OriginalEl arca de Noé
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Dios ve la tierra llena de violencia y le pide a Noé, un hombre justo, que construya un arca de madera. Le dice cómo hacerla, con tres pisos, una ventana y una puerta, y le avisa que va a mandar un diluvio sobre la tierra.
Cuando los hombres empezaron a ser muchos sobre la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas a las que quisieron.
Entonces Dios dijo:
—Mi espíritu no se quedará para siempre con el hombre, porque no es más que carne. Sus días serán ciento veinte años.
En aquellos días había gigantes en la tierra, y también los hubo después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos. Esos hijos fueron los valientes de los tiempos antiguos, hombres de gran fama.
Dios vio que la maldad de los hombres en la tierra era muy grande, y que todo lo que pensaban en su corazón era siempre malo. Se arrepintió de haber hecho al hombre, y le dolió en el corazón.
—Borraré de la faz de la tierra a los hombres que creé —dijo Dios—, y con ellos a las bestias, a los reptiles y a las aves del cielo, porque me arrepiento de haberlos hecho.
Pero a Noé, Dios lo miraba con buenos ojos.
Esta es la historia de Noé. Era un hombre justo, intachable entre la gente de su tiempo, y caminaba con Dios. Tenía tres hijos: Sem, Cam y Jafet.
Pero ante Dios la tierra estaba corrompida y llena de violencia. Dios la miró y vio cuánto se había corrompido, porque todos los seres vivos se habían desviado del buen camino.
Entonces Dios le dijo a Noé:
—He decidido acabar con todos los seres vivos, porque por su culpa la tierra está llena de violencia. Voy a destruirlos junto con la tierra. Hazte un arca de madera. Haz cuartos dentro de ella y cúbrela de brea por dentro y por fuera.
Luego le dio las medidas:
—Así la vas a hacer: trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto. Hazle una ventana arriba, a un codo del techo, y ponle la puerta en un costado. Tendrá tres pisos: uno abajo, otro en medio y otro arriba.
Y siguió diciendo:
—Yo voy a mandar un diluvio sobre la tierra, para destruir bajo el cielo a todo ser que tenga aliento de vida. Todo lo que hay en la tierra morirá. Pero contigo haré un pacto: tú entrarás al arca con tus hijos, tu esposa y las esposas de tus hijos.
También le habló de los animales:
—De todo lo que vive meterás al arca dos de cada especie, macho y hembra, para que se salven contigo. De las aves, de las bestias y de todos los reptiles de la tierra, cada uno según su especie, vendrán a ti dos de cada clase para que sigan con vida. Junta también toda clase de alimentos y guárdalos: serán comida para ti y para ellos.
Noé lo hizo así. Hizo todo tal como Dios se lo había mandado.

Más tarde, Dios le dijo:
—Entra al arca con toda tu familia, porque he visto que tú eres justo entre la gente de este tiempo. De todos los animales limpios toma de siete en siete, macho y hembra; de los que no son limpios, una pareja, macho y hembra. De las aves del cielo, también de siete en siete, macho y hembra, para que su especie siga viva sobre toda la tierra. Dentro de siete días haré llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches, y borraré de la faz de la tierra a todos los seres vivos que hice.
Y Noé hizo todo lo que Dios le mandó.
Noé tenía seiscientos años cuando el diluvio cayó sobre la tierra. Para salvarse de las aguas, entró al arca con sus hijos, su esposa y las esposas de sus hijos.
De los animales limpios y de los que no eran limpios, de las aves y de todo lo que se arrastra por el suelo, fueron llegando a Noé de dos en dos, macho y hembra, y entraron al arca, como Dios le había mandado.
Pasaron siete días, y las aguas del diluvio cayeron sobre la tierra.
Era el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes. Ese día reventaron todos los manantiales del fondo de la tierra y se abrieron las compuertas del cielo. Y llovió sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches.
Ese mismo día Noé entró al arca con sus hijos Sem, Cam y Jafet, con su esposa y con las tres esposas de sus hijos. Con ellos entraron toda clase de animales salvajes y de animales mansos, toda clase de reptiles que se arrastran por el suelo y toda clase de aves, todo lo que tiene alas.
De todos los seres que tenían aliento de vida llegaron a Noé de dos en dos, y entraron al arca. Los que entraron eran macho y hembra de cada especie, como Dios se lo había mandado a Noé. Y Dios cerró la puerta detrás de ellos.
El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra. Las aguas crecieron y levantaron el arca, que se alzó sobre la tierra. Siguieron creciendo cada vez más, y el arca flotaba sobre ellas.

Tanto subieron las aguas que cubrieron todos los montes altos que hay bajo el cielo. El agua llegó a quince codos por encima de las cumbres, y los montes quedaron cubiertos.
Murió todo ser que se movía sobre la tierra: las aves, el ganado, las bestias, todos los reptiles que se arrastran por el suelo y toda la gente. Murió todo lo que vivía en tierra firme, todo lo que tenía en la nariz el aliento de vida.
Así fue destruido todo ser vivo que había sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia, los reptiles y las aves del cielo. Todos fueron borrados de la tierra. Solo quedaron Noé y los que estaban con él en el arca.
Y las aguas cubrieron la tierra durante ciento cincuenta días.
Entonces Dios se acordó de Noé y de todos los animales, mansos y salvajes, que estaban con él en el arca. Hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas empezaron a bajar. Se cerraron los manantiales del fondo de la tierra y las compuertas del cielo, y dejó de llover.
Poco a poco, el agua se fue retirando de la tierra, y al cabo de los ciento cincuenta días había bajado mucho. El día diecisiete del séptimo mes, el arca se asentó sobre los montes de Ararat.
Las aguas siguieron bajando hasta el décimo mes, y el primer día de ese mes se vieron las cimas de los montes.
Cuarenta días después, Noé abrió la ventana que había hecho en el arca y soltó un cuervo. El ave salió y estuvo yendo y viniendo hasta que se secaron las aguas sobre la tierra.
Luego Noé soltó una paloma, para ver si las aguas se habían retirado de la tierra. Pero la paloma no encontró dónde apoyar las patas, porque el agua todavía cubría toda la tierra, y volvió al arca. Noé sacó la mano, la tomó y la metió otra vez al arca.
Esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma. Al caer la tarde, la paloma regresó con una hoja de olivo recién arrancada en el pico. Así supo Noé que las aguas se habían retirado de la tierra.

Esperó siete días más y soltó otra vez la paloma. Esta vez ya no volvió.
El primer día del primer mes del año seiscientos uno de la vida de Noé, las aguas ya se habían secado. Noé quitó la cubierta del arca, miró afuera y vio que el suelo estaba seco. El día veintisiete del segundo mes, la tierra quedó seca del todo.
Entonces Dios le dijo a Noé:
—Sal del arca con tu esposa, tus hijos y las esposas de tus hijos. Saca también a todos los animales que te acompañan, las aves, las bestias y todos los reptiles que se arrastran por el suelo, para que anden por la tierra, tengan crías y se multipliquen sobre ella.
Noé salió, y con él sus hijos, su esposa y las esposas de sus hijos. Todos los animales, todos los reptiles, todas las aves, todo lo que se mueve sobre la tierra, salieron del arca, cada uno con los de su especie.
Lo primero que hizo Noé fue construir un altar para Dios. Tomó de todos los animales limpios y de todas las aves limpias, y los quemó sobre el altar como ofrenda.
Dios olió aquel aroma agradable y dijo para sí: «Nunca más volveré a maldecir la tierra por culpa del hombre, aunque el hombre tenga el corazón inclinado al mal desde joven. Nunca más volveré a destruir a todos los seres vivos, como acabo de hacerlo. Mientras dure la tierra, no dejará de haber siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche».
Después Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo:
—Tengan muchos hijos, multiplíquense y llenen la tierra. Todos los animales de la tierra, todas las aves del cielo, todo lo que se mueve por el suelo y todos los peces del mar les tendrán miedo y temblarán ante ustedes. Yo los pongo en sus manos.
—Todo lo que se mueve y tiene vida les servirá de alimento —siguió Dios—. Así como antes les di las plantas verdes, ahora les doy todo. Pero no coman carne que todavía tenga su vida, es decir, su sangre.
—Y yo pediré cuentas de la sangre de ustedes, de su vida —añadió—. Se las pediré a cualquier animal y se las pediré al hombre; a cada uno le pediré cuentas de la vida de su hermano. Al que derrame la sangre de un hombre, otro hombre le derramará la suya, porque Dios hizo al hombre a su imagen. Pero ustedes tengan muchos hijos y multiplíquense; llenen la tierra y crezcan en ella.
Luego Dios les habló a Noé y a sus hijos:
—Ahora hago mi pacto con ustedes y con sus descendientes, y con todos los seres vivos que están con ustedes: las aves, el ganado y todas las bestias, todos los que salieron del arca y todos los animales de la tierra. Este es mi pacto: nunca más morirán todos los seres vivos por las aguas de un diluvio, y nunca más habrá un diluvio que destruya la tierra.
Y añadió:
—Esta es la señal del pacto que hago con ustedes y con todos los seres vivos que los acompañan, para todas las generaciones que vendrán: pongo mi arcoíris en las nubes, y será la señal del pacto entre la tierra y yo.

—Cuando yo traiga nubes sobre la tierra y se vea el arcoíris entre ellas —continuó—, me acordaré de mi pacto con ustedes y con todos los seres vivos de toda especie, y las aguas nunca más se volverán un diluvio que acabe con toda vida. Cada vez que el arcoíris aparezca en las nubes, lo veré y me acordaré del pacto eterno entre Dios y todo ser vivo que hay sobre la tierra.
Y Dios le dijo a Noé:
—Esta es la señal del pacto que hice con todo ser vivo que hay sobre la tierra.
Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

