OriginalUrashima Taro
23 min de lecturaa partir de 6 añostalerie.com/es/cuentos/urashima-taro-original
Urashima Taro, un pescador de buen corazón, salva a una tortuga y ella lo lleva al reino del Rey del Mar, donde se casa con la princesa. De vuelta en su aldea, Urashima descubre que pasaron trescientos años, abre en la playa la caja de la princesa y, al salir una nubecita morada, se vuelve muy viejo y cae muerto.
Hace mucho, mucho tiempo, en la provincia de Tango, a la orilla del mar de Japón, había una pequeña aldea de pescadores llamada Mizu-no-e. Ahí vivía un joven pescador que se llamaba Urashima Taro. Su padre también había sido pescador, y el hijo había heredado su destreza con creces, porque Urashima era el mejor pescador de toda la comarca: en un solo día sacaba más bonitos y más pargos que sus compañeros en una semana entera.
Pero en la aldea lo conocían, más que por su habilidad en el mar, por su buen corazón. En toda su vida no había lastimado a ningún ser, ni grande ni pequeño. Cuando era niño, sus compañeros se burlaban de él, porque nunca quería unirse a ellos cuando molestaban a los animales; al contrario, siempre trataba de impedir aquel juego tan cruel.
Una tarde tibia de verano, al caer el sol, Urashima volvía a casa después de un día de pesca cuando se topó con un grupo de niños. Todos gritaban a voz en cuello, muy alborotados. Urashima se acercó a ver qué pasaba y vio que estaban maltratando a una tortuga. Un niño la jalaba hacia un lado, otro la jalaba hacia el otro, un tercero le pegaba con un palo y el cuarto le golpeaba el caparazón con una piedra.
A Urashima le dio mucha lástima la pobre tortuga y decidió salvarla. Les habló a los niños:
—¡Oigan, muchachos, están tratando tan mal a esa pobre tortuga que pronto se va a morir!
Los niños tenían esa edad en que a veces parece divertido ser cruel con los animales, así que no hicieron caso del suave regaño de Urashima y siguieron molestándola como antes. Uno de los mayores contestó:
—¿Y a quién le importa si vive o se muere? A nosotros no. ¡Órale, sigan, sigan!
Y empezaron a tratar a la pobre tortuga con más crueldad que nunca. Urashima esperó un momento, pensando cómo tratar con aquellos niños. Decidió convencerlos de que le dieran la tortuga, así que les sonrió y les dijo:
—Estoy seguro de que todos ustedes son niños buenos y amables. ¿Verdad que me van a dar la tortuga? ¡Me gustaría mucho tenerla!
—No, no le vamos a dar la tortuga —dijo uno de ellos—. ¿Por qué se la íbamos a dar? Nosotros la atrapamos.
—Tienes razón —dijo Urashima—, pero no les pido que me la regalen. Les voy a dar dinero por ella; o sea, este señor se la va a comprar. ¿Qué les parece, muchachos?
Y les mostró el dinero, unas monedas ensartadas en un cordel que pasaba por el agujero que cada una tenía en el centro.
—Miren, muchachos, con este dinero pueden comprar lo que quieran. Les va a servir mucho más que esa pobre tortuga. Ya ven qué buenos son por hacerme caso.

En realidad los niños no eran malos; solo eran traviesos. Mientras Urashima hablaba, su sonrisa amable y sus palabras suaves los fueron ganando, y poco a poco se fueron poniendo de su lado. Todos se le acercaron, y el cabecilla de la pandilla le tendió la tortuga.
—Está bien, señor, le damos la tortuga si nos da el dinero.
Urashima tomó la tortuga y les dio el dinero a los niños, que se fueron corriendo y llamándose unos a otros, y al poco rato se perdieron de vista.
Entonces Urashima le acarició el caparazón a la tortuga y le dijo:
—¡Ay, pobrecita! ¡Pobrecita! Ya, ya, ya estás a salvo. Dicen que la grulla vive mil años, pero la tortuga vive diez mil. Tú tienes la vida más larga de todas las criaturas del mundo, y estuviste a punto de perder esa vida tan preciosa por culpa de esos niños crueles. Por suerte yo iba pasando y te salvé, y tu vida sigue siendo tuya. Ahora mismo te llevo de vuelta a tu casa, al mar. No te dejes atrapar otra vez, porque a lo mejor la próxima vez no hay nadie que te salve.
Mientras hablaba, el bondadoso pescador caminaba deprisa hacia la orilla, y luego subió a las rocas. Allí puso a la tortuga en el agua, la miró desaparecer y emprendió el regreso a casa, porque estaba cansado y el sol ya se había puesto.
A la mañana siguiente Urashima salió en su barca, como siempre. Hacía buen tiempo, y el mar y el cielo estaban azules y suaves bajo la ligera bruma de la mañana de verano. Se adentró en el mar como entre sueños, echando el sedal. Pronto dejó atrás las otras barcas de pesca, hasta que se perdieron a lo lejos, y su barca fue alejándose más y más sobre las aguas azules. Esa mañana, sin saber por qué, se sentía especialmente feliz, y no podía dejar de desear que, como la tortuga que había liberado el día anterior, él también tuviera miles de años por delante en lugar de la corta vida de un ser humano.
De pronto lo sacó de sus pensamientos una voz que lo llamaba por su nombre:
—¡Urashima, Urashima!
Clara como una campana y suave como el viento de verano, la voz flotaba sobre el mar.
Urashima se puso de pie y miró hacia todos lados, pensando que alguna de las otras barcas lo había alcanzado. Pero por más que miraba sobre el agua, ni cerca ni lejos se veía una sola barca, así que aquella voz no podía ser de ningún ser humano.
Sobresaltado, se preguntó quién lo había llamado con tanta claridad, y entonces vio que, sin que él se diera cuenta, una tortuga se había acercado al costado de la barca. Con sorpresa, Urashima vio que era la misma tortuga que había salvado el día anterior.

—Vaya, señora Tortuga —dijo Urashima—, ¿fue usted quien me llamó hace un momento?
La tortuga asintió varias veces con la cabeza y dijo:
—Sí, fui yo. Ayer, gracias a su bondad, me salvó la vida, y he venido a darle las gracias y a decirle cuánto le agradezco lo que hizo por mí.
—¡Qué amable! —dijo Urashima—. Es usted muy educada. Suba a la barca. Le ofrecería un tabaquito, pero como es usted tortuga, seguro que no fuma.
Y el pescador se rio de su propia broma.
—¡Je, je, je, je! —se rio también la tortuga—. Lo que más me gusta es el sake, el vino de arroz, pero el tabaco no me llama la atención.
—¡Vaya! —dijo Urashima—. Cuánto siento no traer sake en la barca para ofrecerle. Pero suba y séquese el caparazón al sol; a las tortugas siempre les encanta eso.
Así que la tortuga subió a la barca, con la ayuda del pescador, y después de que los dos intercambiaron unas cuantas cortesías, la tortuga dijo:
—¿Ha visto usted alguna vez Rin Gin, el palacio del Rey Dragón del Mar, Urashima?
El pescador negó con la cabeza y respondió:
—No. Año tras año el mar ha sido mi casa, y muchas veces he oído hablar del reino del Rey Dragón bajo el mar, pero nunca he visto ese lugar maravilloso. Debe de estar muy lejos, si es que existe.
—¿De veras? ¿Nunca ha visto el palacio del Rey del Mar? Entonces se ha perdido una de las cosas más maravillosas de todo el universo. Está muy lejos, en el fondo del mar, pero si yo lo llevo, llegaremos pronto. Si quiere conocer el reino del Rey del Mar, yo seré su guía.
—Claro que me gustaría ir, y es usted muy amable al pensar en llevarme, pero recuerde que no soy más que un pobre mortal, y no sé nadar como una criatura del mar como usted.
Antes de que el pescador pudiera decir más, la tortuga lo interrumpió:
—¿Cómo? Usted no tiene que nadar. Si se sube a mi espalda, yo lo llevo sin que tenga que hacer ningún esfuerzo.
—Pero ¿cómo voy a subirme a una espalda tan pequeña? —preguntó Urashima.
—Puede parecerle absurdo, pero le aseguro que sí puede. ¡Pruebe ahora mismo! Súbase a mi espalda y verá que no es tan imposible como cree.
Cuando la tortuga terminó de hablar, Urashima miró su caparazón y, cosa extraña, vio que la criatura de repente se había vuelto tan grande que un hombre podía sentarse cómodamente en su espalda.
—¡Esto sí que es raro! —dijo Urashima—. Entonces, señora Tortuga, con su permiso me subo a su espalda. ¡Ahí voy!
Y de un salto se subió.
La tortuga, sin inmutarse, como si aquello fuera lo más normal del mundo, dijo:
—Ahora vámonos, sin prisa.
Y con estas palabras se lanzó al mar con Urashima a cuestas. La tortuga se sumergió en el agua, cada vez más hondo. Durante mucho tiempo los dos extraños compañeros viajaron por el mar. Urashima no se cansaba nunca, y su ropa no se mojaba ni un poco. Por fin, a lo lejos, apareció una puerta magnífica, y detrás de la puerta, en el horizonte, los techos largos e inclinados de un palacio.
—¡Ah! —exclamó Urashima—. ¡Allá empieza a verse algo que parece la puerta de un gran palacio! Señora Tortuga, ¿sabe qué lugar es ese que estamos viendo?
—Esa es la gran puerta del palacio Rin Gin, y el gran techo que ve detrás de la puerta es el palacio mismo del Rey del Mar.
—Entonces por fin hemos llegado al reino del Rey del Mar y a su palacio —dijo Urashima.
—Así es —respondió la tortuga—. ¿Verdad que llegamos muy rápido?
Mientras hablaba, la tortuga llegó junto a la puerta.
—Ya estamos aquí. De aquí en adelante tiene que seguir a pie, por favor.
Entonces la tortuga se adelantó y le dijo al guardián de la puerta:
—Este es Urashima Taro, de la tierra de Japón. He tenido el honor de traerlo como visitante a este reino. Muéstrele el camino, por favor.
El guardián, que era un pez, enseguida se puso delante de ellos y los guio a través de la puerta.
El pargo rojo, el lenguado, la platija, la sepia y todos los principales vasallos del Rey Dragón del Mar salieron con grandes reverencias a recibir al forastero.
—¡Señor Urashima, señor Urashima! Bienvenido al Palacio del Mar, la casa del Rey Dragón del Mar. Mil veces bienvenido, que viene usted de un país tan lejano. Y usted, señora Tortuga, le agradecemos muchísimo la molestia de traer aquí a Urashima.
Luego se volvieron otra vez hacia Urashima y le dijeron:
—Síganos por aquí, por favor.
Y desde ahí toda la comitiva de peces lo fue guiando.
Urashima, que no era más que un pobre pescador, no sabía cómo comportarse en un palacio. Pero, aunque todo le resultaba extraño, no sintió vergüenza y siguió con toda calma a sus amables guías hasta el interior del palacio. Cuando llegó a la entrada, una princesa hermosa salió a recibirlo con sus damas. Era más bella que cualquier ser humano, y llevaba unas vestiduras largas y sueltas, rojas y de un verde suave como la parte de abajo de una ola, y entre los pliegues de su vestido brillaban hilos de oro. Su precioso cabello negro le caía sobre los hombros, peinado como se peinaban las hijas de los reyes cientos de años atrás, y cuando hablaba, su voz sonaba como música sobre el agua. Urashima se quedó maravillado mirándola, sin poder decir palabra. Luego se acordó de que debía hacer una reverencia, pero antes de que pudiera inclinarse, la princesa lo tomó de la mano, lo llevó a una sala preciosa, hasta el asiento de honor en la cabecera, y le pidió que se sentara.

—Urashima Taro, me da muchísimo gusto recibirte en el reino de mi padre —dijo la princesa—. Ayer liberaste a una tortuga, y te mandé llamar para darte las gracias por salvarme la vida, porque esa tortuga era yo. Ahora, si quieres, puedes vivir aquí para siempre, en la tierra de la eterna juventud, donde el verano nunca se acaba y donde la tristeza nunca llega. Y si tú quieres, seré tu esposa, y viviremos juntos y felices para siempre.
Mientras Urashima escuchaba sus dulces palabras y contemplaba su rostro tan bello, el corazón se le llenó de asombro y de alegría, y le respondió, preguntándose si no sería todo un sueño:
—Mil gracias por sus amables palabras. No podría desear nada más que quedarme aquí con usted, en esta tierra tan hermosa de la que tanto he oído hablar pero que nunca había visto hasta hoy. No hay palabras para decirlo: es el lugar más maravilloso que he visto en mi vida.
Mientras él hablaba, apareció una fila de peces, todos vestidos de ceremonia, con largas colas en sus trajes. Uno por uno, en silencio y con paso solemne, entraron en la sala llevando en bandejas de coral manjares de pescado y de algas como nadie podría soñar, y aquel banquete maravilloso se sirvió ante los novios. La boda se celebró con un esplendor deslumbrante, y en todo el reino del Rey del Mar hubo una gran fiesta. En cuanto los jóvenes esposos se prometieron el uno al otro bebiendo de la copa nupcial tres veces tres, empezó a sonar la música, se cantaron canciones, y peces de escamas de plata y colas de oro entraron desde las olas y bailaron. Urashima disfrutó con todo el corazón. Nunca en su vida se había sentado a un banquete tan maravilloso.
Cuando terminó el banquete, la princesa le preguntó a su esposo si quería recorrer el palacio y ver todo lo que había que ver. Entonces el pescador, feliz, siguió a su esposa, la hija del Rey del Mar, y ella le mostró todas las maravillas de aquella tierra encantada donde la juventud y la alegría van de la mano y ni el tiempo ni la vejez pueden tocarlas. El palacio estaba hecho de coral y adornado con perlas, y las bellezas y maravillas de aquel lugar eran tan grandes que no hay palabras para describirlas.
Pero a Urashima, más maravilloso que el palacio le pareció el jardín que lo rodeaba. Allí se veían al mismo tiempo los paisajes de las cuatro estaciones del año: las bellezas del verano y del invierno, de la primavera y del otoño, se mostraban todas juntas ante los ojos asombrados del visitante.
Primero, cuando miró hacia el oriente, vio los ciruelos y los cerezos en plena flor; los ruiseñores cantaban en los senderos color de rosa y las mariposas revoloteaban de flor en flor.
Mirando hacia el sur, todos los árboles estaban verdes en pleno verano, y la cigarra del día y el grillo de la noche cantaban con fuerza.
Mirando hacia el poniente, los arces de otoño ardían como un cielo al atardecer, y los crisantemos estaban en todo su esplendor.
Mirando hacia el norte, el cambio hizo que Urashima se sobresaltara, porque el suelo estaba blanco y plateado de nieve, los árboles y los bambúes también estaban cubiertos de nieve, y el estanque tenía una gruesa capa de hielo.

Cada día había nuevas alegrías y nuevas maravillas para Urashima, y era tan grande su felicidad que se olvidó de todo, hasta de la casa que había dejado, de sus padres y de su propia tierra, y pasaron tres días sin que se acordara siquiera de todo lo que había dejado atrás. Entonces volvió en sí, recordó quién era y que él no pertenecía a esa tierra maravillosa ni al palacio del Rey del Mar, y se dijo:
—¡Ay, no! No puedo quedarme aquí más tiempo, porque en casa tengo a mi padre y a mi madre, que ya están viejitos. ¿Qué habrá sido de ellos en todo este tiempo? Qué preocupados habrán estado estos días, al ver que no volvía como siempre. Tengo que regresar ahora mismo, sin dejar pasar ni un día más.
Y empezó a prepararse a toda prisa para el viaje.
Luego fue a ver a su bella esposa, la princesa, y haciendo una profunda reverencia ante ella, le dijo:
—De verdad he sido muy feliz contigo todo este tiempo, Otohime —porque así se llamaba la princesa—, y has sido conmigo más buena de lo que las palabras pueden decir. Pero ahora tengo que despedirme. Tengo que volver con mis padres, que ya están viejos.
Entonces Otohime se echó a llorar y le dijo con voz suave y triste:
—¿Es que no estás a gusto aquí, Urashima, que quieres dejarme tan pronto? ¿Por qué tanta prisa? ¡Quédate conmigo aunque sea un día más!
Pero Urashima se había acordado de sus padres ancianos, y en Japón el deber con los padres está por encima de todo, incluso del placer y del amor. No se dejó convencer, y le respondió:
—De verdad tengo que irme. No pienses que quiero dejarte, no es eso. Tengo que ir a ver a mis padres. Déjame ir un solo día y volveré contigo.
—Entonces —dijo la princesa con tristeza— no hay nada que hacer. Hoy mismo te mandaré de vuelta con tu padre y tu madre, y en lugar de tratar de retenerte un día más, te daré esto como prenda de nuestro amor. Llévatelo contigo, por favor.
Y le trajo una hermosa caja laqueada, atada con un cordón de seda y con borlas de seda roja.

Urashima había recibido ya tantas cosas de la princesa que le dio pena aceptar el regalo, y le dijo:
—No me parece bien aceptar otro regalo tuyo, después de todos los favores que me has hecho, pero como es tu deseo, lo aceptaré.
Y luego añadió:
—Dime, ¿qué es esta caja?
—Esta es la tamatebako, el cofre de las joyas —respondió la princesa—, y guarda algo muy valioso. ¡No debes abrir esta caja, pase lo que pase! ¡Si la abres, te sucederá algo terrible! Ahora prométeme que nunca abrirás esta caja.
Y Urashima le prometió que nunca, nunca abriría la caja, pasara lo que pasara.
Luego se despidió de Otohime y bajó a la orilla del mar, seguido por la princesa y sus damas, y allí encontró una tortuga grande que lo estaba esperando.
Se subió enseguida a la espalda de la criatura, y ella se lo llevó por el mar resplandeciente rumbo al oriente. Urashima volteaba para decirle adiós con la mano a Otohime, hasta que ya no pudo verla más, y el reino del Rey del Mar y los techos del palacio maravilloso se perdieron a lo lejos, muy, muy lejos. Entonces, con la cara vuelta ansiosamente hacia su propia tierra, buscó con la mirada las colinas azules que debían asomar en el horizonte.
Por fin la tortuga lo llevó a la bahía que él conocía tan bien, hasta la misma playa de donde había salido. Urashima bajó a tierra y miró a su alrededor, mientras la tortuga se alejaba de regreso al reino del Rey del Mar.
Pero ¿qué es ese miedo extraño que se apodera de Urashima mientras mira a su alrededor? ¿Por qué se queda mirando tan fijamente a la gente que pasa a su lado, y por qué la gente, a su vez, se detiene a mirarlo a él? La playa y las colinas son las mismas, pero la gente que pasa tiene caras muy distintas de las que él conocía.
Preguntándose qué podía significar todo eso, caminó deprisa hacia su antigua casa. Hasta la casa se veía distinta, pero en el mismo lugar había una casa, y él gritó:
—¡Papá, ya volví!
Estaba a punto de entrar cuando vio salir a un hombre desconocido.
«A lo mejor mis padres se mudaron mientras yo no estaba y se fueron a vivir a otra parte», pensó el pescador. Y sin saber por qué, empezó a sentir una inquietud muy extraña.
—Disculpe —le dijo al hombre, que se le quedaba mirando—, hasta hace unos días yo vivía en esta casa. Me llamo Urashima Taro. ¿A dónde se fueron mis padres, que se quedaron aquí?
En la cara del hombre apareció una expresión de gran desconcierto, y sin dejar de mirar fijamente a Urashima, le dijo:
—¿Cómo? ¿Usted es Urashima Taro?
—Sí —dijo el pescador—, ¡yo soy Urashima Taro!
—¡Ja, ja! —se rio el hombre—. No haga esas bromas. Es cierto que hace mucho tiempo vivió en esta aldea un hombre que se llamaba Urashima Taro, pero esa es una historia de hace trescientos años. ¡Es imposible que siga vivo!
Cuando Urashima oyó aquellas palabras tan extrañas, se asustó y dijo:
—Por favor, por favor, no se burle de mí, que estoy muy confundido. De verdad soy Urashima Taro, y desde luego no he vivido trescientos años. Hasta hace cuatro o cinco días vivía en este mismo lugar. Dígame lo que quiero saber, sin más bromas, por favor.
Pero la cara del hombre se puso cada vez más seria, y contestó:
—Puede que usted sea Urashima Taro y puede que no, yo no lo sé. Pero el Urashima Taro del que yo he oído hablar es un hombre que vivió hace trescientos años. ¿No será usted su espíritu, que vino a visitar su antigua casa?
—¿Por qué se burla de mí? —dijo Urashima—. ¡Yo no soy ningún espíritu! Soy un hombre vivo. ¿Qué no ve mis pies?
Y pum, pum, pateó el suelo, primero con un pie y luego con el otro, para que el hombre lo viera, porque en Japón los fantasmas no tienen pies.

—Pero Urashima Taro vivió hace trescientos años, eso es todo lo que sé; está escrito en las crónicas de la aldea —insistió el hombre, que no podía creer lo que el pescador le decía.
Urashima se quedó perdido en su desconcierto y su angustia. Miraba a su alrededor, terriblemente confundido, y la verdad es que todo se veía distinto de como lo recordaba, y lo invadió la horrible sensación de que quizá lo que decía aquel hombre era cierto. Le parecía estar en un sueño extraño. Los pocos días que había pasado en el palacio del Rey del Mar no habían sido días: habían sido cientos de años, y en todo ese tiempo se habían muerto sus padres y toda la gente que él había conocido, y la aldea había puesto por escrito su historia. No tenía caso quedarse ahí más tiempo. Tenía que volver con su bella esposa, más allá del mar.
Regresó a la playa, llevando en la mano la caja que le había dado la princesa. Pero ¿cuál era el camino? ¡Él solo no podía encontrarlo! De pronto se acordó de la caja, la tamatebako.
—La princesa me dijo, cuando me dio la caja, que nunca la abriera, que guardaba algo muy valioso. Pero ahora que ya no tengo casa, ahora que he perdido todo lo que quería en este mundo, y el corazón se me consume de tristeza, en un momento así, si abro la caja, seguro que encuentro algo que me ayude, algo que me enseñe el camino de vuelta con mi bella princesa, más allá del mar. Ya no me queda otra cosa que hacer. ¡Sí, sí, voy a abrir la caja y a ver qué hay dentro!
Y así su corazón consintió en desobedecer, y trató de convencerse de que hacía lo correcto al romper su promesa.
Despacio, muy despacio, desató el cordón de seda roja; despacio y lleno de asombro, levantó la tapa de la valiosa caja. ¿Y qué encontró? Cosa extraña: de la caja solo salió una nubecita morada, muy hermosa, en tres suaves hilos de humo. Por un instante le cubrió la cara y se quedó flotando sobre él, como si no quisiera irse, y luego se alejó como un vapor sobre el mar.

Urashima, que hasta ese momento había sido como un joven fuerte y apuesto de veinticuatro años, de repente se volvió muy, muy viejo. La espalda se le dobló por la edad, el cabello se le puso blanco como la nieve, la cara se le llenó de arrugas, y cayó muerto en la playa.
¡Pobre Urashima! Por haber desobedecido, nunca pudo volver al reino del Rey del Mar ni con su bella princesa, más allá del mar.
Niños, nunca desobedezcan a quienes saben más que ustedes, porque la desobediencia fue el principio de todas las desgracias y tristezas de la vida.
Adaptado por Talerie, fuente: Japanese Fairy Tales (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio públicoCopia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio.CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
