Saltar al contenido
Un anciano de larga barba blanca y ropa raída, sentado en una loma con pasto, mira asombrado; a su lado hay una escopeta vieja y abajo un río entre montañas.Original

Rip Van Winkle

Washington Irving

35 min de lectura a partir de 10 años

En un viejo pueblito holandés al pie de los Catskill vive Rip Van Winkle, el vecino más servicial. Ayuda a todos, pero en su propia granja no mueve un dedo, y su mujer no le da tregua. Huyendo de sus regaños, sube con su perro Wolf a la sierra, donde al caer la tarde oye que alguien grita su nombre.


Quien haya navegado alguna vez río arriba por el Hudson se acordará de las montañas Catskill. Son una rama desprendida de la gran familia de los Apalaches; se alzan al oeste del río, imponentes, y dominan toda la comarca que las rodea.

Cada cambio de estación, cada cambio de tiempo y hasta cada hora del día transforma los colores mágicos y las formas de estas montañas, y las buenas amas de casa de toda la región las tienen por un barómetro perfecto. Cuando el tiempo es bueno y estable, se visten de azul y de púrpura y recortan su perfil atrevido contra el cielo limpio de la tarde. Otras veces, aunque el resto del paisaje esté despejado, se ponen en las cumbres una capucha de vapores grises que, con los últimos rayos del sol poniente, brilla y se enciende como una corona de gloria.

Al pie de estas montañas encantadas, el viajero habrá alcanzado a ver el humo ligero que sube en espirales desde un pueblo, cuyos techos de tejamanil relucen entre los árboles justo donde los tonos azules de la sierra se funden con el verde fresco del paisaje más cercano.

Es un pueblito muy antiguo, fundado por colonos holandeses en los primeros tiempos de la provincia, más o menos cuando empezó a gobernar el buen Peter Stuyvesant (¡que en paz descanse!). Hasta hace pocos años todavía quedaban en pie algunas casas de los primeros pobladores, construidas con ladrillitos amarillos traídos de Holanda, con ventanas de celosía y fachadas en punta, coronadas por veletas.

En ese mismo pueblo, y en una de esas mismas casas (que, para decir la pura verdad, estaba bastante maltratada por los años y por el mal tiempo), vivió hace mucho, cuando el país todavía era una provincia de Gran Bretaña, un hombre sencillo y bonachón llamado Rip Van Winkle. Descendía de aquellos Van Winkle que tanto se lucieron en los tiempos caballerescos de Peter Stuyvesant y que lo acompañaron en el sitio del fuerte Christina. Sin embargo, del espíritu guerrero de sus antepasados había heredado muy poco.

Ya dije que era un hombre sencillo y bonachón; además, era buen vecino y un marido obediente, de esos que llaman mandilones. A esto último se debía quizá esa mansedumbre que le ganaba la simpatía de todo el mundo, porque los hombres que en su casa viven bajo la disciplina de una mujer brava suelen ser complacientes y conciliadores fuera de ella.

El genio se les vuelve flexible y dócil en el horno ardiente de las penas domésticas, y un regaño a la hora de dormir enseña la paciencia y el aguante mejor que todos los sermones del mundo. Una esposa gruñona puede considerarse, pues, en cierto modo, una bendición nada despreciable; y si es así, Rip Van Winkle era tres veces bendito.

Lo cierto es que todas las buenas señoras del pueblo lo querían mucho y, como suelen hacer las mujeres de buen corazón, se ponían de su lado en todos los pleitos de familia; y cada vez que comentaban esos asuntos en sus pláticas de la tarde, le echaban toda la culpa a la señora Van Winkle.

También los niños del pueblo gritaban de gusto en cuanto lo veían acercarse. Él jugaba con ellos, les hacía juguetes, les enseñaba a volar papalotes y a jugar a las canicas, y les contaba largas historias de fantasmas, de brujas y de indios. Cuando andaba de aquí para allá por el pueblo, lo rodeaba una bola de chiquillos que se le colgaban de los faldones, se le trepaban a la espalda y le hacían mil travesuras sin que él los regañara; y en todo el vecindario no había un solo perro que le ladrara.

El gran defecto de Rip era una aversión invencible a cualquier trabajo que le dejara alguna ganancia. No era por falta de empeño ni de constancia: era capaz de pasarse el día entero sentado en una piedra mojada, con una caña tan larga y pesada como la lanza de un tártaro, pescando sin una sola queja, aunque ni un pez se acercara a picar. Cargaba la escopeta al hombro horas y horas, por bosques y pantanos, cerro arriba y cerro abajo, para cazar unas cuantas ardillas o unas palomas silvestres.

Rip, con barba oscura, pesca con una caña larga sentado en una piedra junto a un río; a su lado duerme enroscado su perro Wolf, y detrás se alzan las montañas.

Nunca se negaba a ayudar a un vecino, aunque fuera en la faena más pesada, y era el primero en todas las fiestas del campo para deshojar el maíz o levantar cercas de piedra. Las mujeres del pueblo, además, le encargaban sus mandados y esos trabajitos sueltos que sus maridos, menos serviciales, no les querían hacer. En pocas palabras, Rip estaba dispuesto a atender los asuntos de cualquiera menos los suyos; cumplir con sus deberes de padre de familia y tener su granja en orden le resultaba imposible.

De hecho, él decía que no valía la pena trabajar su granja: era el pedacito de tierra más endemoniado de toda la región, y ahí todo salía mal, por más que él hiciera. Las cercas se le caían a pedazos a cada rato; la vaca se le perdía o se metía entre las coles; la hierba mala crecía en sus campos más rápido que en ningún otro lado, y la lluvia siempre se soltaba justo cuando él tenía algún trabajo que hacer al aire libre.

Así, bajo su administración, la tierra que había heredado de sus padres se fue reduciendo acre por acre, hasta que no quedó más que una parcelita de maíz y de papas; y aun así era la granja peor cuidada de los alrededores.

Sus hijos andaban tan andrajosos y tan salvajes como si no fueran de nadie. El joven Rip, un chiquillo hecho a imagen y semejanza de su padre, prometía heredar sus costumbres junto con su ropa vieja. Casi siempre se le veía trotando como un potrillo detrás de su madre, metido en unos calzones bombachos que su padre ya no usaba y que apenas podía sostener con una mano, como una señora elegante se levanta la cola del vestido cuando llueve.

Pero Rip Van Winkle era uno de esos mortales felices, de carácter despreocupado y sin una sola aspereza, que se toman la vida con calma, comen pan blanco o pan negro, el que se consiga con menos esfuerzo y menos preocupación, y prefieren pasar hambre con un centavo que trabajar por un peso. Si lo hubieran dejado en paz, se habría pasado la vida silbando, contento como nadie; pero su mujer le taladraba los oídos a toda hora con lo flojo que era, con lo descuidado y con la ruina a la que llevaba a su familia.

La señora Van Winkle no dejaba de hablar ni de mañana, ni de tarde, ni de noche, y todo lo que Rip decía o hacía desataba un torrente de elocuencia doméstica. Él tenía una sola manera de responder a esos sermones, y de tanto usarla se le había vuelto costumbre: se encogía de hombros, movía la cabeza, alzaba los ojos al cielo y no decía nada.

Esto, sin embargo, siempre provocaba una nueva descarga de su mujer, así que no le quedaba más remedio que retirar sus tropas y salirse de la casa. Y es que, a decir verdad, el lado de afuera de la casa es el único que le pertenece a un marido mandilón.

El único partidario que Rip tenía en casa era su perro Wolf, tan mandoneado como su amo, porque la señora Van Winkle los consideraba compañeros de flojera y hasta miraba a Wolf con malos ojos, como si él tuviera la culpa de que su amo se descarriara tan seguido. Es verdad que, en todo lo que toca a un perro de honor, Wolf era tan valiente como el mejor que haya corrido por los bosques; pero ¿qué valor resiste los ataques terribles e incansables de la lengua de una mujer?

En cuanto Wolf entraba en la casa, agachaba las orejas, la cola se le caía hasta el suelo o se le metía entre las patas, y andaba escurriéndose con cara de condenado, echándole miradas de reojo a la señora Van Winkle; y al menor amago de escoba o de cucharón, salía disparado hacia la puerta, chillando.

Con los años de matrimonio, las cosas fueron de mal en peor para Rip Van Winkle: un genio agrio nunca se endulza con la edad, y una lengua afilada es la única herramienta cortante que se afila más mientras más se usa.

Durante mucho tiempo, cuando lo echaban de su casa, se consolaba yendo a una especie de club permanente de sabios, filósofos y demás ociosos del pueblo, que sesionaba en una banca frente a una pequeña posada, cuyo letrero era un retrato rubicundo de su majestad el rey Jorge III. Ahí se sentaban a la sombra durante los largos y perezosos días de verano, platicando sin ganas los chismes del pueblo o contando historias interminables y soñolientas que no trataban de nada.

Pero cualquier hombre de Estado habría pagado por oír las profundas discusiones que a veces se armaban cuando, por casualidad, algún viajero de paso les dejaba un periódico viejo. ¡Con qué solemnidad escuchaban las noticias que les leía, con voz cansina, Derrick Van Bummel, el maestro de escuela, un hombrecito pulcro e instruido a quien no asustaba ni la palabra más gigantesca del diccionario! ¡Y con qué seriedad deliberaban sobre acontecimientos públicos que habían ocurrido varios meses antes!

Quien dominaba por completo las opiniones de aquella junta era Nicholas Vedder, patriarca del pueblo y dueño de la posada, que se sentaba a la puerta de la mañana a la noche, moviéndose solo lo necesario para esquivar el sol y quedarse a la sombra de un árbol grande; tanto, que los vecinos sabían la hora por sus movimientos con la misma exactitud que por un reloj de sol. Es verdad que casi nunca se le oía hablar, pero fumaba su pipa sin parar.

Sus partidarios, sin embargo (porque todo gran hombre tiene sus partidarios), lo entendían perfectamente y sabían adivinar sus opiniones. Cuando algo de lo que se leía o se contaba no le gustaba, se le veía fumar con furia y soltar bocanadas cortas y enojadas; pero cuando le agradaba, aspiraba el humo despacio y tranquilo, y lo dejaba salir en nubecitas ligeras y plácidas. A veces se sacaba la pipa de la boca, dejaba que el humo perfumado se le enroscara alrededor de la nariz y asentía con la cabeza, muy serio, en señal de completa aprobación.

Hasta de ese refugio terminó por sacar al desdichado Rip su mujer brava, que irrumpía de pronto en la tranquilidad de la reunión y a todos les decía de todo. Ni siquiera el augusto Nicholas Vedder estaba a salvo de la lengua atrevida de aquella fiera terrible, que le echó en cara que alentaba la flojera de su marido.

El pobre Rip quedó al fin casi desesperado, y la única salida que le quedaba para escapar del trabajo de la granja y de los gritos de su mujer era tomar la escopeta e irse a vagar por el bosque. Ahí a veces se sentaba al pie de un árbol y compartía con Wolf lo que llevaba en el morral, porque lo veía como a un compañero de desgracia.

—Pobre Wolf —le decía—, tu ama te da una vida de perro; pero no te apures, muchacho, que mientras yo viva nunca te va a faltar un amigo que te defienda.

Wolf movía la cola, miraba a su amo a la cara con ojos tristes y, si los perros pueden sentir lástima, creo de veras que le devolvía el sentimiento con todo el corazón.

En una de esas largas caminatas, un hermoso día de otoño, Rip había subido sin darse cuenta a una de las partes más altas de las montañas Catskill. Andaba en su deporte favorito, la caza de ardillas, y aquellas soledades silenciosas habían devuelto una y otra vez el eco de sus disparos. Ya avanzada la tarde, jadeando y rendido, se echó sobre un montículo verde, cubierto de hierba de monte, que coronaba el borde de un precipicio.

Por un claro entre los árboles se dominaba toda la tierra baja, con millas y millas de bosques espléndidos. A lo lejos veía el majestuoso Hudson, allá abajo, muy abajo, siguiendo su curso silencioso y solemne, con el reflejo de una nube morada o la vela de algún barco lento dormidos aquí y allá sobre su superficie de cristal, hasta perderse por fin entre las colinas azules.

Del otro lado se abría una cañada profunda, salvaje, solitaria y enmarañada, con el fondo lleno de pedazos de roca caídos de los acantilados que la rodeaban, y apenas iluminada por los reflejos del sol que se ponía. Rip se quedó un rato tendido, contemplando aquella escena.

La tarde iba cayendo poco a poco, y las montañas empezaban a echar sus largas sombras azules sobre los valles. Rip vio que se le haría de noche mucho antes de llegar al pueblo, y soltó un suspiro hondo al pensar en enfrentarse a los terrores de la señora Van Winkle.

Ya iba a bajar cuando oyó una voz que gritaba a lo lejos:

—¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!

Miró a su alrededor, pero no vio más que un cuervo que cruzaba la montaña en su vuelo solitario. Pensó que la imaginación lo había engañado y se volvió otra vez para bajar, cuando oyó el mismo grito resonar en el aire quieto de la tarde:

—¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!

En ese mismo momento a Wolf se le erizó el lomo y, con un gruñido sordo, se arrimó a su amo sin despegar del fondo de la cañada una mirada llena de miedo. Entonces Rip sintió que lo invadía un temor confuso. Miró con inquietud hacia el mismo lado y distinguió una figura extraña que subía trabajosamente entre las rocas, encorvada bajo el peso de algo que cargaba a la espalda.

Le sorprendió ver a un ser humano en aquel lugar tan solitario y apartado; pero, suponiendo que sería algún vecino que necesitaba ayuda, se apresuró a bajar para dársela.

Al acercarse, le sorprendió todavía más lo raro que se veía el desconocido. Era un viejo bajito y fornido, de pelo tupido y enmarañado y barba entrecana. Vestía a la antigua usanza holandesa: un jubón de paño ceñido a la cintura con una correa y varios pares de calzones, el de encima muy amplio, adornado con hileras de botones a los lados y con moños en las rodillas. Cargaba al hombro un barril pesado que parecía lleno de licor, y le hizo señas a Rip para que se acercara y lo ayudara con la carga.

Aunque aquel desconocido le inspiraba cierta timidez y desconfianza, Rip obedeció con la prontitud de siempre; y turnándose la carga, subieron por un barranco angosto que parecía el cauce seco de un arroyo de montaña.

Rip, con barba oscura, ayuda a un viejo bajito de barba blanca y gorro a cargar un barril entre las rocas de un barranco; su perro Wolf los sigue de cerca.

Mientras subían, Rip oía de vez en cuando unos retumbos largos, como de truenos lejanos, que parecían salir de un desfiladero profundo, o más bien de una grieta entre peñascos altísimos, hacia donde los llevaba el áspero sendero. Se detuvo un instante, pero creyó que sería el rumor de uno de esos aguaceros pasajeros que caen a menudo en las alturas, y siguió adelante.

Al cruzar el desfiladero llegaron a una hondonada, como un pequeño anfiteatro, rodeada de paredes de roca cortadas a pico, sobre cuyos bordes asomaban las ramas de los árboles, de modo que apenas se alcanzaban a ver pedazos de cielo azul y la nube luminosa de la tarde.

Durante todo el camino, Rip y su compañero habían subido en silencio; porque, aunque Rip se preguntaba con asombro para qué querría alguien subir un barril de licor a aquella montaña tan salvaje, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que imponía respeto y quitaba las ganas de tomarse confianzas.

Al entrar en el anfiteatro aparecieron nuevas maravillas. En el centro, sobre un terreno plano, había un grupo de personajes de aspecto extraño jugando a los bolos. Vestían de una manera rara y anticuada: unos llevaban jubones cortos, otros casacas, con cuchillos largos al cinto, y casi todos usaban unos calzones enormes, del mismo estilo que los del guía.

Las caras también eran peculiares: uno tenía la cabeza grande, la cara ancha y unos ojillos de cerdo; la cara de otro parecía ser pura nariz, y la remataba un sombrero blanco en forma de pilón de azúcar, adornado con una plumita roja de gallo. Todos tenían barba, de distintas formas y colores.

Había uno que parecía ser el jefe. Era un señor viejo y corpulento, de cara curtida por la intemperie; llevaba un jubón con galones, un cinturón ancho con un sable corto, sombrero de copa alta con pluma, medias rojas y zapatos de tacón alto con rosetas. Todo el grupo le recordó a Rip las figuras de un viejo cuadro flamenco que había en la sala del reverendo Van Schaick, el pastor del pueblo, y que habían traído de Holanda en tiempos de los primeros colonos.

Lo que a Rip le pareció más raro fue que, aunque era evidente que aquellos hombres se estaban divirtiendo, tenían las caras más serias del mundo, guardaban el silencio más misterioso y, con todo, aquella era la fiesta más melancólica que él había visto en su vida. Nada rompía la quietud de aquel lugar más que el ruido de las bolas, que cada vez que rodaban retumbaban por las montañas como truenos.

Cuando Rip y su compañero se acercaron, los jugadores dejaron de pronto el juego y se le quedaron mirando con unos ojos fijos, como de estatua, y unas caras tan extrañas, tan toscas y tan apagadas, que a Rip se le encogió el corazón y le temblaron las rodillas.

Su compañero vació entonces el barril en unas jarras grandes y le hizo señas para que les sirviera a todos. Rip obedeció temblando de miedo; ellos se bebieron el licor en un silencio profundo y volvieron a su juego.

En una hondonada entre rocas, viejos serios con sombreros de pluma, sentados o de pie, rodean bolas y bolos; Rip, de barba oscura, sirve licor de una jarra.

Poco a poco se le fueron pasando a Rip el susto y el recelo. Hasta se atrevió, cuando nadie lo estaba mirando, a probar la bebida, y le encontró un sabor muy parecido al de una excelente ginebra holandesa. Rip nunca le había hecho el feo a un trago, y pronto le dieron ganas de repetir. Un trago le pidió otro, y volvió a la jarra tantas veces que al final se le nublaron los sentidos, los ojos le dieron vueltas, la cabeza se le fue inclinando poco a poco y cayó en un sueño profundo.

Al despertar, se encontró en el montículo verde desde donde había visto por primera vez al viejo de la cañada. Se talló los ojos. Era una mañana brillante y soleada. Los pájaros brincaban y cantaban entre los arbustos, y allá arriba un águila daba vueltas en el aire, con el pecho contra la brisa limpia de la montaña.

«No puede ser que me haya pasado aquí toda la noche», pensó Rip.

Recordó lo que había pasado antes de quedarse dormido: el hombre extraño del barril de licor, el desfiladero, el refugio salvaje entre las rocas, la tristísima partida de bolos, la jarra…

«¡Ay, esa jarra, esa maldita jarra!», pensó Rip. «¿Y ahora qué excusa le doy a la señora Van Winkle?»

Buscó su escopeta, pero en lugar de la escopeta limpia y bien aceitada encontró junto a él un fusil viejo, con el cañón cubierto de óxido, el gatillo flojo y la culata carcomida. Sospechó entonces que aquellos parranderos tan serios de la montaña le habían jugado una mala pasada: lo habían emborrachado y luego le habían robado la escopeta.

Wolf también había desaparecido, aunque bien podía haberse ido detrás de una ardilla o de una perdiz. Rip le chifló y lo llamó por su nombre, pero todo fue inútil; los ecos repitieron los chiflidos y los gritos, pero no apareció ningún perro.

Rip decidió volver al lugar de la parranda de la noche anterior y, si encontraba a alguno de aquellos hombres, exigirle su perro y su escopeta. Al levantarse para caminar, sintió las coyunturas entumidas y notó que le faltaba su agilidad de costumbre.

«Estas camas de montaña no me hacen ningún bien», pensó Rip. «Y si esta parranda me deja tirado con un ataque de reumas, ¡la que me espera con la señora Van Winkle!»

Con algo de trabajo bajó a la cañada y encontró el barranco por donde él y su compañero habían subido la tarde anterior; pero, para su asombro, ahora bajaba por ahí un arroyo de montaña lleno de espuma, saltando de piedra en piedra y llenando la cañada de murmullos.

Aun así, Rip se las arregló para trepar por las orillas, abriéndose paso a duras penas entre matorrales de abedul, sasafrás y hamamelis. A veces se tropezaba o se enredaba en las parras silvestres, que tendían sus vueltas y sus zarcillos de árbol en árbol y le tejían una especie de red en el camino.

Por fin llegó al lugar donde el desfiladero se abría entre los peñascos hacia el anfiteatro; pero de aquella abertura no quedaba ni rastro. Las rocas formaban una pared alta e impenetrable, por encima de la cual el torrente se despeñaba en una cortina de espuma ligera como plumas y caía en una poza ancha y honda, negra por la sombra del bosque que la rodeaba. Ahí, pues, el pobre Rip tuvo que detenerse.

Volvió a llamar a su perro y a chiflarle; solo le contestaron los graznidos de una parvada de cuervos ociosos que jugaban en lo alto, alrededor de un árbol seco que colgaba sobre un precipicio soleado, y que, seguros allá arriba, parecían asomarse para burlarse de los apuros del pobre hombre.

¿Qué podía hacer? La mañana se le iba, y Rip tenía un hambre atroz porque no había desayunado. Le dolía renunciar a su perro y a su escopeta; le daba pavor encontrarse con su mujer; pero tampoco iba a morirse de hambre en las montañas. Movió la cabeza, se echó al hombro el fusil oxidado y, con el corazón lleno de angustia, tomó el camino de su casa.

Al acercarse al pueblo se encontró con mucha gente, pero no conocía a nadie, cosa que le extrañó un poco, porque creía conocer a todo el mundo en los alrededores. También la ropa de aquella gente era distinta de la que él estaba acostumbrado a ver.

Todos se le quedaban mirando igual de sorprendidos y, cada vez que le echaban los ojos encima, se acariciaban la barbilla. De tanto ver ese gesto, Rip, sin querer, hizo lo mismo, y descubrió con asombro que le había crecido una barba de un pie de largo.

Ya había llegado a las orillas del pueblo. Una bola de niños que no conocía lo seguía, gritándole y señalándole la barba gris. Los perros, entre los que no reconoció a ningún viejo conocido, le ladraban al pasar. Hasta el pueblo había cambiado: era más grande y tenía más gente. Había hileras de casas que él nunca había visto, y las que solía frecuentar habían desaparecido. Sobre las puertas había nombres desconocidos, en las ventanas caras desconocidas; todo le era desconocido.

Entonces empezó a desconfiar de sí mismo, y se preguntó si no estarían embrujados él y el mundo que lo rodeaba. Aquel era su pueblo natal, sin duda, y de ahí había salido apenas el día anterior. Ahí estaban las montañas Catskill; ahí, a lo lejos, corría el Hudson plateado; ahí estaban todos los cerros y valles, exactamente como siempre. Rip estaba muy confundido.

«Esa jarra de anoche», pensó, «me dejó la pobre cabeza hecha un lío».

Con algo de dificultad encontró el camino a su casa, y se acercó callado y con miedo, esperando oír en cualquier momento la voz chillona de la señora Van Winkle. Encontró la casa en ruinas: el techo se había hundido, las ventanas estaban rotas y las puertas se habían salido de los goznes.

Un perro medio muerto de hambre, que se parecía a Wolf, andaba rondando por ahí. Rip lo llamó por su nombre, pero el perro le gruñó, le enseñó los dientes y siguió de largo. Aquello sí que le dolió.

—¡Hasta mi perro se olvidó de mí! —suspiró el pobre Rip.

Entró en la casa, que la señora Van Winkle, hay que reconocerlo, siempre había tenido limpia y ordenada. Estaba vacía, triste y, por lo visto, abandonada. Aquella desolación pudo más que todos sus miedos de marido: llamó a gritos a su mujer y a sus hijos. Los cuartos solitarios resonaron un momento con su voz, y luego todo volvió a quedar en silencio.

Rip, ya viejo y de barba blanca, se detiene en la puerta de su casa en ruinas; por el techo hundido entra la luz sobre cuartos vacíos llenos de telarañas.

Salió entonces a toda prisa y corrió a su antiguo refugio, la posada del pueblo; pero también había desaparecido. En su lugar se levantaba un caserón de madera grande y desvencijado, con ventanas enormes y abiertas, algunas rotas y remendadas con sombreros viejos y enaguas, y sobre la puerta estaba pintado: «Hotel de la Unión, de Jonathan Doolittle».

En lugar del gran árbol que antes daba sombra a la tranquila posadita holandesa, ahora se alzaba un poste alto y desnudo, con algo en la punta que parecía un gorro rojo de dormir, y de él ondeaba una bandera con una curiosa combinación de estrellas y franjas. Todo aquello era extraño e incomprensible.

En el letrero, sin embargo, reconoció la cara colorada del rey Jorge, bajo la cual se había fumado tantas pipas en paz; pero hasta el retrato había sufrido una transformación singular. La casaca roja se había vuelto azul y beige, la mano empuñaba una espada en lugar de un cetro, la cabeza llevaba un sombrero de tres picos, y abajo estaba pintado en letras grandes: «GENERAL WASHINGTON».

Rip, viejo y de barba blanca, se rasca la cabeza ante un poste con una bandera de estrellas y franjas y un letrero que dice «GENERAL WASHINGTON».

Como siempre, había un montón de gente alrededor de la puerta, pero Rip no reconoció a nadie. Hasta el carácter de la gente parecía otro. Se oía un tono ajetreado, bullicioso y discutidor, en lugar de la calma de siempre y de aquella tranquilidad soñolienta.

Buscó en vano al sabio Nicholas Vedder, con su cara ancha, su papada y su larga pipa, soltando nubes de humo en lugar de discursos vacíos; o a Van Bummel, el maestro de escuela, repartiendo poco a poco lo que traía algún periódico viejo. En lugar de ellos, un sujeto flaco y amargado, con los bolsillos llenos de volantes, arengaba con furia sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del Congreso, la libertad, Bunker Hill, los héroes del setenta y seis y otras palabras que, al desconcertado Van Winkle, le sonaban a chino.

El aspecto de Rip, con su larga barba entrecana, su escopeta oxidada, su ropa extraña y el ejército de mujeres y niños que lo seguía, pronto llamó la atención de los políticos de la taberna. Se amontonaron a su alrededor y lo miraron de arriba abajo con gran curiosidad. El orador se le acercó muy apurado y, llevándolo un poco aparte, le preguntó:

—¿Por quién vota usted?

Rip se le quedó mirando sin entender nada. Un hombrecito muy activo lo jaló del brazo y, parándose de puntitas, le preguntó al oído:

—¿Es usted federalista o demócrata?

Rip tampoco entendió la pregunta. Entonces un señor viejo, de aire sabihondo y muy pagado de sí mismo, con un sombrero de tres picos bien puntiagudo, se abrió paso entre la gente apartándola a codazos a derecha e izquierda, y se plantó frente a Van Winkle con una mano en la cintura y la otra apoyada en el bastón. Con sus ojos agudos y aquel sombrero afilado parecía querer atravesarle el alma, y con tono severo le preguntó:

—¿Qué lo trae a usted a la elección con una escopeta al hombro y una turba detrás? ¿Piensa armar un motín en el pueblo?

—¡Ay, señores! —exclamó Rip, algo asustado—. Yo soy un pobre hombre tranquilo, nacido aquí mismo, y súbdito leal del rey, ¡Dios lo bendiga!

Al oír esto, todos los presentes estallaron en un solo grito:

—¡Un tory! ¡Un tory! ¡Un espía! ¡Un refugiado! ¡Sáquenlo! ¡Fuera de aquí!

Al señor del sombrero de tres picos le costó mucho trabajo poner orden. Luego, con el ceño diez veces más severo, volvió a preguntarle al sospechoso qué venía a hacer y a quién buscaba. El pobre hombre le aseguró humildemente que no quería hacerle daño a nadie, que solo venía a buscar a unos vecinos suyos que solían juntarse en la taberna.

—Bueno, ¿y quiénes son? Diga sus nombres.

Rip lo pensó un momento y preguntó:

—¿Dónde está Nicholas Vedder?

Hubo un silencio, hasta que un viejo contestó con una vocecita delgada y aguda:

—¿Nicholas Vedder? ¡Pero si se murió hace dieciocho años! En el camposanto había una cruz de madera que contaba todo de él, pero ya se pudrió también y no queda nada.

—¿Dónde está Brom Dutcher?

—Ah, ese se fue al ejército cuando empezó la guerra. Unos dicen que lo mataron en el asalto de Stony Point; otros, que se ahogó en una tormenta al pie de la Nariz de Antonio. Yo no sé; el caso es que nunca volvió.

—¿Dónde está Van Bummel, el maestro de escuela?

—También se fue a la guerra; llegó a ser un gran general de la milicia y ahora está en el Congreso.

Al oír tantos cambios tristes en su pueblo y en sus amigos, y al verse así de solo en el mundo, a Rip se le cayó el alma a los pies. Además, cada respuesta lo confundía más, porque hablaba de años y años que se le habían ido y de cosas que no entendía: la guerra, el Congreso, Stony Point. Ya no tuvo valor para preguntar por más amigos, y gritó desesperado:

—¿Que nadie aquí conoce a Rip Van Winkle?

—¡Ah, Rip Van Winkle! —exclamaron dos o tres—. ¡Claro que sí! Ahí está Rip Van Winkle, recargado en aquel árbol.

Rip miró y vio una copia exacta de sí mismo tal como era cuando subió a la montaña: igual de flojo, al parecer, y sin duda igual de andrajoso. El pobre hombre quedó completamente aturdido. Ya dudaba de quién era, y de si era él mismo o era otro. En medio de su confusión, el señor del sombrero de tres picos le preguntó quién era y cómo se llamaba.

—¡Sabrá Dios! —exclamó Rip, que ya no sabía ni qué pensar—. Yo no soy yo, soy otro… Ese de allá soy yo… No, ese es otro que se metió en mis zapatos… Anoche yo era yo, pero me quedé dormido en la montaña, y me cambiaron la escopeta, y todo cambió, y yo cambié, ¡y ya no sé ni cómo me llamo ni quién soy!

Los presentes empezaron a mirarse unos a otros, a asentir, a guiñarse el ojo con intención y a darse golpecitos en la frente con el dedo. También se oyó un cuchicheo sobre quitarle la escopeta y no dejar que el viejo hiciera alguna barbaridad; y nada más de oírlo, el señor del sombrero de tres picos se retiró con cierta prisa.

En ese momento crítico, una mujer joven, fresca y bonita se abrió paso entre la gente para echarle un vistazo al hombre de la barba gris. Traía en brazos a un niño gordito que, asustado por el aspecto del viejo, se puso a llorar.

—Ya, Rip, ya no llores —le dijo ella—, no seas tontito; el viejito no te va a hacer nada.

El nombre del niño, el aire de la madre, el tono de su voz: todo despertó en Rip una cadena de recuerdos.

—¿Cómo se llama usted, buena mujer? —le preguntó.

—Judith Gardenier.

—¿Y cómo se llamaba su padre?

—¡Ay, pobre! Se llamaba Rip Van Winkle, pero hace veinte años que se fue de la casa con su escopeta y nunca se volvió a saber de él. El perro regresó solo; pero si a mi padre se le disparó la escopeta o se lo llevaron los indios, nadie lo sabe. Yo entonces era muy chiquita.

A Rip le quedaba una sola pregunta, y la hizo con voz temblorosa:

—¿Y dónde está su madre?

Ah, ella también se había muerto hacía poco: se le reventó una vena en un ataque de coraje contra un vendedor ambulante de Nueva Inglaterra.

Aquella noticia, por lo menos, le trajo una gota de consuelo. El buen hombre ya no pudo contenerse y abrazó a su hija y a su nieto.

En una calle llena de gente, Rip, con su larga barba blanca, abraza a una mujer joven de vestido amarillo; ella carga en brazos a un niño pequeño que llora.

—¡Soy tu padre! —gritó—. ¡Rip Van Winkle cuando era joven, Rip Van Winkle ya de viejo! ¿Que nadie conoce al pobre Rip Van Winkle?

Todos se quedaron pasmados, hasta que una anciana salió tambaleándose de entre la gente, se puso la mano sobre los ojos como visera y, después de mirarlo a la cara un momento, exclamó:

—¡Pues sí! ¡Es Rip Van Winkle, es él mismo! Bienvenido a casa, vecino. Pero ¿dónde te metiste estos veinte largos años?

Rip contó su historia en un momento, porque los veinte años habían sido para él como una sola noche. Los vecinos se quedaron con la boca abierta al oírla; a algunos se les vio guiñarse el ojo y hacer muecas de burla. El señor del sombrero de tres picos, que en cuanto pasó el peligro había vuelto al campo de batalla, torció la boca hacia abajo y movió la cabeza; y en eso todos los presentes movieron la cabeza también.

Decidieron, sin embargo, pedir la opinión del viejo Peter Vanderdonk, a quien vieron subir despacio por el camino. Descendía del historiador del mismo nombre, que escribió una de las primeras crónicas de la provincia. Peter era el habitante más viejo del pueblo y conocía muy bien todos los sucesos maravillosos y las tradiciones de la región. Reconoció a Rip enseguida y confirmó su historia de la manera más convincente.

Les aseguró a todos que era un hecho, transmitido desde su antepasado el historiador, que por las montañas Catskill siempre habían rondado seres extraños. Se decía que el gran Hendrick Hudson, el primero que descubrió el río y aquella tierra, montaba allá una especie de guardia cada veinte años con la tripulación de la Media Luna; así se le permitía volver a ver los lugares de su hazaña y vigilar el río y la gran ciudad que lleva su nombre.

El padre de Peter los había visto una vez, con sus viejas ropas holandesas, jugando a los bolos en la hondonada de la montaña; y el propio Peter había oído, una tarde de verano, el ruido de sus bolas, como truenos lejanos.

Para no hacer larga la historia, la gente se dispersó y volvió a los asuntos más importantes de la elección. La hija de Rip se lo llevó a vivir con ella. Tenía una casa acogedora y bien amueblada, y por marido a un granjero alegre y fornido, en quien Rip reconoció a uno de los chiquillos que se le trepaban a la espalda.

En cuanto al hijo y heredero de Rip, aquel que era su vivo retrato y que estaba recargado en el árbol, lo pusieron a trabajar en la granja; pero había salido igualito a su padre y se ocupaba de cualquier cosa menos de su trabajo.

Rip volvió a sus antiguos paseos y costumbres. Pronto encontró a muchos de sus viejos compinches, aunque todos bastante maltratados por el paso del tiempo, y prefirió hacer amigos entre la nueva generación, que muy pronto le tomó mucho cariño.

Como no tenía nada que hacer en casa y había llegado a esa edad feliz en que un hombre puede holgazanear sin que nadie se lo reproche, volvió a ocupar su lugar en la banca, a la puerta de la posada, y lo respetaban como a uno de los patriarcas del pueblo y como a una crónica viviente de los tiempos «de antes de la guerra».

Pasó un tiempo antes de que pudiera seguir el hilo de los chismes, o de que lograran hacerle entender los extraños acontecimientos que habían ocurrido mientras dormía: que había habido una revolución, que el país se había sacudido el yugo de la vieja Inglaterra y que, en lugar de ser súbdito de su majestad Jorge III, ahora era un ciudadano libre de los Estados Unidos.

La verdad es que Rip no era nada político; los cambios de estados e imperios le hacían muy poca impresión. Pero había una clase de despotismo bajo el cual había gemido mucho tiempo, y era el gobierno de faldas. Por suerte, aquello se había acabado: había sacado el cuello del yugo del matrimonio y podía entrar y salir cuando quisiera, sin temer la tiranía de la señora Van Winkle.

Eso sí, cada vez que alguien mencionaba el nombre de su difunta esposa, movía la cabeza, se encogía de hombros y alzaba los ojos al cielo, lo cual podía pasar tanto por resignación ante su destino como por alegría de verse libre.

A todo forastero que llegaba al hotel del señor Doolittle le contaba su historia. Al principio se notó que cada vez que la contaba cambiaba algunos detalles, sin duda porque acababa de despertar. Pero al final quedó fijada exactamente como yo la he contado, y no había hombre, mujer ni niño en los alrededores que no se la supiera de memoria.

De noche, a la luz de un farol, Rip, con su larga barba blanca, cuenta su historia en una banca a la puerta de la posada ante vecinos asombrados.

Algunos siempre fingieron dudar de que fuera cierta, y aseguraban que Rip había perdido el juicio y que en ese punto nunca lo recuperó del todo. Los viejos holandeses del lugar, en cambio, casi todos la creyeron por completo.

Hasta el día de hoy, cada vez que oyen una tormenta en una tarde de verano por los Catskill, dicen que Hendrick Hudson y su tripulación están jugando a los bolos; y todos los maridos mandilones de la región, cuando la vida se les hace pesada, sueñan con echarse un trago tranquilizador de la jarra de Rip Van Winkle.

¿Qué te pareció este cuento?

Adaptado por Talerie, fuente: The Sketch-Book of Geoffrey Crayon (se abre en una ventana nueva) Dominio público

Cuentos parecidos

El enebro

10 min de lectura a partir de 8 años

La Cenicienta

9 min de lectura a partir de 6 años

Los zapatos rojos

8 min de lectura a partir de 8 años

Barba Azul

9 min de lectura a partir de 8 años

El príncipe rana

5 min de lectura a partir de 4 años

Sobre este cuento

«Rip Van Winkle» lo escribió Washington Irving. Se publicó en Nueva York en 1819, en el primer número de «The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent.», firmado con el seudónimo Geoffrey Crayon. Dentro del libro, el cuento aparece como un escrito hallado entre los papeles de Diedrich Knickerbocker, otro narrador inventado.

Las ediciones posteriores conservan las palabras de Irving; cambian la nota final, donde Carlos V pasa a ser el emperador Federico Barbarroja, y añaden una posdata con leyendas de los Catskill. Nuestras dos versiones parten del texto de Project Gutenberg: la «Original», más extensa, y la «Más suave».

El cuento de Irving junto a una leyenda alemana de 1800

Irving, 1819Otmar, «Der Ziegenhirt», 1800
ProtagonistaRip, aldeano holgazán y mandilónPeter Klaus, cabrero de Sittendorf
Lugarmontañas Catskill, junto al Hudsonel monte Kyffhäuser
Cómo llegaayuda a un desconocido a cargar un barrilsigue a una cabra por un hueco entre muros viejos
Los jugadoreshombres callados con ropa holandesa antiguadoce caballeros serios que no dicen palabra
El juegobolos; Rip les sirve la bebidabolos; Peter vuelve a poner en pie los bolos
La bebidaginebra holandesavino de una jarra que nunca se vacía
Cuánto duermeveinte añosveinte años
Reencuentrose presenta a su hija; una anciana lo reconocese presenta a su hija; la gente lo reconoce
Mostrar más
¿Nadie aquí conoce a Rip Van Winkle?
Washington Irving, The Sketch-Book (Project Gutenberg): Does nobody here know Rip Van Winkle?

Qué hace nuestra versión

Ninguna de nuestras dos versiones trae la presentación de Knickerbocker ni la nota final: las dos empiezan al pie de los Catskill y siguen la historia de Irving en su orden. Rip ayuda a un viejo a subir un barril, sirve de beber a unos hombres que juegan a los bolos sin decir palabra, prueba la ginebra holandesa y se queda dormido. Al bajar, la barba le llega al pecho, en lugar de la posada hay un «Hotel de la Unión» y el rey Jorge del letrero lleva ahora el nombre de «GENERAL WASHINGTON». Según el viejo Peter Vanderdonk, aquellos jugadores eran Hendrick Hudson y la tripulación de la Media Luna, que vuelven a la montaña cada veinte años. La versión «Original» conserva además las reflexiones del narrador y lo que imagina Judith, la hija de Rip, sobre la desaparición de su padre: que se le disparó la escopeta o que se lo llevaron los indios.

Al volver, Rip se entera de que su esposa ha muerto hace poco: se le reventó una vena en un ataque de ira contra un vendedor ambulante. El cuento trata esa muerte como un alivio para Rip, que por fin vive sin regaños. En ninguna escena se ve a nadie herido; aun así, conviene conocer este detalle antes de compartir el cuento con un niño.

Una leyenda alemana parecida y una confusión

En la nota que sigue al cuento, Geoffrey Crayon comenta que cabría pensar que a Knickerbocker se lo sugirió una pequeña superstición alemana sobre el monte Kyffhäuser; la nota de Knickerbocker que viene después asegura, en broma, que todo es verdad, porque él mismo habló con Rip. En 1800, Otmar, seudónimo de Johann Karl Christoph Nachtigal, publicó en Bremen dos leyendas de ese monte. En «Der Ziegenhirt», el cabrero Peter Klaus les pone en pie los bolos a doce caballeros callados, bebe de su jarra y duerme veinte años; en «Der verzauberte Kaiser», el emperador Federico está sentado bajo la montaña, y su larga barba roja ha atravesado una mesa de piedra. No hemos leído nada que diga que Irving conociera esos textos.

No hay que confundirlo con «La bella durmiente», otro cuento de nuestra biblioteca con un sueño muy largo, donde un hechizo hace dormir cien años a la princesa y a toda la corte. Rip, en cambio, duerme veinte años después de beber de la jarra de unos desconocidos; el cuento no habla de ningún hechizo y nadie viene a despertarlo.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

Dibujos para colorear e imprimir

Dónde más encontrar este cuento