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Los músicos de Brema

Los músicos de Brema

Hermanos Grimm

7 min de lectura5–12 años

Cuatro animales viejos y abandonados —un asno, un perro, un gato y un gallo— huyen de sus amos y se dirigen a Brema para convertirse en músicos. En el camino encuentran una casa de ladrones, a la que asustan con su música, y deciden quedarse a vivir allí.


Un hombre tenía un asno que durante muchos años había llevado sin quejarse los sacos al molino, pero cuyas fuerzas empezaban ya a agotarse, de modo que cada día servía menos para el trabajo. Entonces el amo pensó en dejar de darle de comer; pero el asno, comprendiendo que soplaban malos vientos, se escapó y tomó el camino de Brema.

—Allí —se dijo— bien podré hacerme músico de la ciudad.

Después de andar un rato, encontró en el camino a un perro de caza tumbado, que jadeaba como quien ha corrido hasta cansarse.

—¿Por qué jadeas de ese modo, compañero? —le preguntó el asno.

—¡Ay! —contestó el perro—. Como soy viejo y cada día tengo menos fuerzas, y ya no puedo seguir el rastro en la caza, mi amo quiso matarme a golpes. Por eso he puesto pies en polvorosa; pero ¿cómo me ganaré ahora el pan?

—¿Sabes qué? —dijo el asno—. Yo voy a Brema para hacerme músico de la ciudad; ven conmigo y que te admitan también en la banda. Yo tocaré el laúd y tú tocarás los timbales.

El perro aceptó de buen grado y siguieron juntos su camino. No tardaron mucho en encontrar a un gato sentado junto al sendero, con una cara larga como tres días de lluvia.

—¿Qué se te ha cruzado en el camino, viejo bigotudo? —dijo el asno.

—¿Quién puede estar alegre cuando le va la cabeza en ello? —respondió el gato—. Ahora que ya voy entrado en años, que se me embotan los dientes y prefiero quedarme detrás de la estufa ronroneando antes que correr tras los ratones, mi ama quiso ahogarme. Escapé a tiempo, pero ¿dónde voy a ir ahora?

—Vente con nosotros a Brema; tú, que tanto entiendes de música nocturna, bien puedes hacerte músico de la ciudad.

Le pareció bien al gato el consejo y se unió a ellos. Poco después, nuestros tres fugitivos pasaron por delante de un corral en cuya puerta cantaba un gallo con todas sus fuerzas.

—Tus gritos le atraviesan a uno hasta los huesos —dijo el asno—. ¿Qué te ronda por la cabeza?

—He anunciado buen tiempo —contestó el gallo—, pues hoy es el día de Nuestra Señora, cuando ha lavado las camisitas del Niño Jesús y quiere ponerlas a secar. Pero como mañana, domingo, vienen invitados, mi ama no tiene la menor compasión y le ha dicho a la cocinera que quiere comerme en la sopa; así que esta misma noche me van a cortar el cuello. Por eso grito a pleno pulmón mientras todavía puedo.

—¡Bah, cabeza colorada! —dijo el asno—. Mejor vente con nosotros; vamos a Brema, y en cualquier parte encontrarás algo mejor que la muerte. Tú tienes buena voz, y cuando cantemos todos juntos, ¡seguro que haremos un buen concierto!

Le agradó al gallo la propuesta y se marcharon los cuatro juntos. Pero no podían llegar a la ciudad de Brema en un solo día, y al anochecer se detuvieron en un bosque, donde decidieron pasar la noche. El asno y el perro se echaron debajo de un árbol muy grande; el gato y el gallo se subieron a las ramas, y el gallo voló hasta la copa más alta, donde se sentía más seguro. Antes de dormirse, echó todavía una mirada a los cuatro vientos, y le pareció ver a lo lejos una chispita encendida. Entonces avisó a sus compañeros de que no debía de haber una casa muy lejos, pues se veía brillar una luz.

—Siendo así —dijo el asno—, levantémonos y vayamos hacia allá, que esta posada no es de mi agrado.

Y el perro añadió que un par de huesos con algo de carne tampoco le vendrían nada mal.

Así que se pusieron en camino hacia el lugar de donde salía la luz. Pronto la vieron brillar más y más, hasta que llegaron ante una casa de ladrones bien iluminada. El asno, que era el más alto de todos, se acercó a la ventana y miró dentro.

—¿Qué ves, rucio? —preguntó el gallo.

—¿Que qué veo? —respondió el asno—. Una mesa puesta con ricos manjares y buenas bebidas, y alrededor unos ladrones que se dan la gran vida.

—¡Eso sí que nos vendría bien! —dijo el gallo.

—¡Sí, sí, ay, ojalá estuviéramos dentro! —suspiró el asno.

Entonces los animales se pusieron a pensar cómo echar a los ladrones de allí, y al fin dieron con un modo. El asno apoyó las patas delanteras en el alféizar de la ventana; el perro saltó sobre el lomo del asno; el gato trepó encima del perro, y por último el gallo voló y se posó sobre la cabeza del gato. Colocados así, a una señal convenida empezaron todos a la vez su música: el asno rebuznaba, el perro ladraba, el gato maullaba y el gallo cantaba; luego se lanzaron por la ventana al interior de la sala, y los cristales saltaron en mil pedazos. Al oír aquel estruendo espantoso, los ladrones se levantaron de golpe, convencidos de que entraba un fantasma, y huyeron aterrados al bosque. Entonces los cuatro compañeros se sentaron a la mesa, se conformaron con lo que había quedado y comieron como si tuvieran que ayunar durante un mes.

Cuando los cuatro músicos terminaron, apagaron la luz y buscaron cada uno un lugar para dormir, según su gusto y su naturaleza. El asno se echó sobre el estiércol, el perro detrás de la puerta, el gato junto al hogar, cerca de la ceniza caliente, y el gallo se posó en una viga. Y como estaban cansados del largo camino, no tardaron en quedarse dormidos. Pasada la medianoche, cuando los ladrones vieron de lejos que ya no había luz en la casa y que todo parecía tranquilo, dijo el capitán:

—No debimos dejarnos asustar de esa manera.

Y mandó a uno de los suyos a inspeccionar la casa. El enviado lo encontró todo en silencio; entró en la cocina para encender una luz, y como los ojos ardientes y relucientes del gato le parecieron dos brasas vivas, les acercó una cerilla para prenderla. Pero el gato no entendía de bromas: le saltó a la cara, bufando y arañándolo. El hombre, muerto de miedo, corrió a huir por la puerta de atrás; pero el perro, que estaba echado allí, se levantó de un brinco y le mordió la pierna. Y cuando cruzaba el corral por delante del estiércol, el asno le soltó una buena coz con las patas traseras; y el gallo, despertado por el ruido y ya bien despierto, gritó desde lo alto de la viga:

—¡Quiquiriquí!

El ladrón corrió cuanto pudo hasta donde estaba su capitán y le dijo:

—¡Ay! En la casa hay una bruja horrible que me ha resoplado en la cara y me la ha arañado con sus largas uñas; junto a la puerta hay un hombre con un cuchillo, que me ha clavado el cuchillo en la pierna; en el patio yace un monstruo negro que me ha aporreado con una maza de madera; y arriba, en el tejado, está sentado el juez, que gritaba: «¡Traedme aquí al pillo!». Por eso salí corriendo como pude.

Desde entonces los ladrones no se atrevieron a volver a la casa, y a los cuatro músicos de Brema tan a gusto les fue en ella que no quisieron abandonarla nunca más. Y quien lo contó por última vez todavía tiene la boca caliente.