No tardaron en tomar del todo confianza y en hacer travesuras con aquel torpe huésped. Le revolvían el pelo con las manos, le ponían los piececitos en el lomo y lo hacían rodar de un lado a otro, o cogían una vara de avellano y le sacudían, y cuando él gruñía, ellas se reían. El oso lo dejaba hacer de buena gana, y solo cuando pasaban de la raya exclamaba:

«¡Dejadme vivir, niñas! Blancanieve y Rojarosa, ¡no matéis a quien os quiere por esposa!»

Cuando llegó la hora de dormir y las demás se fueron a la cama, la madre dijo al oso: «Quédate en buena hora junto al hogar, y así estarás resguardado del frío y del mal tiempo». En cuanto amaneció, las dos niñas le abrieron la puerta, y él salió trotando sobre la nieve hacia el bosque. Desde entonces, el oso volvía todas las noches a la misma hora, se tendía junto al fuego y dejaba que las niñas jugaran con él cuanto quisieran; y tanto se habían acostumbrado a él que no echaban el cerrojo hasta que llegaba su negro compañero.

Cuando llegó la primavera y todo reverdeció, dijo una mañana el oso a Blancanieve: «Ahora debo marcharme, y no podré volver en todo el verano». «¿Adónde vas, querido oso?», le preguntó Blancanieve. «Tengo que ir al bosque y guardar mis tesoros de los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está dura y helada, no tienen más remedio que quedarse bajo tierra, pues no pueden abrirse paso; pero ahora que el sol ha deshelado y calentado la tierra, salen a la superficie, buscan y roban. Y lo que una vez cae en sus manos y va a parar a sus cuevas, no vuelve a ver fácilmente la luz del día.» Blancanieve se entristeció mucho por la despedida, y cuando le abrió la puerta y el oso se apretó para salir, se enganchó en el gancho y se le rasgó un poco la piel; a Blancanieve le pareció ver brillar oro por debajo, pero no estaba segura. El oso se alejó a toda prisa y pronto desapareció entre los árboles.

Poco después, la madre envió a las niñas al bosque a recoger leña menuda. Allí encontraron un árbol grande, caído en el suelo, y junto al tronco algo saltaba entre la hierba, sin que pudieran distinguir qué era. Al acercarse, vieron a un enano de rostro viejo y arrugado y una barba blanca de una vara de largo. La punta de la barba se le había quedado atrapada en una hendidura del árbol, y el hombrecillo saltaba de acá para allá como un perrillo atado a una cuerda, sin saber qué hacer. Miró a las niñas con sus ojos rojos y encendidos y gritó: «¿Qué hacéis ahí paradas? ¿No podéis acercaros y ayudarme?». «¿Qué te ha pasado, hombrecillo?», preguntó Rojarosa. «Boba curiosa —respondió el enano—, quería partir el árbol para tener leña menuda en la cocina; con los troncos gruesos se quema enseguida el poquito de comida que necesitamos los de nuestra raza, que no engullimos tanto como vosotros, gente grosera y tragona. Ya había metido bien la cuña, y todo iba a pedir de boca, pero la maldita madera era demasiado resbaladiza y la cuña saltó de repente; el árbol se cerró tan de prisa que no pude sacar mi hermosa barba blanca, y ahí se ha quedado, y ya no puedo moverme. ¡Y encima se ríen estas caras lisas y necias! ¡Uf, qué feas sois!»

Por más que se esforzaron las niñas, no consiguieron sacarle la barba: estaba metida con demasiada fuerza. «Voy a correr a buscar gente», dijo Rojarosa. «¡Cabezas huecas! —chilló el enano—. ¿A qué llamar a nadie? Ya sois dos de más para mi gusto. ¿No se os ocurre nada mejor?» «No te impacientes —dijo Blancanieve—, yo encontraré remedio», y, sacando las tijeras del bolsillo, le cortó la punta de la barba. En cuanto el enano se sintió libre, agarró un saco lleno de oro que estaba metido entre las raíces del árbol, lo sacó y refunfuñó para sí: «¡Gente ordinaria, que me cortan un trozo de mi orgullosa barba! ¡Que os lo pague el cuco!». Y, echándose el saco al hombro, se marchó sin volver a mirar siquiera a las niñas.

Algún tiempo después, Blancanieve y Rojarosa quisieron pescar unos peces para la comida. Cuando estaban cerca del arroyo, vieron que algo parecido a un gran saltamontes brincaba hacia el agua, como si quisiera echarse a ella. Corrieron y reconocieron al enano. «¿Adónde vas? —dijo Rojarosa—. No irás a tirarte al agua, ¿verdad?» «¡No soy tan tonto! —gritó el enano—. ¿No veis que es ese maldito pez el que quiere arrastrarme adentro?» El hombrecillo había estado allí pescando y, por desgracia, el viento le había enredado la barba con el sedal; cuando enseguida picó un pez muy grande, a la débil criatura le faltaron fuerzas para sacarlo, y el pez, que tenía la ventaja, tiraba del enano hacia sí. Él se agarraba a todos los juncos y hierbas, pero de poco le servía: tenía que seguir los tirones del pez y corría continuo peligro de caer al agua. Las niñas llegaron a tiempo, lo sujetaron con fuerza e intentaron desenredarle la barba del sedal, pero fue en vano: barba y sedal estaban firmemente enmarañados. No quedó más remedio que sacar las tijeras y cortarle la barba, con lo que se perdió otro trocito. Cuando el enano lo vio, les gritó: «¿Son maneras esas, sabandijas, de estropearle a uno la cara? ¿No os bastaba con haberme recortado la barba por abajo, que ahora me cortáis el mejor trozo? ¡Así no puedo presentarme ante los míos! ¡Ojalá tengáis que correr descalzas y perdáis las suelas de los zapatos!». Luego cogió un saco de perlas que estaba entre los cañaverales y, sin decir una palabra más, se lo llevó a rastras y desapareció detrás de una piedra.

Sucedió que, poco después, la madre envió a las dos niñas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino pasaba por un páramo en el que había, aquí y allá, enormes peñascos dispersos. Vieron entonces un gran pájaro que planeaba en el aire, dando vueltas lentamente sobre ellas, descendiendo cada vez más, hasta que al fin se lanzó al suelo junto a una roca. Enseguida oyeron un grito penetrante y lastimero. Corrieron hacia allí y vieron con espanto que un águila había atrapado a su viejo conocido, el enano, y quería llevárselo. Las niñas, compasivas, sujetaron al hombrecillo de inmediato y forcejearon con el águila hasta que soltó su presa. Cuando el enano se repuso del primer susto, chilló con su voz chirriante: «¿No podíais tratarme con más cuidado? Habéis tirado de tal modo de mi fino abrigo que me lo habéis dejado hecho jirones y lleno de agujeros. ¡Torpes y patosas que sois!». Luego cogió un saco de piedras preciosas y se deslizó de nuevo a su cueva, bajo la roca. Las niñas ya estaban acostumbradas a su ingratitud, así que siguieron su camino e hicieron sus compras en la ciudad.

Cuando, de regreso, volvieron a cruzar el páramo, sorprendieron al enano, que en un rincón bien limpio había vaciado su saco de piedras preciosas, sin pensar que a aquellas horas, ya tan tarde, pasara alguien por allí. El sol poniente iluminaba las relucientes piedras, que brillaban y resplandecían con tal esplendor en todos los colores que las niñas se detuvieron a contemplarlas. «¿Qué hacéis ahí embobadas?», gritó el enano, y su rostro, gris de costumbre, se puso rojo como el bermellón de rabia. Iba a continuar con sus insultos cuando se oyó un fuerte gruñido y un oso negro llegó trotando desde el bosque. Aterrado, el enano se puso en pie de un salto, pero no pudo llegar a su escondrijo: el oso ya estaba muy cerca. Entonces le suplicó con angustia en el corazón: «Querido señor oso, perdonadme; os daré todos mis tesoros, mirad las hermosas piedras preciosas que hay ahí. Dejadme la vida, ¿qué sacáis de un pobre enano flacucho como yo? Ni me notaréis entre los dientes. Ahí tenéis a esas dos niñas malvadas: para vos son bocados tiernos, gordas como codornices jóvenes. Comeoslas, en nombre de Dios». Pero el oso, sin hacer caso de sus palabras, dio a la malvada criatura un solo golpe con la zarpa, y ya no volvió a moverse.

Las niñas habían echado a correr, pero el oso las llamó: «Blancanieve, Rojarosa, no tengáis miedo, esperad, iré con vosotras». Reconocieron su voz y se detuvieron, y cuando el oso llegó junto a ellas, de pronto se le cayó la piel de oso y apareció un hermoso joven, vestido todo de oro. «Soy hijo de un rey —dijo—, y el malvado enano, que me había robado mis tesoros, me hechizó para que corriera por el bosque convertido en oso salvaje, y no podía librarme del hechizo hasta que él muriera. Ahora ha recibido el castigo que merecía.»

Blancanieve se casó con él, y Rojarosa con su hermano, y se repartieron entre ellos los grandes tesoros que el enano había amontonado en su cueva. La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz junto a sus hijos. Y los dos rosales se los llevó consigo, y quedaron delante de su ventana, dando cada año las más hermosas rosas, blancas y encarnadas.