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A la orilla del Nilo, la hija del faraón, arrodillada, y una doncella en el agua sacan la canasta con el niño; la hermana del niño mira entre los carrizos.Original

Moisés

La Biblia

53 min de lectura a partir de 8 años

En Egipto, el faraón manda echar al río a todo niño que les nazca a los hebreos. Una mujer de la tribu de Leví esconde a su hijo durante tres meses y después lo acuesta en una canasta de juncos entre los carrizos del Nilo, mientras la hermana del niño mira de lejos.


Cuando Jacob se fue a vivir a Egipto, sus hijos se fueron con él, y cada uno llevó a toda su familia. Estos eran los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví y Judá; Isacar, Zabulón y Benjamín; Dan y Neftalí, Gad y Aser. Contando a todos los que descendían de Jacob, eran setenta personas. José ya estaba en Egipto desde antes.

Con el tiempo murió José, murieron también todos sus hermanos y murió toda aquella generación. Pero los israelitas tuvieron muchos hijos, y sus hijos tuvieron más hijos; crecieron tanto en número y se hicieron tan fuertes que llenaron el país.

Entonces subió al trono de Egipto un rey nuevo, que no había conocido a José. Este rey le dijo a su pueblo:

—Miren, los israelitas ya son más numerosos y más fuertes que nosotros. Tenemos que ser astutos con ellos, para que no sigan multiplicándose. Si un día hay guerra, se pueden unir a nuestros enemigos, pelear contra nosotros y luego irse de esta tierra.

Así que los egipcios les pusieron capataces que los agobiaran con trabajos pesados, y los israelitas le construyeron al faraón dos ciudades para guardar provisiones, Pitón y Ramsés.

Pero mientras más los oprimían, más se multiplicaban y más crecían, de modo que los egipcios les tenían miedo y no los podían ni ver.

Los egipcios hicieron trabajar a los israelitas sin compasión. Les amargaron la vida con una esclavitud dura: los ponían a hacer barro y ladrillos y toda clase de labores del campo, y en todo lo que los obligaban a hacer los trataban con crueldad.

Israelitas pisan barro y paja en un cajón de madera y llenan moldes de ladrillos, mientras dos capataces egipcios con palos los vigilan desde un montículo.

Un día, el rey de Egipto habló con las parteras de las hebreas. Una se llamaba Sifrá y la otra Fúa.

—Cuando atiendan a las hebreas en el parto —les dijo—, fíjense bien: si es niño, mátenlo; si es niña, déjenla vivir.

Pero las parteras tenían temor de Dios. No hicieron lo que el rey de Egipto les había mandado, y dejaron vivir a los niños.

Entonces el rey de Egipto mandó llamar a las parteras.

—¿Por qué hicieron esto? —les preguntó—. ¿Por qué dejaron vivir a los niños?

—Majestad, las hebreas no son como las egipcias —le respondieron—. Son fuertes, y dan a luz antes de que llegue la partera.

Dios fue bueno con las parteras, y el pueblo siguió multiplicándose y se hizo muy fuerte. Y como las parteras habían tenido temor de Dios, él les dio familias propias.

Entonces el faraón le dio una orden a todo su pueblo:

—Echen al río a todo niño que les nazca a los hebreos. A las niñas déjenlas vivir.

En esos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer que también era de la tribu de Leví. Ella quedó embarazada y tuvo un hijo, y como vio que era un niño hermoso, lo tuvo escondido durante tres meses.

Cuando ya no pudo esconderlo más, tomó una canasta de juncos y la selló con brea. Acostó al niño dentro y dejó la canasta entre los carrizos, a la orilla del Nilo.

De noche, una mujer arrodillada sella con brea una canasta tejida, con una olla de brea al lado; mira con miedo hacia la puerta y su bebé duerme junto a ella.

La hermana del niño se quedó mirando de lejos, para ver qué le pasaba.

Al poco rato, la hija del faraón bajó al río a bañarse, mientras sus doncellas paseaban por la orilla. Vio la canasta entre los carrizos y mandó a una de ellas a traérsela.

Cuando la hija del faraón abrió la canasta, vio al niño, que estaba llorando, y sintió compasión por él.

—Es uno de los niños de los hebreos —dijo.

Entonces la hermana del niño se acercó a la hija del faraón.

—Señora, ¿quiere que vaya a buscarle una nodriza entre las hebreas, para que le críe al niño?

—Ve —le respondió la hija del faraón.

La muchacha fue corriendo y llamó a la madre del niño.

—Llévate a este niño y críamelo —le dijo la hija del faraón—, y yo te pagaré por hacerlo.

Así que la mujer se llevó al niño y lo crio. Cuando el niño ya estaba grande, se lo llevó a la hija del faraón, y ella lo adoptó como hijo suyo. Le puso por nombre Moisés, porque dijo: «De las aguas lo saqué».

Pasaron los años. Un día, cuando Moisés ya era un hombre, salió a visitar a sus hermanos hebreos y se fijó en lo duro que los hacían trabajar. De pronto vio a un egipcio que estaba golpeando a un hebreo, uno de los suyos.

Moisés miró a un lado y a otro, y como no vio a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena.

Al día siguiente, Moisés volvió a salir y vio a dos hebreos que se estaban peleando. Al que tenía la culpa le dijo:

—¿Por qué le pegas a tu compañero?

—¿Y quién te puso a ti de jefe y juez sobre nosotros? —le contestó el hombre—. ¿Piensas matarme a mí también, como mataste al egipcio?

Moisés tuvo miedo. «Seguro que ya se supo lo que hice», pensó.

Y así fue: el faraón se enteró de lo que había pasado y quiso matar a Moisés. Pero Moisés huyó lejos del faraón y se fue a vivir a la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo.

El sacerdote de Madián tenía siete hijas. Ellas llegaron al pozo a sacar agua y llenaron los bebederos para darles de beber a las ovejas de su padre.

Pero llegaron unos pastores y las corrieron de ahí. Entonces Moisés se levantó, las defendió y les dio de beber a las ovejas.

En el desierto, un joven barbado de túnica blanca vierte una cubeta de cuero en un bebedero; siete muchachas con cántaros lo ayudan y beben ovejas y cabras.

Cuando las muchachas volvieron con Jetro, su padre, él les preguntó:

—¿Por qué regresaron hoy tan temprano?

—Papá, un egipcio nos defendió de los pastores —le contestaron—. Y hasta nos sacó el agua y les dio de beber a las ovejas.

—¿Y dónde está? —dijo Jetro—. ¿Por qué dejaron allá a ese hombre? Llámenlo para que venga a comer con nosotros.

Moisés aceptó quedarse a vivir con aquel hombre, y Jetro le dio por esposa a su hija Séfora. Séfora tuvo un hijo, y Moisés le puso por nombre Gersón, porque dijo: «Soy forastero en tierra extraña».

Pasó mucho tiempo, y el rey de Egipto murió. Los israelitas seguían gimiendo bajo la esclavitud y pedían ayuda a gritos, y sus gritos llegaron hasta Dios.

Dios oyó sus gemidos y se acordó de la alianza que había hecho con Abraham, con Isaac y con Jacob. Dios miró a los israelitas y se ocupó de ellos.

Un día, Moisés estaba cuidando las ovejas de Jetro, su suegro, el sacerdote de Madián, y las llevó más allá del desierto. Así llegó a Horeb, el monte de Dios.

Allí, de en medio de una zarza, salía una llama de fuego. Moisés se quedó mirando y vio que la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía.

Al anochecer, Moisés, viejo y de barba blanca, se hace sombra con la mano y mira una zarza de hojas verdes envuelta en llamas, entre sus ovejas y cabras.

—Voy a acercarme a ver esto tan extraño —dijo Moisés—. ¿Por qué no se quema la zarza?

Cuando Dios vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde en medio de la zarza:

—¡Moisés, Moisés!

—Aquí estoy —respondió él.

—No te acerques más —le dijo Dios—. Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás parado es tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.

Moisés se cubrió la cara, porque tenía miedo de mirar a Dios.

—He visto muy bien cómo sufre mi pueblo en Egipto —siguió Dios—. He oído cómo grita por culpa de los capataces, y conozco sus penas. Por eso bajé a librarlo de los egipcios, para sacarlo de ese país y llevarlo a una tierra buena y grande, una tierra que mana leche y miel: la tierra de los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos.

—El clamor de los israelitas llegó hasta mí —dijo Dios—, y también he visto cómo los oprimen los egipcios. Así que ven: te voy a enviar al faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas.

—¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón y sacar de Egipto a los israelitas? —le preguntó Moisés a Dios.

—Ve, que yo estaré contigo —le respondió Dios—. Y esta será la señal de que yo te envié: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, todos ustedes vendrán a servirme en este monte.

—Pero supón que voy con los israelitas y les digo: «El Dios de sus antepasados me envió a ustedes» —dijo Moisés—. Si ellos me preguntan: «¿Cómo se llama?», ¿qué les voy a responder?

—Yo soy el que soy —le respondió Dios a Moisés—. Esto les dirás a los israelitas: «Yo soy me envió a ustedes».

—Diles también: «Dios, el Dios de sus antepasados, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me envió a ustedes» —siguió Dios—. Ese es mi nombre para siempre, y así me recordarán todas las generaciones.

—Ve y reúne a los ancianos de Israel —le dijo Dios—, y diles: «El Dios de sus antepasados, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: «He venido a verlos, y he visto lo que les hacen en Egipto. Yo los sacaré de su sufrimiento en Egipto y los llevaré a la tierra de los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos, una tierra que mana leche y miel»».

—Ellos te harán caso —siguió Dios—. Luego tú y los ancianos de Israel irán con el rey de Egipto y le dirán: «El Dios de los hebreos vino a nuestro encuentro. Déjenos ir ahora por el desierto, a tres días de camino, para ofrecerle sacrificios a nuestro Dios».

—Yo sé que el rey de Egipto no los dejará ir si no lo obliga una mano fuerte —dijo Dios—. Por eso extenderé mi mano y castigaré a Egipto con todos los prodigios que haré allí. Después de eso, los dejará ir.

—Y haré que los egipcios miren con buenos ojos a este pueblo —añadió—, para que cuando salgan no se vayan con las manos vacías. Cada mujer le pedirá a su vecina y a la que viva en su casa objetos de plata, objetos de oro y ropa. Con eso vestirán a sus hijos y a sus hijas, y así le quitarán a Egipto sus riquezas.

—Pero no me van a creer —respondió Moisés—, ni me van a hacer caso. Me van a decir: «Dios no se te apareció».

—¿Qué tienes en la mano? —le preguntó Dios.

—Un bastón.

—Échalo al suelo.

Moisés lo echó al suelo, y el bastón se convirtió en una serpiente. Moisés salió huyendo de ella.

—Extiende la mano y agárrala por la cola —le dijo Dios.

Moisés extendió la mano, la agarró, y la serpiente volvió a ser un bastón en su mano.

—Esto es para que crean que se te apareció Dios, el Dios de sus antepasados, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob —le dijo Dios—. Ahora métete la mano en el pecho, debajo de la ropa.

Moisés se metió la mano en el pecho, y cuando la sacó, la tenía cubierta de lepra, blanca como la nieve.

—Vuelve a meterte la mano en el pecho —le dijo Dios.

Moisés volvió a meter la mano, y cuando la sacó otra vez, estaba sana, igual que el resto de su cuerpo.

—Si no te creen ni hacen caso de la primera señal —le dijo Dios—, creerán con la segunda. Y si ni con estas dos señales te creen ni te escuchan, toma agua del río y derrámala en la tierra seca. El agua que saques del río se convertirá en sangre sobre la tierra.

—Por favor, Dios mío —le dijo Moisés—, yo nunca he tenido facilidad de palabra, ni antes ni ahora que le hablas a tu siervo. Hablo despacio y se me traba la lengua.

—¿Quién le dio la boca al hombre? —le respondió Dios—. ¿Quién hace que uno sea mudo o sordo, que uno vea o que sea ciego? ¿No soy yo, Dios? Ahora ve, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que tienes que decir.

—Por favor, Dios mío —insistió Moisés—, manda a otro, al que tú quieras.

Entonces Dios se enojó con Moisés.

—¿No está ahí tu hermano Aarón, el levita? —le dijo—. Yo sé que él habla bien. Además, ya viene a tu encuentro, y cuando te vea, se va a alegrar de corazón.

—Tú le hablarás y le pondrás las palabras en la boca —siguió Dios—, y yo estaré en tu boca y en la de él, y les enseñaré a los dos lo que tienen que hacer. Él hablará por ti al pueblo: él será tu boca, y tú serás para él como Dios. Y lleva en la mano este bastón, porque con él harás las señales.

Moisés se fue de allí, volvió con su suegro Jetro y le dijo:

—Déjeme ir, por favor. Quiero volver con mis hermanos que están en Egipto, para ver si todavía viven.

—Ve en paz —le contestó Jetro.

Mientras Moisés seguía en Madián, Dios le dijo:

—Regresa a Egipto, porque ya murieron todos los que querían matarte.

Entonces Moisés subió a su esposa y a su hijo en un burro y emprendió el camino de regreso a Egipto. En la mano llevaba el bastón de Dios.

—Cuando vuelvas a Egipto —le dijo Dios a Moisés—, no dejes de hacer delante del faraón todos los prodigios que he puesto en tu mano. Pero yo endureceré su corazón, y no dejará ir al pueblo.

—Entonces le dirás al faraón: «Esto dice Dios: «Israel es mi hijo, mi primer hijo. Te dije que dejaras ir a mi hijo para que me sirva, pero no quisiste dejarlo ir. Por eso voy a matar a tu hijo, a tu primer hijo»».

En el camino, en una posada, Dios le salió al encuentro a Moisés y quiso matarlo.

Entonces Séfora tomó una piedra afilada, le cortó el prepucio a su hijo, lo echó a los pies de Moisés y dijo:

—De veras, tú eres para mí un esposo de sangre.

Y Dios dejó en paz a Moisés. Séfora había dicho «esposo de sangre» por la circuncisión.

Mientras tanto, Dios le había dicho a Aarón:

—Ve al desierto a recibir a Moisés.

Aarón fue, encontró a su hermano en el monte de Dios y lo besó. Moisés le contó todo lo que Dios le había mandado decir y todas las señales que le había ordenado hacer.

Luego Moisés y Aarón fueron y reunieron a todos los ancianos de los israelitas. Aarón les repitió todas las palabras que Dios le había dicho a Moisés, e hizo las señales delante del pueblo.

Y el pueblo creyó. Cuando oyeron que Dios había venido a ver a los israelitas y que había visto su sufrimiento, se inclinaron y lo adoraron.

Después de eso, Moisés y Aarón se presentaron ante el nuevo faraón.

—Majestad, esto dice Dios, el Dios de Israel: «Deja ir a mi pueblo, para que me celebre una fiesta en el desierto».

—¿Y quién es ese Dios, para que yo le haga caso y deje ir a Israel? —respondió el faraón—. Yo no conozco a ese Dios, y tampoco voy a dejar ir a Israel.

—El Dios de los hebreos vino a nuestro encuentro —dijeron ellos—. Déjenos ir, por favor, a tres días de camino por el desierto, para ofrecerle sacrificios a nuestro Dios, no sea que nos castigue con una peste o con la espada.

—Moisés y Aarón, ¿por qué distraen al pueblo de su trabajo? —les dijo el rey de Egipto—. ¡Regresen a sus tareas! Miren cuánta gente hay ahora en el país, y ustedes quieren que dejen de trabajar.

Ese mismo día, el faraón les dio una orden a los capataces del pueblo y a los jefes que estaban a cargo:

—De aquí en adelante, no les darán paja para hacer los ladrillos, como hasta ahora. Que vayan ellos mismos a juntar la paja. Pero exíjanles la misma cantidad de ladrillos que hacían antes, sin quitarles ni uno. Son unos flojos, y por eso andan gritando: «Vamos a ofrecerle sacrificios a nuestro Dios». Que se les haga más pesado el trabajo, para que estén ocupados y no le hagan caso a mentiras.

Los capataces y los jefes salieron y le dijeron al pueblo:

—Esto dice el faraón: «Ya no les voy a dar paja. Vayan ustedes mismos a buscarla donde la encuentren, pero no se les va a rebajar nada de su tarea».

Entonces el pueblo se dispersó por todo Egipto para juntar rastrojo en lugar de paja. Los capataces los apuraban:

—Terminen su trabajo, la tarea de cada día, igual que cuando les daban paja.

Y los capataces del faraón golpeaban a los jefes israelitas que ellos mismos habían puesto al frente del pueblo.

—¿Por qué ni ayer ni hoy entregaron la misma cantidad de ladrillos que antes? —les decían.

Los jefes israelitas fueron a quejarse con el faraón:

—¿Por qué trata así a sus siervos, Majestad? A sus siervos no se les da paja, y aun así nos dicen: «¡Hagan los ladrillos!». Y ahora sus siervos reciben golpes, cuando la culpa es de su propia gente.

—¡Flojos, son unos flojos! —les respondió el faraón—. Por eso andan diciendo: «Vamos a ofrecerle sacrificios a Dios». ¡Váyanse a trabajar! No se les va a dar paja, y tienen que entregar la misma cantidad de ladrillos.

Los jefes israelitas se vieron en un aprieto cuando les dijeron que no se les iba a rebajar ni un ladrillo de la tarea de cada día.

Al salir del palacio del faraón, se encontraron con Moisés y Aarón, que los estaban esperando.

—¡Que Dios los vea y los juzgue! —les dijeron—. Por culpa de ustedes, el faraón y su gente nos tienen asco. ¡Les pusieron la espada en la mano para que nos maten!

Moisés se volvió a Dios y le dijo:

—Dios mío, ¿por qué tratas mal a este pueblo? ¿Para qué me enviaste? Desde que fui a hablar con el faraón en tu nombre, él trata peor a este pueblo, y tú no has hecho nada para librarlo.

—Ahora verás lo que voy a hacer con el faraón —le respondió Dios—. Por mi mano fuerte los dejará ir; por mi mano fuerte los echará de su país.

Dios siguió hablando con Moisés:

—Yo soy Dios. Me aparecí ante Abraham, Isaac y Jacob como Dios todopoderoso, pero no les di a conocer mi nombre. Hice una alianza con ellos y les prometí darles la tierra de Canaán, la tierra donde vivieron como extranjeros. Y ahora he oído los gemidos de los israelitas, a los que los egipcios tienen como esclavos, y me he acordado de mi alianza.

—Por eso diles a los israelitas —siguió—: «Yo soy Dios. Yo los sacaré de debajo de las cargas de Egipto, los libraré de la esclavitud y los rescataré con mi brazo extendido y con grandes castigos. Los haré mi pueblo y seré su Dios, y ustedes sabrán que yo soy su Dios, el que los saca de debajo de las cargas de Egipto. Los llevaré a la tierra que juré darles a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré a ustedes para siempre. Yo soy Dios».

Moisés les repitió todo esto a los israelitas, pero ellos no le hicieron caso, porque estaban desanimados y la esclavitud era muy dura.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Ve con el faraón, el rey de Egipto, y dile que deje salir de su país a los israelitas.

—Si los israelitas no me hacen caso —le respondió Moisés a Dios—, ¿cómo me va a escuchar el faraón, con lo torpe que soy para hablar?

Pero Dios les habló a Moisés y a Aarón y les dio órdenes para los israelitas y para el faraón, el rey de Egipto: tenían que sacar de Egipto a los israelitas.

Estos eran los jefes de las familias de Israel, familia por familia: primero los descendientes de Rubén, el hijo mayor de Jacob; luego los de Simeón, y luego los de Leví, que vivió ciento treinta y siete años. De la familia de Leví venían Aarón y Moisés. A ellos dos les dijo Dios: «Saquen de Egipto a los israelitas, ordenados como un ejército», y fueron ellos los que hablaron con el faraón, rey de Egipto, para sacar de allí a los israelitas.

El día que Dios le habló a Moisés en Egipto, le dijo:

—Yo soy Dios. Dile al faraón, rey de Egipto, todo lo que yo te diga.

—Pero si yo soy muy torpe para hablar —le respondió Moisés—. ¿Cómo me va a escuchar el faraón?

—Mira —le dijo Dios—, yo te pongo ante el faraón como si fueras un dios, y tu hermano Aarón será tu profeta. Tú dirás todo lo que yo te mande, y tu hermano Aarón le dirá al faraón que deje salir de su país a los israelitas.

—Pero yo endureceré el corazón del faraón —siguió Dios—, y haré muchas señales y muchos prodigios en Egipto. El faraón no les hará caso, y entonces pondré mi mano sobre Egipto y sacaré de allí a mi pueblo, a los israelitas, como a un ejército, con grandes castigos. Los egipcios sabrán que yo soy Dios cuando extienda mi mano sobre Egipto y saque de en medio de ellos a los israelitas.

Moisés y Aarón hicieron todo tal como Dios les mandó. Moisés tenía ochenta años y Aarón ochenta y tres cuando le hablaron al faraón.

Dios les dijo a Moisés y a Aarón:

—Cuando el faraón les diga: «Hagan un milagro», tú le dirás a Aarón: «Toma tu bastón y échalo al suelo delante del faraón», y el bastón se convertirá en una serpiente.

Moisés y Aarón fueron con el faraón e hicieron lo que Dios les había mandado. Aarón echó su bastón al suelo delante del faraón y de sus siervos, y el bastón se convirtió en una serpiente.

En un salón de columnas, Aarón, de manto rojo y manos vacías, está ante una serpiente erguida; Moisés tiene su bastón y el faraón se inclina en su trono.

Entonces el faraón mandó llamar a sus sabios y a sus hechiceros, y los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos. Cada uno echó al suelo su bastón, y los bastones se convirtieron en serpientes. Pero el bastón de Aarón se tragó los bastones de ellos.

Aun así, el corazón del faraón se endureció, y no les hizo caso a Moisés y a Aarón, tal como Dios había dicho.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—El corazón del faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo. Ve a verlo mañana temprano, cuando baje al río. Espéralo en la orilla, con el bastón que se convirtió en serpiente en la mano.

—Y dile —siguió Dios—: «El Dios de los hebreos me envió a decirte: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto». Pero hasta ahora no has querido hacer caso. Por eso esto dice Dios: «Con esto sabrás que yo soy Dios: voy a golpear el agua del río con el bastón que tengo en la mano, y el agua se convertirá en sangre. Los peces del río se morirán, el río apestará, y los egipcios no van a querer beber de su agua»».

—Dile a Aarón —ordenó Dios a Moisés—: «Toma tu bastón y extiende la mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus ríos, sus canales, sus lagunas y todos sus depósitos de agua, para que se conviertan en sangre». Habrá sangre en todo Egipto, hasta en las vasijas de madera y en las de piedra.

Moisés y Aarón hicieron lo que Dios les mandó. Aarón levantó el bastón y golpeó el agua del río delante del faraón y de sus siervos, y toda el agua del río se convirtió en sangre.

Los peces del río se murieron, y el río apestaba tanto que los egipcios no podían beber de él. Hubo sangre en todo Egipto.

Pero los magos de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos, y el corazón del faraón se endureció. No les hizo caso a Moisés y a Aarón, tal como Dios había dicho. El faraón dio media vuelta, se metió en su palacio, y ni eso le llegó al corazón.

Todos los egipcios hicieron pozos a lo largo del río para tener agua que beber, porque no podían beber el agua del Nilo. Así pasaron siete días desde que Dios golpeó el río.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Ve con el faraón y dile: «Esto dice Dios: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Si no lo quieres dejar ir, voy a llenar de ranas todo tu país».

—El río se llenará de ranas —siguió Dios—, y saldrán y se meterán en tu palacio, en tu recámara y en tu cama, en las casas de tus siervos y de tu pueblo, en tus hornos y en tus artesas. Las ranas se te subirán encima a ti, a tu pueblo y a todos tus siervos.

Y Dios le dijo a Moisés:

—Dile a Aarón: «Extiende la mano con el bastón sobre los ríos, los canales y las lagunas, para que salgan ranas por todo Egipto».

Aarón extendió la mano sobre las aguas de Egipto, y salieron ranas que cubrieron todo el país.

Pero los magos hicieron lo mismo con sus encantamientos, e hicieron salir ranas sobre Egipto.

Entonces el faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón.

—Pídanle a Dios que me quite las ranas a mí y a mi pueblo —les dijo—, y yo dejaré ir al pueblo para que le ofrezca sacrificios.

—Dígame usted cuándo quiere que ruegue por usted, por sus siervos y por su pueblo —le respondió Moisés—, para que las ranas se vayan de usted y de sus casas, y se queden solo en el río.

—Mañana —dijo el faraón.

—Se hará como usted dice —contestó Moisés—, para que sepa que no hay nadie como nuestro Dios. Las ranas se irán de usted y de sus casas, de sus siervos y de su pueblo, y solo se quedarán en el río.

Moisés y Aarón salieron del palacio, y Moisés le suplicó a Dios por las ranas que había mandado contra el faraón.

Dios hizo lo que Moisés le pidió, y las ranas se murieron en las casas, en los patios y en los campos. La gente las juntó en montones, y toda la tierra apestaba.

Pero cuando el faraón vio que ya lo habían dejado en paz, endureció su corazón y no les hizo caso a Moisés y a Aarón, tal como Dios había dicho.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Dile a Aarón: «Extiende el bastón y golpea el polvo de la tierra, para que se convierta en piojos por todo Egipto».

Moisés y Aarón lo hicieron así: Aarón extendió la mano con el bastón y golpeó el polvo de la tierra, y el polvo se convirtió en piojos que cubrieron a la gente y a los animales. Todo el polvo de la tierra se convirtió en piojos en todo Egipto.

Los magos quisieron hacer lo mismo con sus encantamientos para sacar piojos, pero no pudieron. Y los piojos seguían sobre la gente y sobre los animales.

—Majestad, esto es el dedo de Dios —le dijeron los magos al faraón.

Pero el corazón del faraón se endureció, y no les hizo caso a Moisés y a Aarón, tal como Dios había dicho.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Levántate mañana temprano y preséntate ante el faraón cuando baje al río. Dile: «Esto dice Dios: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Si no dejas ir a mi pueblo, voy a mandar enjambres de moscas sobre ti, sobre tus siervos, sobre tu pueblo y sobre tus casas. Las casas de los egipcios se llenarán de moscas, y también el suelo que pisan».

—Pero ese día apartaré la región de Gosén, donde vive mi pueblo —siguió Dios—, y allí no habrá ni una mosca, para que sepas que yo, Dios, estoy en medio de este país. Haré una diferencia entre mi pueblo y el tuyo. Mañana se verá esta señal.

Y Dios lo hizo así. Enjambres de moscas muy molestas entraron en el palacio del faraón, en las casas de sus siervos y en todo Egipto, y las moscas arruinaron el país.

Entonces el faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón.

—Vayan a ofrecerle sacrificios a su Dios —les dijo—, pero aquí, en este país.

—Eso no estaría bien —le respondió Moisés—, porque los egipcios aborrecen los sacrificios que le ofrecemos a nuestro Dios. Si los ofrecemos delante de ellos, ¿no nos van a apedrear? Tenemos que ir por el desierto, a tres días de camino, y ofrecerle sacrificios a nuestro Dios como él nos diga.

—Los voy a dejar ir al desierto a ofrecerle sacrificios a su Dios —dijo el faraón—, con tal de que no se vayan muy lejos. Y rueguen por mí.

—En cuanto salga de aquí, voy a rogarle a Dios —respondió Moisés—, y mañana las moscas se irán del faraón, de sus siervos y de su pueblo. Pero que el faraón no vuelva a engañarnos y deje ir al pueblo a ofrecerle sacrificios a Dios.

Moisés salió del palacio y le rogó a Dios. Dios hizo lo que Moisés le pidió, y quitó las moscas del faraón, de sus siervos y de su pueblo. No quedó ni una.

Pero también esta vez el faraón endureció su corazón y no dejó ir al pueblo.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Ve con el faraón y dile: «Esto dice Dios, el Dios de los hebreos: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Si no lo quieres dejar ir y lo sigues reteniendo, la mano de Dios caerá con una peste terrible sobre tu ganado del campo: los caballos, los burros, los camellos, las vacas y las ovejas. Pero Dios hará una diferencia entre el ganado de Israel y el de Egipto, y no morirá ni un animal de los israelitas».

Dios fijó un plazo.

—Mañana haré esto en el país —dijo.

Al día siguiente, Dios lo hizo, y murió todo el ganado de los egipcios. Del ganado de los israelitas no murió ni un animal.

El faraón mandó averiguar, y resultó que del ganado de los israelitas no había muerto ni uno solo. Pero el corazón del faraón se endureció, y no dejó ir al pueblo.

Entonces Dios les dijo a Moisés y a Aarón:

—Tomen unos puñados de ceniza de horno, y que Moisés la avente hacia el cielo delante del faraón. La ceniza se volverá un polvo fino sobre todo Egipto, y a la gente y a los animales les saldrán llagas que reventarán en úlceras, por todo el país.

Moisés y Aarón tomaron la ceniza del horno y se presentaron ante el faraón. Moisés la aventó hacia el cielo, y a la gente y a los animales les salieron llagas que reventaban en úlceras.

Los magos no podían ni presentarse delante de Moisés, porque tenían llagas igual que todos los egipcios.

Pero Dios endureció el corazón del faraón, y no les hizo caso a Moisés y a Aarón, tal como Dios le había dicho a Moisés.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Levántate mañana temprano, preséntate ante el faraón y dile: «Esto dice Dios, el Dios de los hebreos: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Esta vez voy a mandar todas mis plagas contra ti, contra tus siervos y contra tu pueblo, para que sepas que no hay nadie como yo en toda la tierra».

—Dile también —siguió Dios—: «Si yo ya hubiera extendido mi mano para castigarte a ti y a tu pueblo con la peste, habrías desaparecido de la tierra. Pero te dejé vivir para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre se conozca en toda la tierra. ¿Todavía te pones en contra de mi pueblo y no lo dejas ir?».

—Y adviértele —siguió Dios—: «Mañana a esta hora voy a hacer que caiga una granizada terrible, como nunca la ha habido en Egipto desde el día en que se fundó hasta hoy. Manda poner a salvo tu ganado y todo lo que tienes en el campo, porque a toda persona y a todo animal que se quede en el campo y no se meta bajo techo le caerá el granizo encima, y se morirá».

Algunos de los siervos del faraón tuvieron miedo de lo que Dios había dicho, y metieron de prisa en las casas a sus esclavos y a su ganado. Pero los que no hicieron caso de la palabra de Dios dejaron a sus esclavos y a su ganado en el campo.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Extiende la mano hacia el cielo, para que caiga granizo sobre todo Egipto, sobre la gente, sobre los animales y sobre todas las plantas del campo.

Moisés extendió su bastón hacia el cielo, y Dios mandó truenos y granizo, y el fuego corría por el suelo. Dios hizo llover granizo sobre Egipto.

Cayó granizo, y con el granizo caían rayos. Fue una granizada tan terrible como nunca la había habido en Egipto desde que era una nación.

En todo Egipto, el granizo mató todo lo que estaba en el campo, a la gente y a los animales. Destrozó todas las plantas del campo y rompió todos los árboles del país. Solo en la región de Gosén, donde vivían los israelitas, no cayó granizo.

Entonces el faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón.

—Esta vez pequé —les dijo—. Dios es justo, y mi pueblo y yo somos los culpables. Rueguen a Dios que paren los truenos y el granizo, porque ya fue bastante. Yo los dejaré ir, y ya no tendrán que quedarse.

—En cuanto salga de la ciudad, levantaré las manos hacia Dios —le respondió Moisés—, y los truenos pararán y ya no caerá granizo, para que usted sepa que la tierra es de Dios. Pero yo sé que ni usted ni sus siervos tienen todavía temor de Dios.

El lino y la cebada se perdieron, porque la cebada ya tenía espigas y el lino estaba en flor. Pero el trigo y el centeno no se perdieron, porque brotan más tarde.

Moisés salió de la ciudad, lejos del faraón, y levantó las manos hacia Dios. Los truenos y el granizo pararon, y la lluvia dejó de caer sobre la tierra.

Pero cuando el faraón vio que la lluvia, el granizo y los truenos habían parado, volvió a pecar: él y sus siervos se negaron otra vez.

El corazón del faraón se endureció, y no dejó ir a los israelitas, tal como Dios lo había dicho por medio de Moisés.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Ve con el faraón, porque yo endurecí su corazón y el de sus siervos para hacer entre ellos estas señales mías, y para que les cuentes a tus hijos y a tus nietos lo que hice en Egipto y las señales que hice entre ellos. Así sabrán ustedes que yo soy Dios.

Moisés y Aarón fueron con el faraón y le dijeron:

—Esto dice Dios, el Dios de los hebreos: «¿Hasta cuándo te vas a negar a humillarte ante mí? Deja ir a mi pueblo, para que me sirva».

—Y esto también dice Dios —siguieron—: «Si te niegas a dejarlo ir, mañana mandaré langostas a tu país. Cubrirán la tierra de tal manera que no se podrá ver el suelo. Se comerán lo poco que les quedó después del granizo y todos los árboles que les dan fruto en el campo. Llenarán tu palacio, las casas de tus siervos y las de todos los egipcios, como nunca lo vieron tus padres ni tus abuelos desde que viven en esta tierra».

Y Moisés dio media vuelta y salió del palacio.

Entonces los siervos del faraón le dijeron:

—Majestad, ¿hasta cuándo nos va a hacer daño este hombre? Deje ir a esa gente para que le sirva a su Dios. ¿Todavía no se da cuenta de que Egipto está destruido?

Así que volvieron a llevar a Moisés y a Aarón ante el faraón.

—Vayan a servirle a su Dios —les dijo el faraón—. Pero ¿quiénes son los que van a ir?

—Iremos con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas —le respondió Moisés—. Nos llevaremos nuestras ovejas y nuestras vacas, porque vamos a celebrar una fiesta en honor de nuestro Dios.

—¡Que Dios los acompañe, si es que yo los dejo ir a ustedes con sus niños! —les dijo el faraón—. Miren nada más, se nota que traen malas intenciones. ¡Pues no será así! Vayan solo los hombres a servirle a Dios, ya que eso es lo que pedían.

Y los echaron de la presencia del faraón.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Extiende la mano sobre Egipto, para que vengan las langostas, invadan el país y se coman todas las plantas, todo lo que dejó el granizo.

Moisés extendió su bastón sobre Egipto, y Dios hizo soplar sobre el país un viento del este todo ese día y toda esa noche. A la mañana siguiente, el viento del este había traído las langostas.

Las langostas invadieron todo Egipto y se posaron en cada rincón del país, en cantidades enormes. Nunca antes había habido tantas langostas, ni las volvería a haber jamás.

Cubrieron todo el suelo, y la tierra se oscureció. Se comieron todas las plantas del campo y toda la fruta de los árboles que había dejado el granizo. En todo Egipto no quedó nada verde, ni en los árboles ni en las plantas del campo.

Entonces el faraón mandó llamar de prisa a Moisés y a Aarón.

—Pequé contra su Dios y contra ustedes —les dijo—. Pero perdónenme mi pecado solo esta vez, y rueguen a su Dios que me quite de encima esta plaga de muerte.

Moisés salió del palacio y le rogó a Dios. Y Dios cambió el viento por un viento del oeste muy fuerte, que se llevó las langostas y las echó en el mar Rojo. No quedó ni una langosta en todo Egipto.

Pero Dios endureció el corazón del faraón, y no dejó ir a los israelitas.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Extiende la mano hacia el cielo, para que haya oscuridad sobre Egipto, una oscuridad tan espesa que se pueda tocar.

Moisés extendió la mano hacia el cielo, y una oscuridad muy densa cubrió todo Egipto durante tres días. Nadie podía ver a nadie, y en tres días nadie se movió de su lugar. Pero en las casas de todos los israelitas había luz.

Entonces el faraón mandó llamar a Moisés.

—Vayan a servirle a Dios —le dijo—. Que vayan también sus niños con ustedes. Solo dejen aquí sus ovejas y sus vacas.

—Usted también tendrá que dejarnos llevar animales para los sacrificios y las ofrendas que vamos a presentarle a nuestro Dios —respondió Moisés—. Nuestro ganado tiene que ir con nosotros; no se quedará aquí ni una pezuña. De ahí tomaremos lo que le ofrezcamos a nuestro Dios, y no sabremos qué animales le vamos a ofrecer hasta que lleguemos allá.

Pero Dios endureció el corazón del faraón, y no quiso dejarlos ir.

—¡Vete de aquí! —le gritó el faraón—. ¡Y cuidado con volver a verme la cara! El día que me veas la cara, morirás.

—Como usted diga —respondió Moisés—. No volveré a ver su cara.

Dios ya le había dicho a Moisés:

—Voy a mandar una plaga más sobre el faraón y sobre Egipto. Después de eso, los dejará ir de aquí; es más, los echará de aquí a todos. Dile al pueblo que cada hombre le pida a su vecino, y cada mujer a su vecina, objetos de plata y de oro.

Y Dios hizo que los egipcios miraran con buenos ojos al pueblo. Además, Moisés era un hombre muy respetado en Egipto, por los siervos del faraón y por el pueblo.

Entonces Moisés le dijo al faraón:

—Esto dice Dios: «A medianoche pasaré por en medio de Egipto, y morirá el primer hijo de cada familia egipcia, desde el hijo mayor del faraón, que se sienta en el trono, hasta el hijo mayor de la esclava que muele el grano; y también morirán las primeras crías de los animales. En todo Egipto habrá un llanto tan grande como nunca lo ha habido, ni lo volverá a haber».

—Y dice también Dios —siguió Moisés—: «Entre los israelitas, ni un perro le ladrará a una persona ni a un animal, para que sepan que Dios hace diferencia entre los egipcios y los israelitas». Entonces todos estos siervos suyos vendrán a buscarme, se inclinarán delante de mí y me dirán: «¡Vete, tú y todo el pueblo que te sigue!». Y después de eso me iré.

Y Moisés salió de la presencia del faraón, muy enojado.

Dios le había dicho a Moisés:

—El faraón no les hará caso, para que mis prodigios se multipliquen en Egipto.

Moisés y Aarón hicieron todos estos prodigios delante del faraón, pero Dios endureció el corazón del faraón, y él no dejó salir de su país a los israelitas.

Cuando todavía estaban en Egipto, Dios les dijo a Moisés y a Aarón:

—Este mes será para ustedes el primero, el mes con el que empezará su año. Díganle a toda la comunidad de Israel que el día diez de este mes cada hombre tome un cordero para su familia, un cordero por cada casa.

—Si la familia es demasiado pequeña para comerse un cordero entero, que lo comparta con su vecino más cercano, según el número de personas y lo que cada uno pueda comer. El cordero tiene que ser sin defecto, macho y de un año. Pueden escogerlo de entre las ovejas o de entre las cabras.

—Lo guardarán hasta el día catorce de este mes, y ese día, al caer la tarde, toda la comunidad de Israel matará los corderos. Luego tomarán un poco de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de la puerta de las casas donde lo coman.

—Esa noche comerán la carne asada al fuego, con pan sin levadura y con hierbas amargas —siguió Dios—. No la coman cruda ni hervida en agua, sino asada al fuego, entera: la cabeza, las patas y las entrañas. No dejen nada para el día siguiente; si algo sobra, quémenlo en el fuego.

—Así es como lo van a comer: con el cinturón puesto, con las sandalias en los pies y con el bastón en la mano. Lo comerán de prisa. Es la Pascua de Dios.

—Esa noche yo pasaré por Egipto, y heriré de muerte al primer hijo de cada familia, y a la primera cría de cada animal, y haré justicia contra todos los dioses de Egipto. Yo soy Dios. La sangre en las casas donde estén será la señal: cuando yo vea la sangre, pasaré de largo, y la plaga no los tocará a ustedes cuando yo castigue a Egipto.

—Este día será para ustedes un día para recordar, y lo celebrarán como una fiesta en mi honor, ustedes y sus hijos y los hijos de sus hijos, para siempre. Durante siete días comerán pan sin levadura. Desde el primer día sacarán de sus casas la levadura, porque el que coma pan con levadura del primer día al séptimo será expulsado de Israel.

—El primer día y el séptimo se reunirán todos para una asamblea santa. En esos días nadie trabajará, salvo para preparar lo que cada uno vaya a comer. Celebrarán la fiesta de los panes sin levadura, porque ese mismo día saqué de Egipto a sus tribus como a un ejército. Guarden este día siempre, de generación en generación.

—Desde la tarde del día catorce del primer mes hasta la tarde del día veintiuno, comerán pan sin levadura. Durante siete días no habrá levadura en sus casas, porque cualquiera que coma algo con levadura, sea extranjero o nacido en el país, será expulsado de la comunidad de Israel. No coman nada que tenga levadura; dondequiera que vivan, comerán pan sin levadura.

Entonces Moisés reunió a todos los ancianos de Israel.

—Vayan a escoger los corderos para sus familias —les dijo—, y maten el cordero de la Pascua. Tomen un manojo de hisopo, mójenlo en la sangre del recipiente y unten con ella el dintel y los dos postes de la puerta. Y que nadie salga de su casa hasta la mañana.

—Dios va a pasar por Egipto para castigar a los egipcios —siguió Moisés—, y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará de largo por esa puerta y no dejará que entre en sus casas el que viene a matar.

—Cumplan esta orden siempre, ustedes y sus hijos. Cuando entren en la tierra que Dios les va a dar, como lo prometió, celebrarán esta ceremonia. Y cuando sus hijos les pregunten: «¿Qué significa esta ceremonia?», ustedes les responderán: «Es el sacrificio de la Pascua de Dios, que pasó de largo por las casas de los israelitas en Egipto cuando castigó a los egipcios, y salvó nuestras casas».

Entonces el pueblo se inclinó y adoró a Dios. Los israelitas fueron e hicieron exactamente lo que Dios les había mandado a Moisés y a Aarón.

De noche, una familia come cordero asado, pan y hierbas en una mesa baja, con los bastones en la mano; el dintel y los postes de la puerta tienen manchas rojas.

A medianoche, Dios hirió de muerte al primer hijo de cada familia en Egipto, desde el hijo mayor del faraón, que se sentaba en el trono, hasta el hijo mayor del preso que estaba en la cárcel, y también a las primeras crías de los animales.

Esa noche se levantaron el faraón, todos sus siervos y todos los egipcios, y en Egipto se oyó un llanto muy grande, porque no había una sola casa donde no hubiera un muerto.

Esa misma noche, el faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón.

—¡Levántense y váyanse de en medio de mi pueblo, ustedes y los israelitas! —les dijo—. Vayan a servirle a Dios, como lo pidieron. Llévense también sus ovejas y sus vacas, como dijeron, y váyanse. ¡Y bendíganme también a mí!

Los egipcios apuraban al pueblo para que saliera cuanto antes del país.

—Si no se van, nos vamos a morir todos —decían.

Así que el pueblo tomó la masa antes de que fermentara. Envolvieron las artesas en sus mantos y se las echaron al hombro.

Los israelitas hicieron lo que Moisés les había dicho, y les pidieron a los egipcios objetos de plata y de oro, y ropa. Dios hizo que los egipcios miraran con buenos ojos al pueblo, y les dieron lo que pedían. Así les quitaron a los egipcios sus riquezas.

De Ramsés salieron hacia Sucot unos seiscientos mil hombres a pie, sin contar a los niños. Con ellos se fue también mucha gente de toda clase, y muchísimo ganado, ovejas y vacas.

Con la masa que habían sacado de Egipto cocieron panes sin levadura. La masa no había crecido, porque los egipcios los habían echado de prisa y no habían tenido tiempo de prepararse comida para el camino.

Los israelitas habían vivido en Egipto cuatrocientos treinta años. Y el mismo día en que se cumplieron los cuatrocientos treinta años, todas las tribus del pueblo de Dios salieron de Egipto. Fue una noche en que Dios veló por ellos para sacarlos de Egipto, y por eso todos los israelitas, de generación en generación, deben pasar esa noche en vela en honor de Dios.

Dios les dijo a Moisés y a Aarón:

—Estas son las reglas de la Pascua. Ningún extranjero comerá de ella. El esclavo que hayas comprado con dinero podrá comer de ella una vez que lo hayas circuncidado, pero el forastero y el trabajador a sueldo no comerán.

—El cordero se comerá en una sola casa —siguió Dios—, y no sacarán de la casa nada de la carne, ni le romperán ningún hueso. Toda la comunidad de Israel celebrará la Pascua.

—Si un extranjero que vive contigo quiere celebrar la Pascua en mi honor, que se circunciden todos los varones de su familia, y entonces podrá participar como uno nacido en el país. Pero ningún hombre sin circuncidar comerá de ella. La misma ley valdrá para el que nació en el país y para el extranjero que vive entre ustedes.

Todos los israelitas hicieron exactamente lo que Dios les había mandado a Moisés y a Aarón. Y ese mismo día Dios sacó de Egipto a los israelitas, ordenados por tribus como un ejército.

Dios le dijo a Moisés:

—Conságrame a todo primogénito, es decir, al primer hijo que tenga cada madre entre los israelitas, y también a la primera cría de cada animal. Me pertenecen.

Entonces Moisés le dijo al pueblo:

—Acuérdense de este día, en que salieron de Egipto, del país donde eran esclavos, porque Dios los sacó de aquí con mano fuerte. No coman pan con levadura. Hoy salen ustedes, en el mes de Abib.

—Cuando Dios los lleve a la tierra de los cananeos, los hititas, los amorreos, los heveos y los jebuseos, la tierra que les juró a sus padres que les daría, una tierra que mana leche y miel, celebrarán esta ceremonia en este mismo mes. Durante siete días comerán pan sin levadura, y el séptimo día habrá fiesta en honor de Dios.

—Durante esos siete días se comerá pan sin levadura, y no habrá en sus casas nada con levadura, ni levadura en todo su territorio.

—Ese día les contarán a sus hijos: «Hacemos esto por lo que Dios hizo por nosotros cuando salimos de Egipto». Esto será para ustedes como una señal en la mano y un recuerdo delante de los ojos, para que la ley de Dios esté siempre en su boca, porque Dios los sacó de Egipto con mano fuerte. Celebrarán esta ceremonia cada año, en su fecha.

—Cuando Dios los lleve a la tierra de los cananeos y se la dé, como se lo juró a ustedes y a sus padres —siguió Moisés—, le entregarán a Dios todo primer hijo, y también todas las primeras crías de sus animales: los machos serán de Dios.

—Pero la primera cría de una burra la rescatarán dando un cordero en su lugar, y si no la rescatan, le quebrarán el cuello. También rescatarán a su hijo mayor.

—Y el día de mañana, cuando sus hijos les pregunten: «¿Qué significa esto?», les dirán: «Dios nos sacó de Egipto con mano fuerte, del país donde éramos esclavos».

—Y les seguirán contando: «Como el faraón se empeñó en no dejarnos ir, Dios mató en Egipto a todos los hijos mayores, desde el primer hijo de las personas hasta la primera cría de los animales. Por eso le ofrecemos a Dios la primera cría macho de nuestros animales, y a nuestros hijos mayores los rescatamos». Esto será como una señal en su mano y un recuerdo delante de sus ojos de que Dios nos sacó de Egipto con mano fuerte.

Cuando el faraón dejó ir al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, aunque era el más corto.

—No vaya a ser que el pueblo se arrepienta cuando vea que tiene que pelear —dijo Dios—, y quiera regresarse a Egipto.

Por eso Dios hizo que el pueblo diera un rodeo por el camino del desierto, hacia el mar Rojo. Los israelitas salieron de Egipto armados y en orden.

Moisés se llevó también los huesos de José, porque José les había hecho jurar a los israelitas: «Dios vendrá a ayudarlos, sin duda. Cuando eso pase, llévense de aquí mis huesos con ustedes».

Los israelitas salieron de Sucot y acamparon en Etam, a la entrada del desierto.

Dios iba delante de ellos: de día, en una columna de nube, para guiarlos por el camino, y de noche, en una columna de fuego, para alumbrarlos, de modo que pudieran caminar de día y de noche. La columna de nube nunca se apartaba del pueblo durante el día, ni la columna de fuego durante la noche.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Diles a los israelitas que den la vuelta y acampen frente a Pi-hahirot, entre Migdol y el mar, frente a Baal-sefón. Acampen allí, junto al mar.

—El faraón va a pensar que los israelitas andan perdidos en el país y que el desierto los tiene encerrados —siguió Dios—. Yo endureceré el corazón del faraón para que los persiga, y en el faraón y en todo su ejército mostraré mi gloria. Así sabrán los egipcios que yo soy Dios.

Y los israelitas hicieron lo que Dios les mandó.

Cuando le avisaron al rey de Egipto que el pueblo había huido, el faraón y sus siervos cambiaron de parecer.

—¿Qué hicimos? —dijeron—. ¡Dejamos ir a los israelitas, y ya no nos van a servir!

Entonces el faraón mandó preparar su carro de guerra y se llevó a su ejército. Tomó seiscientos carros de guerra escogidos y todos los demás carros de guerra de Egipto, cada uno con su capitán.

Dios endureció el corazón del faraón, rey de Egipto, y el faraón persiguió a los israelitas, que habían salido con la frente en alto.

Los egipcios salieron tras ellos, con todos los caballos y carros de guerra del faraón, con sus jinetes y todo su ejército, y los alcanzaron cuando estaban acampados junto al mar, cerca de Pi-hahirot, frente a Baal-sefón.

Cuando el faraón ya estaba cerca, los israelitas alzaron la vista y vieron que los egipcios venían detrás de ellos. Tuvieron muchísimo miedo y clamaron a Dios.

—¿No había sepulcros en Egipto, que nos trajiste a morir en el desierto? —le dijeron a Moisés—. ¿Por qué nos hiciste esto? ¿Para qué nos sacaste de Egipto? ¿No te lo dijimos allá en Egipto? «Déjanos en paz, que queremos servir a los egipcios». ¡Más nos valía servir a los egipcios que morir en el desierto!

—No tengan miedo —le respondió Moisés al pueblo—. Quédense quietos y verán cómo Dios los salva hoy. A los egipcios que hoy ven, no los volverán a ver nunca más. Dios peleará por ustedes; ustedes, quédense tranquilos.

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—¿Por qué me gritas? Diles a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú levanta el bastón, extiende la mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas pasen por en medio del mar sobre tierra seca.

—Yo endureceré el corazón de los egipcios para que entren detrás de ellos —siguió Dios—, y mostraré mi gloria en el faraón y en todo su ejército, en sus carros de guerra y en sus jinetes. Y los egipcios sabrán que yo soy Dios, cuando muestre mi gloria en el faraón, en sus carros de guerra y en sus jinetes.

La columna de nube, que iba delante del campamento de Israel, se movió y se puso detrás de ellos. Quedó entre el campamento de los egipcios y el de Israel: para los egipcios era una nube oscura, y a Israel lo alumbraba en la noche. En toda la noche, ninguno de los dos campamentos pudo acercarse al otro.

Moisés extendió la mano sobre el mar, y Dios hizo soplar toda la noche un fuerte viento del este que hizo retroceder el mar. El fondo del mar se volvió tierra seca, y las aguas se dividieron.

Los israelitas entraron por en medio del mar sobre tierra seca, con las aguas como una muralla a su derecha y a su izquierda.

Moisés extiende la mano en la orilla; por un camino de arena seca entre dos murallas de agua avanzan familias con bultos y ovejas, y atrás se alza una nube.

Los egipcios los persiguieron y entraron detrás de ellos hasta el medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros de guerra y sus jinetes.

Poco antes del amanecer, Dios miró al ejército egipcio desde la columna de fuego y de nube, y lo llenó de confusión. A los carros de guerra se les zafaban las ruedas, y los egipcios apenas podían avanzar.

—¡Huyamos de los israelitas! —gritaban los egipcios—. ¡Dios pelea por ellos contra Egipto!

Entonces Dios le dijo a Moisés:

—Extiende la mano sobre el mar, para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros de guerra y sobre sus jinetes.

Moisés extendió la mano sobre el mar, y al amanecer el mar volvió a su lugar con toda su fuerza. Los egipcios trataron de huir, pero se toparon con el agua, y Dios los hundió en medio del mar.

Las aguas volvieron y cubrieron los carros de guerra, los jinetes y todo el ejército del faraón que había entrado en el mar detrás de los israelitas. No quedó ni uno solo.

En cambio, los israelitas cruzaron por en medio del mar sobre tierra seca, con las aguas como una muralla a su derecha y a su izquierda.

Así salvó Dios aquel día a Israel de las manos de los egipcios, e Israel vio a los egipcios muertos en la orilla del mar.

Los israelitas vieron el gran poder con que Dios había actuado contra los egipcios. Entonces el pueblo tuvo temor de Dios, y creyó en Dios y en Moisés, su siervo.

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Adaptado por Talerie, fuente: Biblia Reina-Valera 1909 (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre esta historia bíblica

La historia de Moisés que contamos viene de la Biblia y no del folclore: ocupa los capítulos 1 a 14 del Éxodo, el segundo libro bíblico, al que varias traducciones antiguas llaman el segundo libro de Moisés. El texto no dice quién lo escribió. La volvimos a contar a partir de la Reina-Valera, en su revisión de 1909.

De una Biblia a otra cambian las palabras y los nombres, no la historia. Al volver a contarla usamos el español de hoy: donde la Reina-Valera dice «arquilla», decimos canasta, y donde dice «mar Bermejo», mar Rojo. Hay dos versiones, ambas nuestras: la «Más suave» resume y la «Original» se detiene en cada capítulo.

La Reina-Valera de 1909 y nuestra versión

Reina-Valera 1909Nuestra versión
Las parterasSiphra y PhúaSifrá y Fúa
El río«el río», sin nombreel Nilo
La cestaarquilla de juncos con pez y betúncanasta de juncos sellada con brea
El padre de SéforaRagüel; más adelante, JethroJetro desde el principio
El marmar Bermejomar Rojo
La última plagamuere «todo primogénito»muere el hijo mayor de cada familia
Mostrar más
Deja ir a mi pueblo, para que me sirva
Éxodo 5:1, Reina-Valera 1909: Deja ir á mi pueblo á celebrarme fiesta en el desierto.

Qué cuenta nuestra versión

Nuestro texto empieza cuando Jacob llega a Egipto con su familia y termina después del paso del mar, cuando el pueblo cree en Dios y en Moisés, su siervo. La hija del faraón adopta al niño y lo llama Moisés porque, según dice, lo sacó de las aguas. Ni ella, ni el faraón, ni la madre o la hermana del niño tienen nombre. La única vez que el texto dice la edad de Moisés es cuando él y Aarón se presentan ante el faraón: Moisés tiene ochenta años, y Aarón, ochenta y tres.

La versión «Más suave» acorta el relato, pero conserva las escenas duras: la orden de matar a los niños hebreos, el egipcio al que Moisés mata, la noche en que Séfora circuncida a su hijo, la muerte de los hijos mayores de Egipto y el ejército cubierto por las aguas. Las cuenta tal como vienen en la Biblia, sin detenerse en ellas, y conviene que lo sepas antes de leerla en voz alta.

Historias vecinas y dos confusiones

José el soñador, otra historia bíblica de nuestra biblioteca, cuenta una parte anterior y termina cuando Jacob decide ir a ver a su hijo antes de morir. Nuestro relato arranca con la llegada de Jacob y su familia a Egipto; luego mueren José y sus hermanos, y sube al trono un rey que no conoció a José. El canto junto al mar, en el capítulo 15, y los mandamientos, en el 20, vienen después y ya no forman parte de nuestra historia.

Los capítulos 1 a 14 del Éxodo nunca hablan de «diez plagas»; narran las plagas una tras otra: el agua convertida en sangre, las ranas, los piojos, las moscas, la muerte del ganado, las llagas, el granizo, las langostas, la oscuridad y la muerte de los primogénitos. Tampoco se dice que el faraón muriera en el mar; lo que cubren las aguas es su ejército.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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