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Un joven soldado alza un yesquero encendido dentro de un árbol hueco y su luz revela un perro enorme de ojos inmensos junto a un cofre lleno de oro.Original

El yesquero

Hans Christian Andersen

16 min de lecturaa partir de 8 años

Un soldado que vuelve de la guerra baja a un árbol hueco por encargo de una bruja, sale con la mochila llena de oro y con un yesquero viejo. Condenado a la horca, saca lumbre y los tres perros acaban con los jueces, el consejo, el rey y la reina; la gente hace rey al soldado y la princesa deja el castillo de cobre.


Por el camino real venía marchando un soldado: ¡un, dos! ¡un, dos! Llevaba la mochila a la espalda y un sable al costado, porque había estado en la guerra y ahora volvía a casa.

En eso se topó con una bruja vieja que iba por el mismo camino, y era horrible de ver. El labio de abajo le colgaba hasta el pecho. La bruja le dijo:

—¡Buenas noches, soldado! ¡Qué sable tan bonito traes, y qué mochila tan grande! Tú sí que eres un soldado de verdad. Ahora vas a tener todo el dinero que quieras.

Un soldado joven de casaca azul raída se detiene en un camino de tierra; frente a él, una anciana encorvada y andrajosa le tiende una mano huesuda.

—Gracias, vieja bruja —dijo el soldado.

—¿Ves aquel árbol tan grande? —dijo la bruja, y señaló uno que se alzaba junto al camino—. Está hueco por dentro. Tienes que trepar hasta la copa, y allí verás un agujero por el que puedes descolgarte hasta muy adentro del árbol. Yo te amarro una cuerda a la cintura para volver a subirte cuando me llames.

—¿Y qué voy a hacer yo allá abajo, dentro del árbol? —preguntó el soldado.

—¡Traer dinero! —dijo la bruja—. Óyeme bien: cuando llegues al fondo del árbol, estarás en un salón enorme, y habrá mucha luz, porque ahí arden más de trescientas lámparas. Verás tres puertas, y las puedes abrir, que las llaves están puestas. Si entras en el primer cuarto, verás en medio del piso un arcón grande, y encima está sentado un perro con unos ojos del tamaño de dos tazas de té. Pero que eso no te importe. Te doy mi delantal de cuadros azules y lo extiendes en el suelo; luego vas rápido, agarras al perro, lo sientas en mi delantal, abres el arcón y tomas todas las monedas que quieras. Son de cobre. Si prefieres plata, tienes que pasar al cuarto siguiente. Allí hay otro perro con unos ojos del tamaño de dos ruedas de molino. Pero tampoco te apures: lo sientas en mi delantal y agarras el dinero. Y si lo que quieres es oro, también lo puedes tener, todo el que seas capaz de cargar, si entras en el tercer cuarto. Nada más que el perro sentado sobre esa caja de dinero tiene dos ojos, y cada uno es tan grande como una torre. Créeme, ¡ese sí es un perro malo! Pero ni así te asustes: lo sientas en mi delantal y no te hace nada, y sacas del arcón todo el oro que quieras.

—No suena nada mal —dijo el soldado—. ¿Pero qué te tengo que dar a ti, vieja bruja? Porque de balde no lo vas a hacer, me imagino.

—¡Nada! —dijo la bruja—. No quiero ni una sola moneda. Lo único que me vas a traer es un yesquero viejo que mi abuela olvidó allá abajo la última vez que bajó.

—Pues amárrame la cuerda a la cintura —dijo el soldado.

—Aquí la tienes —dijo la bruja—, y aquí está mi delantal de cuadros azules.

El soldado trepó al árbol, se dejó resbalar por el agujero y quedó parado, tal como la bruja había dicho, allá abajo en el gran salón donde ardían los cientos de lámparas.

Abrió la primera puerta. ¡Uy! Allí estaba sentado el perro de los ojos como tazas de té, mirándolo con los ojos pelones.

—Qué buen muchacho eres —dijo el soldado, y lo sentó en el delantal de la bruja y se llenó los bolsillos de monedas de cobre, cuantas le cupieron; luego cerró el arcón, volvió a poner al perro encima y pasó al otro cuarto. ¡Y sí! Allí estaba el perro de los ojos como ruedas de molino.

—Mejor no me mires así, tan fijo —dijo el soldado—. Se te pueden salir los ojos.

Y lo sentó en el delantal de la bruja. Pero cuando vio toda la plata que había en el arcón, tiró el cobre que traía y se llenó los bolsillos y la mochila nada más de plata. Después entró en el tercer cuarto. ¡Uy, aquello sí que era espantoso! El perro de adentro tenía de veras dos ojos, cada uno tan grande como una torre, y le daban vueltas en la cabeza igual que ruedas.

—Buenas noches —dijo el soldado, y se llevó la mano a la gorra, porque un perro así no lo había visto nunca.

Pero cuando lo miró con más calma pensó que ya había mirado bastante, lo bajó al piso y abrió el arcón. ¡Dios santo, qué cantidad de oro! Con aquello podía comprar la ciudad entera, y los cochinitos de azúcar de las dulceras, y todos los soldaditos de plomo, los látigos y los caballitos de madera del mundo. ¡Eso sí era dinero! El soldado tiró toda la plata con la que había llenado bolsillos y mochila, y en su lugar metió oro; sí, los bolsillos, la mochila, la gorra y las botas quedaron llenos, tanto que casi no podía caminar. ¡Ahora sí tenía dinero! Sentó al perro sobre el arcón, cerró la puerta de golpe y gritó hacia arriba, por el hueco del árbol:

—¡Súbeme ya, vieja bruja!

—¿Traes también el yesquero? —preguntó la bruja.

—¡Caray! —dijo el soldado—. Eso sí que se me había olvidado por completo.

Y fue a traerlo. La bruja lo subió, y ahí estaba otra vez en el camino real, con los bolsillos, las botas, la mochila y la gorra llenos de oro.

—¿Y qué vas a hacer tú con el yesquero? —preguntó el soldado.

—Eso no es asunto tuyo —dijo la bruja—. Ya tienes tu dinero. Dame nada más el yesquero.

—¡Ni lo sueñes! —dijo el soldado—. Dime ahora mismo qué vas a hacer con él, o saco el sable y te corto la cabeza.

—No —dijo la bruja.

Y el soldado le cortó la cabeza en ese mismo instante. ¡Ahí quedó tendida! Él ató todo su oro en el delantal de ella, se echó el bulto a la espalda, se guardó el yesquero en el bolsillo y se fue derecho a la ciudad.

¡Qué ciudad tan hermosa era aquella! Se hospedó en la posada más lujosa, pidió los mejores cuartos y sus platillos favoritos, porque ahora era rico, con tanto dinero encima.

Al mozo que tenía que limpiarle las botas le parecieron, eso sí, unas botas asombrosamente viejas para un señor tan rico. Es que el soldado todavía no se compraba unas nuevas; al día siguiente tuvo botas decentes y ropa fina. Ya no era un soldado, sino todo un caballero, y la gente le contaba de las maravillas que había en la ciudad, y de su rey, y de qué princesa tan linda era su hija.

—¿Y dónde se le puede ver? —preguntó el soldado.

—A ella no hay manera de verla —decían todos—. Vive en un gran castillo de cobre, rodeado de murallas y de torres. Nadie más que el rey puede entrar y salir de ahí, porque está profetizado que se va a casar con un soldado raso, y eso el rey no lo puede permitir.

Cómo le habría gustado al soldado verla; pero permiso para eso no se lo daban de ninguna manera.

Ahora vivía muy alegremente: iba al teatro, paseaba en carruaje por el jardín del rey y les daba mucho dinero a los pobres, y eso estuvo bonito de su parte, porque él se acordaba de los tiempos de antes y sabía lo feo que es no tener ni una moneda. Ahora era rico, andaba bien vestido y le salieron muchísimos amigos, y todos decían que era un hombre excelente, un caballero de los de antes. Y eso al soldado le gustaba. Pero como gastaba dinero todos los días y no le entraba nada, al final no le quedaron más que dos monedas, y tuvo que dejar los cuartos hermosos donde vivía y mudarse allá arriba, a un cuartito debajo del techo. Él mismo se limpiaba las botas y se las remendaba con una aguja de zurcir. Ninguno de sus amigos iba a verlo, porque eran demasiadas escaleras que subir.

Una tarde oscura no tenía ni para comprarse una vela. Pero se le ocurrió que quedaba un cabito de vela en el yesquero que había sacado del árbol hueco al que la bruja lo ayudó a bajar. Buscó el yesquero y el cabito de vela; y justo cuando sacaba lumbre y la chispa saltaba del yesquero, la puerta se abrió de golpe, y el perro de los ojos grandes como dos tazas de té, el mismo que había visto debajo del árbol, se paró frente a él y le dijo:

—¿Qué manda mi amo?

En una buhardilla con telarañas, un soldado agachado saca chispa de una cajita; frente a él se alza un perro pardo con dos ojos redondos enormes.

—¿Y esto qué es? —preguntó el soldado—. ¡Vaya yesquero tan divertido, si con él puedo conseguir lo que se me antoje! Tráeme algo de dinero —le dijo al perro.

Y ¡zas!, el perro desapareció; ¡zas!, ya estaba de vuelta, con una bolsa grande llena de monedas en el hocico.

Ahora sí supo el soldado qué yesquero tan espléndido tenía. Si le sacaba chispa una vez, venía el perro que estaba sentado sobre el arcón del cobre; si le sacaba chispa dos veces, venía el que tenía la plata; y si le sacaba tres, venía el que cuidaba el oro. El soldado se mudó otra vez abajo, a los cuartos hermosos, y volvió a aparecer con ropa fina. Enseguida lo reconocieron todos sus amigos y lo estimaron muchísimo.

Una noche se puso a pensar: era bien raro que a la princesa no se la pudiera ver. Todos decían que era muy hermosa, pero de qué servía, si tenía que pasarse la vida sentada en aquel gran castillo de cobre con tantas torres. ¿De veras no había modo de verla? ¿Dónde estaba su yesquero? Sacó lumbre, y ¡zas!, ahí apareció el perro de los ojos como tazas de té.

—Ya sé que es medianoche —dijo el soldado—, pero me gustaría muchísimo ver a la princesa, aunque fuera un momentito.

El perro salió por la puerta enseguida, y antes de que el soldado se diera cuenta ya estaba de regreso con la princesa. Iba sentada, dormida, sobre el lomo del perro, y era tan linda que cualquiera habría visto que era una princesa de verdad. El soldado no pudo aguantarse las ganas de besarla, porque era soldado de pies a cabeza.

Un perro gigantesco corre por los tejados de pizarra con una muchacha dormida en camisón tendida sobre el lomo, el pelo y un brazo colgando.

Después el perro se llevó a la princesa de vuelta. Pero cuando amaneció, y el rey y la reina estaban tomando el té, la princesa contó que la noche anterior había tenido un sueño muy raro con un perro y un soldado: que ella iba montada en el perro y que el soldado la había besado.

—¡Pues sí que es una bonita historia! —dijo la reina.

Y a la noche siguiente, una de las viejas damas de la corte tuvo que velar junto a la cama de la princesa, para ver si de veras era un sueño o qué otra cosa podía ser.

Al soldado le habían quedado unas ganas enormes de volver a ver a la princesa, así que el perro llegó de noche, la levantó y corrió con ella lo más rápido que pudo. Pero la vieja dama de la corte se puso unas botas de hule y corrió detrás igual de rápido. Cuando vio que desaparecían dentro de una casa grande, pensó que ya sabía dónde era, y con un pedazo de gis pintó una cruz grande en la puerta. Luego se fue a su casa y se acostó, y el perro también regresó con la princesa. Pero el perro, al ver que habían pintado una cruz en la puerta de la casa donde vivía el soldado, agarró también un pedazo de gis y pintó cruces en todas las puertas de la ciudad, y eso fue muy astuto de su parte, porque así la dama de la corte ya no podía encontrar la puerta correcta, con cruces en todas.

Tempranito llegaron el rey y la reina, la vieja dama de la corte y todos los oficiales, a ver dónde había estado la princesa.

—¡Aquí es! —dijo el rey, en cuanto vio la primera puerta con una cruz.

—No, es allá, mi querido esposo —dijo la reina, al ver que la segunda puerta también tenía una cruz.

—¡Pero si aquí hay una y allá hay otra! —decían todos.

Adondequiera que miraran había una cruz en la puerta. Entonces comprendieron que de nada les iba a servir seguir buscando.

Pero la reina era una mujer muy lista, que sabía hacer algo más que pasear en carroza. Tomó sus grandes tijeras de oro, cortó una tela de seda en pedazos y con ellos cosió una bolsita muy bonita; la llenó de sémola fina de trigo sarraceno, se la amarró a la princesa en la espalda y, cuando la tuvo lista, le hizo un agujerito a la bolsa, para que la sémola se fuera regando por todo el camino que la princesa tomara.

Esa noche volvió el perro, se echó a la princesa al lomo y corrió con ella hasta el soldado, que la quería mucho y que de buena gana habría sido príncipe para poder casarse con ella.

El perro no se dio cuenta de cómo la sémola se iba regando desde el castillo hasta la ventana del soldado, adonde el perro trepó por el muro con la princesa a cuestas. Por la mañana el rey y la reina vieron muy bien dónde había estado su hija, y entonces agarraron al soldado y lo metieron a la cárcel.

Ahí estaba, pues. ¡Uy, qué oscuro y qué aburrido era aquello! Y le dijeron:

—Mañana te van a colgar.

Oír eso no tuvo nada de gracioso, y el yesquero se le había quedado en la posada. Por la mañana pudo ver, a través de la reja de la ventanita, cómo la gente salía a toda prisa de la ciudad para verlo colgar. Oía los tambores y veía marchar a los soldados. Todo el mundo iba corriendo; entre ellos iba también un aprendiz de zapatero, con su mandil de cuero y sus pantuflas, y corría a tal galope que una pantufla se le salió del pie y voló justo contra el muro donde el soldado estaba asomado tras la reja.

—¡Oye, muchacho zapatero! No tienes por qué llevar tanta prisa —le dijo el soldado—. La cosa no empieza hasta que yo llegue. Pero si corres a donde yo vivía y me traes mi yesquero, te doy cuatro monedas. ¡Nada más corre como el viento!

El aprendiz de zapatero se moría de ganas de ganarse las cuatro monedas, así que fue por el yesquero, se lo dio al soldado, y… pues ahora vamos a ver qué pasó.

Desde la ventana enrejada de una prisión, un soldado alarga el brazo hacia un muchacho descalzo con mandil de cuero que le ofrece una cajita encendida.

Afuera de la ciudad habían levantado una horca grande; alrededor estaban formados los soldados y muchos cientos de miles de personas. El rey y la reina estaban sentados en un trono espléndido, frente a los jueces y a todo el consejo.

El soldado ya estaba arriba, en la escalera; pero cuando iban a ponerle la cuerda al cuello, dijo que a un pobre condenado siempre se le concede un deseo inocente antes de cumplir su castigo. Que él tenía muchas ganas de fumarse una pipa de tabaco, que sería la última pipa de este mundo.

El rey no quiso negárselo, y entonces el soldado tomó su yesquero y sacó lumbre: una, dos, tres. Y de pronto ahí estaban los tres perros: el de los ojos como tazas de té, el de los ojos como ruedas de molino y aquel que tenía cada ojo tan grande como una torre.

—¡Ayúdenme, que no me cuelguen! —dijo el soldado.

Y los perros se echaron encima de los jueces y de todo el consejo; agarraron a uno de las piernas y a otro de la nariz y los aventaron altísimo por los aires, y aquellos hombres, al caer, se hicieron pedazos.

Tres perros enormes de ojos cada vez más grandes corren por una calle empedrada; hombres con togas y mujeres huyen, y el soldado camina detrás.

—¡Yo no quiero! —dijo el rey.

Pero el perro más grande lo agarró a él y también a la reina, y los aventó tras los otros. Entonces los soldados se asustaron, y todo el pueblo gritó:

—¡Buen soldado, tú vas a ser nuestro rey y te vas a casar con la hermosa princesa!

Después sentaron al soldado en la carroza del rey, y los tres perros bailaban delante y gritaban: ¡Hurra! Los muchachos chiflaban con los dedos y los soldados presentaban armas. La princesa salió del castillo de cobre y se volvió reina, y eso a ella le gustó mucho. La boda duró ocho días, y los perros se sentaron también a la mesa y abrían unos ojos enormes.

Adaptado por Talerie, fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público

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Sobre este cuento

Hans Christian Andersen escribió «El yesquero», que en danés se titula «Fyrtøiet». Se publicó en danés el 8 de mayo de 1835 y abría el primer cuadernillo de «Eventyr, fortalte for Børn». Andersen contó en 1863 que lo había oído de niño, en la sala de hilar y en la recogida del lúpulo.

Partimos de una edición alemana, no española: la de Hartknoch (Leipzig), sin fecha ni traductor, cuya portada dice que la preparó el autor. En ella desaparecen Copenhague y la Torre Redonda, y las lámparas pasan de más de cien a más de trescientas. Aquí tienes dos versiones nuestras, «Más suave» y la más larga, «Original».

Andersen en danés frente a la edición alemana de la que partimos

Andersen, texto danésEdición alemana (Hartknoch)
Las lámparas«over hundrede», más de cien«über dreihundert», más de trescientas
El tercer perroojos como la Torre Redonda de Copenhagueojos «so groß wie ein Thurm», como una torre
Lo que compra el oro«hele Kjøbenhavn», todo Copenhague«die ganze Stadt», la ciudad entera
Los otros dos perrosojos como tazas de té y como ruedas de molinoigual
La bolsa de la reinatrigo sarraceno, a la espalda de la princesaigual
El grito del pueblo«lille Soldat», pequeño soldado«Guter Soldat», buen soldado
La bodaocho díasigual
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el de los ojos como tazas de té, el de los ojos como ruedas de molino y el de los ojos grandes como torres.
H. C. Andersen, 1835: den med Øine saa store som Theekopper, den med Øine som et Møllehjul og den, der havde Øine saa store som Rundetaarn!

Cómo lo cuenta nuestro texto

Nuestras dos versiones siguen a la edición alemana: bajo el árbol arden trescientas lámparas, el tercer perro tiene los ojos grandes como torres y el oro alcanza para comprar «la ciudad entera», sin que se nombre Copenhague. Nadie tiene nombre, ni el soldado ni la bruja ni la princesa. La gente grita «¡Buen soldado!» y la boda dura ocho días. La «Original» conserva más detalles, como el teatro o el mozo de la posada que se asombra de las botas viejas; en la «Más suave», la reina llena la bolsita de trigo molido y no de trigo sarraceno.

Para leerlo con niños, es bueno saber de antemano que el soldado mata a la bruja porque ella se niega a decirle para qué quiere el yesquero: en la «Original» le corta la cabeza; en la «Más suave» saca el sable y «ahí quedó la bruja». El perro de los ojos como tazas de té lleva de noche a la princesa dormida hasta el soldado, y él la besa. Al soldado lo descubren y lo condenan a la horca, y cuando ya está en la escalera, los tres perros lanzan por los aires a los jueces, al consejo, al rey y a la reina. El cuento no juzga al soldado, que termina casado con la princesa y convertido en rey.

Cuentos cercanos y una confusión

«Fyrtøiet» salió junto con «Lille Claus og store Claus», «Den lille Idas Blomster» y «Prindsessen paa Ærten», que en nuestra biblioteca es «La princesa y el guisante». Según Andersen, también este último lo había oído de niño. Los hermanos Grimm publicaron un cuento parecido de Mecklemburgo, «Das blaue Licht», y en sus notas de 1856 citan el de Andersen como paralelo danés. En «Das blaue Licht» hay un soldado al que despiden después de la guerra, una bruja, una luz que hay que sacar de un pozo seco y un sirviente que aparece cuando el soldado enciende la pipa con esa luz. Ese sirviente es un hombrecillo negro y no tres perros, y la bruja deja caer al soldado de nuevo al fondo del pozo.

Como su protagonista es un soldado, podría confundirse con «El soldadito de plomo», que es otro cuento de Andersen.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Catálogo

Cotejado con estas fuentes el 14 de octubre de 2026.

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