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Desde el borde de un foso redondo de piedra, el rey Darío, canoso y de túnica morada, mira a Daniel, de barba blanca, de pie entre cinco leones echados.Original

Daniel en el foso de los leones

La Biblia

5 min de lectura a partir de 7 años

Daniel es uno de los tres altos funcionarios del rey Darío, y es tan fiel que nadie le encuentra ni una falta. Sus rivales convencen al rey de firmar una orden: quien le pida algo a cualquier dios será echado al foso de los leones. Daniel abre sus ventanas y se arrodilla a orar, como siempre.


El rey Darío decidió poner al frente de su reino a ciento veinte gobernadores, repartidos por todas sus tierras. Por encima de ellos nombró a tres altos funcionarios, para que los gobernadores les rindieran cuentas y el rey no sufriera ningún perjuicio. Uno de esos tres era Daniel.

Daniel sobresalía entre todos los gobernadores y funcionarios, porque era mucho más capaz que ellos. Tanto, que el rey pensaba ponerlo al frente de todo el reino.

Entonces los otros funcionarios y los gobernadores empezaron a buscar algo contra Daniel, alguna falta en la manera en que se ocupaba de los asuntos del reino. Pero no hallaron nada, porque era un hombre fiel, y nadie pudo encontrarle ni un descuido ni una trampa.

Por fin aquellos hombres se dijeron:

—A este Daniel no le vamos a encontrar ninguna falta, a menos que la busquemos en la ley de su Dios.

Así que se presentaron todos juntos ante el rey y le dijeron:

—¡Rey Darío, que viva usted para siempre! Todos nosotros, los que gobernamos el reino, los altos funcionarios, los jueces, los gobernadores, los grandes señores y los capitanes, estamos de acuerdo en que usted dicte una orden real y la haga cumplir: durante treinta días, cualquiera que le pida algo a cualquier dios o a cualquier hombre que no sea usted, Majestad, será echado al foso de los leones. Confirme usted la orden y firme el escrito, para que quede como ley de los medos y los persas, que no se puede cambiar.

Y el rey Darío firmó el escrito con la orden.

Cuando Daniel supo que el escrito estaba firmado, se fue a su casa. Las ventanas de su cuarto miraban hacia Jerusalén, y allí, con las ventanas abiertas, se arrodillaba tres veces al día, oraba y daba gracias a su Dios, tal como lo había hecho siempre.

Daniel, anciano de barba blanca y manto azul, se arrodilla en un tapete con las manos abiertas ante las ventanas; a su lado, un cántaro y una lámpara de barro.

Aquellos hombres se juntaron, fueron a casa de Daniel y lo encontraron orando y suplicando delante de su Dios. Enseguida fueron a ver al rey para recordarle la orden real.

—Majestad, ¿no firmó usted una orden que dice que, durante treinta días, cualquiera que le pida algo a cualquier dios o a cualquier hombre, excepto a usted, será echado al foso de los leones?

—Así es —respondió el rey—. Y es ley de los medos y los persas, que no se puede cambiar.

Y entonces le dijeron:

—Pues Daniel, uno de los cautivos de Judá, no le hace caso a usted, Majestad, ni a la orden que firmó. Tres veces al día le reza a su Dios.

Cuando el rey oyó esto, le pesó muchísimo. Decidió salvar a Daniel, y hasta la puesta del sol estuvo buscando la manera de librarlo.

Pero aquellos hombres volvieron a reunirse alrededor del rey y le dijeron:

—Recuerde usted, Majestad, que según la ley de los medos y los persas ninguna orden ni decreto que el rey haya confirmado se puede cambiar.

Al fin el rey dio la orden. Trajeron a Daniel y lo echaron al foso de los leones. Y el rey le dijo:

—Que tu Dios, a quien sirves sin descanso, te salve.

Trajeron una piedra y la pusieron sobre la boca del foso. El rey la selló con su anillo y con los anillos de sus nobles, para que nadie pudiera cambiar lo que se había decidido sobre Daniel.

Junto a lámparas de aceite, el rey Darío se inclina sobre la piedra que tapa el foso y la sella con su anillo; esperan tres nobles y tres hombres con cuerdas.

Luego el rey volvió a su palacio y se acostó sin haber comido. No dejó que le llevaran a los músicos, y en toda la noche no pudo dormir.

Muy de mañana, el rey se levantó y fue a toda prisa al foso de los leones. Al acercarse, llamó a Daniel a gritos, con la voz llena de tristeza:

—¡Daniel, siervo del Dios viviente! Tu Dios, a quien sirves sin descanso, ¿pudo librarte de los leones?

Desde el fondo del foso, Daniel le contestó:

—¡Majestad, que viva usted para siempre! Mi Dios envió a su ángel, que les cerró la boca a los leones, y no me hicieron ningún daño. Mi Dios sabe que soy inocente, y contra usted, Majestad, tampoco hice nunca nada malo.

El rey sintió una gran alegría y mandó que sacaran a Daniel del foso. Lo sacaron, y no le encontraron ni una herida, porque había confiado en su Dios.

Al amanecer, tres hombres jalan la cuerda y Daniel sale al borde de piedra del foso; el rey Darío, de rodillas, le toma la mano. Abajo descansan los leones.

Después, por orden del rey, trajeron a los hombres que habían acusado a Daniel y los echaron al foso de los leones, a ellos, a sus hijos y a sus esposas. Todavía no llegaban al fondo del foso cuando los leones se les echaron encima y les quebraron todos los huesos.

Entonces el rey Darío les escribió a todos los pueblos y naciones, de todas las lenguas, que vivían en la tierra:

«Les deseo paz en abundancia. Ordeno que en todos los dominios de mi reino teman y tiemblen ante el Dios de Daniel, porque él es el Dios viviente, que permanece para siempre. Su reino nunca será destruido, y su poder durará hasta el fin. Él salva y rescata, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra. Él fue quien libró a Daniel de los leones».

A Daniel le fue muy bien mientras reinó Darío, y también en tiempos de Ciro, el persa.

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Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público