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Un jardinero bajito y sonriente llena de prímulas una gran canasta que un molinero robusto, con un tablón al hombro, le tiende sobre la barda de piedra.Original

El amigo fiel

Oscar Wilde

23 min de lecturaa partir de 7 años

El pequeño Hans le entrega todo a su amigo el rico Molinero, hasta que una noche de tormenta Hans va por el doctor sin farol, se pierde en el páramo y se ahoga. Después del entierro el Molinero se queja de la carretilla, y cuando el Pardillo menciona la moraleja, la Rata de agua grita «¡Bah!» y se mete en su agujero.


Una mañana, la vieja Rata de agua asomó la cabeza fuera de su agujero. Tenía unos ojillos brillantes como cuentas, unos bigotes grises y tiesos, y una cola que parecía un largo pedazo de hule negro. Los patitos nadaban por el estanque, igualitos a un montón de canarios amarillos, y su madre, que era blanquísima y tenía las patas de un rojo muy vivo, trataba de enseñarles a pararse de cabeza en el agua.

—Nunca van a entrar a la buena sociedad si no saben pararse de cabeza —les repetía una y otra vez, y de cuando en cuando les enseñaba cómo se hacía.

Pero los patitos no le hacían caso. Eran tan pequeños que todavía no sabían la gran ventaja que es pertenecer a la sociedad.

—¡Qué niños tan desobedientes! —exclamó la vieja Rata de agua—. De veras merecerían ahogarse.

—Nada de eso —contestó la Pata—. Todos tienen que empezar alguna vez, y a los padres nunca les sobra la paciencia.

—¡Ah! Yo no sé nada de los sentimientos de los padres —dijo la Rata de agua—. No soy padre de familia. La verdad es que nunca me he casado, ni pienso casarme. El amor está muy bien a su manera, pero la amistad es algo mucho más alto. De hecho, no conozco nada en el mundo que sea más noble ni más raro que una amistad fiel.

—¿Y cuáles son, si se puede saber, los deberes de un amigo fiel? —preguntó un Pardillo verde que estaba posado en un sauce cercano y había oído la conversación.

En un estanque con sauces y juncos, una rata de agua parda le habla a una pata blanca con seis patitos amarillos; un pardillo verde escucha desde una rama.

—Sí, eso es justo lo que yo quiero saber —dijo la Pata, y nadó hasta el otro extremo del estanque, donde se paró de cabeza para darles buen ejemplo a sus hijos.

—¡Qué pregunta tan tonta! —exclamó la Rata de agua—. Pues espero que mi amigo fiel me sea fiel a mí, claro está.

—¿Y tú qué harías a cambio? —preguntó el pajarito, que se columpiaba en una ramita plateada y agitaba las alas diminutas.

—No te entiendo —contestó la Rata de agua.

—Déjame contarte una historia sobre eso —dijo el Pardillo.

—¿Es una historia sobre mí? —preguntó la Rata de agua—. Si es así, la voy a escuchar, porque la ficción me gusta muchísimo.

—Tiene que ver contigo —contestó el Pardillo, y bajó volando, se posó en la orilla y contó la historia del amigo fiel.

—Había una vez —dijo el Pardillo— un hombrecito honrado que se llamaba Hans.

—¿Era muy distinguido? —preguntó la Rata de agua.

—No —contestó el Pardillo—. No creo que tuviera nada de distinguido, salvo su buen corazón y su cara redonda, chistosa y bonachona. Vivía solo en una casita diminuta y todos los días trabajaba en su jardín. En toda la comarca no había un jardín tan hermoso como el suyo.

Allí crecían claveles del poeta y alhelíes, bolsas de pastor y ranúnculos. Había rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranes lilas y dorados, violetas moradas y blancas. La aguileña y la cardamina, la mejorana y la albahaca silvestre, la vellorita y el lirio, el narciso y el clavel se abrían cada uno a su tiempo, según pasaban los meses; en cuanto una flor se marchitaba, otra se abría en su lugar, de modo que siempre había cosas bonitas que ver y aromas agradables que oler.

El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero el más fiel de todos era el gran Hugo, el Molinero. Tan fiel era el rico Molinero al pequeño Hans que nunca pasaba junto a su jardín sin asomarse por encima de la barda y cortar un buen ramo de flores o un puñado de hierbas de olor, o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y cerezas, si era temporada de fruta.

—Los verdaderos amigos deben tenerlo todo en común —solía decir el Molinero, y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonreía y se sentía muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles.

A veces, es cierto, a los vecinos les parecía raro que el rico Molinero nunca le diera nada a cambio al pequeño Hans, aunque tenía cien costales de harina guardados en el molino, seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas lanudas. Pero Hans nunca se ponía a pensar en esas cosas, y nada le daba más gusto que escuchar todo lo maravilloso que el Molinero decía sobre el desinterés de la verdadera amistad.

Así que el pequeño Hans seguía trabajando en su jardín. En primavera, en verano y en otoño era muy feliz, pero cuando llegaba el invierno y no tenía frutas ni flores que llevar al mercado, pasaba mucho frío y mucha hambre, y a menudo tenía que acostarse sin más cena que unas cuantas peras secas o unas nueces duras. En invierno, además, se sentía muy solo, porque el Molinero nunca iba a verlo.

—No tiene caso que vaya a ver al pequeño Hans mientras dure la nieve —solía decirle el Molinero a su mujer—, porque cuando la gente está en apuros hay que dejarla en paz y no molestarla con visitas. Esa, por lo menos, es mi idea de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Así que voy a esperar a que llegue la primavera, y entonces iré a visitarlo, y él podrá darme una buena canasta de prímulas, y eso lo hará muy feliz.

—Desde luego eres muy considerado con los demás —contestó su mujer, sentada en el cómodo sillón junto al gran fuego de leña de pino—, muy considerado. Da gusto oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que ni el señor cura podría decir cosas tan bonitas como las que tú dices, y eso que vive en una casa de tres pisos y lleva un anillo de oro en el dedo meñique.

—Pero ¿no podríamos invitar al pequeño Hans a la casa? —dijo el hijo menor del Molinero—. Si el pobre Hans está en apuros, yo le doy la mitad de mi avena y le enseño mis conejos blancos.

—¡Qué niño tan tonto eres! —gritó el Molinero—. De veras no sé de qué sirve mandarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Mira: si el pequeño Hans viniera aquí y viera nuestro buen fuego, nuestra buena cena y nuestro gran barril de vino tinto, podría sentir envidia, y la envidia es una cosa terrible que le echa a perder el carácter a cualquiera. Y yo, desde luego, no voy a permitir que se le eche a perder el carácter a Hans. Soy su mejor amigo, y siempre voy a velar por él y a cuidar que no caiga en ninguna tentación. Además, si Hans viniera, a lo mejor me pediría que le fiara un poco de harina, y eso no podría hacerlo. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no hay que confundirlas. Si hasta se escriben distinto y quieren decir cosas muy diferentes. Eso lo ve cualquiera.

—¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del Molinero, mientras se servía un vaso grande de cerveza tibia—. De veras, hasta me está dando sueño. Es como estar en la iglesia.

—Mucha gente hace las cosas bien —contestó el Molinero—, pero muy poca habla bien, lo que demuestra que hablar es, de las dos cosas, la más difícil y también la más fina.

Y miró con severidad, por encima de la mesa, a su hijito, que sintió tanta vergüenza que agachó la cabeza, se puso muy colorado y se echó a llorar sobre su taza de té. Pero era tan pequeño que hay que disculparlo.

Junto al fuego, el Molinero sonríe y alza un dedo ante su hijo, que llora sobre su taza; su mujer dormita en un sillón con un vaso de cerveza al lado.

—¿Ese es el final de la historia? —preguntó la Rata de agua.

—Claro que no —contestó el Pardillo—. Ese es el principio.

—Entonces estás muy atrasado —dijo la Rata de agua—. Hoy en día todo buen narrador empieza por el final, luego sigue con el principio y termina con la parte de en medio. Es el método nuevo. Me lo explicó todo el otro día un crítico que paseaba alrededor del estanque con un joven. Habló del asunto un buen rato, y estoy seguro de que tenía razón, porque llevaba anteojos azules y era calvo, y cada vez que el joven decía algo, él le contestaba: «¡Bah!». Pero, por favor, sigue con tu historia. El Molinero me cae muy bien. Yo también tengo toda clase de sentimientos hermosos, así que él y yo nos entenderíamos de maravilla.

—Pues bien —dijo el Pardillo, brincando ahora sobre una pata y luego sobre la otra—, en cuanto pasó el invierno y las prímulas empezaron a abrir sus pálidas estrellas amarillas, el Molinero le dijo a su mujer que iba a bajar a ver al pequeño Hans.

—¡Ay, qué buen corazón tienes! —exclamó su mujer—. Siempre estás pensando en los demás. Y no se te olvide llevar la canasta grande para las flores.

Así que el Molinero amarró las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la canasta al brazo.

—Buenos días, pequeño Hans —dijo el Molinero.

—Buenos días —dijo Hans, apoyado en la pala y sonriendo de oreja a oreja.

—¿Y cómo te fue todo el invierno? —preguntó el Molinero.

—¡Ay, qué amable eres al preguntar! —exclamó Hans—. Muy amable. Me temo que la pasé bastante mal, pero ya llegó la primavera, y estoy muy contento, y todas mis flores van muy bien.

—Hablamos mucho de ti durante el invierno, Hans —dijo el Molinero—, y nos preguntábamos cómo te iría.

—Qué amables —dijo Hans—. Ya casi me daba miedo que te hubieras olvidado de mí.

—Hans, me sorprendes —dijo el Molinero—. La amistad nunca olvida. Eso es lo maravilloso que tiene, pero me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. Por cierto, ¡qué bonitas se ven tus prímulas!

—Sí que están bonitas —dijo Hans—, y es una suerte para mí tener tantas. Voy a llevarlas al mercado para vendérselas a la hija del alcalde, y con el dinero voy a volver a comprar mi carretilla.

—¿Volver a comprar tu carretilla? ¿No me digas que la vendiste? ¡Qué tontería tan grande!

—La verdad es que no tuve más remedio —dijo Hans—. Verás, el invierno fue muy duro para mí, y de veras no tenía ni un centavo para comprar pan. Así que primero vendí los botones de plata de mi saco de los domingos, luego mi cadena de plata, luego mi pipa grande, y al final mi carretilla. Pero ahora voy a volver a comprarlo todo.

—Hans —dijo el Molinero—, te voy a dar mi carretilla. No está en muy buen estado; de hecho, le falta un costado y la rueda tiene los rayos en mal estado; pero aun así te la voy a dar. Sé que es muy generoso de mi parte, y mucha gente pensaría que soy un tonto por deshacerme de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad y, además, ya tengo una carretilla nueva para mí. Sí, puedes quedarte tranquilo: te voy a dar mi carretilla.

—¡Qué generoso eres! —dijo el pequeño Hans, y toda su cara redonda y chistosa se iluminó de gusto—. Puedo arreglarla fácilmente, porque tengo un tablón en la casa.

—¡Un tablón! —dijo el Molinero—. Pues eso es justo lo que necesito para el techo de mi granero. Tiene un agujero muy grande, y si no lo tapo, se me va a mojar todo el grano. ¡Qué suerte que lo mencionaste! Es increíble cómo una buena acción siempre trae otra. Yo te di mi carretilla, y ahora tú me vas a dar tu tablón. Claro que la carretilla vale mucho más que el tablón, pero la verdadera amistad no se fija en esas cosas. Anda, tráelo de una vez, y hoy mismo me pongo a trabajar en el granero.

—Claro que sí —exclamó el pequeño Hans, y corrió al cobertizo y sacó el tablón a rastras.

—No es un tablón muy grande —dijo el Molinero, mirándolo—, y me temo que, después de arreglar el techo del granero, no te va a quedar nada para arreglar la carretilla; pero eso, por supuesto, no es culpa mía. Y ahora, como te di mi carretilla, seguro que querrás darme unas flores a cambio. Aquí está la canasta, y procura llenarla bien hasta arriba.

—¿Hasta arriba? —dijo el pequeño Hans, algo triste, porque era una canasta enorme, y sabía que, si la llenaba, no le quedarían flores para el mercado, y tenía muchas ganas de recuperar sus botones de plata.

—Pues la verdad —contestó el Molinero—, como te di mi carretilla, no creo que sea mucho pedirte unas cuantas flores. Puede que me equivoque, pero yo creía que la amistad, la verdadera amistad, estaba libre de cualquier egoísmo.

—Mi querido amigo, mi mejor amigo, todas las flores de mi jardín son tuyas. Prefiero mil veces tu buena opinión a mis botones de plata —exclamó el pequeño Hans, y corrió a cortar todas sus lindas prímulas y llenó la canasta del Molinero.

—Adiós, pequeño Hans —dijo el Molinero, mientras subía la colina con el tablón al hombro y la canasta grande en la mano.

—Adiós —dijo el pequeño Hans, y se puso a cavar muy contento, pensando en la carretilla.

Al día siguiente estaba sujetando con clavos una madreselva en el pórtico cuando oyó la voz del Molinero, que lo llamaba desde el camino. Así que saltó de la escalera, corrió por el jardín y se asomó por encima de la barda.

Allí estaba el Molinero, con un costal grande de harina a la espalda.

—Querido pequeño Hans —dijo el Molinero—, ¿te molestaría llevarme este costal de harina al mercado?

—¡Ay, lo siento mucho! —dijo Hans—. Pero hoy estoy muy ocupado. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, regar todas mis flores y pasarle el rodillo a todo el pasto.

—Pues la verdad —dijo el Molinero—, ya que voy a darte mi carretilla, me parece poco amistoso de tu parte que te niegues.

—¡Ay, no digas eso! Por nada del mundo quisiera ser poco amistoso —exclamó el pequeño Hans, y entró corriendo por su gorra y se fue con el costal grande sobre los hombros.

Hacía muchísimo calor y el camino estaba terriblemente polvoriento, y antes de llegar al sexto mojón Hans estaba tan cansado que tuvo que sentarse a descansar. Pero siguió adelante con valor y por fin llegó al mercado. Después de esperar un rato, vendió el costal de harina a muy buen precio, y luego volvió a casa enseguida, porque tenía miedo de que, si se le hacía tarde, se encontrara con ladrones en el camino.

Bajo un sol fuerte, Hans camina sudando por un camino polvoriento con un costal blanco al hombro, junto a un mojón de piedra; a lo lejos se ve un pueblo.

«De veras que fue un día pesado», se dijo el pequeño Hans al acostarse, «pero me alegro de no haberle dicho que no al Molinero, porque es mi mejor amigo y, además, me va a dar su carretilla».

A la mañana siguiente, muy temprano, el Molinero bajó por el dinero de su costal de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que seguía en la cama.

—¡Pero qué es esto! —dijo el Molinero—. ¡Qué flojo eres! De veras, ya que voy a darte mi carretilla, creo que podrías trabajar más. La pereza es un gran pecado, y desde luego no me gusta que ninguno de mis amigos sea flojo ni holgazán. No te molestes porque te hable con tanta franqueza. Por supuesto, ni soñaría con hacerlo si no fuera tu amigo. Pero ¿de qué sirve la amistad si uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas encantadoras y tratar de agradar y de halagar, pero un amigo de verdad siempre dice cosas desagradables y no le importa causar dolor. Es más, si es un amigo verdaderamente sincero, lo prefiere, porque sabe que así hace el bien.

—Lo siento mucho —dijo el pequeño Hans, tallándose los ojos y quitándose el gorro de dormir—, pero estaba tan cansado que pensé quedarme un ratito en la cama escuchando cantar a los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?

—Pues me alegro —dijo el Molinero, dándole una palmada en la espalda al pequeño Hans—, porque quiero que subas al molino en cuanto te vistas y me arregles el techo del granero.

El pobre pequeño Hans tenía muchas ganas de ir a trabajar en su jardín, porque sus flores llevaban dos días sin agua, pero no quería decirle que no al Molinero, pues era tan buen amigo suyo.

—¿Crees que sería poco amistoso de mi parte si te dijera que estoy ocupado? —preguntó con voz tímida y apocada.

—Pues la verdad —contestó el Molinero—, no creo que sea mucho pedirte, ya que voy a darte mi carretilla; pero, claro, si te niegas, iré a hacerlo yo mismo.

—¡Ay, de ninguna manera! —exclamó el pequeño Hans, y saltó de la cama, se vistió y subió al granero.

Trabajó allí todo el día, y al ponerse el sol llegó el Molinero a ver cómo iba.

—¿Ya tapaste el agujero del techo, pequeño Hans? —gritó el Molinero con voz alegre.

—Ya quedó —contestó el pequeño Hans, bajando de la escalera.

—¡Ah! —dijo el Molinero—. No hay trabajo tan agradable como el que uno hace por los demás.

—De veras es un gran privilegio oírte hablar —contestó el pequeño Hans, sentándose y secándose la frente—, un enorme privilegio. Pero me temo que yo nunca voy a tener ideas tan hermosas como las tuyas.

—¡Oh, ya te llegarán! —dijo el Molinero—. Pero tienes que esforzarte más. Por ahora solo tienes la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría.

—¿De veras lo crees? —preguntó el pequeño Hans.

—No me cabe la menor duda —contestó el Molinero—. Pero ahora que ya arreglaste el techo, más vale que te vayas a tu casa a descansar, porque mañana quiero que me lleves las ovejas a la montaña.

El pobre pequeño Hans no se atrevió a decir nada, y a la mañana siguiente, temprano, el Molinero le llevó las ovejas hasta la casita, y Hans salió con ellas rumbo a la montaña. Tardó todo el día en ir y volver, y cuando regresó estaba tan cansado que se quedó dormido en la silla y no despertó hasta que ya era pleno día.

—¡Qué bien la voy a pasar en mi jardín! —dijo, y se puso a trabajar enseguida.

Pero, quién sabe cómo, nunca lograba cuidar de sus flores, porque su amigo el Molinero siempre aparecía para encargarle mandados lejanos o para pedirle que lo ayudara en el molino. A veces el pequeño Hans se afligía mucho, porque temía que sus flores pensaran que se había olvidado de ellas, pero se consolaba pensando que el Molinero era su mejor amigo.

—Además —solía decir—, me va a dar su carretilla, y eso es un acto de pura generosidad.

Así que el pequeño Hans trabajaba para el Molinero, y el Molinero decía toda clase de cosas hermosas sobre la amistad, que Hans apuntaba en una libreta y releía por las noches, porque sabía leer muy bien.

De noche, Hans lee una libreta a la luz de una vela; lleva gorro de dormir rojo, abrigo de piel y bufanda, y por la ventana se ve el jardín oscuro.

Una noche, el pequeño Hans estaba sentado junto al fuego cuando sonó un fuerte golpe en la puerta. Era una noche terrible, y el viento soplaba y rugía alrededor de la casa con tanta furia que al principio creyó que era solo la tormenta. Pero se oyó un segundo golpe, y luego un tercero, más fuerte que los otros.

«Ha de ser algún pobre viajero», se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.

Allí estaba el Molinero, con un farol en una mano y un garrote grande en la otra.

—¡Querido pequeño Hans! —exclamó el Molinero—. Estoy en un gran apuro. Mi niño se cayó de una escalera y se lastimó, y voy por el doctor. Pero vive tan lejos, y hace una noche tan mala, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor que fueras tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla, así que lo justo es que hagas algo por mí a cambio.

—¡Claro que sí! —exclamó el pequeño Hans—. Me honra que hayas venido a buscarme, y salgo enseguida. Pero tienes que prestarme tu farol, porque la noche está tan oscura que me da miedo caerme en la zanja.

—Lo siento mucho —contestó el Molinero—, pero es mi farol nuevo, y sería una gran pérdida para mí si le pasara algo.

Bajo la lluvia, Hans tiende las manos hacia el farol del Molinero, que lleva un garrote en la otra mano; en la puerta cuelgan un abrigo de piel y un gorro rojo.

—Bueno, no importa, me las arreglaré sin él —exclamó el pequeño Hans, y descolgó su gran abrigo de piel y su gorro rojo y calientito, se enrolló una bufanda al cuello y se puso en camino.

¡Qué tormenta tan espantosa! La noche estaba tan negra que el pequeño Hans casi no veía nada, y el viento era tan fuerte que apenas podía tenerse en pie. Pero era muy valiente, y después de caminar unas tres horas llegó a la casa del doctor y tocó a la puerta.

—¿Quién es? —gritó el doctor, asomando la cabeza por la ventana de su recámara.

—El pequeño Hans, doctor.

—¿Qué quieres, pequeño Hans?

—El hijo del Molinero se cayó de una escalera y se lastimó, y el Molinero quiere que usted vaya enseguida.

—¡Está bien! —dijo el doctor, y mandó que le prepararan el caballo, las botas grandes y el farol, bajó y se fue a caballo hacia la casa del Molinero, con el pequeño Hans caminando trabajosamente detrás.

Bajo la lluvia, Hans, con abrigo de piel y gorro rojo, se detiene en un páramo de pozas negras; a lo lejos, un jinete con un farol se aleja a caballo.

Pero la tormenta era cada vez peor, la lluvia caía a cántaros, y el pequeño Hans no veía por dónde iba ni podía seguirle el paso al caballo. Al final se perdió y fue a dar al páramo, que era un lugar muy peligroso, lleno de hoyos profundos, y allí el pobre pequeño Hans se ahogó. Al día siguiente unos cabreros encontraron su cuerpo flotando en una gran poza de agua y lo llevaron de vuelta a la casita.

Todo el mundo fue al entierro del pequeño Hans, porque era muy querido, y el Molinero fue el principal doliente.

—Como yo era su mejor amigo, lo justo es que me toque el mejor lugar —dijo el Molinero, y así encabezó el cortejo con una larga capa negra, y de vez en cuando se secaba los ojos con un pañuelo enorme.

Con una larga capa negra, el Molinero sonríe y se seca un ojo con un pañuelo blanco al frente de un cortejo de vecinos vestidos de oscuro.

—El pequeño Hans es sin duda una gran pérdida para todos —dijo el herrero, cuando terminó el entierro y estaban todos cómodamente sentados en la posada, bebiendo vino con especias y comiendo pastelillos.

—Una gran pérdida para mí, por lo menos —contestó el Molinero—. Fíjense que yo ya casi le había dado mi carretilla, y ahora de veras no sé qué hacer con ella. En casa me estorba muchísimo, y está en tan mal estado que no me darían nada por ella si la vendiera. Desde luego, me voy a cuidar mucho de no volver a regalar nada. Uno siempre sale perdiendo por ser generoso.

—¿Y luego? —preguntó la Rata de agua, después de un largo silencio.

—Pues ahí se acaba —dijo el Pardillo.

—Pero ¿qué fue del Molinero? —preguntó la Rata de agua.

—¡Ah, de veras no lo sé! —contestó el Pardillo—. Y la verdad, tampoco me importa.

—Entonces está clarísimo que no tienes ni pizca de corazón —dijo la Rata de agua.

—Me temo que no acabas de entender la moraleja del cuento —observó el Pardillo.

—¿La qué? —chilló la Rata de agua.

—La moraleja.

—¿Quieres decir que el cuento tiene moraleja?

—Claro —dijo el Pardillo.

—Pues entonces debiste decírmelo antes de empezar. Si me lo hubieras dicho, desde luego no te habría escuchado; es más, habría dicho «¡Bah!», como el crítico. Pero todavía puedo decirlo —dijo la Rata de agua, muy enojada, y gritó «¡Bah!» a todo pulmón, sacudió la cola y se metió de nuevo en su agujero.

—¿Y qué te parece la Rata de agua? —preguntó la Pata, que llegó chapoteando unos minutos después—. Tiene muchas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre, y nunca puedo ver a un solterón empedernido sin que se me llenen los ojos de lágrimas.

—Me temo que lo hice enojar —contestó el Pardillo—. La verdad es que le conté una historia con moraleja.

—¡Ah! Eso siempre es muy peligroso —dijo la Pata.

Y yo estoy completamente de acuerdo con ella.

Adaptado por Talerie, fuente: The Happy Prince and Other Tales (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público