OriginalPiel de Asno
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Una princesa se cubre con la piel de un burro para no casarse con su padre adoptivo y acaba cuidando guajolotes en una granja. El príncipe encuentra un anillo en el pastel que ella horneó y manda que se lo prueben todas las doncellas; cuando le entra a ella, la piel cae al suelo y el hada madrina baja a decir quién es.
Había una vez un rey tan querido por su pueblo que se creía el monarca más feliz del mundo entero, y en verdad tenía todo lo que su corazón podía desear. Su palacio estaba lleno de las curiosidades más raras y sus jardines de las flores más perfumadas, y en las caballerizas de mármol se alineaban caballos árabes blancos como la leche, de grandes ojos castaños.
Los forasteros que habían oído hablar de aquellas maravillas y hacían largos viajes para verlas se llevaban, sin embargo, una sorpresa: la caballeriza más espléndida de todas la ocupaba un burro de orejas grandísimas y caídas. Era un burro muy fino, eso sí, pero nada en él parecía justificar tantos cuidados, y los visitantes se marchaban desconcertados. No podían saber que cada noche, mientras el animal dormía, de sus orejas caían montones de monedas de oro que los mozos recogían cada mañana.

Después de muchos años de prosperidad, un golpe repentino cayó sobre el rey: murió la reina, a quien amaba entrañablemente. Antes de morir, ella, que siempre había pensado primero en la felicidad de su esposo, reunió todas sus fuerzas y le dijo:
—Prométeme una cosa. Sé que tendrás que casarte otra vez, por el bien de tu pueblo y por el tuyo propio. Pero no lo hagas de prisa. Espera hasta encontrar a una mujer más hermosa y mejor formada que yo.
—Ay, no me hables de casarme —sollozó el rey—. ¡Prefiero morirme contigo!
Pero la reina apenas sonrió, se volvió sobre la almohada y murió.
Durante algunos meses el dolor del rey fue inmenso. Luego, poco a poco, fue olvidando, y además sus consejeros no dejaban de insistirle en que buscara otra esposa. Al principio se negó a escucharlos; con el tiempo se dejó convencer, aunque puso una condición: la novia tendría que ser más hermosa y más agradable que la difunta reina, según la promesa que le había hecho.

Felices de haber conseguido lo que querían, los consejeros mandaron emisarios a los cuatro rumbos del mundo en busca de retratos de todas las bellezas famosas de cada país. Los pintores trabajaron sin descanso y dieron lo mejor de sí, pero, ay, ninguna de aquellas damas resistía ni un instante la comparación con la reina muerta.
Hasta que un día, cuando el rey se apartaba descorazonado de una nueva colección de cuadros, sus ojos se posaron en su hija adoptiva, que vivía en el palacio desde recién nacida, y vio que, si existía sobre la tierra una mujer más bella que la reina, era ella. Enseguida el rey le dio a conocer sus deseos. La muchacha, que no tenía ni una pizca de ambición ni la menor gana de casarse con él, se llenó de espanto y le pidió tiempo para pensarlo. Esa noche, cuando todos dormían, se subió a un carrito tirado por un carnero grande y fue a consultar a su hada madrina.

—Ya sé a qué vienes —dijo el hada en cuanto la muchacha bajó del carrito—. Y si no quieres casarte con él, yo te voy a enseñar cómo librarte. Pídele un vestido que sea exactamente del color del cielo. Le será imposible conseguirlo, y así estarás a salvo.
La muchacha le dio las gracias y regresó a casa.
A la mañana siguiente, cuando su padre (así lo había llamado siempre) fue a verla, ella le dijo que no podría darle ninguna respuesta mientras no le regalara un vestido del color del cielo. El rey, encantado con esa respuesta, mandó llamar a los tejedores y a las costureras más hábiles del reino y les ordenó que hicieran un traje del color del cielo sin perder un instante, o les cortaría la cabeza allí mismo. Muertos de miedo, todos se pusieron a teñir, a cortar y a coser, y en dos días trajeron el vestido, que parecía recortado del cielo mismo. La pobre muchacha se quedó pasmada y no supo qué hacer, así que esa noche volvió a enganchar su carnero y salió en busca de su madrina.
—El rey es más listo de lo que yo creía —dijo el hada—. Pero ahora dile que necesitas un vestido de rayos de luna.
Y al día siguiente, cuando el rey la llamó a su presencia, la muchacha le dijo lo que quería.
—Señora, no puedo negarle nada —contestó él.
Y ordenó que el vestido estuviera listo en veinticuatro horas, o mandaría ahorcar a todos.
Trabajaron con todas sus fuerzas, y al amanecer del día siguiente el vestido de rayos de luna estaba tendido sobre la cama de la muchacha. Ella, aunque no pudo dejar de admirar su belleza, se soltó a llorar, hasta que el hada la oyó y vino a socorrerla.
—¡Pues no lo hubiera creído de él! —dijo—. Pero pídele un vestido de rayos de sol, y de veras me sorprendería que lo consiguiera.
La ahijada no tenía mucha fe en el hada después de los dos fracasos anteriores, pero, como no sabía qué otra cosa hacer, le dijo a su padre lo que le habían mandado pedir.
El rey no puso ninguna dificultad; hasta entregó sus rubíes y sus diamantes más finos para adornar el vestido, que al quedar terminado deslumbraba tanto que no se podía mirar sino a través de vidrios ahumados.
Cuando la princesa lo vio, fingió que aquel resplandor le lastimaba los ojos y se retiró a su cuarto, donde encontró al hada esperándola, muy avergonzada de sí misma.
—Ya solo queda una cosa por hacer —exclamó el hada—. Tienes que pedirle la piel del burro que tanto quiere. De ese animal saca todas sus riquezas, y estoy segura de que jamás te la dará.
La princesa no estaba tan segura; de todos modos fue a ver al rey y le dijo que nunca se casaría con él mientras no le diera la piel del burro.
Al rey lo asombró y lo apenó aquella nueva petición, pero no dudó ni un instante. Sacrificaron al burro y pusieron la piel a los pies de la princesa.

La pobre muchacha, sin ver escapatoria del destino que tanto temía, lloró otra vez y se jaló los cabellos. De pronto, el hada apareció frente a ella.
—Ánimo —le dijo—, a partir de ahora todo saldrá bien. Envuélvete en esta piel, sal del palacio y vete tan lejos como puedas. Yo cuidaré de ti. Tus vestidos y tus joyas te seguirán por debajo de la tierra, y cada vez que necesites algo no tendrás más que golpear el suelo y aparecerá al momento. Pero vete rápido, que no hay tiempo que perder.
Así que la princesa se cubrió con la piel del burro y salió del palacio sin que nadie la viera.
En cuanto notaron su ausencia se armó un gran alboroto, y se registraron todos los rincones, hasta los más impensables. Luego el rey mandó partidas de hombres por todos los caminos, pero en cuanto se acercaban el hada echaba sobre la muchacha su manto invisible, y ninguno lograba verla.
La princesa caminó mucho, muchísimo, buscando a alguien que la recibiera y la dejara trabajar. Los campesinos frente a cuyas casas iba pasando le daban de comer por caridad, pero la piel del burro estaba tan sucia que no la dejaban entrar. La huida de la princesa había sido tan apresurada que no había tenido tiempo de limpiarla.
Cansada y desanimada por su mala suerte, pasaba un día frente al portón de una granja, a las afueras de una ciudad grande, cuando oyó que alguien le hablaba. Se volvió y vio a la mujer del granjero de pie entre sus guajolotes, haciéndole señas de que entrara.
—Necesito una muchacha que lave los trastes, les dé de comer a los guajolotes y limpie la pocilga —dijo la mujer—. Y a juzgar por tus fachas, no creo que le hagas el feo a ese trabajo.
La muchacha aceptó con gusto y enseguida la pusieron a trabajar en un rincón de la cocina, donde todos los mozos de la granja venían a burlarse de ella y de la piel de burro en la que andaba envuelta. Con el tiempo se acostumbraron tanto a verla que dejó de hacerles gracia, y ella trabajaba con tanto empeño y tan bien que la patrona le tomó cariño. La princesa cuidaba las ovejas y arreaba a los guajolotes con tal maña que cualquiera habría jurado que no había hecho otra cosa en toda su vida.

Un día estaba sentada a la orilla de un arroyo, lamentando su suerte, cuando se vio de pronto reflejada en el agua. El pellejo del burro le tapaba el pelo y media cara, caído sobre ella como una capucha, y aquella piel apelmazada y mugrosa le cubría el cuerpo entero. Era la primera vez que se veía como la veían los demás, y el espectáculo le dio vergüenza. Entonces se quitó el disfraz y se echó al agua, y se zambulló una y otra vez hasta quedar reluciente como el marfil. Cuando llegó la hora de volver a la granja tuvo que ponerse otra vez aquella piel, que ahora le pareció más sucia que nunca; pero mientras lo hacía se consoló pensando que al día siguiente era día de fiesta y que por unas horas podría olvidar que era una muchacha de granja y volver a ser princesa.
Así que, al romper el alba, golpeó el suelo como el hada le había enseñado, y al instante el vestido color de cielo apareció sobre su camita. Su cuarto era tan chico que la cola del vestido no tenía dónde extenderse, pero ella la prendió con alfileres mientras se peinaba el hermoso cabello y se lo recogía en lo alto de la cabeza, como lo había llevado siempre. Cuando terminó, se gustó tanto que decidió no dejar pasar nunca una ocasión de ponerse sus ropas espléndidas, aunque tuviera que lucirlas en el campo y nadie la admirara más que las ovejas y los guajolotes.
Ahora bien, aquella granja era una granja real y, un día de fiesta, mientras Piel de Asno (así la habían apodado) cerraba con llave la puerta de su cuarto y se vestía con su traje de rayos de sol, el hijo del rey entró a caballo por el portón y pidió permiso para descansar un rato después de la cacería. Le sirvieron comida y leche en el jardín y, cuando se sintió repuesto, se levantó y se puso a recorrer la casa, famosa en todo el reino por su antigüedad y su belleza. Fue abriendo una puerta tras otra, admirando los cuartos viejos, hasta que llegó a una perilla que no giraba. Se agachó a mirar por el ojo de la cerradura y se quedó atónito: adentro había una muchacha hermosísima, vestida con un traje tan deslumbrante que él apenas podía mirarlo.

Al príncipe el pasillo le pareció más oscuro que nunca cuando se apartó de aquella puerta. Volvió a la cocina y preguntó quién dormía en el cuarto del fondo. La muchacha que lavaba los trastes, le contestaron, de la que todos se reían y a la que llamaban Piel de Asno. El príncipe comprendió que ahí había algún misterio, pero vio también que no iba a sacar nada preguntando más. Así que regresó al palacio con la cabeza llena de lo que había visto por el ojo de la cerradura.
Se pasó la noche dando vueltas en la cama y amaneció con una fiebre altísima. La reina, que no tenía otro hijo y vivía en un sobresalto perpetuo por él, lo dio enseguida por perdido; y en verdad aquella enfermedad repentina desconcertó a los médicos más sabios, que probaron en vano los remedios de siempre. Al final le dijeron a la reina que en el fondo de todo aquello debía de haber una pena secreta, y ella se hincó junto a la cama de su hijo y le suplicó que le confiara su tristeza. Si era ambición de reinar, el rey le cedería con gusto el peso de la corona y lo dejaría gobernar en su lugar; y si era amor, se sacrificaría lo que hiciera falta con tal de conseguirle la esposa que deseaba, aunque fuera la hija de un rey con el que estaban en guerra.
—Madre —contestó el príncipe, a quien la debilidad apenas dejaba hablar—, no me creas tan desnaturalizado como para querer quitarle la corona a mi padre. Mientras él viva seré el más fiel de sus súbditos. Y en cuanto a esas princesas de las que me hablas, no he visto ninguna que quisiera por esposa, aunque siempre obedecería tus deseos, me costara lo que me costara.
—¡Ay, hijo mío! —exclamó ella—. Haremos lo que sea en este mundo por salvarte la vida, y la nuestra también, porque si tú te mueres, nosotros nos moriremos contigo.
—Pues entonces —respondió el príncipe—, te diré lo único que puede curarme: un pastel hecho por las manos de Piel de Asno.
—¿Piel de Asno? —exclamó la reina, que creyó que su hijo había perdido la razón—. ¿Y quién o qué es eso?
—Señora —respondió uno de los criados presentes, que había estado con el príncipe en la granja—, Piel de Asno es, después del lobo, la criatura más repugnante de la tierra. Es una muchacha que anda envuelta en un pellejo negro y grasiento, y vive en la granja de ustedes cuidando las aves.
—No importa —dijo la reina—. Por lo visto mi hijo probó algo de su repostería. Será el capricho de un enfermo, seguramente; pero mándenle decir ahora mismo que hornee un pastel.
El criado hizo una reverencia y ordenó a un paje que saliera a caballo con el recado.
Y bien pudo ser que Piel de Asno hubiera alcanzado a ver al príncipe, ya fuera cuando él miró por el ojo de la cerradura o desde su ventanita, que daba al camino. Pero, lo hubiera visto de verdad o solo hubiera oído hablar de él, en cuanto recibió la orden de la reina se quitó la piel sucia, se lavó de pies a cabeza y se puso una falda y un corpiño de plata reluciente. Luego se encerró con llave en su cuarto, tomó la crema más rica, la harina más fina y los huevos más frescos de la granja y se puso a hacer el pastel.
Mientras batía la mezcla en la cazuela, un anillo que a veces llevaba en secreto se le resbaló del dedo y cayó en la masa. Tal vez Piel de Asno lo vio, tal vez no; el caso es que siguió batiendo, y el pastel no tardó en estar listo para el horno. Cuando quedó bien doradito, ella se quitó el vestido, se puso su piel sucia y le entregó el pastel al paje, al tiempo que le preguntaba por el príncipe. Pero el paje volteó la cara para otro lado y ni siquiera se dignó contestarle.
El paje cabalgó como el viento y, en cuanto llegó al palacio, tomó una bandeja de plata y corrió a presentarle el pastel al príncipe. El enfermo empezó a comerlo tan rápido que los médicos temieron que se atragantara, y poco faltó para que así fuera, porque el anillo venía en uno de los trozos que partió, aunque él se las arregló para sacárselo de la boca sin que nadie lo viera.
En cuanto lo dejaron solo, el príncipe se quedó con el anillo en la mano y lo besó mil veces. Luego se puso a pensar cómo conocería a su dueña, porque no se atrevía a confesar que solo había visto a Piel de Asno por el ojo de una cerradura, no fuera a ser que se rieran de aquel amor repentino. De tanto darle vueltas le volvió la fiebre, que la llegada del pastel había calmado por un rato, y los médicos, sin saber ya qué decir, le informaron a la reina que su hijo se estaba muriendo simplemente de amor. La reina, horrorizada, corrió a darle la noticia al rey, y juntos acudieron a la cabecera del enfermo; el príncipe escondió el anillo debajo de la almohada antes de que entraran.
—¡Hijo mío, hijo querido! —gritó el rey—. ¿Con quién te quieres casar? Te la daremos por esposa, aunque sea la más humilde de nuestras criadas. ¿Qué hay en el mundo entero que no hiciéramos por ti?
El príncipe, conmovido hasta las lágrimas, sacó de debajo de la almohada el anillo, que era una esmeralda de la más pura agua.
—Ay, padre, madre querida, que esto les sirva de prueba de que la mujer a la que amo no es ninguna campesina. El dedo al que le queda este anillo nunca se ha engrosado con el trabajo duro. Pero sea cual sea su condición, no me casaré con ninguna otra.
El rey y la reina examinaron de cerca aquel anillito y estuvieron de acuerdo con su hijo: quien lo llevaba no podía ser una simple muchacha de granja. Entonces el rey salió y ordenó a los heraldos y a los trompeteros que recorrieran la ciudad llamando a palacio a todas las doncellas. Y aquella a la que le quedara el anillo sería un día reina.
Primero llegaron las princesas, luego las hijas de los duques, y así, por orden. Pero a ninguna le pasó el anillo de la punta del dedo, con gran alegría del príncipe, a quien la emoción iba curando a ojos vistas. Cuando las damas de alcurnia fracasaron, les tocó el turno a las dependientas y a las recamareras, sin mejor suerte.
—Que pasen las cocineras y las pastoras —ordenó el príncipe.
Pero bastó ver sus dedos gordos y colorados para que todos quedaran conformes.
—No queda ni una mujer, alteza —dijo el chambelán.
El príncipe lo hizo a un lado con un gesto.
—¿Mandaron llamar a Piel de Asno, la que me hizo el pastel? —preguntó.
Los cortesanos se echaron a reír y contestaron que no se habrían atrevido a meter en el palacio a una criatura tan sucia.
—Que vayan por ella ahora mismo —ordenó el rey—. Mandé llamar a todas las doncellas, de alta y de baja condición, y lo dije en serio.
La princesa había oído las trompetas y los pregones, y sabía muy bien que su anillo estaba detrás de todo aquello. También ella se había enamorado del príncipe, ya fuera por haberlo visto o solo de oídas, y temblaba de miedo de que el dedo de otra fuera tan delgado como el suyo. Así que, cuando el mensajero del palacio llegó a caballo hasta el portón, la princesa casi se muere de gusto. Como llevaba todo ese tiempo esperando aquel llamado, se había vestido con mucho esmero, con el traje de luz de luna, cuya falda estaba sembrada de esmeraldas. Pero en cuanto empezaron a gritarle que bajara, se tapó a toda prisa con su piel de burro y anunció que estaba lista para presentarse ante su alteza. La llevaron derecho al salón donde el príncipe la esperaba, y al ver la piel de burro a él se le cayó el alma a los pies. ¿Se habría equivocado?
—¿Eres tú la muchacha —dijo, apartando la mirada mientras hablaba—, eres tú la muchacha que tiene un cuarto en el rincón más apartado del patio interior de la granja?
—Sí, mi señor, soy yo —contestó ella.
—Entonces extiende la mano —siguió el príncipe, decidido a cumplir su palabra costara lo que costara.
Y, ante el asombro de todos los presentes, una manita blanca y delicada salió de debajo de aquel pellejo negro y mugroso. El anillo entró con toda facilidad y, al entrar, la piel cayó al suelo y dejó ver una figura de tal belleza que el príncipe, débil como estaba, se hincó ante ella y le pidió que fuera su esposa, y el rey y la reina unieron sus ruegos a los de él. Fue tan cálido el recibimiento y tan abrumadoras las muestras de cariño, que la princesa apenas hallaba palabras para responder, cuando el techo del salón se abrió y apareció el hada madrina, sentada en una carroza hecha toda de lilas blancas. En pocas palabras contó la historia de la princesa y cómo había llegado hasta ahí, y sin perder un momento se hicieron los preparativos más espléndidos para la boda.

Invitaron a los reyes de todos los países de la tierra, incluido, por supuesto, el padre adoptivo de la princesa, que para entonces ya se había casado con una viuda, y ni uno solo faltó.
¡Y qué concurrencia tan extraña se juntó! Cada monarca viajó de la manera que le pareció más imponente: unos llegaron en literas, otros en carrozas de todas las formas imaginables, y los demás montados en elefantes, en tigres y hasta en águilas. Jamás se había visto una boda tan espléndida; y cuando terminó, el rey anunció que seguiría una coronación, porque la reina y él estaban cansados de reinar y les tocaba a los jóvenes ocupar su lugar. Los festejos duraron tres meses enteros. Después, los nuevos soberanos se pusieron a gobernar su reino, y se hicieron tan queridos por su pueblo que, cuando murieron cien años más tarde, cada quien los lloró como a su propio padre y a su propia madre.
Adaptado por Talerie, fuente: The Grey Fairy Book (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio públicoCopia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio.CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
